El tiempo detenido

Me llega a través de Ricardo Bada–otro onubense de la diáspora que, allá en su Colonia de adopción, registra incansable en su bitácora la vida en torno– el comentario de una profesora que rechaza, con razón, el escándalo que a otro internauta parece haberle producido la noticia de que hay personal por ahí capaz de creer en la realidad de la Guerra de las Galaxias. Después de todo, dice nuestra amiga, también la doctora Teresa creía en la realidad de “Amadís de Gaula” y no era extraño en su época que familias enteras, criados incluidos, lloraran sin consuelo la muerte del héroe, de la misma manera que, hoy por hoy, circula por ahí mucho logsiano que toma por ficción la Guerra Mundial, aunque no estoy tan seguro de que, de paso, no conceda más crédito del debido a la Guerra de las Galaxias. Cada época tiene su mitología y cada mitología su versión demótica, no necesariamente degradada, que queda al alcance de la mayoría y en la que se nutre el imaginario del más pintado. No sólo la arrebatada Teresa gustaba tanto como sabemos de las aventuras de caballeros andantes sino que de esa afición participaban –como ella misma nos certifica– su hidalga y cristiana madre, por no hablar de su íntimo hermano o de alguno de sus tíos, y no hemos de olvidar que uno de sus biógrafos, el padre Francisco de Ribera, endosa al Demonio la culpa de semejante fantasía, o que Cervantes de Salazar, tan circunspecto y erudito vigía, censura la imprudencia” que supone dejar un “Amadis” al alcance de unas doncellas que, en consecuencia, nada tiene de extraño que luego se pasen la vida imaginándose “Orianas”. Es más, está probado que la santa conservó toda su vida esa afición tan criticada luego, en general, por los eramistas como antes lo fuera  por Vives. El Emperador, sin ir más lejos, se pirraba por aquellos Esplandianes y Amadises, pastores Darineles y reinas Pintiquiniestras, lo que en absoluto quiere decir que creyera en su realidad, como no creía Valdés a pesar de sentir por ellos tan “secreta afición”. Tengo la impresión de que la clave de estas memorias torcidas está en cierta perversión pedagógica que, en aquella época, solía presentar esa literatura caballeresca como Historia real, como relato de un pasado verdadero además de arquetípico. Algo parecido a lo que está a punto de acontecerle a nuestras crianzas de no mediar un decidido mandoble que les apague la tele y les arrebate de las manos la “play station”.
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La cuestión estaría en saber si otra cosa es posible, es decir, si acaso toda creación exitosa, una vez refundida en la matriz de la imaginación colectiva, no acaba convirtiéndose en una “mitología creíble”, en algo indiscernible de la Historia auténtica que con ella fragua hasta constituir una pieza única. Quizá cada época, como decía, tiene su mitologema, y poco se diferencian en el fondo, en este sentido, las viejas devociones caballerescas con las  despertadas en su día por las visiones de Lövecraft o los futuribles de Stapledon, el hacedor de estrellas que Borges exaltaba. Aparte de que hemos abandonado la Historia, no se olvide, abriendo con ello una brecha fatal al oportunismo de la fantasía. Un insondable universo de huidizas galaxias, agujeros negros y laberintos de antimateria sustituye en la mente de las nuevas generaciones a aquel paisaje heroico en el que los caballeros ayunaban ante de entrar en singular combate y entregar a la dama del castillo el dragón domesticado. ¿Que hemos hecho un pan como unas hostias? Pues es probable, pero a algunos no nos miren, por favor, mientras deciden si dejamos que el equívoco cristalice y la memoria quede atrapada en el ámbar de la fábula, como ese tisanóptero que hoy veo en el periódico, preso en su ergástula traslúcida desde hace cien millones de años. La memoria no es una ciencia exacta. Más bien, aunque nos cueste creerlo, es una flor del tiempo.

Dando tumbos

El enredo del asalto al Juzgado y robo de le prueba aportada por El Mundo en el juicio impuesto por Chaves, sigue la bronca del mal en peor, como no podía ser de otra manera. Dice, por ejemplo, el presidente de los secretarios judiciales que “las sedes (de los Juzgados) son deplorables” y que “es más habitual de lo que parece que se robe de los despachos”. Así como suena, sin quitar ni poner. La situación debe ser caótica, pues, pero lo curioso es que nadie en la Administración de Justicia se rebele, más allá de alguna protesta reglamentaria, ante un estado de cosas que cuestiona seriamente la seguridad jurídica y el derecho de los ciudadanos. Creo, sin embargo, que la investigación urgente en este caso no debe remitirse a ese problema inmemorial sino centrarse en la averiguación de quién ha robado el video/prueba, partiendo, como es lógico, de quién puede tener acceso a un Juzgado así como así, saber dónde se guardan las llaves y largarse con viento fresco, impunemente, como si fuera un ectoplasma. 

El dedo de la llaga

Escucho las contundentes palabras de Saldaña –“No voy a permitir (¿¡) que este partido no sitúe al frente de sus candidaturas a los que tienen que estar” (¿)– pero, francamente, creeré en este número sin red cuando, como Tomás, pueda meter el dedo en la llaga, ni un minuto antes. A no ser que me convenzan de que por boca de Saldaña hablen, desde Sevilla, quienes son, en definitiva, los que decidirán lo que fuera menester sobre listas y listos, es decir, hablando en plata, a no ser que la acrobacia de Saldaña forme parte de una estrategia de relevo del barrerismo auspiciada y diseñada desde el círculo íntimo de Chaves. Las listas de Huelva se harán en Sevilla con permiso de Madrid, como todas y como siempre. Saldaña por su cuenta y riesgo, roneos aparte, tiene muy poco que añadir a este procedimiento fatal.

