Es posible que la discusión mayúscula que nos aceche la temporada venidera gire alrededor de la clonación o, más concretamente, en torno a las inmensas posibilidades de multiplicar con carecer exponencial la producción de alimentos que el hombre está descubriendo y aplicando a pesar de la resistencia vigorosa del ecologismo de todos los colores. No es cosa de detenerse en la cuestión previa de si merece la pena correr ciertos riesgos –incluso indeterminados y, en consecuencia, de lo más inquietantes– con tal de sacar de la hambruna histórica a la inmensa muchedumbre del mundo pobre y, oigan, no seamos exquisitos ni ingenuos, también de la del mundo desarrollado. Recuerdo muy bien que cuando la alarma de las “vacas locas” atemorizó a Occidente hasta el extremo de decidir la eliminación masiva del ganado, la República Democrática de Corea (y no se rían del título, por favor) solicitó de la ONU su  mediación para que aquel enorme desperdicio se evitara desviando el ganado sospechoso hasta sus mataderos, y no s eme olvida la razón del “líder carismático” (al que, por una vez, era preciso darle la razón) de que a ver qué más le daba a un coreano morir desnutrido o de inanición frente al incierto riesgo de contagio que los sabios anunciaban sin concretar desde la sociedad opulenta. Es probable, en todo caso, que los productores de transgénicos, sobre todo en USA, tengan los mercados subrepticiamente repletos de esos productos revolucionarios, entre los que ahora se anuncia también, al parecer con carácter definitivo, la carne clonada, es decir, el solomillo o el jarrete de, pongamos una vaca, clonada de otra, es decir, “producida” artificialmente por este demiurgo asombroso que es el mono loco. Veo en la prensa el anuncio de verduras genéticamente modificadas para potenciar su carga de calcio, sales simuladas a base de yerbas y especias, agua depurada de los mares primordiales, frutas y hortalizas gigantes o archinutricias, peces y crustáceos artificiales cebados en sus cetarias y piscifactorías, y comprendo que, se oponga quien se oponga, este ‘sprint’ que hemos emprendido tan ruidosamente no va a parar hasta romper la cinta con el pecho. ¿O es que no nos acordamos de lo que hemos sido y seguimos siendo capaces de comer empujados por la necesidad?
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No ha habido avance decisivo sin resistencias, nunca el progreso dio saltos limpios sino, todo lo más, cabriolas aplaudidas por unos y rechifladas por otros. Y tampoco lo habrá ahora, en esta batalla formal entablada entre los meritorios e ingenuos defensores de la “naturalidad” de la vida y esa especie de ‘daimón’, esa suerte de oculto y “pequeño motor” –de que han hablado razonantes como Étienne Klein, por ejemplo– y cuya es la responsabilidad de todo avance, incluso del imaginario del Tiempo confundido con el “devenir”. Ya consumimos, sabiéndolo o de modo inocente, lubinas y doradas de fábrica, leches o zahanorias enriquecidas, y menos mal que nos enteramos a tiempo de que la vacada inglesa había sido alimentada con pura cadaverina del manso cordero modorro. Aunque, ojo, esto no es un elogio del sucedáneo ni una apuesta por el artificio; es simplemente, una proyección lógica basada en el hecho de que un mundo que no es capaz, ni sabiéndolo se sobra, que mueren multitudes hambrientas sobrando los alimentos por toneladas, es un mundo “no sostenible”, como ahora se dice por doquier. Dicen que no sabemos que acabará ocurriéndonos –dies incertus an incertus quandum–  por comernos esas langostas de bajura. Me acuerdo de Corea y me quedo sin argumentos. Y no les digo nada si me acuerdo de Sierra Leona.

19 Comentarios

  1. En los años 60 del pasado siglo, cuando meditaba sobre una posible crisis económica desvastadora, siempre pensaba que vivía en una zona que el campo me permitiría, -robando-, sobrevivir unos días.

    Vivía en una de las huertas más grandes de Europa, el delta del Llobregat desde Garraf, Abrera y Montjuïc.

    Hoy es toda cemento, asfalto, autopistas y jungla humana. Un territorio depredado.

  2. Dicen, no me hagan mucho caso x fa, que el verdadero negocio de los multicines no es tanto el puñado de entradas que venden para siete o doce salas, sino que cada –casi- pagano además del tikecillo de la entrada, compra un cubo de palomitas y un refresco XXL que le cobran a precio de demonio.

