Cuando don Ramón Carande iba a Madrid solía “parar”, como él decía, en el Hotel Inglés, un viejo establecimiento que sobrevivió hasta no hace tanto al comienzo de la popular y sicalíptica calle Echegaray, epicentro de la farra madrileña atestado día y noche de forasteros, juerguistas y suripantas. A él no le molestaba ese ambiente, yo diría incluso que lo ignoraba bajo el peso de su antiguo hábito viajero. Don Ramón era gran andador aunque marchaba lentamente, siempre bastón en mano y atento en todo momento a un alrededor en el que se interesaba visiblemente por el bello sexo. De mañana iba a la Real de la Historia, en la calle del León, cuya espléndida biblioteca conocía al dedillo y luego, en no pocas ocasiones, a la antigua Universidad de San Bernardo donde amigos como Valdeavellano, Maravall o Díez del Corral intercambiaban con él ideas y proyectos hasta que los relevábamos otros más jóvenes, siempre encabezados por Gonzalo Anes, uno de los pocos cultivadores de la historia económica –en la que se había iniciado con Pierre Vilar–, para acompañarlo de vuelta a su hotel en interminables caminatas jalonadas de frecuentes altos en bares y tabernas.

Don Ramón era –supongo que ya septuagenario– la vitalidad misma, incansable en su charla docta y en sus prodigiosas exhibiciones de memoria, al tiempo que paradigma de una caballerosidad por entonces ya rara, y que sabía explotar en los más jóvenes hasta el mínimo indicio de interés por el saber histórico. En una de aquellas ocasiones le ofrecí un valiosa edición del “Seminario erudito” de Valladares que él había encargado en la hermosa librería Miranda y, a cambio, me dio –ya en Sevilla— un ejemplar dedicado de “Sevilla, fortaleza y mercado”, esa primicia asombrosa de su talento, tal vez eclipsada luego por el fulgor de “Carlos V y sus banqueros”, que tanto admiraba mi maestro Maravall y de la que Nöel Salomon nos decía en París que había sido la gran admiración del gran Fernand Braudel .

Recuerdo aquellas caminatas madrileñas, nuestras paradas en las librerías de viejo, su frecuente elogio de la vida campesina y hasta sus humorados chascarrillos, tantas veces “humanos, demasiado humanos”. Continuamos aquellas travesías ya en Sevilla, acólitos hasta la puerta de su casa en la calle Placentines. Hoy su despacho es sala de un prestigioso restaurante por el que su espíritu vaga en zapatillas nimbado entre memorias del César Carlos.

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