Un señor corriente

Recuerdo el saludo de mi padre a un señor corriente al que veíamos con frecuencia y que solía contestar al suyo, de modo invariable, levantando levemente su sombrero. Un día, pasados los años, le pregunté quién era aquella persona y mi padre me dijo con aire pesaroso, como quien se libera en la intimidad de una incómoda prenda: “Un verdugo”. Lo he recordado leyendo el libro estremecedor de Jonathan Littell, “Las benévolas”, procelosa crónica de las aventuras de un hombre vulgar que tuvo oportunidad, como teniente nazi, de perpetrar las más horribles crueldades durante la campaña rusa y de quien Littell extrae la lección mayúscula que explica la maldad inconcebible de esos verdugos no como resultado una singular perversidad (eso pertenecería en exclusiva a la  psicopatología)  sino como consecuencia o efecto de un Sistema en el que el ejecutor no es más que una pieza. La idea básica del libro de Littell es, en efecto, que los crímenes decididos por el Estado deben ser ejecutados por gente corriente, por personas “de lo más normal”, no solamente porque de esa manera se vuelven invisibles a la curiosidad o a la vigilancia, sino porque tal vez barbaries de semejante envergadura sobrepasarían hasta a la humanidad más degradada, de no “representar” los sayones, hacia fuera y hacia dentro, esa estudiada comedia del deber o el sermón de la “obediencia debida”. El gran acierto de Berlanga fue proponer su verdugo desde la vulgaridad más adocenada, es decir, desde la íntima entraña de la misma sociedad que se conmovería luego en su butaca, entre risas y lágrimas, viendo como un anciano atolondrado resultaba ser, forzado por la necesidad, el custodio secreto del garrote vil. Littell insiste en ese perfil insignificante del verdugo en el que ve la clave del éxito del crimen.
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La idea no es nueva, después de todo. Cuando Robert Merle escribió la escalofriante historia de Rudolf Hoess, el comandante de Auschwitz, tuvo el acierto de titularla “La mort est mon métier”, la muerte es mi oficio, mi tarea y nada más, el trabajo que me tocó hacer en una circunstancia en la que, ciertamente, no eran verdugos sólo aquellos monstruos ocasionales que regresaban a casa desde la ergástula cada tarde como quien vuelve de la oficina. En el campo de Buchenwald me mostraron alguna vez los confortables pabellones de oficiales situados junto a la cerca del campo, en los que al atardecer podía escucharse la música de Mozart y el bisbiseo de las institutrices, a través de las contraventanas cerradas a cal y canto para que no penetrara el inconfundible hedor difundido por las chimeneas del crematorio. Los verdugos eran gente corriente, como este tenientito de Littell que parece haber reabierto la conciencia europea una vez más, quiero decir, como sucesivamente la abrieron de manera efímera desde el diario de Ana Frank al apocalíptico argumentario de Hannah Arendt pasando por Giorgio Agamben o la prosa suicida del entrañable Primo Levi. Gente cuya importancia efectiva no se corresponde con la miseria de condición y sin la que tal vez, cuando llega el caso, el Leviatán que ingenuamente aceptamos con tanta benevolencia se las vería y desearía para mantenerse en pie. Por algo venía a decir De Maistre que el verdugo es la piedra angular del edificio social. Pero no imaginen esa figura desde su perfil teatral, mitificado en su insignificancia. Daniel Sueiro nos dejó un libro memorable en el que retrataba a los auténticos verdugos en su más que verosímil indigencia. Littell ve en ellos algo más y algo menos, en la medida en que demuestra hasta qué punto resultan indisociables, en la figura del ejecutor, el horror y la banalidad. Quizá no fuera posible que las cosas fueran de otra forma, es decir, como solemos imaginarlas. Habría que ser  auténticos superhombres para hacer lo que hicieron aquellos malvados y todos sabemos bien que ése no fue el caso.

Andalucía ilegible

Otro leñazo estadístico, otro indicador social que tritura el optimismo juntero, una nueva demostración de que entre nosotros la autonomía no ha aportado casi nada que no haya traído la propia inercia de los tiempos. Se trata esta vez del viejo tema del analfabetismo, cuya derrota fue vendida mil veces por los optimistas, pero que, según las cuentas del mismísimo Instituto Nacional de Estadística (INE), es decir, del Gobierno, siguen siendo hoy temibles: más del 18 por ciento, casi uno de cada cinco andaluces, no sabe leer ni escribir, cifra sonrojante que supera en más de cinco puntos la  media nacional. Líderes en analfabetos, en fracasados escolares o en parados, a la cola en la inmensa mayoría de esos indicadores socioeconómicos, Andalucía no es el emporio imparable que publicitan con nuestro dinero, sino un tremendo fracaso. Un régimen autonómico que no cumple ya el cuarto de siglo nos ha llevado en círculo vicioso a la línea de salida en lugar de conducirnos a la meta.

Paciencia y barajar

Paciencia y no sé qué más pide el `subdelegata´ del Gobierno ante la insoportable situación creada por ladrones y asaltantes en La Dehesa de Aljaraque. Bastante tiene él ya con aguantar que su propia Policía Nacional tenga que soportar cientos de agresiones cada año o que ni siquiera el Santuario de la Cinta quede fuera de la acción de los bárbaros. ¿Se puede dejar el orden público en manos de un profano por el simple hecho de pertenecer éste al ámbito del partido que manda y gozar de justificada reputación de buena gente? Pues todo indica que no, en el caso de Manuel Bago, cuyo mayor dislate, aparte del propio fracaso, consiste en haberse prestado –¡encima!– a la estrategia partidista de rebotar contra el Ayuntamiento su intransferible responsabilidad. El colmo del disparate sería que la población amenazada acabara echando de menos a los viejos gobernadores.