Reyes taumaturgos

No es poco lo que las monarquías deben a las leyendas de los poderes de los reyes. Marc Bloch se ocupó de esas leyendas atribuidas a los reyes franceses e  ingleses, entre las que destacaba la de curar las escrófulas con la mera imposición de manos, pero es obvio que en el catálogo de imaginarias o reales potencialidades de los soberanos han de ser incluidas las derivadas de su propio trato. De Felipe II se cuenta que tan temible era su mirada que, en una ocasión, fulminó a un embajador en el salón del trono de El Escorial, hazaña inimitable incluso para el impresionante continente de Napoleón, aunque debe admitirse que fue a través de su trato, de su capacidad de empatía o su carencia de ella, como los reyes lograron fijar su perfil entre la gente. A Juan Carlos le urdieron una imagen de panfilismo, durante la dictadura, no sólo los republicanos sino también los falangistas pasando por los monárquicos requetés, imagen que se vino abajo la madrugada del 23F para la inmensa mayoría y que parece que el monarca anda dispuesto a liquidar dejándose ver, como dicen los banderilleros, sin perder los estribos o perdiéndolos deliberadamente. Porque supongo que hay que ser pánfilo, a su vez, para no ver en la visita a las ciudades españolas de África un justificado rentoy al Gobierno que parte el piñón con la satrapía marroquí, o en el zambombazo al dictador venezolano que le ha aplaudido, como se aplauden en el ruedo los quites bragados, lo mismo el sol que la sombra. De más están los tiquismiquis ultraconstitucionales y los escrúpulos protocolarios: el gesto del Rey –es decir del Jefe del Estado– mandando callar o poco menos a ese demagogo va a ser la vuelta de tuerca que le faltaba al tornillo sin fin de un rey impuesto que se ha dado traza y modo a legitimarse sentimentalmente en la opinión. No hay un solo político en España con el prestigio del Rey y menos que va a haberlos en adelante. Monárquicos o republicanos, todos y cada uno de ellos, tendrían que preguntarse el por qué.
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De lo que no cabe duda es de que el acierto del Rey se beneficia de la alta demanda de autoridad que se percibe en un país en el que ni el Tribunal Supremo es capaz de hacerse obedecer ni el Gobierno parece interesado en ello, en el que los régulos regionales ondean cada día desde el adarve el pendón de la taifa y en el que no se respeta de hecho del rey abajo, ninguno. Las críticas ‘formales’ al borbonazo propinado al gorila van a poder poco, desde luego, con ese deseo masivo de dignidad democrática que siente la mayoría silenciosa y ante el que las sonrisitas zalameras poco han de poder a su vez, por supuesto, frente a un zafio autócrata como ése que pretende –sin que le digan ni pío las democracias que lo apoyan o sostienen– perpetuarse como tirano vitalicio. Quienes hemos criticado al Rey con dureza cuando ha sido menester estamos más legitimados para resaltar ahora la pertinencia de un gesto popularísimo que cuestionan, cogiéndosela con papel de fumar, ciertos fervientes soviéticos reconvertidos de pronto en adalides de la Constitución. El otro día en la tele lo que los españoles vieron es que ZP no podía con Chávez, que es lo normal que ocurra cuando se juega uno las cartas con un golpista estampillado, que si el Rey no tercia con su capotazo, el bruto ése acaba apabullando al doncel risueño con su estolidez chusquera y su poquísima vergüenza. Que se lo jama, vamos, como se está jamando a medio continente con sus soflamas cantinflescas y su utopismo insensato, anacrónico como un estafermo y simple como un sonajero, el puño alzado contra eso que él llama ‘Europa’ y el ojo guiñado a los terroristas de Irán. No digo yo que el Rey no actuara sino instintivamente pero sí que el instinto coincide a veces con la exigencia de razón. Así creo yo que lo ha entendido y valorado esa muchedumbre silenciosa que se acuesta monárquica y se levanta republicana, pero también viceversa.

