Libertad amenazada

Alguna vez me ha confiado Gustavo de Arístegui –uno de los expertos que más cercanamente conocen la realidad del mundo islámico– su convencimiento, paradójico sólo en apariencia,  de que el mayor adversario del Islam es el islamismo, asunto que ha puesto en claro desde el titulo un libro suyo reciente en el que se insiste en esta estupenda teoría que seguramente dejará, pues eso, estupefactos, a muchos entre quienes sólo de oídas conozcan esas realidades. La hipótesis de partida de Arístegui –cuya experiencia diplomática en el avispero jordano y su proximidad a muchos protagonistas de la tragedia que vive la zona es excepcionalmente estrecha—consiste en que, en efecto, el Islam, más que una religión, en el sentido convencional o incluso en el que le da al término Max Weber, es una ‘ideología’, dándole a este concepto el alcance largo que le otorgó la tradición crítica que llega hasta Adam Schaft. Cosas parecidas hemos entrevisto los de mi generación insinuadas en Paul Berger, en Thomas Luckmann, en tantos otros, y hasta nos hemos escandalizado de ellas en nombre de dogmatismos ya, por fortuna, no tan vigentes. Y por supuesto, aún hoy no dejan de producirnos una inquietud próxima al escándalo a muchos que, menos dotados para la acuidad que Gustavo y otros observadores, seguimos viendo en el Islam una religión positiva y en el Corán un código complejo en el que –he de decirlo con entera lealtad a nuestro huésped—caben holgadamente, a mi juicio, los prerrequisitos de las formas fanáticas, contra lo que antier mismo dijera el responsable de nuestra seguridad, que hoy lo amenazan y nos amenazan.
Está fuera de discusión que estamos viviendo una crisis muy tormentosa, en cualquier caso, como consecuencia de la utilización, legítima o desviada, de esa “ideología”. Con un agravante: que, como en otras tantas épocas, en el cortejo ‘ideológico’ de la religión figura destacada la sombra atroz del terror. Es más, es posible que el rasgo más urgente y temeroso del siglo XXI sea la internacionalización de ese terror, nunca como hoy ubicuo y omnipresente como consecuencia de la realidad globalizadora, es decir, la novedad de que sus efectos –la acción terrorista como instrumento político mejor o peor disfrazado de religioso—aparezcan como dotados de una cualidad también sin precedentes: la desterritorialización. En la “banlieu” de Paris, en las comunidades afroamericanas de Nueva York, en el Madrid alegre y confiado hasta el 11-M, en la propia Arabia wahabita como entre los ‘guerreros mulsumanes’ de Paquistán o el chiísmo checheno, hace horas todavía en la mítica Argel, en medio mundo, la presencia cierta del islamismo se ha vuelto eventual amenaza. Y si en Gaza se libra, por lo demás, una batalla abierta entre dos religiones del Libro que nunca se vieron con buenos ojos, en Washington, en Londres, en Roma, en Varsovia, en Berlín o en Madrid, se ha abierto un frente nuevo con la que faltaba. Se le pueden dar al tema y problema las vueltas que se quiera, pero el presente –y ahí está el laberinto, la aporía de Irak para probarlo—el mundo está viviendo una experiencia nueva en su historia: la de esperar a un enemigo que no ha de anunciarse desde lejos con timbales retadores, sino que convive cauteloso dentro de la ciudadela con los propios amenazados, trabaja junto a ellos, come su pan y, lo que es más grave y desconcertante, comparte sus libertades.
Me consta que a este gran experto en relaciones internacionales le quitan el sueño dos realidades que sólo desde el oportunismo o la ignorancia se pueden negar. La primera es la amenaza que, contra todo pronóstico, se cierne sobre la Libertad en estos tiempos modernos. La segunda, ya más doméstica, es la grave pérdida de peso que España está experimentando en el mundo en esta legislatura, tras un paréntesis durante el cual, por lo que fuera, tal vez incluso se vio encumbrada más arriba de lo que resulta razonable. Con la Libertad amenazada y nuestra influencia en regresión, es normal esta preocupación española que, indignamente, está siendo presentada con frecuencia en absurdas claves partidistas, porque tanto la precariedad de los sistemas de seguridad mundiales como nuestro retroceso como potencia media resultan evidentes. ¿Cómo si no, entender que un mandatario de medio pelo maltrate dialécticamente al presidente del Gobierno, nos envíe a diario sus invectivas y hasta exija una “reparación” al Jefe del Estado que, ingenua o temerariamente, no ha faltado quién le permitiera entrever desde el propio Gobierno? La presencia de Gustavo de Arístegui en estas “Charlas” conecta -estamos seguros de ello– con el sentir de muchos españoles que sobrellevan como pueden la inquietud que les produce la precariedad de sus irrenunciables libertades y, por si poco fuera, se sienten alarmados ante nuestro creciente descrédito exterior. Porque pienso que, en el fondo, ambas cuestiones están relacionadas estrechamente, hemos buscado en el experto –tengo que confesarlo- no sólo la claridad de una doctrina sino el posible consuelo de un diagnóstico esperanzador. En peores plazas hemos toreado, dicen los castizos. Aunque sin excesiva confianza en el adagio, espero que Gustavo, conocedor excepcional de esta difícil coyuntura, nos proporcione algunas razones para justificar la serenidad.