    Datos que merecen credibilidad aseguran que el setenta y cinco por ciento del maíz que se siembra en Expaña es transgénico. Si además el de las palomitas es yankófilo, ni que decir tiene que nuestros zagalones e infantes se ponen púos de transgénicos cada vez que van a ver una de esas pelis de acción –explosiones, muertes, violencia, sangre y cada vez más sexistas, o dueños del calabozo, zombis y magos- que son autorizadas para mayores de ocho años.

    Por no nombrar a ese mar de plástico que va de Motril a Níjar, pasando por Adra y Almería, visible desde el espacio, y no la Gran Muralla, donde se cultivan pepinos con piel y texturas diferentes, pimientos enanos o gigantes, de color amarillo, naranja, verde o rojo, tomates cuya piel no la traspasa una daga florentina. Se cultivan con ordenador, por sistema hidropónico, con gota a gota o vaya usted a saber. Si me dicen que recurren al fraile Mendel para esos milagritos es que me mondo de risa.

    En un híper que no voy a nombrar pusieron tiempo ha, un puestecillo de fruta y verdura ecológica. Duró menos de un mes. Queremos fruta que entre por los ojos y nadie compra ya tomates arrugados, pimientos retorcidos, fruta con pintas a doble precio que la de al lado.

    Supongo que el Pato Tas. sigue viviendo del chiringuito que le montaron para promover los cultivos ecológicos. Lo imagino con coche, chófer, secretaria, moqueta y pda que pagamos todos. Pero como las golondrinas becquerianas, aquellas verduras y frutas que cominos de niños, esas, no volverán. Lo de las vacas clonadas era ya un secreto a voces. ¿Por qué si no estamos todos tan locos?

  3. Extraños silencios, a los que ya estáuno acostumbrado en nuestro caprichoso casino. Hoy nos perdemos una buena ocasión porque lem tema bien merecería unosm comentarios brillantes, de los que aquí se prodigan por lo general.ESpero todavía que alguno de nuestros profes (¿no habra entre ellos por ventura algún biólogo autorizado?) nos diga algo y contribuya a disipar dudas.

  4. Creo, anfitrión respetaod,que este tema seguriá siendo discutido pero que, como usted sospecha, será imparable no sñolo porque el mundo estñe medio hambriento sino también porque el negocio que ofrecen esas tecnologías agrarias es de enorme envergadura.

  5. Gran anécdota de la los coreanos desproteinizados, sabia solicitud la de su gobierno tiránico: ¿qué más da correr el riesgo de ese síndrome impropnunciable de las vacas locas si lo que está asegurada es la desnutricióny hasta la caquexia?

  6. Sé que suena cínico lo anotado antes por Lépido, pero lleva toda la razón del mundo. Los hombres han devorado cualquier cosa, incluidas las mñás abyectas, cuando ha apretado el hambre. Sólo una sociedad derrochadora, en cuyos contenedores hay alimento sobrado para un ejército de ayunos, se escamdalizaría de ese “cinismo” sátrapa.

  7. Hablan ustedes de un tema que descopnocen probablemente, o que no han estudiado por lo menos, lo que me parece un atrevimiento y en cierta manera una temeridad. OUno no ha de pronunciarse sobre todo lo divino y lo humano, sino cerrar la boca cuando desconoce, por ejemplo, que en el estado actual del negocio de los transgénicos, todas las luces son rojas.Alláustedes con su responsabilidad, que este amigo diario lamenta mucho.

  8. Todo el mundo hablñó de aquella propuesta del Gobierno coreano, como si eso pudiera ser noticia en nuestras urbes oipulentas en las que cada noche vemos hurgar en los contenedores de basura a cientos de desgraciados. Y nada digo de los basurales oitras veces invocados por jagm, en los que se pudren para sobrevivir miles de infelices.

  9. No soy yo, desde luego,ese “biólogo autorizado” que reclamaba un compañero antewriormenmte, pero no creo justa la presunción de Verde –tal vez alguien con información cumplida de muchos problemas ecológicos, lo cual no equivale a que sus opiniones sean correctas siempre– de que aquí no sabemos de qué hablamos. Pues bueno es el autor de esa Cruz para hablar sin fundamento… Hoy, querido cobloguero, todos tenemos acceso a las más cotas tribunas y por ellas sabemos hace tiempo que en este “negocio” (¿le ha traicionado el subconsciente?) hay cruzadas propagandas de todo tipo.

  10. ¿Qué justifica el miedo al transgénico en una sociedadtan mal alimantada como la nuestra? jagm lleva razón en plantear irónicamente un asunto que, como alguien ha señalado, tiene mucho de negocio, de negocio a favor y de negocio en contra, según las tornas, de propaganda de los productores de cereales transgénicos frente a leyendas lanzadas por sus competidores, cuando no por gente bien intencionada o almas cándidas.

