¿El culo del mundo?

Hace unos días, un dirigente del PSOE onubense ha tenido la ocurrente desfachatez de decirle a sus paisanos que, a su estúpido juicio, “Huelva está en el culo del mundo”. No lo está, desde luego, como no lo está Andalucía, pero la verdad es que, en no pocas ocasiones, a la vista de las reacciones políticas ante acontecimientos aquí ocurridos, parece que en ese escatológico lugar pudieran estar ésta y aquella. Ni el vertido masivo de Aznalcóllar que destrozó un paraje valiosísimo, ni el pavoroso incendio que hace dos veranos se llevó por delante los montes de dos provincias, ni el peligrosísimo y anunciado suceso del barco encallado en Algeciras que ha dejado hecha unos zorros la costa comarcal, suponen aquí más que alguna protestilla “verde” y algún que otro suspiro lugareño. Nada de movilizaciones nacionales, nada de visitas principescas o gubernamentales, nada siquiera de “zonas catastróficas” como en Galicia o en La Mancha, como en tantos lugares donde la catástrofe ha asestado su golpe. Esta Junta tiene la autonomía justa para llegar a fin de mes y cobrar. Pedirle algo más parece, definitivamente, una utopía.

Más racismo

No es propio de Huelva lo que en esta tierra está ocurriendo de un tiempo a esta parte en el apartado del rechazo racista a minorías o personas. Tras lo de Cortesana, ahí tienen ahora el enredo del Instituto de Isla Cristina donde está siendo presuntamente acosado un alumno marroquí en términos que la autoridad ha creído conveniente enviar a sus cercanías un notable control policial, es decir, un nuevo caso de racismo o xenofobia que, aparte de las providencias policiales, bien merece que la autoridad educativa –estos días tan pre-ocupada por otros enredos—entre hasta el fondo en él sancionando a los eventuales culpables, chicos o grandes, altos o bajos, docentes o discentes. Si se confirma que ni siquiera la expulsión de los acosadores resulta suficiente para garantizar los derechos de ese ciudadano, estaríamos ante la necesidad imperiosa de adoptar medidas de fondo sin templar gaitas ni tentarse la ropa.

Clima de alarma

Puede que algún lector memorioso de esta columnilla recuerde la crónica que envié hace un año más o menos desde Venecia contando como fui casual testigo de un desalojo del mismísimo Palazzo Ducale por una falsa alarma de bomba provocada por la denuncia de un turista que reparó en que, en el interior de un bolso de señora abandonado en una de sus fastuosas estancias, sonaba inquietante un tictac que los artificieros no tardaron en descubrir que no era más que el latido mecánico de un teléfono portátil. En una visita posterior tuve ocasión de asistir nuevamente al espectáculo del desalojo, en esta ocasión no de la ‘Signoria’, sino de la terraza en la que yo mismo escuchaba jazz tratando de descifrar de lejos los sublimes motivos de los capiteles que Ruskin proclamó los más bellos del mundo, cuando algún camarero advirtió que, junto a una de las columnas con que Sansovino sostuvo erguida la Biblioteca Marciana, se hallaba una mochila sospechosa. ¿Era posible que en dos visitas sucesivas el viajero en Venecia pudiera coincidir con dos alarmas de atentado en un mismo lugar? Evidentemente, no, conclusión que nada ilustraba mejor que la pachorra de los efectivos policiales que habían acabado por rutinizar este tipo de circunstancias, que en cualquier otro supuesto resultarían de lo más alarmante. La inseguridad institucionalizada tiene este revés curioso que es la “normalización” de las reacciones ante su amenaza, una adaptación instintiva que se justifica plenamente desde la lógica de un Poder que sabe mejor que nadie que la alarma es ya, en sí misma, un objetivo estupendo para el terrorista. Está de por medio, claro está, el “por si acaso”, algo así como una necesidad de segundo orden que fuerza a adoptar medidas precautorias procurando minimizar la inquietud a base precisamente de aquella rutinización. Pocas cosas tranquilizan tanto –se lo digo yo—como ver a tres o cuatro “carabinieri” trasteando con tiento una mochila abandonada, iluminando su interior con la linterna y escenificando una escena de abulia seguramente estudiada mientras llega y no llega otro retén de especialista que repite la operación descrita y así sucesivamente.