La almeja longeva

La noticia de que unos investigadores galeses han descubierto en Islandia una almeja viva que supera los cuatro siglos de edad ha sugerido a más de uno la idea de que tal vez el secreto de la longevidad no sea otro que el aislamiento. Los propios sabios involucrados en el caso han opinado que la causa del prodigio bien podría ser la ociosidad forzada, el anacoretismo radical que excluye toda relación y hace de la vida un ejercicio solipsista, la mera aceptación pasiva de la existencia discurriendo ajena en el tiempo fugitivo. Allá ellos. La ociosidad forzosa que, por mi parte, he debido soportar esta temporada me ha traído, por otra parte, otra noticia, la de ciertas “bacterias sociales” descubiertas también hace poco, sorprendentes organismos capaces de intercambiar entre ellos información genética lo que supone, inevitablemente, una alta capacidad de relación y, desde luego, de lo más íntima. El caso de la almeja longeva parece abogar a favor de la incomunicación como garantía de la vida pero no parece menos cierto que el de las bacterias transgénicas –como si el molusco se hubiera propuesto festejar la imaginación sociológica– apunta a las ventajas evolutivas de la sociabilidad, es decir, en dirección a la tesis de que cualquier clase de ser vivo, incluso el más elemental, refuerza su homeostasia, como quien dice, trazando puentes hacia otros vivientes a cuya existencia contribuye y de la que se beneficia. Un dilema que, bien mirado, no hace más que reproducir la antigua cuestión que encendió y ha mantenido viva durante tantos siglos la polémica entre el ideal antisocial del monacato y el proyecto societario basado en la interacción. Va uno de Parsons a Darwin, como puede verse, casi sin advertirlo, como deslizándose sobre el propicio plano inclinado de una experiencia natural que alumbra graves perspectivas sin despejar del todo la incertidumbre.
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Conocemos de sobra la leyenda de la longevidad monacal, un tópico igual en las religiones occidentales que en las de Oriente y sabemos bien que en ellas suele deslizarse la sugestión de que la vida larga es el producto de la introyección absoluta que condiciona la renuncia, mientras que la efímera vendría la consecuencia o efecto de esa suerte de combustión devoradora que sería activa. Aunque también contamos con la propuesta contraria, esto es, con el ejemplo de las vidas prolongadísimas de personajes cuya implicación social fue máxima. Ni siquiera el ejemplo de Matusalén, el hijo de Henoc en la estirpe de Caín, bastó a los exegetas a la hora de exaltar el mérito de la virtud del que la vetustez era la prueba más inconcusa, como lo demuestra que el sabio Beroso mitificó el recuerdo de diez reyes babilonios que habrían ceñido la corona a razón de cuatro milenios largos por barba, fábula que inevitablemente trae a la mente el inolvidable alegato de Borges contra la inmortalidad. Acabo de enterarme también de que los españoles acabamos de alcanzar por fin la cota de los ochenta años en una esperanza de vida que, puestos a decirlo todo, la verdad es que las actuales circunstancias de la ancianidad no animan a apostar por ella. Ahí queda intacto el viejo debate, pues, la discusión sobre los pros y contras de cada modo de vida, el dilema entre el ideal solidario y el eremítico que apenas aclara el contraste entre la vida solitaria de la almeja y el activo comején de esos diminutos vivientes que viven con y del prójimo, atentos como carroñeros al menor resquicio para lanzarse al enigmático festín de los genes ajenos. No resulta fácil, en fin de cuentas, elegir entre esa existencia oscura del bivalvo y la minuta solidaridad de las bacterias, entre la beatitud del retirado y el corso entusiasta de esas cazadoras de ADN. Puede que el hombre –su perspectiva de ochenta años de convivencia– sea también en esto medida de las cosas. La Seguridad Social, en todo caso, no daría para más.

‘Felix Arcadia’

