Hacemos un alto académico en Itálica –mustio collado bajo el sol de otoño y el viento del norte–, como arrastrados por la vehemencia de Enriqueta Vila, la directora de la Real Sevillana de Buenas Letras, para atender absortos a la caudalosa sabiduría de Pilar León-Castro y a la voz de los poetas de la Academia vinculados a la ruina adrianea, Jacobo Cortines, Aquilino Duque y Joaquín Caro. ¡Qué cerca y qué lejos nos queda el pasado! ¡Y qué poco sabemos (y cuánto, algunos) de su imprescindible memoria! Discurrimos bajo los cipreses viendo junto a los mirtos las penúltimas rosas y quejándonos algunos, desde la nostalgia, de este presente tenso y, sobre todo, del futuro previsiblemente imperfecto de esos saberes clásicos. ¿Volveremos a tener alguna vez una pléyade de maestros como los D’Ors, los Adrados, los Gil (Luis y Juan), los Fernández-Galiano, los Blanco, los Lasso de la Vega, los Mariner, los García Gual, los García Calvo…? Le he dicho a mi amiga Teresa Vila, gran homerista, que a ver por qué no, quizá porque ando embalado desde hace poco con la colosal edición crítica de la “Eneida” que han elaborado, durante veinte años largos, unos novísimos que vienen empujando –en este caso conducidos por otro incansable, Ramírez de Verger–, pero la verdad es que no las tengo todas conmigo, tan grande fue y es todavía, por fortuna, aquella cohorte irrepetible. O no tanto. Porque poco se sabe, pero por ahí anda, dejándose las pestañas sobre los viejos textos, una legión de azacanes que cualquiera puede conocer sólo con asomarse a los catálogos actuales de Gredos, de Alma Mater, de Akal o de Alianza, entre otras empeñadas en ese milagro que no deja de ser editar con tinta nueva a tanto olvidado. A todos cuantos han estudiado en España “lenguas muertas” –y repárese en el concepto—los han tratado de desconcertar nuestros sanchos con la consabida pregunta de que “para qué sirve eso”. Los airones alivian el recalmón esta mañana aunque no tanto como los versos viejos y nuevos paladeados junto a la alegoría del mosaico o el enigma de su laberinto.

Dwight McDonnald decía que la spengleriana “decadencia de Occidente” no habrían de provocarla ni las revoluciones ni las crisis ni siquiera las guerras sino la “mass cult”, ese engendro de mil caras que se multiplican, como en un juego de espejos, en la galería de esta perra modernidad. Lo recuerdo esta mañana mientras Pilar conjura diestramente la sombra de Adriano y los manes de aquellos patricios que labraron villas y termas, que aparejaron el hormigón con la sillería, que acarrearon el mármol, ay, ya del todo perdido. Se agradece el viento del norte, ya digo. La esperanza es lo último que se pierde.

6 Comentarios

  1. El otoño es lo que trae: nostalgia de sol y luz vibrante, hojarrasca que vuela, llevada por vientos nuevos. …También alos antiguos hay que airearlos y ponerlos al gusto del día.
    Preciosa evocación, don José António…….
    Besos a todos.

  2. Bella crónica desde el “mustio collado” y elocuente reflexión sobre el pasado y el futuro de nuestra filología clásica, que me jugaría las manos con que recleo a que pocos en su profesión conocen. Una pregunta: ¿de dónde saca usted el tiempo para enfrascarse en la Eneida con la que está cayendo. Contésteme después de publicidad.

  3. Como lector asiduo, casi diario, de esta columna, he de decir que se agradecve que de vez en cuando se eche usted a la lírica o casi, con estas prosas tan cultas, por otra parte, aunque por esa misma condición de asiduo he de reconocerle el interés que suponen para muchos de nosotros sus lectores sus críticas diarias. La de hoy es un cuadro precioso que hace endiar la experiencia que refiere.

  4. No deja de ser estupendo toparse con una columna preciosa, lírica diría yo, incluso sentimental en el mejor sentido del término, que incluya una cita de eso sociólogo crítico que pocos conocen en este país, y sé de lo que hablo, incluyendo a los que viven de la sociología. Bonita, culta, intencionada. Dene prodigar estos registros que bien sabe usted lo que gustan en el casino y, por tanto, es probabel que también a los lectores en general.

  5. Leo con mucha envidia esa crónica que nos hace vivir en directo la excursión a Itálica (que, por cierto, no conozco más que por los versos de Rodrigo Caro…). Coincido en que es una columna preciosa y echo de menos a más de un habitual.

  6. Qué delicia. Me ha consolado durante bun buen rato, buen amigo. Debe prodigar este género. Haga caso a sus lectores.

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