Zonas catastróficas

¿Se acuerdan de lo que dijo el PSOE para justificar que sus diputados, incluídos los andaluces, votaran en contra de la declaración de los quemados del verano trágico como “zona catastrófica”, aquello de que esa “figura” había quedado obsoleta y en nada podía resultar útil para remediar la desgracia? Pues ahí tienen la celeridad con que se le ha arrimado la “figura obsoleta” a Alcalá de Guadaíra, como antes se le había arrimado a los montes abrasados de La Mancha. Los mismos gobernantes andaluces, los mismos diputados de la región, niegan a una provincia lo que otorgan a otra o conceden a una autonomía lo que niegan a la propia. Los diputados onubenses del PSOE que votaron contra esa ayuda a los montes de Huelva lo hicieron a favor de los ajenos, y la Junta que negó ese expediente clásico a Huelva se precipita para dárselo a Sevilla. Eso es lo que había y lo que hay. No hay refrán más certero que el que asegura que sarna con gusto, no pica.

Música y letra

Otra vez ha saltado el tema y proyecto del himno cantable, valga la redundancia, puesto que el himno siempre es cantable o no es tal: “Si… non cantetur, non est hymnus”, dice el sabio Agustín, o sea que, en buena lógica, lo que nos ocurre a los españoles no es que tengamos un himno sin letra sino que llamamos himno –se lo llama su Decreto– a una simple partitura musical, la “Marcha Real”, que ha funcionado durante siglos, más en el plano oficial que en el popular propiamente dicho, sin menosprecio de la carga sentimental que, evidentemente, adquirió en ese largo periodo. A uno, este comején por convertir en ‘cantabile’ lo que no es sino una marcha granadera no deja de resultarle arbitrario e improvisado, sobre todo si se entera de que el que anima la operación es el Comité Olímpico. Pero más le preocupa que se presente como una iniciativa novedosa lo que se intentó varias veces sin éxito, como es sabido, desde que Prim hubo de declarar desierto un certamen al que concurrieron cuatrocientos originales hasta que primero Marquina y después Pemán naufragaran sin remedio en la retórica tal vez porque, muerto o moribundo el romanticismo propiamente dicho, esa tentativa estuvo condenada al fracaso y lo más probable es que sigua estándolo. Los españoles hemos pasado siglos quitándonos la gorra cuando sonaba ese himno que no lo era, quizá, porque al no tener un origen revolucionario y aún teniéndolo, un himno se queda casi sin remedio en pura cohetería verbal. Nadie en sus cabales suscribiría hoy la bella Marsellesa si tomara en cuenta su letra –“qu’ un sang impure abreuve à nos sillons”…”, no les digo más– ni dejaría de sonreír melancólica o capciosamente escuchando cualquiera de las varias letras de la Internacional, por no hablar de la Varsovianka. ¿No anima le himno de Andalucía a los andaluces a que se levante y pidan “tierra y libertad”, ya ven que georgismo tan divertido si se piensa en la realidad de la verdad de la vida en nuestro actual “régimen”? En Uruguay tienen ahora mismo un problema, en cierto modo, inverso al español, pues de lo que se trata es de acortar sustancialmente un himno que duerme a las ovejas dada su inacabable murga, pero hagan lo que hagan, ya lo verán, el resultado habrá de pertenecer al mismo género murguista. Quién sabe si la discutida decisión asturiana de canonizar como himno una coral dominguera y amorriñada no fue, al fin y al cabo, un gran acierto. Mejor la morriña que la sangre derramada y el tronar de los cañones, ¿no?.
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Ya más en serio cabe proponer una hipótesis bien atractiva, y es que, al ser el himno, por naturaleza, una composición de origen religioso, su historia es la de un género que ha ido degradándose desde el lirismo exaltado de índole cultual hasta la pura retórica política, y siempre en el horizonte romántico que, por supuesto, incluye tiempos muy anteriores a los decimonónicos. Repasen las letras de los himnos hispanos que conocemos –“Els segadors” mismo, con sus hoces sin martillo, “Os Pinos” habaneros de las ‘galescolas’, el “Gernikako Arbola” de Iparraguirre, con su presunto arboricida invasor– y comprobarán que esas endechas van siempre dirigidas contra  Otro, más bien contra “El Otro”, disimulando la dinamita entre corchea y corchea. Por eso me parece inviable un himno cantado –¡en pleno siglo XXI!– pensado para llenarle la boca a los ‘seleccionados’ y darle caña, ya de paso, a cualquiera que no sea de “los nuestros”. Cuando hemos tenido himnos con letra en España –o sea, en las dos fallidas Repúblicas– el resultado no plantea dudas, incluso sin tener en cuenta la chabacana letrilla popular con que la ingenuidad de las izquierdas deletreaba el “Himno de Riego”. Por eso dudo que ni el COE, ni la SGAE ni ese comité de sabios al que le han colgado el mochuelo vayan más allá del intento. ¡Cualquiera sabe ya quién es “el Otro” en esta revuelta corrala!