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El clima de alarma resulta tentador, sin embargo, no sólo para los malhechores sino para cierto estúpido concepto de la diversión que consiste en provocar situaciones temerosas a base de simular riegos ficticios, un crimen que con toda lógica habría que incluir en el dictado de terrorista pues de provocar el terror, en definitiva, es de lo que trataba, por ejemplo, ese canal televisivo que acaba da dar en Boston un susto colosal a la población originando un despliegue policial sin precedentes desde el 11-S con la colocación de una serie de paquetes sospechosos por toda la ciudad, al solo efecto de conseguir un clima propicio a una campaña publicitaria que sus ejecutivos traían entre manos. Y eso es algo que no debería saldarse con un mero correctivo y menos con la cínica escenificación de unas excusas inútiles, sino sancionado –en el grado y circunstancias que la ley estime oportuno– con el rigor que la ley reserva a los protagonistas genuinos del terror. Hay diferencia, no hay duda posible, entre despanzurrar a una muchedumbre indefensa y limitarse a aterrorizarla, pero tampoco cabe duda de que, por larga que resulte la distancia entre las intenciones, el designio de provocar el pavor de la gente, la contribución gratuita y canalla a fomentar el miedo de la multitud, no debe tratarse como si se tratara de una simple broma de mal gusto sino como un acto terrorista y no sólo en el sentido etimológico de la expresión. A mí y unos cuantos mohicanos más, la policía acabó desalojándonos, en la última ocasión referida, con un gesto cómplice y tranquilizador. Nos fuimos de allí convencidos de que distinguir la acción con su simulacro no deja de ser una inocente contribución a los designios del terrosista.

Agresión y mano blanda

Otro profesor agredido, en presencia de los alumnos para mayor inri, por el padre de uno de ellos. Ha ocurrido en un centro de primaria de Cádiz y la remilgada consejería ha expresado “su repulsa y más absoluto rechazo” ante los hechos, además de mostrarse solidaria con el tundido y aprovechar para proclamar que “la violencia nunca tendrá cabida en los centros escolares” (¡). Bien, todo eso es estupendo, pero ¿se personará la consejería de la Junta como acusación de ese bárbaro en el Juzgado correspondiente o se limitará a esas palabras de compromiso? ¿Se imputará a ese padre agresor un delito “atentado” contra un funcionario público, como ha establecido la jurisprudencia, o seguirá la autoridad educativa apostando por el “buen rollito”? No puede haber ninguna razón para tratar con guante de seda la epidemia creciente de ataques a docentes y médicos que padece esta sociedad como no pueden buscarse fórmulas escapatorias que sólo benefician a los bárbaros mismos.

Ciento volando

Ni siquiera esa firma en Fitur del compromiso sobre el futuro aeropuerto onubense –un proyecto de principio de los 40, hay que recordarlo– puede despejar tanta inquietud y tanto recelo como la estrategias dilatorias empleadas hasta ahora por las Administraciones han acabado por provocar. Lo de menos es el teatrillo de la firma, el protagonismo estudiado de la candidata Parralo (que buena falta le hace, ésa es la verdad, dadas las circunstancias) o el pase a la segunda fila del presidente de la Dipu, quién sabe si “tocado” por su situación o, sencillamente, comenzando ya a desandar el camino de vuelta. Han sido precisas fuertes presiones civiles, todo el peso de las organizaciones empresariales y, por supuesto, la proximidad de unas elecciones que en Huelva capital pintan bastos para el PSOE, para que ese papel se firme, y eso mismo obliga a seguir de cerca la marcha posterior del negocio no sea cosa de que el presunto pájaro en mano se quede en ciento volando.

