El octavo día

No me parece proporcionada la reacción social y mediática provocada por el fenomenal hallazgo de esos biólogos de varias universidades que han logrado, según parece, reprogramar células de la piel hasta conseguir que se comporte como las dichosas células-madre, es decir, hasta convertirlas en células pluripotenciales o capaces de dar de sí otras que, a su vez, podrán formar tejidos de cualquier especie. La cosa no es nueva, al menos vista por ojos legos, pues hace años que anda por ahí la escalofriante imagen de un ratón calvo en cuya espalda los demiurgo habían logrado construir una oreja humana, sembrando células de cartílago sobre una matriz construida con un material biodegradable que posteriormente sería desechada. El truco estaba, por lo visto, en introducir en la célula elegida un cóctel de varios genes, cuya acción, como en el sueño del brujo más audaz, será capaz de invertir la marcha de su “reloj biológico” de manera que nuestra célula diferenciada y adulta vuelva al paraíso olvidado de una infancia en la que el prodigio de la vida vuelva a ser posible. En medio de la natural algarabía se ha alzado la voz de los prudentes avisando de que semejante portento dista aún mucho de cerrar el círculo maravilloso, dado que de momento no se han encontrado mejor medio para introducir esos genes en la célula elegida que acomodarlos a un virus que actuará como vector pero cuya presencia conlleva importantes riesgos oncogénicos. Se acabaron, en todo caso, los escrúpulos bioéticos que, no sin alguna razón, han emborronado todos estos años el panorama de un progreso que puede transformar la expectativa del hombre como nada haya logrado hacerlo en sus milenios de evolución. Incluso he leído la proclama complacida lnzada desde alguna instancia fundamentalista que se ve liberada por la nueva conquista científica del absurdo compromiso que ha hecho de la trascendental investigación de las células-madre una batalla moral sin sentido. Es como si, en cierto modo, estuviera amaneciendo el octavo día y el Dios que creyó matar Hegel pero que nunca muere, se asomara sobre el arcoiris para contemplar la proeza de sus prometeicas criaturas.
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Podría ocurrir, en todo caso, que algún metepata reutilice la objeción integrista y, toda vez que ya no podrá quejarse del famoso atentado a la vida que supondría la destrucción de los embriones hasta ahora indispensables, dé en argumentar que, al fin y a al cabo, manipular lo vivo hasta hacerlo desandar el camino andado no deja de constituir un soberbio desafío al modelo lineal de la teoría creacionista, que podría ver en estos creadores de orejas o en aquellos relojeros prodigiosos una suerte de ángeles rebeldes decididos a reescribir por su cuenta los renglones torcidos del ‘Génesis’. No lo sé, aunque confío en que, zanjada la cuestión mayor, al menos desde esas altas instancias que se arrogan como competencia exclusiva la policía ética, no vuelva a armarse la zancadilla a un progreso científico que, más allá de su potencial amenaza, es obvio que si a duras penas puede cuestionarse menos aún puede impedirse. Acabar pidiendo perdón por el empecinamiento (o por las inquisiciones) al cabo de los siglos, como se ha acabado haciendo en casos bien conocidos, no arregla nada sustancial, sino que pone de manifiesto la inutilidad de una obstinación impropia de estos tiempos de maravillas y hasta puede que suma en la perplejidad a muchos espíritus incapaces de entender los rigores del maximalismo. Es una pamplina oponerse desde la teología al proyecto de utilización del saber biológico y tal vez un atentado de lesa humanidad boicotear una investigación que no compite con el mito pero que puede mejorar la realidad en términos que no habían previsto los inquisidores. Dios descansó el séptimo día pero tdo sugiere que dejó mucha tarea por hacer.

Divino tesoro

Es muy fácil apostar a ciegas por la juventud, esta tirado rechazar cualquier crítica miembros de esa edad con el manid argumento de la indeseable criminalización. Pero más claro está, por desgracia, que la sociedad tiene sin resolver en este momento gravísimos problemas derivados, en buena medida, de una insensata permisividad que en nada beneficia a los jóvenes en su conjunto pero que perjudica a muchos en concreto. ¿Tiene sentido mantener que un homicida salga en libertad porque le faltan dos horas para cumplir la mayoría de edad? ¿Qué hacer con salvajes que humillan a una chica forzándola a practicar felaciones o con crecidos “perros de paja” que cifran su autoestima en linchar a compañeros o en colgar en Internet sus miserables e impunes proezas? El Defensor del Pueblo acaba de alertar sobre el riesgo de esas modas, pero ése es un asunto que necesita, obviamente menos cómoda condescendencia y más indispensable autoridad. 

Cría cuervos

Se ha despachado con tiento Carlos Navarrete en la excelente entrevista que le hizo ayer Seijas en nuestro periódico. No sabe si se fue o le echaron (je,je), nada le debe a un partido quien, como la Biempagá (“No me eches en cara/ que to lo perdiste,/ también a tu vera/, yo to lo perdí”), tiene la entereza de reconocer que si dio mucho, mucho recibió. Los “renovadores” –los de la foto con González en Doñana, que el propio Barrero llevó a los periódicos– no actuaron motivados por “ideas ni comportamientos” sino estrictamente arrastrados por la ambición de Poder, ya ven qué novedad. La perspectiva de la retaguardia, como puede verse, no es necesariamente nítida ni acertada, pero hay que reconocer que a Navarrete –indiscutible forjador de lo bueno, lo regular y lo malo en el PSOE onubense– lo traicionaron si escrúpulos sus propias criaturas políticas, las mismas que siguen en el machito. Cría cuervos. El refranero tendrá sus miserias pero también, como en esta ocasión, más razón que un santo.

