La hija de su padre, la señora de su marido, el hermano de su hermano, la cuñada de su cuñado, el sobrino del de más allá: la política andaluza –y la otra, por supuesto—ha abrazado el familiarismo con tanto entusiasmo que ni siquiera es capaz de caer en la cuenta de que la influencia política es un paño delicado que se mancha con suma facilidad. No hace falta siquiera que el deudo influyente decida (y hay casos en que ha decidido, incluso al más alto nivel); basta con que el deudo influido se deje beneficiar. La Junta es hoy y desde el principio la mano que mueve un largo e implacable brazo de partido. Cuando se oye hablar de la “familia del partido” más de uno sonreirá malicioso.

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