El testigo divino

Un juez que ejerce en la ciudad de Dhanbad, al Este de la India, ha citado por sí y ante sí nada menos que a dos dioses del olimpo hinduista para que den testimonio irrefutable, en el pleito que se sigue contra el superior de un templo, a demanda de un grupo de ciudadanos que alegan que, sagrado o no, el solar sobre el que el templo se erige no pertenece a los dioses sino a los hombres, concretamente a ellos mismos, beneficiarios de una lejana concesión real convenientemente acreditada. No se trata, por lo demás, de dos dioses cualesquiera perdidos en el abarrotado panteón brahmánico, sino de los principalísimos dioses-mono, de Ram, el dios salvador que descendió a su Tierra (sin gran éxito, por lo que en ella puede verse) para eliminar la miseria y el pecado, aquel dios personal popularísimo al que tengo leído que se encomendó el propio Gandhi en la hora suprema, mientras su santa esposa hilaba resignada en la rueca y sus ninfas privadas le encomendaban el ánima; y de Hanumant, nieto del viento y de la tempestad, aliado fiel del primero y jefe de los monos sagrados. La citación de juez, dirigida al monasterio en cuestión, citaba a ambos para antier martes, especificando que la comparecencia debía producirse “en persona”, pero fue devuelta en tiempo y forma por los monjes alegando que las direcciones estaban incompletas, lo que ha forzado al magistrado a publicar la citación en la prensa local con la esperanza de que alguien por allá arriba lea los periódicos incluyendo los aburridos anuncios judiciales. Hay quien ve en la actitud de ese juez una insufrible osadía secularizadora pero no ha faltado quien la traduzca como un gesto piadoso revelador de la fe más vigorosa. Hace falta poca vergüenza o una fé de hierro para citar por correo a un dios. Para citar a dos, ni les cuento.
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No niego que la historia es tremenda, pero la verdad es que si en alguna parte no debe sorprender demasiado es en un pueblo que aún conserva en Toledo (no se si decir que venera) la romántica leyenda del Cristo de la Vega, que acabó por laurear a Zorrilla con la historia del juicio de enamorados resuelto por la milagrosa imagen hasta justificar su extraordinario título de “A buen juez, mejor testigo”. Mal puede sorprender la historia del dios-mono citado como testigo, a quienes hemos visto en alguna madrugada de Viernes Santo el cortejo de esta venerada imagen bajando desde el Cambrón hasta la puerta de Bisagra, para culebrear luego hacia la Vega en busca de su basílica de Santa Leocadia –la misma en la que se celebraron los primeros concilios–, el brazo del juramento siempre descolgado a pesar de haber sufrido tanto ultraje a manos de la soldadesca napoleónica primero y de nuestros comecuras después. Claro que no se me escapa la distancia que media entre el prosaísmo de este juez expeditivo y aquella lírica zorrillesca –nada mal trabada, por cierto– que dio forma definitiva a la leyenda del infiel don Diego Martínez y su abandonada doña Inés de Vargas. Intentaré  seguir el caso, por supuesto, persuadido,  eso sí, de lo improbable que resultaría que el  juicio de Dhanbad alcance la eléctrica tensión que el sentimiento romántico supo conferir aquí a la requisitoria de nuestra enamorada. Y de la distancia que separa el laicismo de ese magistrado de la concepción sacra de la vida que animaba aún el imaginario de un pueblo capaz de asumir sin problemas una Justicia en la que Dios mismo fuera testigo de cargo de un noviazgo fracasado. Hay que ver a ese Cristo renegrido a la luz de las candelas toledanas, enhiesto sobre sus andas y vacilante en el silencio penitente, como desafiando a la razón, incluso en estos tiempos desacralizados en que bastante tienen los jueces con averiguárselas entre tanto testigo falso. Ram y Hanumant no podrán hacer nada que aquí no se hiciera ya hace un buen montón de siglos.

