La joya del ‘régimen’

De lo que más alardea el chavismo imperante es de su esfuerzo modernizador, y en concreto, en la proeza que supondría su montaje investigador. Estamos supuestamente en cabeza de esa decisiva carrera, dedicamos a ella un millón de euros al parecer y estimulamos con ellos a una legión de investigadores que la verdad es que –o al menos, eso dicen ellos– que andan anclados en el ‘mileurismo’ y, encima, tienen que ir, año tras año, a demostrarle a Hacienda que no han cobrado las subvenciones que, extrañamente, la Junta dice haberles pagado. El viernes irán esos forzados a manifestarse ante la consejería en demanda de un trato siquiera razonable y digno, y lo suyo sería que los escucharan con seriedad los mismos que tanto los utilizan en la propaganda política.

Deudas pagadas

Lo que ha ocurrido en Punta Umbría –un tránsfuga contratado ahora por el partido al que benefició con su traición– no es nada nuevo. Se ha hecho varias veces sin salir de la provincia y presumiblemente se va a seguir haciendo a medida que se reproduzcan los casos. En Aracena o en Valverde, en Cortelazor y en Gibraleón, en Trigueros y en Cabezasrrubias, en El Cerro o en La Nava, en Encinasola y en Jabugo, en la propia capital se ha demostrado por activa y por pasiva, con la mayor desvergüenza del mundo, que el transfuguismo es un negocio pingüe y que las protestas éticas no son más que expedientes para ganar tiempo y despejar balones incómodos. Casi ningún partido (o ninguno) se libra de este comercio inmundo aunque, ciertamente, el PSOE haya estado presente en todas y cada una de esas salsas. 

La crisis del totem

Como no hay pugna social que no genere dividendos, en Bélgica la industria textil, por un lado, y el comercio por el otro, están haciendo su agosto casi en el solsticio de invierno a base de vender banderas. La crisis nacional que mantiene al pequeño y próspero país sin gobierno desde hace medio año y al Estado al borde de la disolución, ha provocado que, en apenas cuatro meses, entre junio y octubre, se hayan vendido 56.000 banderas tricolor, una cifra bastante por encima del récord hasta ahora vigente que fue el de las 50.000 vendidas con motivo de la muerte de Balduino allá por los primeros años 90. No será necesario advertir, sin embargo, que esas flamantes enseñas ondean casi exclusivamente en la zona francófona, en Bruselas especialmente, mientras que en Flandes surgen por aquí y por allá quejas de ciudadanos que no se atreven a significarse en sus fachadas por miedo a que venga el duque de Alba, que es todavía el “coco” local, y con toda la razón del mundo. En España, mientras tanto, multitud de Ayuntamientos y otras instituciones “nacionalistas” –es decir, “antinacionales”, constitucionalmente hablando– continúan con su huelga particular pasándose por el arco un mandato legal contundente y una sentencia del TS que nadie tiene agallas para hacer respetar. Hay que reconocer que la noción de bandera y su significado es de lo más complicado y, seguramente, de lo más banalizado que pueda hallarse en ese precito mundo de la simbólica política. Flaubert se limitaba en su diccionario a constatar que la vista de la enseña patria le provocaba una complacida taquicardia, sin perjuicio de que, creo que era en una carta a George Sand, dijera que, dado que todas las banderas estaban empapadas en sangre y en mierda (sic), tal vez había llegado el tiempo de no tener ninguna, criterio que compartía con el bárbaro de Barbusse para quien un hombre bueno y razonable no debería saludar jamás a una bandera. Pocas cosas habrán emocionado tanto a la gente y por pocas habrán caído tantas criaturas como por esos símbolos sacralizados que vienen a ser el centro de esa religión laica que sostiene silenciosamente a toda organización política.
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La fuerza de ese símbolo procede de su herencia totémica, de su condición de insignia primordial, sin contar las recientes e inventadas, algunas de las cuales nos pillan bien cerca. Todos los pueblos y sus organizaciones se han acogido al efecto sacral de la enseña y sus elementos, desde las águilas persas o romanas que llegan hasta nosotros emparentadas con la tradición joanista, al rayo de los escitas pasando por las tres coronas que exhibían orgullosos los medos. La imagen de los hermanos Arana inventándose una ikurriña calcada de la bandera inglesa –que ha retratado como nadie Jon Juaristi– es más que elocuente, sobre todo sabiendo que aquella no es sino un eco más de la cruz de san Juan, presente en tantos lugares de la vieja Europa, y sin embargo ya ven la sangre que nos lleva costado el invento y la reverencia con que la honra un fanatismo historicista que no sabe ni de dónde viene. Es normal, me parece a mí, que el llamado proceso de secularización que, según los fenomenólogos, afecta a las sociedades desarrolladas, afecte también a la simbología sacralizada de uso político, entre otras cosas porque a ver quién relaciona ya el águila, bicéfala o no, de tantas banderas con el icono del Cuarto Evangelio. Las banderas unen y dividen a medida que la tribu organizada evoluciona y se aleja progresivamente de la horda primordial. Una bloguera de Bruselas, por ejemplo, lanza al planeta virtual su lamento porque el miedo  le impide izar la enseña tricolor en la fachada de su casa flamenca. Tal como aquí, por no ir más lejos. Está claro que ni en los individuos ni en los pueblos es oro progresista todo lo que reluce en la edad adulta.

