Según pensaba mi padre, la guerra de Corea, la de los años 50, habría sido, sin una más, la primera de la postguerra mundial, a la que, según él, tendrían que seguir otras muchas, así, indefinidamente, en razón de la demanda de la industria armamentística y su expresión política, esto es, la política exterior de las superpotencias de aquel mundo bipolar. Los niños de mi generación seguíamos con no poco apasionamiento las mudanzas de aquel subibaja estratégico que lo mismo acorralaba a los “buenos” (para nosotros, ni que decir tiene, los del Sur) que conseguía, de la mano del mítico Mac Arthur, devolverles la pelota hasta ese límite imposible que era el paralelo 38, cuya latitud, tan próxima a la nuestra, nos acercaba imaginariamente aquel conflicto terrible del que volvieron zumbados a los EEUU miles de soldados y sobre el que el gran Picasso trató de repetir, sin gran éxito, la fortuna de su “Guernica”. Aún recuerdo el sinvivir que nos proporcionaba aquel subibaja, la vaga imagen de Truman deponiendo a Mac Arthur y, en fin, la inolvidable barrera levadiza, con guardias a cada lado, de Panmunjón y los casetones de madera en que se reunían los negociadores de la paz. Al menos para un decenio de belicosas películas dio aquella odisea en que acendramos nuestro esencial maniqueísmo los niños de mi controvertida generación, todavía bajo la sombra nefanda de una guerra mundial que había concluido tan estrepitosamente en la masacre atómica.

Desde entonces ha llovido mucho sobre ambas Corea, pero mientras la del Norte, más o menos marioneta de China, se hundía en la miseria de una sobrevenida dinastía demagógica sin precedentes, la del Sur resurgía de sus cenizas y bajo el protectorado americano, ha logrado invadir el mercado occidental y situar a sus estudiantes en cabeza del progreso educativo mundial. Hoy es mi hija la que comparte sus temores conmigo ante el apocalipsis anunciado por ese mastuerzo que ha heredado aquel reino hambriento, y yo quien la tranquiliza ateniéndome a un sentido común que sugiere que los chinos andan demasiado ocupados en su explosión mercantilista y los rusos por completo pendientes del oscuro poder de sus mafias. Por más que el intranquilo sea yo mismo, consciente de que esa situación enloquecida resulta, en realidad, imprevisible. En Corea, el neocapitalismo ha cruzado victorioso ya hace tiempo el Paralelo 38. Al Norte le queda solamente el ridículo agit-prop de sus plañideras y la inopia ideológica.

2 Comentarios

  1. Ay, mi don JA. Un servidor, que nació solo muy poco después que vuesa merced, temía seguir despierto a las d¡ez cuando se oía el parte por el temor que nos habían infundido las monjas a los parvulitos. Rezaba entonces tres avemarías por la paz del mundo.

    Tranquilice a su vástaga. Ese fantasmilla feo, gordito y pelón no tiene más cultura bélica que la que ha aprendido en su play. S. M. A. S. H.

  2. Es verdad lo que acaba de decirse, aunque no es menos verdad que ese “fantasmilla” tiene en su mano un juguete peligrosísimo del que en cualquier momento se puede temer algo malo. Recuérdese que la guerra de Corea nunca tuvo un final, no hubo ¡victoria ni derrota, sino un armisticio en ese lugar que don ja recuerda en su imagen precisa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.