País subvencionado

Ahora los pobres enseñantes: Chaves acaba de prometerles 7.000 euros anuales durante cuatro años en concepto de incentivo para “la consecución de los objetivos fijados por cada centro”. Vamos a ver en qué consisten esos “objetivos”, no vaya a resultar que se trata de bajar el listón para lograr el que supondría reducir el fracaso escolar a base de mano blanda y guante de seda, de la misma manera que el gran incentivo dedicado a los sanitarios se calcula, desde hace tiempo y en gran medida, en proporción inversa al gasto farmacéutico que origina cada cual. Menos gasto en medicinas, más dinero; menos suspensos a fin de curso, una pasta como premio. Tras la promesa de premiar con un millón de le pesetas viejas a los propios alumnos que no tiren la toalla tras la EGB, ahora esta dudosa zanahoria para los profes. Del ideal de la sociedad igualitaria hemos pasado al de la sociedad subvencionada. Hay que ser insustancial para seguir preguntándose en qué consiste hoy la izquierda real. 

Temas internos

La Diputación, es decir, la mayoría gobernante en ella, no quiere luz ni taquígrafos. Que 40.000 vecinos hayan estado consumiendo agua no apta para el consumo durante cuatro días no le parece al organismo provincial que plantee ninguna necesidad de aclaración y mucho menos, claro está, si se trata de dar luz verde a una tenida comisión de investigación en materias que el portavoz del PSOE considera “temas internos” de los Ayuntamientos afectados. Según esa minerva el Ayuntamiento, por carecer de competencia, no es quien para pronunciarse sobre tan delicada materia, y  es verdad, pero entonces ya nos dirá por qué la Junta –que sí las tiene: todas– no dijo ni pío durante mes y medio. ¿Para qué sirven las Diputaciones en un régimen autonómico? Esa vieja pregunta, que incluso el PSOE se planteó en tiempos, se contesta sola cada vez que surge un fantasma como este del agua no apta para el consumo que han estado bebiendo ciegos y sordos los ciudadanos de diez de nuestros pueblos.

