Partido y Estado

Muchos belgas y españoles, a poco que recuerden sus respectivas experiencias, es posible que anden mirando con envidia a un país como Alemania, tras repetirse e él, una vez más, la “Grosso Koalition” que permitirá el gobierno a dos manos de la gran nación entre la derecha liberal y la izquierda socialdemócrata. Por supuesto, que se podrán objetar a la señora Merkel sus ligerezas en materia inmigratoria o su tendencia supremacista en el plano económico, y que sobran los observadores que han cargado las tintas sobre el señor Schultz, un líder de talla muy alejada de las de sus antecesores, pero aun así no resultará fácil apreciar en este laborioso acuerdo un ejemplo de capacidad negociadora y, lo que es más importante, de superación de los intereses partidista en favor de la normalidad estatal.

Ya sé que quienes piensan lo contrario insistirán en que lo que ha hecho posible ese acuerdo histórico es, ante todo, el pavor con que, tanto la derecha como la izquierda alemanas, contemplaban la posibilidad de unas nuevas elecciones, de las que, muy probablemente, ambas habrían salido escaldadas, como sé que los críticos a ultranza del bipartidismo –ese régimen que rige, por cierto, en casi toda las grandes democracias actuales— no dejarán de negarle a ambos el pan y la sal. ¿Por qué, acaso resulta preferible el ridículo espectáculo ofrecido por los partidos belgas al mantener al país sin Gobierno durante nada menos que ¡541 días!? ¿O el desfile monclovita de descorbatados ante el Rey, que duró 264? Sí, ya sé también que se bromeó mucho (“mea culpa”, por mi parte) con el argumento de que ese vacío de poder significó poco para la vida diaria, que siguió como si tal cosa de la misma manera que hoy sigue navegando al pairo en Cataluña. Pero si algunos nos arrepentimos luego de aquellas bromas fue, ante todo, porque ellas implicaban un desprecio de la política que en democracia resulta peligroso. Ahí están los espontáneos del asambleísmo populista, viviendo encantados de ese cuento.

Una Política con mayúscula, por muy enérgica que sea, no puede prescindir de la capacidad negociadora, como no debe anteponer los intereses de su partido (ni siquiera alegando que estos son los de su electorado) a los del conjunto del Estado. Algo que estamos viendo a diario y un poco por todas partes en esos forcejeos por el poder que tanto recuerdan a la comida de las fieras. Merkel ha sufrido con buen criterio al ceder a sus rivales las joyas de la corona y Schultz se ha envainado su temerario desdén inicial, para finalmente salir beneficiados todos. En definitiva, los partidos, como avisa su étimo, son excluyentes; el Estado, unificador.

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