La autoridad concejil de Ámsterdam, capital permisiva  con la prostitución donde las haya, no conforme con mantener la antigua lonja en que el puterío exhibía sus gracias en los famosos escaparates, anda pensando en elevarle un monumento a la hetaira que debería estar listo para marzo, ser de bronce y representar a una moza de partido “‘apoyá’ en esquicio de la mancebía”, los brazos en jarra y la mirada prendida sesgadamente del cielo. Responde así la autoridad a la propuesta de una antigua profesional, Mariska Majoor, dedicada actualmente a regentar un centro informativo para sus antiguas compañeras que se ha hecho merecedor en poco tiempo del respeto de muchos ciudadanos, a pesar de lo cual, parece que nadie quiere ver levantarse en su vecindad una estatua que, sin duda, nace destinada a convertirse en emblema de la ciudad. Es el fin de la proscripción, en definitiva, el acabóse de una tradición que ha venido considerando el negocio de la carne como algo inevitable aunque pecaminoso y, en consecuencia, denigratorio a pesar de ser, como decía el santo de Hipona, “un mal necesario”, tan necesario para el peatonaje como la cloaca para la ciudad (sic), una vieja metáfora agustiniana de lo más impío y de lo menos humanista que quepa imaginar. No es nuevo el debate sobre los derechos de las putas, expresamente reconocidos –aunque de aquella manera, por supuesto– por el Rey Sabio en Las Partidas o sesudamente razonados por juristas tan notorios como el “presidente Covarrubias” o el padre Domingo de Soto, que no veían modo de argumentar contra el “contrato” de facto que implicaba la entrega del cuerpo al dueño del dinero. En la España del siglo XIV se impuso a las colipoterras la obligación de vestir ropa específica –los famosos “picos pardos”—para diferenciarse del común de las decentes, siquiera teóricas, cuya honrilla exigía la segregación de las otras mantenidas de sus maridos. Pero sería la reacción tridentina a partir del XVII la que intentara, con inútil severidad, cerrar los prostíbulos y penar el lenocinio. La prohibición de Franco fue ya un puro anacronismo y la reciente de Barcelona un escarnio que metía en un mismo paquete a putas, mendigos y vendedores ambulantes. A las putas no han sabido ponerlas en su sitio más que Quintero, León y Quiroga.
                                                                xxxxx
La polémica actual es, de todos modos, como saben ustedes, más compleja en la medida en que quienes defienden a las meretrices andan divididos e irreconciliables entre reguladores y abolicionistas, es decir, entre quienes creen que lo que el Estado debe hacer es proteger a la mujer que dispone libremente de su cuerpo, y quienes opinan que ese derecho implica una degradación que más vale combatir en su raíz. Ni entro ni salgo. Erigirle un monumento a las putas no deja de ser una decisión descomunal que, sin embargo, es probable que no disgustara a Quevedo o a Moratín. De un cardenal laico francés (y no hay más que uno, así que echen la cuenta) se afirma que falleció feliz en un prostíbulo, leyenda calcada de la que se atribuye a un insigne historiador católico español (y tampoco hay tantos) sorprendido por la Parca en plena proeza, y hay en nuestro descreído XVIII cuentos a manojitos sobre frailes y pelanduscas. Quema en las manos este tema jodido. Se asegura que cierto líder libertario llevaba en sus campañas un vagón dispuesto para el “descanso del guerrero” pero que hacía fusilar sin miramientos a las putas que agarraban males contagiosos. O que Luis de Baviera se encoñó hasta la locura con Lola Montes en una novela que no podría imaginar el mismísimo Merimée, gran admirador del ‘ganao’ que ofrecían los lupanares patrios, como tantos viajeros románticos. ¡No las convidaba Alejandro VI a sus festines! Pues eso. Para la primavera habrá que darse un voltio por Ámsterdam para comprobar ‘in situ’ esta apoteosis de la ramería. Peores monumentos hemos visto todos. Y sin decir ni pío.

11 Comentarios

  1. En buena haza ha ido usted a poner la era, mi don Anfi. Lo del oficio más viejo del mundo me temo que es pura literatura, de cuando se pensaba en otra concepción del género humano. Hay varios aspectos de la cuestión que no estaría de más poner en claro.

    De las distintas aristas que presenta el poliedro la más sangrante es la explotación de la mujer. Ella pone su cuerpo, su dolor o su goce (?) y alguien -sea el proxeneta o la madame- se lleva la parte del león. Otra es la mezquindad, la vergüenza de ver en los polígonos industriales una sombrilla mal sujeta en el suelo y debajo, el triquitraque de la que desea que el horror termine cuanto antes y el gruñido cuasi animal del que ha pagado. Por no hablar de las muchachas semidesnudas en parques y carreteras disputándose al cliente bajo el frío de la madrugada. Todo lo anterior apunta a una esclavitud abyecta, chafarrinón vomitivo en un terrorífico sistema.