50 años

Hoy se cumplen cincuenta años, medio siglo cabal, del lanzamiento del primer satélite orbital conocido, el ‘Sputnik’ soviético. En el Museo del Cosmos de Moscú tuve ocasión de ver aquella reliquia (una maqueta reconstruida, se entiende), una esfera diminuta con tres largas antenas que fue capaz de revolver el planeta y desencadenar la más ambiciosa carrera emprendida por el hombre. La progresía de mi generación se sabía de memoria el poemilla de Salvatore Quasimodo –el alto poeta italiano que los manguitos del Nobel eligieron para compensar la forzada renuncia al premio de Boris Pasternak, el celebrado autor de “El doctor Zhivago”– en el que aquel espíritu cultísimo sucumbió, siquiera momentáneamente, a las exigencias de la propaganda comunista. Se titulaba “A la luna nueva” y venía a decir, más o menos, que si “En el principio, Dios creo el cielo y la tierra,/ millones de años después/ el hombre, con su inteligencia laica/ sin temor, puso en el cielo de una noche serena de octubre/ otras luminarias iguales/ a las que giraban desde la creación del mundo”. Nadie es perfecto. El impacto que produjo la noticia del “satélite” por antonomasia fue colosal en todas partes, pero en los EEUU y, en general, en el círculo caliente de la Guerra Fría, no solamente sirvió para remecer las conciencias sino que actuó como un auténtico estopín para disparar el cohete imprevisible de la competencia desenfrenada entre los dos bloques que ya no cesaría hasta la ruina de aquel montaje. Un mundo dividido en dos bloques requería para no venirse estrepitosamente abajo el equilibrio más exquisito, y la ventaja que suponía el dominio del espacio (no ya como hazaña tecnológica sino como amenaza armamentística) por parte de uno de ellos constituía para el otro, en consecuencia, un inaceptable rentoy. ¡Imagínense la noticia en una España que guardaba inacabables colas para comprar el “600” y que se andaba, folclóricamente hablando, justamente por el estreno de “El último cuplé”! “L’ uomo/ con la sua intelligenza laica/ senza temore, mise nel cielo/ altri luminari…”. El laicismo de Quasimodo no era más que una guinda, es posible, pero el pastel de la discordia estaba servido.
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Rudolf Bähro sostuvo, sin lograr demasiado eco, que aquella estampida espacial sirvió a los EEUU no sólo para comprobar los beneficios de la libertad sobre la carrera del conocimiento sino para algo mucho más práctico en el momento: para arruinar a la URSS, embargada ya a tope por sus inmensos compromisos sociales mínimos, y forzada ahora a un gasto máximo verdaderamente suicida. Y respondía con una desangelada sonrisa cuando le recordábamos la cuchufleta de Gagarin, unos años después, comentando desde el espacio a la crema de la gerontocracia del régimen –“con la sua inteligenza laica/ senza temore”– que no había encontrado ni rastro de Dios por el aquel espacio sereno que estaba estrenando a bordo de la ‘Vostok’. Kennedy en el 61 como Bush este mal momento que vivimos, sabían que apuntar al cielo con el dedo, sobre todo en las horas difíciles, logra indefectiblemente que la muchedumbre aparte la mirada de la Tierra para fijarse hipnotizada en él. Y en eso andamos, con nuevos programas a la vista, rebotando en éxitos y fracasos, vendiendo turismo estelar para ‘millonetis’ y sin perder de vista la utopía practicable de colonizar la Luna que Jonhson propuso por vez primera muchas décadas atrás. En medio siglo han girado mucho los satélites y el propio planeta loco en el que viajamos desde la Nada hacia Dios sabe dónde, pero sobre todo ha sobrado tiempo para comprender lo pronto que encoge la talla imaginaria de estos prodigios que descolocan a los poetas. Había que ver las caras de estupor del personal ante la insignificancia del ‘Sputnik’ que nos mostraban en la Ciudad del Cosmos. Lo que demuestra, más que nada, nuestra incorregible ingenuidad.

Muertos y vivos

Es antigua tradición electoral española hacer votar a los muertos. Hasta hubo un chiste que decía que si Cristo resucitó a Lázaro, Romero Robledo había levantado de sus tumbas a miles de sepultos. Pero también es viejo el truco de las afiliaciones de última hora, la falsificación real de los  censos a base de introducir en ellos, por sorpresa y normalmente con alevosía, militantes dispuestos a romper el equilibrio de fuerzas natural. Hay muchos casos, pero por no salir de Andalucía y del PSOE genuino, hay que recordar cuando en Huelva la astucia de Guerra barrió una mañana a la ejecutiva provincial con el voto de decenas de limpiadoras de una residencia afiliadas la tarde anterior. Lo malo es que, pasado el tiempo, con una democracia ya rodada de sobra, mantener esos trucos indignos degradan sin remedio a un partido. El PSOE malagueño tiene que aclarar el enredo de los falsos afiliados de Marbella si no quiere que su propia sombra recaiga sobre el partido en su conjunto.