Es curioso, pero ahora que tenemos fútbol en casa desde el lunes al jodido domingo, no se escuchan críticas políticas como las que se le dedicaban a al Dictador cuando jugaba el Real Madrid o toreaba el Cordobés. No parece que ese comecocos – del que soy entusiasta, que conste—constituyan ahora un instrumento al servicio de la alienación, sino un servicio público cuyas desbordadas audiencias confirman el argumento. En Brasil, sin embargo, en el Brasil emergente del que tanto se espera, se aprecia un nada despreciable movimiento de oposición al Mundial de fútbol, cuyos costes económicos no ven claros muchos observadores serios aunque los apoyen hasta desgañitarse tanto la alta política como ése que Olavo de Carvalho llamó “O Imbecil Coletivo”. Al himno del Mundial que han lanzado Jennifer Lopez y el rapero Pitbull, le ha salido una réplica suave en la canción que ha puesto de moda el cantante Edu Krieger, “Perdón, Neymar”, en la que se protesta por ese gasto desenfrenado que bien podría haberse empleado en inversiones sociales de lo más urgentes, y en la que el gentío –que demanda escuelas o hospitales en lugar de estadios—grita a coro y estentóreamente el eslogan “Nao vai ter Copa”. No parece que comparta ese sector protestante la idea dirigente de que esos que llaman “eventos” contribuyen a engrandecer el país y, en consecuencia, a beneficiar al pueblo soberano. Estamos cansados –canta Krieger—de ver como languidece nuestro pueblo abducido por la tele, no seremos verdaderos campeones gastando esa millonada en organizar un campeonato ni en edificar estadios suntuosos mientras escuelas y hospitales andan al borde de la ruina. Pero esa canción resulta inaudible bajo el fragor de la hinchada –la “torcida” brasilera—, obediente a esa ley inmemorial que impone la superioridad del clamor sobre la razón. Habrá Mundial. Lo demás puede esperar.

Da un poco de pena escuchar la voz melódica clamando frente a la patulea que, en Brasil y aquí, pide pan y circo, como explicó mejor que nadie Paul Veynes, gladiadores y cristianos para distraer con la adrenalina la galipa de la masa, “Pan y Circo”, o como se decía en nuestro siglo XVIII, “Pan y toros”. El espectáculo de nuestras fallidas Olimpiadas no es ni único ni será el último. Los gobiernos saben de sobra que, en última instancia y tal como va el mundo, un desempate por penaltis vale electoralmente bastante más que un razonable plan de escolarización.

2 Comentarios

  1. Mi opinión debe contar poco pues mi afición al fútbol desapareció cuando dejé de practicarlo hace casi cincuenta años. Pero, sin extrapolaciones psiquiátricas, huyo de una aglomeración como de la peste. En ella el ser humano pierde su individualidad para convertirse solo en un grumito de masa. ¿O no han observado que el personal no ve el fútbol televisado en la tranquilidad del sofá, sino en la multitud del bar, o en casa del amigote, adonde acude en manada con el gorro, la camiseta y la bufanda, dispuesto a aullar? Porque si hiciera eso en la soledad de su casa se sentiría asquerosamente imbécil. Es la renuncia voluntaria. Pena.

  2. Buena observación, don Epi aunque, una vez más, la columna vaya por otros derroteros intencionales. El dinero del fútbol, la prioridad «política» del espectáculo…, de eso se trata. Yo estoy muy conforme con lo que se dice aquí.

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