Ni siquiera es cosa ya de rebotarse contra el despilfarro que organismos como el CAA hacen del dinero público. Más desconcertante ha sido la respuesta enteramente cínica que cuatro de esos dispendiosos consejeros han ofrecido a la atónita ciudadanía: que las mariscadas y el abuso del coche oficial “han tenido siempre carácter oficial”, verdad memorable, sin duda, aunque demostrativa de la ignorancia administrativa de esos cargos digitales. Claro que la culpa no es de ellos sino del Sistema, de los interventores que visan esas facturas, de los superiores jerárquicos que consiente la merienda de negros. Sería imposible acabar con un banquete que se ha hecho habitual hasta el punto de que se llegue a defender como derecho lo que en absoluto lo es. Un consejero del CAA debe tener una mesa y una tele para revisar videos y acudir a trabajo por medios propios. A mí no me sorprenden tanto esos abusos como el hecho de que los abusadores los crean un derecho.

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