Las dos espadas

Lo que faltaba: un arzobispo condenado –es decir, un arzobispo delincuente, si el presumible recurso no lo remedia– y, nada menos, que a instancias de un sacerdote de su propia diócesis. Con un fondo de dineros por medio (el viejo lío de CajaSur, la banda de la Iglesia), que lo complica todo sin remedio y le presta al asunto un triste tono de lo menos evangélico. A la Justicia parece no haberle temblado la mano ante el relieve del reo, pero hay voces que van pregonando que, al contrario, quién sabe si la condición de monseñor le habrá al reforzar las presiones sobre el caso. Sea lo que fuere, un grave problema para la Iglesia andaluza, evidentemente más por el fuero que por el huevo, una áspera cuestión para la jerarquía y, en cualquier caso, una demostración de que en la democracia no rigen privilegios ni exenciones.

La TV municipal

Por fin –y hay que decir “por fin” ya que, mientras la capital sigue sin su antena propia, no hay pueblo que se precie en la provincia que no tenga la suya–, parece que el Ayuntamiento dará luz verde el año que viene a una tele municipal. No estaría mal que viniera esa tele a dar un ejemplo de ecuanimidad, a demostrar que, incluso sin chuparse el dedo, es posible que un “medio” pagado con dinero de todos se dirija a todos, procurando apretar voluntades en lugar de abrir brechas entre los ciudadanos, aunque, la verdad, no me hago muchas ilusiones sobre esa posibilidad. Huelva, en cualquier caso, necesitaba ya su tele municipal y la va a tener. Y hay que reconocerle a este consistorio la correa que ha tenido para soportar la desigual competencia que desde hace años viene padeciendo por tierra, mar y aire.