El tamaño del pez

En Francia acaban de proceder judicialmente contra el expresidente Chirac, reo presunto de malversaciones con motivo de ciertos contratos amañados mientras fe alcalde de París: Ha sido una instrucción larga y, en cierto modo doble y compleja, pues iba paralela al “affaire Clearstream”, en el que si dilucidaban responsabilidades en un lavadero de pasta negra, y durante toda ella los magistrados que han intervenido con guante de seda pero puño de hierro han venido llamando al presunto máximo culpable “Monsieur X”.  El “Seño X”: también aquí empleó ese pseudónimo discreto el juez Garzón al concluir que desde el Gobierno de González se había practicado terrorismo de Estado pero ni que decir tiene que esa “X” que, en aquella tétrica ecuación, superaba al ministro condenado, no se despejó nunca. No sólo eso, sino que se perpetró la singular locura de concentrar a toque de corneta ante la cárcel de Guadalajara (consta que más de uno haciendo de tripas, corazón) a todo el que pintaba algo en la nómina, digo, en la ‘nomenklatura’ del partido para aclamar como héroes a dos secuestradores. El caso Dumas en Francia, el saqueo de los Bhutto en Pakistán, el laberinto mafioso de Andreotti en Italia, el asunto Robinson en la Inglaterra de Blair, los líos de Carlos Andrés Pérez en Venezuela o el que dio con los huesos de Papandreu en el trullo antes de devolverlo al poder, demuestran que en toda democracia que funcione medianamente bien, el que la hace la paga, sin que el tamaño del pez resulte determinante a la hora de tragarse el anzuelo o el ‘marrón’. Ahora en Francia, Chirac se las tendrá que ver con una Justicia paciente que ha esperado respetuosa a “Monsieur X” sin descubrirle su gracia hasta que ha sido posible. Un correoso “aparatchik” como Probst avanzó hace tiempo, en todo caso, un comentario realmente esclarecedor: “Es posible –dijo– que Chirac ‘resulte’ alguna vez culpable. Lo que jamás ocurrirá es que el Presidente ‘sea’ culpable”. Más claro el agua.
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En España partimos ya del anacronismo injustísimo de que el Jefe del Estado sea constitucionalmente inmune, esto es, quede al margen de la Ley que él mismo sanciona, como si no supiéramos desde los maestros romanos que el deber del legislador es soportar la ley que promulga. Hace pocos días fue condenado, una vez más, el secretario de Estado Vera convicto de haber pagado cifras millonarias para cerrar las bocas de unos sicarios que podrían incriminarle en sus propios crímenes, y no sólo nadie se ha acordado del “Míster X” de Garzón con un motivo tan justificado, sino que la noticia ha tenido un escaso eco en una opinión que definitivamente ha asumido como inevitable la podre de la política y el hedor de la sentina del Poder. Nixon no habría tenido necesidad de dimitir en España por más que ‘Garganta Profunda’ susurrara en la oreja de los investigadores pistas que a él conducían, porque aquí el régimen de libertades ha progresado no poco, no cabe dudarlo, pero sin llegar, ni mucho menos, a descartar el tamaño del pez a la hora de sacar el palangre, quizá porque un pasado como el nuestro –que se desliza desde la mentalidad señorial-feudal al caciquismo puro y duro–  ha hecho fraguar, siquiera en niveles subconscientes del criterio público, cierta noción sacral del Poder que inevitablemente acaba por segregar la idea de inmunidad. Si a Chirac lo condenan en su momento, la opinión francesa, dividida desde un principio, es más que probable que primero se estremezca ante la efemérides y luego la asuma hasta que como, en USA, el enredo del Watergate quede relegado a su dimensión literaria. Aquí no habrá caso, claro, y la “X” con que ese juez tornadizo encubrió la evidencia se quedará ahí para los restos. Todavía hay clases y diferencias, qué coños. La cuestión estriba en saber hasta cuándo.

Controles trucados

El Consejo Audiovisual de Andalucía ha rechazado, con los votos de su mayoría socialcomunista, la propuesta de los consejeros de la oposición interna de emitir siquiera un comunicado expresivo de su preocupación por el juicio de Chaves contra El Mundo que ha recibido apoyo masivo, incluido el de la Asociación de la Prensa sevillana. Normal. Ese orgánulo no escapa a la ya aplastante evidencia de que los órganos de extracción parlamentaria son tan incapaces de mantener la ecuanimidad como de renunciar a su condición de autómatas de partido. ¿Para qué gastar una fortuna, entonces, en estos chiringuitos que no hacen sino duplicar la voluntad de la Junta que los elige y paga? Puede que se me conteste que para legitimar, llegado el caso, con la palabra o el silencio, los abusos del Poder, pero ello no haría más que reforzar aquella evidencia de que esos controles trucados –aparte de otros tantos colocaderos para repartir a prorrata– constituyen un auténtico fraude frente a la opinión pública. 

Ahora Bruselas

Un comité del Parlamento Europeo acaba de pedir al gobierno comunitario de Bruselas que abra expediente para averiguar qué está sucediendo en la marisma onubense tras el vertido de fosfoyesos que Chaves, al menos de boquilla, parece que sería partidario de cortar por lo sano. La cosa parte una vez más de Greenpeace y lo que se pide es, nada menos, que además de impedir los vertidos con carácter inmediato, se proceda a declarar la zona como radioactiva y a realizar sin tardanza un estudio epidemiológico solvente que aclare el alcance real de lo que los denunciantes llaman el “desastre ecológico” y sus repercusiones sobre el estado sanitario de la población de Huelva. M´s que nuevas descalificaciones de los “verdes”, lo razonable sería coger entre todos y por los cuernos a ese toro que, por otra parte, tratan de capotear desde hace tiempo algunos de nuestros médicos.