  11. Otras veces ha explicado aquí el amigo que el mito de la “comida mediterránea” fue, en buena medida, un invento subvencionado por el ministerio de Agricultura al que sirvió de muy buen grado el profesor Grande Cobián (po Covián, nunca me acuerdo).¿No creen que podemos estar asisteineo a una operación magna, de alcance mundial, para desacreditar esa conquista de la ciencia que no tiene vuelta atrás?

  12. Viendo a la basca comer hamburguesas con delectación o a los niñitos devorar “gusanitos” que sabe Dios de qué estarán compuestos, no me digan que tomarse en erio la amenaza transgénica es serio.
    Aoparte ya, el señor gm nos recuerda que en cualquier restaurante incluso caro encontraremos en el plato manjares “fabricados” y no “naturales”. Esta desconfianza de lo “artificial” es muy humnana pero no deja de ser una paradoja porque sin esa artiicialidad ya me dirán que es la “civilización” que la ministra Cabrera quiere meternos como asignatura.

  13. Si cuando el Hombre amasó el primer pan (lo anterior eran tortas ácimas, ya se sabe) hubiera habido la menor posibilidad crítica y un conocimiento siquiera rudimentario de la nutrición, seguro que se habrían levantando voces vaticinando desastres futuros a los comedores de pan con levadura. Lo he pensado mucho y no veo razón para que un “maíz” replicado contenga algún principio nocivo. La amenaza del cáncer, esa panacea del terror contemporáneo, estáahí al servicio de los tremendistas pero a mí me parece positiva la toma de psotura (guasista si se quiere) del jefe en esta columna de hoy.
    (Se ve que cuando lo abvandonamos como ayer se crece…).

  14. Doña Clarines y socias ponen el dedo en la mismísima llaga. Los transgénicos mueven miles de millones, el aleteo de la mariposa en Wisconsin produce vendavales en la Patagonia, si no de qué los últimos subidones de los fideos o de la leche. Por otra parte, los chicos de Greenpeace viven y no mal de las cuotas de sus afiliados, cuyo interés tienen que mantener “como sea”. Aunque con distintos medios, cada cual va su bola: er mardito parné. ¿O no?

    (Muchas gracias, reverendo Padre por la alta estima con que ha considerado a los dos comentarios que le precedieron.)

  15. Entiendo que hay dos puntos en este artículo.
    El primero que , lo querramos o no, es que habrá cada día más alimentos genéricos, porque somos muchos y habrá que buscar la forma de alimentar a todos. Será la cuarta revolución, cuando en los tejados crezcan los alimentos que nos permitan sobrevivir.( Quizás eso un día también sea un lujo porque el resto serán pastillas.)
    Lo segundo es la posibilidad de que esas manipulaciones sean peligrosas para nuestra salud y para el medio ambiente. Tendrán obligatoriamente un efecto. Y a largo plazo no sabemos cuales serán las consecuencias. Pero tampoco se puede prever todo.La vida es elección y riesgo.
    Sin embargo pienso que deberíamos ser prudentes para no abrir la caja de Pandora: parece ser que el maíz transgénico afecta las lombrices y la vida de los micro organismos terrícolas. Habría que estudiar todo eso a fondo y dar un poco de tiempo al tiempo.

  16. 20:42
    El negocio es el negocio y no hay quien lo pare.

    No se crean que los transgénicos son creados para el bien de la humanidad hambrienta sino, realmente, para conseguir el monopolio de las semillas, lo cual en nada abarata la producción a largo plazo.

    Hoy los agricultores no pueden guardar parte de su cosecha para la siembra siguiente porque la segunda generación de estos productos no es viable o lo es con muy bajo rendimiento.
    Resultado:
    Que el agricultor tiene que comprar TODOS los años las semillas, que de otro modo podría producir él, a precio de oro.
    Esto sería aceptable si no llevara a la extinción de las especies cultivadas tradicionalmente.

    El otro problema es que al introducir cualquier gen en una especie comestible los alérgicos lo tienen claro.
    Hace algún tiempo leí que se ha encontrado una proteína de alacrán en una estirpe de soja transgénica.

    ¿De qué sirve que se prohíba a la hostelería –prohibir es lo que mola al que manda- expender pescado que no haya sido congelado previamente si en las papillas de nuestros nietos se puede encontrar chicha de alacrán?
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    “La vida es elección y riesgo.” dice doña Sicard, pero es que no nos dejan elegir.
    Los que mandan deciden qué riesgos tenemos que asumir, muchas veces con un desconocimiento supino y otras silenciando lo que saben.

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