Un verano más tropiezo en la prensa italiana –bien similar en esto a cualquier otra—con la vehemente preocupación por la crisis matrimonial. Mal le sienta el verano a la coyunda, no cabe duda, como puedo comprobar viendo la coincidencia entre los cálculos locales y los que encuentro en España, donde nada menos que el Instituto de Política Familiar lanza una constatación que me separa la camisa del cuerpo: la de que una de cada tres parejas rompe relación al acabar la época estival, es decir, al concluir las vacaciones y volver el “couple” a la rutina de la vida. Tremendo. Aquí en Italia las cifras son algo más discretas, por lo que puedo ver, pero en España se consolida la hipótesis estadística de que el 25 por ciento de los nuevos matrimonios se separan en el plazo aproximado de un año y, con preferencia después de las calorinas del estiaje, lo que quiere decir que un de cada cuatro parejas se separan por las bravas a las primeras de cambio estando visto y comprobado –otra coincidencia que compruebo entre Italia y España—que es la real hembra la que suele tomar la iniciativa en estos lamentables fracasos. Si miro a mi alrededor y veo a esta turba turística deambular por el paisaje del ferragosto, con sus bermudas de uniforme, sus gorros de fantasía y sus botellones de agua mineral, la verdad es que me cuesta asumir tan negras previsiones, pero todo indica que deben de estar en lo cierto porque incluso en la prensa vaticana observo que se tercia en el tema con denuedo y hasta se improvisan “sitios” en le Red para “asistir” a las ovejas descarriadas (que ahora sabemos, por lo visto, que son más que los carneros). Puro cuento, eso de “contigo pan y cebolla”. Si algo significa la Postmodernidad es el fracaso irremediable del romanticismo y sus ilusorios modelos de comportamiento. Dafnis y Cloe, Abelardo y Eloísa, Pablo y Virginia, si me apuran ‘Bonny and Clyde’, son ya pura memoria perdida. En septiembre, si Dios no lo remedia (vean cómo me pesa la lectura de ‘L’Osservatore’) ese ejército de parejas cansinas que veo deambular por la Piazeta, soportándose todavía mal que bien, se arrastrará diezmado de casa a la oficina y viceversa.

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Lo que más de desconsuela de esta epidemia masiva es la banalización de sus causas que perpetran psicólogos y juristas del ramo: la gente se divorcia –dicen unos y otros– porque la convivencia en arma de dos filos, trilita sentimental que sufre mal la manipulación continua y exige para mantenerse estable el alejamiento y las bajas temperaturas. Lo cual, de ser cierto, supondría el fracaso radical del modelo de convivencia que ha venido funcionando, que sepamos, también mejor o peor, durante toda la historia humana, pero sobre todo, supondría un grado de banalidad tan superlativo que escapa al sentido común. Claro que, bien pensado, algo hemos debido de salir ganando, respecto de las generaciones anteriores, en el sentido de la libertad conquistada y el benéfico progreso del individualismo, con estas licencias ampliadas al alcance de cualquiera. Pero si de cada 200.000 parejas se separan 50.000, como parece comprobado, es puro voluntarismo tratar de mantener enhiesto el prestigio histórico de la pareja. Cloe, Eloísa o Virginia (ni que decir tiene que también Clyde) cuentan hoy con un paisaje económico que facilita la perspectiva moral, eso es todo o casi todo. Y un ferragosto, incluso con bermudas y gorrilla turista, constituye una prueba demasiado exigente para las estimativas al uso. Me cuesta, sin embargo, ya digo, imaginar que esta turbamulta que veo arracimarse en el ‘vaporetto’ o hacer cola ante los mosaicos de San Marcos se va a disgregar sin remedio estimulada por la bonanza de otoño y la fragancia del primer jersey. Cuesta entender por qué, dadas las circunstancias, se casa tanto la gente y tienta la respuesta de que precisamente por ellas. Veo a dos rezagados que se morrean bajo el Campanile. Quién sabe si, a pesar de los pesares, no estará todo perdido.

3 Comentarios

  1. Anda el Maestro entre góndolas y tomando aperitivos de lambrusco e panini. Aquí, el personal se ve que anda sesteando y se queda servidora pasmaíta cuando a la caída de la tarde me asomo al blog y los comments están de huelga. Será posible.