La factura olvidada

Dos acontecimientos verdaderamente memorables han ocurrido de manera simultánea estos días. Por un lado, un grupo de indígenas de la tribu de los ‘Cintas Largas’ han secuestrado en la reserva Roosevelt, en plena Amazonia, junto a un procurador de la República y tres personas más, a un funcionario español destacado en la ONU que andaba por allí cumpliendo su misión, y se niegan a devolverlo en tanto no se les “compense”–aparte del archivo de los procesos por asesinato de ciertos buscadores de diamantes seguidos contra ellos– con determinadas mejoras en su poblado. Por otro lado, el coronel Gadaffi, reconocido terrorista internacional, ha hecho polvo el `buen rollito´ de ZP en la cumbre de Lisboa proclamando que menos cuentos, menos promesas incumplidas y más “devolver” a los antiguos países coloniales los tesoros que les fueron arrebatados por las potencias colonizadoras. Esto último lo auspiciaba también hace poco un diputado de ERC, al sugerir que España estaba en deuda con Perú o México en tanto en cuanto no enviara de vuelta para allá los tesoros arrebatados hace siglos, aquel famoso oro americano  causante de la “revolución de los precios” en la España del XVI, que Earl J. Hamilton cifró tan alto pero que luego ha resultado que no fue para tanto, incluso contando con el que se le quedó entre las uñas a la corona británica en su calidad de patrona del corso. Demasiada gente nos pasa facturas olvidadas, como si nosotros, pobreticos, no pudiéramos a nuestra vez exigir a aquellos o a los de más allá que nos compensaran por lo mucho que se han llevado de estos pagos, desde los foceos en adelante, tirios y troyanos. Hasta el bocaza de Hugo Chávez anda esta temporada enredado en esa falsa memoria, como tuvo ocasión de predicar al universo mundo, entre insultos de lo más adocenado, con motivo del dichoso encuentro de Chile en el que el Rey le pidió  con tanta casta que se callara de una vez. Es un tema de moda, no hay duda, y mucho me temo que, apadrinado por gentes como las mencionadas, acabará convertido en otro tópico consolidado más pronto que tarde.
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El indigenismo queda muy bien en la tribuna y en el púlpito, no lo discuto, pero hay ya sobradas experiencias que prueban que su argumentario tiene poco recorrido. ¡Con decirles que el famoso sub-comandante Marcos del Ejército Zapatista acaba de presentar una novela erótica tras someterse a las inquisiciones de Quintero en los “Ratones Coloraos”! Dudo que la problemática de esos países pase por la reivindicación descerebrada de una edad de oro que probablemente nunca existió y creo, en cambio, que el desafío actual del neoindigenismo bien podría acabar acarreando otro apocalipsis a los ingenuos votantes que confían en la solidaridad indumentaria de un Evo Morales o se tragan  el farol cuartelero de Hugo Chávez en esa tierra de patriarcas otoñales y sátrapas supremos que tiene el ‘copyright’ genuino de la palabra “cacique”. A cualquiera se le ocurre que secuestrar a un grupo de notables no es el mejor procedimiento para exigir una revisión histórica tan discutible como el expolio colonial y mucho menos para forzar el archivo de unas justicias tan sangrantes como las que se siguen contra los indios “Cintas Largas”por tomarse por su mano la suya contra los ladrones de diamantes. Pero sobre todo, difícilmente se le escapará a nadie que esos caudillos que le han salido al movimiento indioamericano, con guayabera o con uniforme milico, vivaquean tan lejos de la democracia como del sentido común. Habría mucho que hablar sobre el pretérito imperfecto de esos pueblos despojados. Pero más todavía sobre su presente tenso.

La prueba robada

Oigo con estupor que el asalto al Juzgado y robo de la prueba aportada por El Mundo para defenderse de Chaves y los suyos, perjudica a éstos. Fíjense qué extravagancia, tras la durísima condena del Comité Mundial de Libertad de Prensa en el que se le pide al presidente de la Junta que “retorne a la sensatez democrática”, nada menos. Una vez más la pregunta que Séneca plantea en su `Medea´–“Cui prodest?”, ¿a quién beneficia?–, que esta vez tiene fácil respuesta a poco que se considere que fueron los propios querellados quienes confiaron a la Justicia la custodia de la prueba y que en ella, de haberse difundido, un poner, en “You Tube”, la inmensa multitud silenciosa hubiera podido comprobar su contundencia probatoria y las gravísimas acusaciones vertidas contra el propio Presidente, que prefiero no reproducir. Desde luego, si yo fuera él y los suyos, no dormiría tranquilo con esa posibilidad flotando en el ambiente.