Planeta a oscuras

Hoy 1 de Febrero, coincidiendo con la Semana Europea de la Energía Sostenible, esta mitad del planeta que habitamos debería quedar a oscuras siguiendo la iniciativa “Cinco minutos de tregua para la Tierra” que han lanzado importantes organizaciones conservacionistas preocupadas con el cambio climático. Sólo durante cinco minutos, bien entendido, justo entre las 19’55 y las 20 horas, trescientos segundos testimoniales durante los cuales deberán permanecer apagadas las luces, tapadas las cacerolas y suspendido cualquier flujo de energía, de modo que quien nos contemple desde el espacio sideral nos vea como un mundo demediado, la mitad de un esmeralda brillante bajo la luz del sol y la otra como una sombra opalina y fantasmal al servicio de una buena causa. La Asociación de Amigos de la Tierra ha organizado desde Francia un auténtico revuelo internáutico a pesar del cual los resultados del voluntarioso apagón se prevén sólo discretos incluso en vísperas de que nos largue su informe, previsiblemente desconsolador, sobre el recalentamiento de la atmósfera,  el Grupo Intergubernamental de Expertos para la Evolución del Clima (GIEC). Creen los expertos que la ciudad alegre y confiada no está lo suficientemente dispuesta a colaborar porque le falta información adecuada y por eso reclaman a los políticos un esfuerzo por plantearse algo tan extraño, por lo general, a su oficio como son los objetivos a largo plazo, al tiempo que tratan de enganchar a la ciudadanía en un proyecto común que, por ahora, no sólo no involucra sino que ni siquiera es compartido por la mayoría. No es mala metáfora ese planeta girando en su órbita con el ojo luminoso guiñado a las estrellas, pero mucho me temo que la experiencia sirva de poco. Disculpen el pesimismo, pero doy por supuesto que el animal humano no aprende más que a golpes, y eso cuando por fin logra entender.
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Demasiada gente no cree en el vehemente aviso de los expertos y no descarto que este rechazo se deba, siquiera en parte, a una cierta reacción “anti-eco”, como dirían los franceses, un cierre frente al empacho conservacionista que viven las sociedades desarrolladas. Un amigo historiador me invocaba hace días el estudio de Emmanuel Le Roy Ladurie –aquel ministro de Pétain que luego fue “resistente”, comunista y, por fin, independiente: no está mal la derrota—sobre “Historia del clima después del año 1.000” en el que el sabio historiador se esforzaba en probar la continuidad básica del comportamiento atmosférico, y otro me recordó que las series meteorológicas de los colonizadores mineros de Riotinto corroboraban igualmente la constancia básica del humor celeste. Doy por hecho, pues, que la jornada de ahorro simbólico de esta tarde no pasará de ser una experiencia minoritaria de la que apenas se enterarán, no digo ya los exploradores alienígenas que seguramente nos vigilan ojo avizor, sino el propio vecino del adosado que tal vez mantenga a tope sus luminarias domésticas mientras brama el televisor y rugen los “splits” con sus bombas de calor. No es fácil persuadir al animal humano de la condición contingente de lo real y menos si el intento persuasivo se hace desde la perspectiva ética, y quizá esa resistencia no sea sino un protector natural sobrepuesto providencialmente a la fragilidad de nuestra estimativa. Otra cosa será si las predicciones resultan certeras –vamos a ver, por ejemplo, con qué nos salen esta vez los expertos del GIEC—y, en efecto, los veranos se alargan en el Polo mientras el telediario sigue ofreciéndonos imágenes de bañistas gallegos y vascos, con el agua por los corvejones, en plena temporada del perdigón. El hombre es un animal metafísico que vive, en mucho mayor medida de la que suele creer, aferrado a esa fe, no sabemos si ilusoria, en la consistencia de lo real. De momento lo que no se puede negar porque está a la vista es el anacrónico top-less del telediario.