El SAS va por libre

Oposiciones a médicos oftalmólogos, muchos de ellos implicados hace quince o más años, como interinos, en nuestro sistema público de salud (SAS), no pocos entre los cuales, por si fuera poco, vienen ejerciendo como microcirujanos en esa difícil especialidad. Veo que en el test del examen hay tres preguntas repetidas, exactamente iguales –quiero decir textuales, para que no haya duda–, algo que puede explicarse por el hecho elemental de que quienes las hayan aportado al tribunal las hayan copiado de la misma fuente, cada cual por lado, pero que no se comprende cómo es posible que a los responsables de ese tribunal se les haya escapado. Y una cuestión: ¿qué ocurre si el SAS suspende ahora a esos especialistas que llevan operando al usuario desde hace tanto tiempo? ¿Son o no son competentes? ¿Si lo son, por qué no los integran sin más trampeos, y en caso contrario, cómo es posible que pongan en sus manos nada menos que nuestros ojos? También es verdad que en un sistema que contrata médicos “por hora” no sé de qué nos extrañamos.

Horario de oficina

Le cuesta a la función pública entender que su calendario laboral no coincide con el de la vida ciudadana. Los funcionarios, legión de contratados incluidos,  creen que su tarea acaba cuando suena la sirena y, por tanto, su responsabilidad se extingue también en ese momento feliz. El sistema antepone el derecho vacacional del empleado al servicio al ciudadano que justifica la nómina, lo mismo en el hospital que en la oficina. La Dipu, por ejemplo, ha montado un servicio de noticias que  pone en la Red a disposición de todos las que traen cada día los periódicos onubenses, pero eso sí, de lunes a viernes, es decir, excluidos fines de semana y fiestas de guardar e incluyendo los puentes por largos que sean. Cuando suena el timbre, todos a casa, y que el contribuyente se las avíe como pueda, porque lo importante es crear el servicio, garantizar la nómina y disponer los enchufes. ¡Y todavía hay quien se pregunta por qué los españolitos sueñan con enchufarse en la FP!

La pluma antigua

Vaya por delante que al broncazo dedicado al concejal Zerolo en la ‘manifa’ antietarra de Madrid no hay por donde cogerlo. La resistencia, cada día más residual, a aceptar modelos sexuales diferentes de los convencionales puede entenderse, e incluso aceptarse, pero en modo alguno habilita al resistente como censor y menos, por supuesto, como linchador, siquiera oral, del Otro, del Diferente. La grave ignorancia que sobre esta materia padecen nuestras sociedades se ve amplificada por una falsa e injusta apropiación de la axiología que hace que, al menos imaginariamente, haya miembros de ellas –muchos, demasiados, ni que decir tiene– que interpreten su condición de “convencionales” en términos de superioridad moral e incluso ética. Maricón sigue siendo una palabra arrojadiza por más que la condición de tal esté hoy reconocida por la ley tal vez hasta más allá de un límite razonable y, sin embargo, maricón le gritaron a Zerolo a coro como quien arroja con saña cantos para el descalabro. Al mismo tiempo ha dado la vuelta al planeta la reproducción de una escena presuntamente gay en la que dos egipcios, parece que peluquero y manicura respectivamente, y  anteriores a Cristo en dos milenios y medio, demuestran la antigüedad de un tipo de relación que –y este equívoco es quizá el responsable de la cerrazón tradicional– todavía hay no pocos ciudadanos, empezando por el mundo gay, que se empeñan en concebir como un signo de modernidad. El mariconeo, o como se le quiera llamar al intercambio homosexual, no es nada nuevo sino algo que, en todo caso, como decía André Gide, “se reinventa siempre”, tanto que nada menos que Georges Dumézil, aquel maestro de maestros, planteó entre bromas y veras la hipótesis de que puede que haya existido una tradición indoeuropea anterior al conocido modelo griego, añadiendo que “si fuera posible, habría que llevar el estudio comparativo a las sociedades cromañonenses o a los paraustralopitecos” pues, tal como él lo veía, “todo empezó con la liberación de las patas delanteras y la multiplicación de las neuronas”. No me atrevería yo a añadir una brizna a la parva del maestro, por supuesto, pero que conste que repudio lo de Zerolo no sólo como un gesto incívico sino como una demostración de ingenua ignorancia.

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Esa tesis inquietante de Dumézil fue desarrollada luego por Bernard Sergent en un libro memorable sobre la homosexualidad mitológica en aquella Grecia clásica que, con las prestigiosas repúblicas renacentistas, constituyó siempre el gran escollo para los partidarios de enfocar y resolver el “problema” en función de la dialéctica mayoría-minoría que está en la entraña de todo montaje social. Pero ése es otro tema ya. Lo que con las prisas cabe decir aquí no es más que la condena moral de la minoría (sexual, racial, la que sea) por parte de la mayoría “comme il faut” no se sostiene ya, no solamente en el plano legal, sino en la vida corriente y moliente. Los occidentales estamos hechos a la rígida idea de la virilidad exclusiva pero hay que empeñarse en ignorar lo que está probado para no aceptar una realidad que sin duda se remonta, como cualquier otro instinto básico, al alba de los tiempos. Muchas bromas se han hecho (allí donde se ha podido, claro) sobre los equilibrios que han debido hacer los sesudos enseñantes de griego para no perder los papeles al llegar a ciertos episodios del ‘Banquete’ platónico o ante tantas y tantas provocaciones de Catulo, de Horacio o de Marcial. Entre nosotros, Alcibíades fue siempre una piedra de escándalo hasta para los helenistas más cuajados. Por eso no me extraña que a Zerolo le digan maricón hasta aburrirlo. No se tomó Zamora en una hora ni en este armisticio braguetario está todo hecho ni mucho menos.