La “espantá” de Pablo Iglesias ha desconcertado mayormente a la parroquia, no poco inquieta también al escuchar a ese vicepresidente del Gobierno calificar al universo conservador –así, sin mayores miramientos—nada menos que de “criminal”. Curioso: un sujeto que conserva orgulloso la memoria terrorista del FRAP en el que militó su padre o que dice “emocionarse” al contemplar la agresión a un policía, se considera legitimado para descalificar otros como “criminales”. Agitar el fantasma de la “extrema derecha” se ha convertido en el exiguo meollo del argumentario de la “extrema izquierda” que, más allá de su actual abismo ideológico,  parece contentarse presentándose como el indispensable antídoto de su antípoda. En cuanto a lo de la “espantá”, hay que decir que acaso no es más que la demostración de que el oportunismo viaja sin remedio en el genotipo populista. Hay base sobrada para ello en los ejemplos de Perón o Chávez pasando por Getulio Vargas, tanto como en ese huevo de la serpiente que acabaron por ser las ideas de Negri o Laclau.

Para ese populismo (de ambos extremos) el ideario fragua en torno a la propuesta elemental de eliminar al “Otro” y, en consecuencia, la coherencia doctrinal deja de ser una prioridad. Más fácil que argumentar un nuevo equilibrio social es reducir el proyecto crítico a un mero rechazo maniqueo y eso es gratis en una atmósfera política degrada en la que el dictado de “fascista” (o el de “comunista”, a la vista está hoy en España) reducen el polinomio a una ecuación de primer grado que explica y legitima cualquier ocurrencia. Tipos como Iglesias se prestan igual a un fregado gramsciano que a un barrido con la escoba póstuma de Bolívar. Para lo que no servirán nunca es para administrar la complejidad social.

A este fraude ideológico debe su auge lo que un payaso como Beppe Grillo llama “la democracia líquida”, y debe su explicación un tinglado como el sanchismo, para el que la simbiosis con las fuerzas antisistema funciona como un imprescindible prerrequisito. La altanería que Iglesias gasta con Sánchez y, muy especialmente, el modo jactancioso con que acaba de imponerle la remodelación de un  Gobierno cada día que pasa más insolvente, desvelan la índole ficticia de un Poder subsidiario del socio, y en absoluto soberano. Porque con su huida irresponsable, Iglesias ha evidenciado la rara realidad que supone un Gobierno pelele postrado a los pies de un socio rival aunque minoritario. Si Sánchez ha llevado alguna vez razón fue cuando explicó públicamente que nunca pactaría con Iglesias porque ello le supondría el insomnio, y si alguna estrategia le ha funcionado a fondo ha sido la de propiciar la ruina del PP al abonar el terreno al extremismo de Vox, como ya ensayara González haciendo sito al gilismo. Mientras tanto, aquí andamos, medio confinados y sin vacunas, a la espera de la cuarta ola del virus.

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