El Gobierno del archipiélago de Samoa, el último rincón del sol en su recorrido diario, ha decidido, como quien no quiere la cosa, suprimir un día, concretamente pasar de un salto del 29 al 31 de diciembre. No se sabe qué harán los que en esa fecha suprimida celebren su onomástica o cualquier otra efemérides, pero la autoridad se ha percatado de que el leve retraso que separa su horario de Australia y Nueva Zelanda –sus dos principales, socios comerciales– supone para el país la pérdida fáctica de dos días de trabajo, puesto que cuando los samoanos van a la iglesia en la mañana del domingo (son mayoritariamente cristianos) sus vecinos llevan ya horas trabajando en sus oficinas abiertas al público lo que, a juicio de esa autoritaria autoridad, supone nada menos que extraviar dos días laborales por semana. El tiempo debería escribirse siempre con minúscula dada esa condición conjetural que ha hecho que la Humanidad conozca tan variados calendarios desde el egipcio al que Numa ajustó por vez primera a los doce meses, el juliano –primero en ajustarse al año trópico—que estableció la norma de los 365 días ajustables con los bisiestos, norma seguida por el que llamamos gregoriano que en el siglo XVI y para ajustarse a la normativa tridentina, siguió la misma estela, tal como había hecho ya siglos antes nuestro señor don Alonso el Sabio. No hay que escandalizarse, en todo caso, por este recorte samoano, pues el paso del juliano al gregoriano supuso nada menos que la desaparición de diez días naturales y aquí estamos nosotros, tan ternes, a sabiendas, incluso, de que nuestro sistema casi universal de medición del tiempo adelanta medio minuto, segundo más o menos, cada año que pasa. El tiempo es un concepto muy resbaladizo. San Agustín, imagino que no sin cierta sorna, decía que él sabía perfectamente lo que el tiempo era, pero que si alguien se lo preguntaba se encontraba incapaz de explicárselo. Nada expresa mejor la paradoja del tiempo que esa vieja broma que dice que mientras todos creemos que es él el que pasa, no advertimos que quienes pasamos somos nosotros.

Los samoanos, hartos de turisteo y excepcionalidad, han decidido llevarle la contraria al Shakespeare que decía en su “Pericles” que el tiempo es el dueño absoluto de nuestras vidas, y lo han hecho sin encomendarse a Dios ni al diablo con un burocrático decretazo que ha amputado a la vida esa materia inasible que la mide y regula, si no es que, en última instancia, la constituye como la matriz de un misterioso “arjé” eleata. Lo que no sé es si ellos son desde ahora un día más jóvenes que nosotros o viceversa. Da igual. Boileau sabía que cuando uno habla, sus palabras están ya lejos.

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