La prensa europea presta ya poca o ninguna atención al hecho, en todo caso notable, de que un país señero como Bélgica lleva a estas alturas medio años sin Gobierno. Se ‘pasan’ las noticias, no hay hecho, por descomunal que sea, que resista en titulares más allá de un cierto tiempo a no ser que mantenga pendientes aspectos significativos. Ni siquiera el de que un país –y tratándose de Bégica carece de sentido hablar de “nación”– se las averigüe solo en ausencia del poder, siga su vida sin mayores problemas y resuelva sus necesidades con normalidad, que es un poco el ideal anarquista puesto en práctica no por ninguna revolución sino por la simple inercia estatal. ¿Acaso una sociedad puede prescindir de ese denostado mal necesario que es el Poder, será cierto que los pueblos no necesitan de riendas para consagrar rectamente su ruta y seguir adelante guiados pos su propio instinto de supervivencia? En nuestras democracias es común la experiencia de que la ausencia de ese Poder, la vacación prevista u ocasional de los gestores públicos, para nada o en muy poco alteran la vida pública y menos todavía, ni qué decir tiene, la privada, como si el montaje social estuviera poseído por una dinámica que lo arrastrara hacia delante, igual a medio gas que a toda máquina, sin necesidad de que haya nadie en el puente de mando. No ocurre nada, no se detiene la máquina de las burocracias porque los gobernantes veraneen o se ausenten en viajes (laboriosos o placenteros, eso da lo mismo) al menos si tomamos como referencia el funcionamiento de los servicios. Entonces, ¿para qué sirve el Poder, acaso el personal puede vivir ordenadamente sin que el ojo del amo le engorde el caballo de la cotidianeidad? No tengo respuesta para la vieja cuestión ácrata pero ahí tienen a Bélgica, funcionando como un reloj, al menos durante este primer medio año sin Gobierno. Es posible que le mejor argumento de los anarcos haya que buscarlo en la propia lógica y disciplina de la organización social.
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Quién sabe si la desideologización intensiva que vivimos desde que fracasó el modelo bipolar acabará desembocando, una vez rematado su designio, en la evidencia de que ningún poder político es preciso para garantizar la buena marcha de una sociedad. La triste y deformada imagen que poseemos de los ensayos anarquistas históricos no debe hacernos olvidar el sólido trasfondo de una doctrina que valoraba el orden tanto como para proponer su autonomía de la política, un poco en línea con la identificación que Proudhon hizo en su obra más clásica entre eso orden y la perfección social, en el sentido de que la república (la “res publica”, se entiende) no es más que la “anarquía positiva”. No está el horno para bollos, de acuerdo, ni trata uno de erigir en plan flamenco la utopía de la “Feliz Acracia” en la que reinaba por doquier ese orden emanado del instinto solidario, por desgracia jamás verificado. Pero ahí está Bélgica, pacífica y próspera, rutinaria y satisfecha, rota en dos pezados que pueden ser tres en cualquier momento, pero sin mayor novedad, como proponiéndonos un ejercicio de ciencia y conciencia políticas sobre la prescindibilidad del poder. Liberales y relativistas no saben en qué berenjenal se andan metiendo. Igual una mañana nos levantamos con malas noticias de aquel paisito formidable por haber olvidado la advertencia volteriana de que el abuso de la democracia conduce a la anarquía.

Lenguas cortadas

Junto a la extraña ocurrencia del juez Gómez Bermúdez de limitar la libertad de expresión para proteger el secreto sumarial me cae en las manos un escalofriante despacho procedente de la prensa egipcia que, salvadas todas las distancias que sea menester, como es natural, relaciono de inmediato con una propuesta que, en el fondo, no es más que el viejo recurso del tapabocas. Resulta que un pastor beduino que pastoreaba por el desierto del Sinaí habría sido condenado a perder la lengua a manos del verdugo por haberle formulado ciertas proposiciones obscenas a una pastorcita con la que coincidió en aquella soledades, sentencia primitiva que incluye la alternativa de salir ileso del trance a cambio de un determinado número de camellos, creo que cuarenta cabales, que, como indemnización, habría de entregar a la ofendida. Son arcaísmos que no resultan nada llamativos en el contexto de la Justicia militar, que es la que rige en la zona, y de la que tal vez habría que decir lo mismo que Clémenceau afirmó de la música regimental, pero que van perdiendo sentido a medida que las sociedades se civilizan hasta resultar inconcebibles en el ámbito democrático. Aunque la verdad es que ese celo que le ha entrado al juez del 11-M debería tener en cuenta que a la tantas veces escandalosa transparencia de los secretos sumariales no hay que buscarle otro origen que el de sus propios custodios. La extravagante y perniciosa imagen de los “jueces estrella” debe lo que no está en los escritos precisamente a esas filtraciones interesadas que, por fas o por nefas, se han prodigado durante los últimos años a medida que la vida pública se ha ido judicializando hasta convertir los asuntos juzgados en noticia. Nadie en sus cabales, y menos que nadie un juez con experiencia, podría dudar de que la fragilidad de ese secreto, tan necesario como abusado, se debe a la connivencia de sus propios guardianes, jueces incluidos, porque no es discutible que quienes han convertido en luminoso escaparate la cámara oscura de la Justicia no vivaquean fuera sino dentro de los Juzgados. Que cada palo aguante su vela, para empezar.
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Es tan lógico que los juzgadores aspiren al monopolio de la información como que los medios pretendan acceder a ella en beneficio del criterio público. La información es un derecho, no es preciso recordarlo, y un derecho que no debe tener otros límites que los que imponga la prudencia, pero insisto en que a quien habría que recordarle lo uno y lo otro es a los que tienen en sus manos el sumario secreto más que a quienes de ellos reciben la filtración. Parece una conquista definitiva de la civilización el haber logrado superar que una ofensa de palabra se pague con la pérdida de la lengua, desde luego, y de manera parecida lo ha sido también el logro de que el derecho del ciudadano a conocer lo que sucede en su sociedad se haya visto consagrado por la evolución social. En el curioso sumario del 11-M, por ejemplo, seguro que el tribunal habrá podido encontrar motivos de preocupación muy superiores a la eventual difusión de sus contenidos, pero lo que en modo alguno es razonable es que la imprescindible regeneración de esta justicia politizada se cifre en una simple propuesta de silencio en torno a un escándalo tan clamoroso. La Justicia democrática tiene sus incomodidades, qué duda cabe, y entre ellas está la de mantener el máximo de transparencia compatible con el buen funcionamiento de sus trabajos, lo mismo cuando al juez le apetezca divulgar sus secretos que cuando no le cuadre. Por lo demás, y sin discutir la funcionalidad del secreto del sumario, parece claro que la Justicia es también cosa de todos. Alain decía que nunca tendremos demasiados críticos de la Justicia. Y decía también que ellos eran la sal de la sociedad.

