La ingenuidad es patrimonio de todos, no cabe duda, y en función de ello cualquiera puede creer a pie juntillas que en el seno del des(Gobierno) que nos aflige bulle una intensa aunque disimulada discrepancia. En una misma sesión parlamentaria el Presidente puede elevar nuestra democracia y ponerla como ejemplo a las naciones mientras su vicepresidente reniega de ella con vehemencia y refuerza la contradicción negándose a aplaudir la intervención del jefe. O se ve forzado a desautorizar a su Vice defensor de la cábila que incendia nuestras ciudades estos días. Se dice por ahí que hay como dos bandos (o bandas) en su seno, de manera tal que en la institución cabe lo mismo el proyecto separatista que la defensa de la nación constitucional, y puede comprobarse que frente a un ministro partidario de una medida hay, con frecuencia,  otro dispuesto a impedírsela. ¿Pero será verdad o acaso estaremos ante una comedia en la que los actores se reparten teatralmente los papeles contrarios para justificarse ante lo injustificable? ¡Mira que si es cierto que todo ese lío no es más que un montaje camelo acordado entre Sánchez e Iglesias de cara a la panfilia de la galería!

Me acojo, en todo caso, a ese derecho a la candidez para sostener la tesis del camelo: esos dos líderes (inconcebibles, en efecto, en cualquier “democracia normalizada”) cifran en la ilusión de un espectáculo dialéctico, la consistencia de un pacto de ayuda mutua que, de hecho, rescata a ambos de ninguna parte para mantenerlos en el poder. ¿Cuál de los dos iba a romper esa baraja marcada sabiendo que sin ella ambos volverían a la irrelevancia de la que proceden? Ninguno de los dos, por supuesto, y más sabiendo como saben que frente a ellos no acecha una Oposición poderosa sino un puzzle desbaratado que vela su duermevela. Hoy en España no existe una Derecha ni una Izquierda sino dos impresentables franquicias de viejos proyectos incapaces de equilibrar nuestras inestabilidades, como reconocen las viejas guardias del PSOE y del PP: esa y no otra es la razón del éxito extremista.

Y mientras tanto, la Fiscalía tiene el cinismo de recurrir la libertad de los golpistas catalanes a campaña cerrada mientras la actualidad se alumbra con el resplandor gamberro que arrasa ciudades en defensa de un miserable rapero cuyas depravados exabruptos califica la vicepresidenta Calvo de “reflexiones artísticas” para las que pide, en nombre del Gobierno, “una horquilla de comprensión y tolerancia”. No se traguen eso de la discrepancia gubernamental, no sean lilas. Lo que hay es un Poder sostenido en la impostura por una clase política improvisada. España no es ya un proyecto común sino de nuevo el tinglado de la antigua farsa. Fíjense si será cierto lo que digo que, a juzgar por lo que llevamos oído de sus propias  bocas, no me desdecirían ni González ni Guerra, ni Aznar ni Rajoy.

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