No creo que resulte fácil determinar la razón última, si es que vale buscarle una sola razón a este embrollo descomunal, por la que la provocación nacionalista ha perdido las elecciones en Cataluña. Tampoco que se pueda tomar a título de inventario el hecho, difícil de comprender, de que la gran región haya quedado partida en dos mitades casi idénticas, aunque la mitad separatista resulte probablemente inviable en la práctica más allá del cambalache pasajero. Para lo que sí hay razones es para lamentar la cristalización de esa mitomanía más bien ramplona en amplias capas sociales, fenómeno que, en todo caso, hay que endosar, aparte de los mitólogos, a los oportunistas que desde Madrid han fomentado sus ínfulas a cambio de apoyo político: Suárez, González, Aznar, Zapatero, todos menos Rajoy, ésa es la verdad. El sueño minoritario de romper España está presente siempre en nuestra Historia, acaso por el famoso individualismo que hizo decir a Unamuno aquello de “Yo soy mi mayoría y no siempre tomo mis decisiones por unanimidad”. Pero lo que no era esperable es que, ese sentimiento terruñero basado en tópicos imaginarios, alcanzara su cénit justo cuando Europa convalece de su fiebre integradora y la independencia se revela cada día menos practicable en un continente que sabe a ciencia cierta que el juego de las hegemonías va a cambiar radicalmente en un par de generaciones. La crisis está sirviendo para desenmascarar a esos buhoneros del oportunismo político que viven de vender crecepelo a los pardillos y, ya de paso, quitarles la cartera y hacer su agosto. Lo ha resumido Francisco Rosell: el negocio no es la independencia sino el independentismo. Hemos de prepararnos para vivir una refundación de la estrategia de la secesión y el cuestionamiento mítico de la vieja España que a las autonomías empeñadas les va a salir por un ojo de la cara.

Quizá no hemos valorado como era debido la tesis de Toynbee ni las razones de Cipolla, pero la misma vida, en su imprevisible fluir, nos ha arrastrado hasta la incipiente evidencia de un ocaso del mundo conocido en cuyo contexto los pleitos localistas han de resultar, a medio plazo, una broma. Eso sí, entretanto el tenderete de los nacionalismos no desaparecerán del zoco. El mundo de mediados de siglo será muy distinto al que vivimos. Sólo un mito sustituye a otro mito. El mitologema que hoy soportamos será, para entonces, apenas un alma en pena.

4 Comentarios

  1. ¡A Francia podría ir con esas mitologías estos mangantes! Que se lo pregunten a los bretones, los más pesados dr todos. Aquó todo ha sido dejadez, pan para hoy y hambre para mañana. Vamos a liquidar en poco tiempo la nación ´más antigua de Europa.

  2. Media Cataluña frente a la otra media. Pero estoy en que, llegadac la hora del corte con España, ya cantará otro gallo.

  3. Lo que parecía ilusorio ayer es ya una realidad. ¿Dejarán tantos catalanes que les rompan el país unos cuantos mercachifles? Descendiente de catalanes, espero que no.

  4. Lleva razón don ja en que este problemazo lo han ido engordando los sucesivos presidentes de Gobierno. También en atribuirle carácter mitológico a toda esa corriente de opinión fomentada por los medios pagados y por las circunstancias. Otras veces ha hablado de “cabezas de ratón” y creo que acierta en esa imagen. los nacionalismo son una enfermedad que afectan no sólo a sus pacientes sino que acaban repercutiendo sobre todo el cuerpo social, en este caso, España.

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