Palabras tontas

En marzo pasado, un congreso de niños reunido en la Montaña Mágica de Medellín paralelamente al que las Reales Academias celebrarían en Cartagena de Indias, dio al mundo un manifiesto infantil en el que, “unidos por un sueño mágico de palabras locas”, incluyeron una propuesta de términos de cosecha propia entre tales como “flapigozo”  por explosión gozosa o “murmulencio” para significar el murmullo percibido en medio del silencio, pero entre los cuales destacaba uno estupendo, “lumpereza”, que pretendía expresar el perezoso síndrome laboral de los lunes. Son cosas que pasan por abandonar la lengua a la espontaneidad, muy lejos ya del origen divino de ese precioso don que se presumió durante tantos siglos, y fiarla al libre arbitrio de cualquier hablante como si no tuviéramos sobrada experiencia de que las palabras las carga el diablo y las dispara el hombre apuntando a donde mejor le parece. El maestro Covarrubias creía aún en su ‘Tesoro’ que el lenguaje fue un don enterizo que Dios hizo a la primera pareja y que como tal hubiera continuado a través de los tiempos de no ser por la dispersión que la soberbia de Babel acarreó a la especie. Fueron los “ilustrados” quienes discurrieron la necesidad de regular las lenguas, atraillarlas con las riendas del saber, fijarlas en su sentido y ortografía por mano de unos sabios a los que se les suponía saber bastante y voluntad sobrada para defender ese patrimonio inmemorial e imprescindible. Y están siendo los “postmodernos” quienes parecen empeñados en volar esa fortaleza semántica que posiblemente acabe tomada por los novadores, no al asalto, sino al paso y desfilando por los puentes que amablemente les rinden los castellanos de la Academia. Esas 5.000 voces y acepciones nuevas incorporadas al diccionario virtual de la RAE desde el año 2001, demuestran que nuestros “inmortales” no se duermen en los laureles sino que laboran a destajo en esta curiosa labor de zapa cuyos últimos logros han sido la recepción de voces y locuciones tan peregrinas como ‘subidón’, ‘paganini’ o ‘modernez’, verdaderos idiotismos sólo comparable al que aflige a sus promotores cuando legalizan el uso de expresiones beocias como “perder aceite” (por la que está condenado el exministro Corcuera, por cierto), “ir de culo”, tan antigua como prescindible en el discurso adecentado, ‘nota’ por individuo y en sentido algo despectivo, sin contar el aluvión de “virtualismos” ‘descolgados’ de Internet (incluyendo ese termino mismo), del orden de ‘maximizar’ o ‘descargar’ en el sentido que les atribuye la jerga informática. Ya es legal y autorizada la expresión “animal de bellotas”. Y la verdad es que para ello no les faltaba razón a los sabios.
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Los académicos antiguos (los de mi 7ª edición del DRAE, 1832), ciertos en que el uso era el verdadero “árbitro y juez del lenguaje”, creyeron necesario ‘fijar’ el significado de las palabras rigiéndose por la etimología y excluyendo “los nombres caprichosos… que hoy se emplean y mañana desaparecen para no volverse a oír nunca”. Y los que hicieron el impagable de “Autoridades” propusieron calificar cada voz “por limpia, pura, castiza y española”, acogidos a la autoridad del étimo y al magisterio de nuestros grandes escritores. Claro que este tipo de cosas era posible cuando esos sabios sabían latín, no desde que son elegidos con criterios tantas veces ajenos a cualquier filología y sujetos casi siempre a las políticas de unos y otros. No se busca hoy “la calidad” de las palabras ni “el modo de reducirlas a su legítimo y verdadero uso, así en lo hablado como en lo escrito” sino una arbitraria demotización del idioma que es, en realidad, una almoneda abierta a todos. Alguien propuso alguna vez desconfiar de los renovadores de la lengua porque lo que persiguen es producir con las palabras lo que no lograron con las ideas. Nunca como ahora he concordado tanto con aquel pesimista.

