La solución era tan fácil que bastaba con poner pie en pared y descartar el tontiloquio de los inclusivistas. El “Gobierno del cambio” lo ha resuelto de un papirotazo al eliminar de los textos escolares un lenguaje solecista que pretendía imponer –contra el criterio gramático y el sentido común– el absurdo empeño de desbaratar el lenguaje en esa ridícula logorrea de los desdobles sexistas, ni que decir tiene que con el aplauso casi unánime de los hablantes. El colmo hubiera sido permitir que cuatro chiquilicuatres retorcieran caprichosamente la manera de hablar común a nuestros clásicos y modernos sin más razón que la que ofrece un fanatismo que piensa desde el bajo vientre y no con la cabeza.

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