Por lo visto la inmensa mayoría de los pepinos que se consumen en Tokio proceden de huertas de Fukushima y tres cuartos de lo mismo ocurre con las berenjenas, productos ambos muy demandados en la cocina nipona, y ello ha contribuido entre la población a extender la psicosis antirradiactiva. De uno de sus periódicos me hago traducir la noticia de que la sobrevenida industria productora en masa de contadores geiger ha logrado colocar millones de instrumentos entre sus ciudadanos tras el síncope del 11 de marzo, en especial modelos portables que ya llevan los ciudadanos en su impedimenta junto al móvil, dispuestos a medir los niveles no sólo en el mostrador del hortera sino incluso en el aparcamiento –aquí le llaman a eso “infraestructura sostenible”—para bicicletas. La psicosis entre la población es tremenda, a pesar de que hay en su contra argumentos poderosísimos como el que viene revelando hace semanas las prensa francesa, a saber que los niveles de radiactividad medidos en Tokio son iguales a los que se obtienen en París, es decir, alrededor de 1 “microsievert” por hora (lo que estima normal es de 0’3). En el propio Japón, en localidades como Setegaya o Kashiwa, esta búsqueda generalizada por parte de los propios ciudadanos ha dado por resultado el hallazgo de fuentes radiactivas olvidadas –un depósito de frascos de radium  226, que no es el más peligroso precisamente, enterrado bajo una casa deshabitada, y otro en el subsuelo de una céntrica calle—con los que la gente ha convivido sin saberlo, probablemente, por tanto, durante años y años. La parte picaresca del caso es el descubrimiento por parte de la autoridad de que la mayoría de los medidores vendidos esta temporada eran falsos y sus medidas absolutamente no fiables a pesar de sus elevados precios. Una empresa “cívica”, en fin, ha puesto en el mercado un microdetector barato que, por el momento al menos, resulta inalcanzable al haberse reservado la producción íntegra para los habitantes de la propia Fukushima. La verdad es que vamos por la vida a ciegas y nuestra autoridad, por sistema, retrasada varios pueblos.

¿Se acuerdan de los pepinos de Almería, cuando lo de la última “peste” oficialmente inventada? Bueno, pues aquello le salió redondo a nuestros competidores europeos, mientras que en Japón ya ven que la autoridad ha sido capaz de evitar la ruina garantizando seriamente la inocuidad de su consumo. Una anciana empresaria arrocera se ha encargado personalmente de medir la radioctividad de su producto para vender seguro a sus clientes. He visto esa imagen con admiración y no sin una cierta envidia.

5 Comentarios

  1. En las crisis alimentarias juega un papel básico el interés del mercado. Y en las provocadas por als alarmas, lo mismo. Me parece un acierto relacionar lo de los pepinos non los contadores geiger. Pero si eso ocurre en Japón, no quiwero pensar la que se armaría aquí en una eventualidad parecida, dada nuestro tradicional oscurantismo junto a nuestro proverbial excepticismo respecto a las versiones del Poder.

  2. Gran verdad la que dice don Eleuterio, que hace honor a su nombre (que no pseudónimo): el miedo “vende” mejor que nada, incluso que el sexo o la ambición. Lo que me extraña es que los japos no se hayan percatado de la estafa de la venta on line hasta tan tarde.

  3. Sabe Dios cuántos cacharros inútiles y caros nos colocan a nosotros, que somos tan listos. Recuerden el fabuloso negocio de la gripe A, y antes, los mde las vacas locas o la peste aviar. El miedo mueve montañas, en eso estamos de acuerdo. Y es de lo más fácil de vender.

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