La profecía de Salomón

Ha dicho el juez Gómez Bermúdez que, en su autorizada opinión, el enigma del 11-M acabará resolviéndose a base de tiempo, cuando pasen diez años, un suponer. Debe de tener sus razones, ya que lo dice, o puede que recuerde la peripecia del caso GAL, que necesitó quince años para entreabrirse y exhibir, siquiera a medias, el fondo de la sentina. Pero yo no soy tan optimista como el magistrado, convencido como estoy de que los magnicidios no suelen resolverse casi nunca del todo. Nadie sabe quién mató a Alenjandro, si es que lo mataron, nadie puede asegurar que al papa Borgia le dieran matarile, como decía Corcuera, a base de cianuro, nunca hubo manera de averiguar quién mató a Prim a trabucazo limpio en la calle del Turco, a dos pasos del Congreso, todos los esfuerzos por esclarecer el asesinato de Dallas han resultado fallidos, desde el informe Warren al colosal fárrago de Norman Mailer. Los magnicidios no son crímenes de tres al cuarto, trabajitos de sicario contratados por teléfono, sino cuidados montajes en el que no es razonable que queden cabos sueltos, al menos cabos mayores, sino que todo resulte atado y bien atado. Éste sin ir más lejos tiene pinta de bien tramado, lo que no supone ninguna garantía de que, más tarde o más temprano, alguna pieza falle, un Amedo cualquiera se salga de madre y le cante su milonga a un Garzón como pasara la otra vez. O no, por supuesto. En un café madrileño me dijo una vez el decanísimo Pedrol Rius que él había resuelto de pe a pa el enigma de Prim pero servidor se leyó atentamente el libro que tan gentilmente me ofrecía y se quedó igual: ni idea. No es fácil devanarle la madeja conspiranoica al poder cuando el poder está bien agarrado. Por eso digo que no soy tan confiado como el juez Bermúdez pero tampoco tan escéptico como para dar por cerrado el caso. Torres más altas se han venido abajo. Tiempo al tiempo, paciencia y barajar.
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Dichosa la sentencia que complace a todos, por más que, por lo general, lo que a todos complace a casi nadie deja satisfecho. Quienes celebran la aceptación de la tesis policial de los explosivos lamentan el silencio sobre Irak, aquellos que se duelen ante la ausencia de inductores o la inopia sobre los “autores intelectuales” aplauden, en cambio, la absolución del presunto yihadista. Es difícil contentar a todos. Amedo, mismamente, lo mismo era un héroe que un villano, según largaba  o recogía velas, o según quien, en cada momento, hubiera de calificarlo, hasta que ya no hubo más remedio que aceptar que era lo que era y santas pascuas. No sabremos, pues, al menos de momento, ‘Quién’ pudo haber organizado este consumado puzzle guiando desde la sombra la mano de los moritos, como no hubo forma de saber, en su día, ‘Quién’ era aquel “señor X” cuya sombra veía nítida pero inasible la pupila singularísima aunque mudadiza de Garzón. Es más fácil decir que al papa Borgia (o al papa Luciani) le envenenaron la cena que demostrarlo, y nada digo si un juez debe discurrir una sentencia atenido –como el procedimiento establece– a un “sumario Gruyère”, de manera que lo que de verdad ha sobrado esta temporada en España son los juristas sobrevenidos, los justicieros espontáneos, los legos partisanos. ¡Como si un rompecabezas como ése pudiera ajustarlo cualquiera y, a más a más, con un ojo tapado y las manos a la espalda! No, no me convence la confianza del juez, pero hay que dejar que el tiempo haga su tarea y luego hablaremos. Nadie daba un duro por la tesis que denunciaba el terrorismo de los GAL y aún quedan por ahí algunos empecinados dispuestos a subirse al autobús de Guadalajara, pero las cosas fueron como se demostró que fueron. Así de fácil. Una vez hallado el cabo de la madeja todo se reduce a tirar de él. Mientras tanto no queda otra que aguantar el chaparrón. Menos mal que, por una vez, parece que el paraguas da para todos.