    Lo de Barcelona ciudad sin putas no es más que otro cartelón infame, más oprobioso aún que el de antitaurina. ¿Dónde está Charo, la novia del Carvalho montalbanesco? ¿Por qué impedir que una mujer, adulta y libre cuide su cuerpo -limpieza, dieta, bronceado- y lo venda como un producto más de mercado si lo considera oportuno? (No me vale, mi don Páter, que usted me hable de la dignidad otorgada por el Creador y todo eso. Es una historia que nos sabemos demasiado bien. La Historia de la Santa Madre está ahí y no tiene vuelta atrás. Esto es otra película.)

    Hoy las últimas páginas del periódico vienen atestadas de anuncios, desde la mulata del culo respingón al francés sin, desde el morbo de unos veintitantos centímetros -menos lobos, caperucitos- a los estafadores teléfonos de alta cuantía que prometen lo que no cumplen.

    Modalidades, las que se quieran, sin que se permita un resquicio a la explotación de la carne humana. Desde el meublé que pone la madame empresaria con un buen segurata a la puerta hasta la llanera soliataria que se hace cuatro hoteles en una noche o tiene un nido cálido y bien decorado, independiente y, cómo no, con un buen sistema de seguridad también vigente.

    Bienvenido sea el monumento holandés. Maldito mil veces todo aquel cabrón que utilice su fuerza o el miedo para obtener beneficio del cuerpo mancillado de una mujer no libre.

    Y no me digan que la perspectiva que yo presento ahí más arriba es una entelequia o un placer solo para ricos. La mayor parte de los que utilizan esa clase de servicios lo hacen en los puticlubs de luces rosadas donde pagan sumas indecentes por alcohol de garrafón y ‘disfrutan’ de chicas estresadas, maltratadas y esclavas que tienen tasado el tiempo de su estajanovismo. Quienes lo saben y tienen la responsabilidad de evitarlo, más de mil veces, silban mirando al techo, cuando no cobrando el impuesto vil de la barra libre de polvetes gratuitos.

  2. Me extraña, y casi me duele, que a estas alturas me tenga usted por lo que no soy, querida Epi. Cuénteme más cerca suya y del patrón que del santo de Hipona, como dice con sorna don ja, que conoce esa biografía de sobra. No es justo que se apunte y dispare contra el cristiano en este tema, porque ya me dirá qué sector social o psíquico queda al margen de tal miseria.

  3. Tampoco yo estoy de acuerdo con esa simplificación, la de doña Epi, que por otra parte añade poco y distrae la opinión de una columna culta y que dice muchas cosas interesantes. Digo yo que tampoco se trata de demostrar cada día que uno está más arriba del tejado.

  4. Me encanta lo del monumento. Habría que hacerle uno en el centro de Madrid y nombrar hijo adoptivo del cuerpo a más de uno que yo me sé.

  5. No es precisamente a su teja adonde yo apuntaba mi mosquete, bienamado Capellán. Usted bien que lo sabe.

    El sr. Borro emeritense me acusa de distraedora. Si es nuevo en este rincón admítame un consejo: cuando vea un comentario de alguien cuyo nombre empieza por Epi, sálteselo. Ganará mucho.

    Si de algo presumo es de ser señorita banderillera del maestro que a pecho descubierto, envuelto en la maravilla del capote de su palabra, pisa en la arena los terrenos que otros no osan ni mirar. ¿Que alguna vez me desmontero o aspiro a un aplausillo de subalterna? Cierto como el sol que nos alumbra. Pero jamás -y digo jamás queriendo significar nunca jamás- pretenderé hacer la menor sombra al mejor estoqueador de la prensa española.

    Más que estar por encima del tejado, una servidora lo que hace muchos días es tomar el olivo de forma poco airosa. Por éstas.

  6. Delicioso, culto, refinada interpretación. Jefe, me resulta impagable su ración diaria de sentido común y capacidad crítica.

  7. “Ni entro ni salgo”. Me ha hecho gracia esa salvedad, que confirma la indiferencia de jagm ante lo políticamente corecto. Porque estoy segura de entra y sale (en el buen sentido, por favor, que una es casada) pero pasa cvolando sobre ese negocio tan desquiciado hoy como el hecho que da pie al comentario pone de relieve.

  8. Mi maestro Voltaire sabía mucho de putas, como don joseantonio sabe con toda seguridad. Yo, como don Quijote, ni siquiera sé distinguir a Maritornes de una honrada.

  9. Genial¡¡¡¡ Nos hemos reído a gusto esta tarde y lo hemos clavado (el artículo) en el tablón que bien conoces. Vas a acabar siendo un clásico del comentario de texto. Ningún título mejor, incluso para tí, que tan altos títulos recibes.

  10. divertidísimo, graciosísimo. Me gusta. ¿Alguien me explica lo de los picos pardos?

    En Madrid, en el Retiro, hay una estatua al “Angel caído”. ¿Por qué no habría en Amsterdam una a “la mujer caída”?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.