    Si hubo un antes y un después más que histórico con la aparición de la antibaby y las mujeres nos vimos liberadas en un noventa por ciento, y me quedo corta, de la maldición bíblica, está clarinete que las leyes del divorcio completaron casi ese bingo que levanta un dedo corazón enhiesto al mundo entero.

    Hoy las parejas que se quieren, tienen puerta de entrada y salida al chiringuito amoroso y el matrimonio ha dejado de ser una ruleta rusa. No hace tanto la tele nos traerá -¿o nos ha traído ya?- el divorcio gay. Esa claúsula abierta de rescisión es lo normal, lo lógico, lo razonable en un contrato entre dos seres inteligentes. Una puede rectificar en casi todo en la vida si cree que se ha equivocado. No habría de ser de otra manera en la cosa del himeneo.

    (Maestro, le supongo conocedor de Padova. El paseo en tren no es largo y la vieja ciudad universitaria tiene un encanto innegable, aparte la basílica del santo de los novios. Tómese por allí un capuccino a mi salud. Grazzie tante).

  2. Estás en lo cierto, José Antonio, ya no sólo porque estas documentado, sino porque en mi diaria vida cotidiana, hace ya tiempo que estoy teniendo conocimiento real con este tipo de datos que dan las estadísticas.

    En el trabajo: “-Fulanita se ha separado de Menganito-“, “-pero bueno, ¿cómo puede ser, si sólo hace siete meses que se han casado y estaban super enamorados?-“, o “-¿Sabías que Periquito le ha armado un escándalo de aupa a Periquita y se han separado?-“. “-¡No me lo puedo creer!-“. “-Pues sí, hija, créetelo, porque es verdad-. “-¡Ay madre mía!-“.

    En mi pueblo se acostumbra a poner corros en las puertas de las casas, todos sentados al fresquito, por suerte esto no se ha perdido totalmente, donde se suelen hacer todo tipo de comentarios, desde cómo está la penuria de la caló, hasta donde coló Fulanito su… a Fulanita, pasando por todo lo habido y por haber (estas cosas quitan mucho estrés y muchas depresiones de lo alto) y aquí es cuándo me entero de todo lo que pasa en la villa.

    Claro, este tema es uno de los preferidos: “-Escucha niña, ¿te has enterao que Pepe se ha ido de la casa-“, “-sí, sí, el que se casó hace cuatro meses-“. “-Y qué me dices de la Mari que ya tiene el divorcio y to-“, “-pero bueno, ¿tú en que mundo vives?-”, cuando una pone cara de no saber ná. “-Todo esto viene de que las mujeres no aguantan ná, hay que apechar un poquito, ¿no?, estos jóvenes de hoy, ¿que se creen que es un casamiento?-“

    Aquí cuando se habla de separación se dice que “HA VUELTO A LOS CORRALES”, los corrales de la madre de él, sobre todo de él, por ser varón y dar mucho más trabajo a la madre: “-Mira que ese volverle a los corrales después que la había dejao tranquila, ¡con lo que le ha hecho pasá a la pobre mujé!-“

    Sí, sí, José Antonio, están volviendo mucho a los corrales, y tampoco se por qué, aunque me lo imagino.

  3. Quiero hacer una puntualización que en mi comentario de ayer se me olvidó.

    La frase “DE VUELTA A LOS CORRALES” la acuñó dos amigas mías mellizas, que son demasiao (espabilás, encantadoras, contando anécdotas son perfectas, ni mucho ni poco, sino en el justo término del humor fino, ¡ya quisiera Paco Gandía, que en paz descanse, haber encontrado este filón, seguro que las hubiera contratado!, con sus anécdotas totalmente reales). Son dos personas que saben escuchar y aprenden mucho de todas la personas mayores de este pequeño, pero gran pueblo.

    Una vez, hablando ellas con una mujer de Olivares del inminente casamiento de su hijo, surgió este diálogo: “-Bueno adiós Fulanita y suerte con la boda de tu hijo-“. Entonces le contestó la señora: “-LO MALO NO ES QUE SE TE CASE, LO MALO ES QUE TE LO DEVUELVAN-“, entonces ellas se miraron y, como buenas mellizas, dijeron la dos a la vez: “-DE VUELTA A LOS CORRALES”

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