La ola de asaltos

No es bueno escupir al cielo. Lo comprueba estos días en Huelva un PSOE que tantas veces, y con tan dudoso fundamento, utilizó la alarma de la inseguridad para lastimar la imagen rival, para acabar contabilizando en Aljaraque, ahora bajo su exclusiva responsabilidad de gobierno, nada menos que seis atracos en seis días, es decir, un  asalto diario. Los vecinos están que trinan, con toda la razón del mundo preguntándose por qué el Ayuntamiento cerró la comisaría de proximidad que abrió el PP, y si no tienen nada mejor que hacer el consistorio que cambiarle absurdamente los nombres a las calles de esa que se está convirtiendo en una ciudad sin ley. Nunca es bueno escupir al cielo, ya digo, pero menos que nunca si la ofensa puede acabar cayéndole a uno encima. Que es lo que le ocurrido al PSOE onubense en esta ocasión. Ni más ni menos.

Primera sesión

Créanme que no suelo ir a los juicios salvo cuado me llevan. Si ayer fui a la primera sesión del que, contra El Mundo, se celebra en Sevilla a instancias del presidente de la Junta y del PSOE, Manuel Chaves, fue picado por la curiosidad y la prevención –no voy a negarlo– de que el bipresidente hubiera logrado entramar un tinglado siquiera medio consistente para castigar la insolencia de este periódico irreductible. Pero quiá. Uno no podía imaginar que semejante zarpazo a la libertad de expresión se urdiera con tan pocas mimbres ni tan malamente como evidenció esa maratoniana sesión que bastó, tal vez, para dejar en evidencia cuánto más cerca estamos de ‘Mortadelo’ que de la III Modernización, de qué oscura e indeseable manera se traslució el reverso de una trama por la que lo mismo vimos desfilar a un detective que no lo era que a un subastero verídico, enredados todos sin remedio en un mal guión en el que el nombre de Chaves era arrastrado por el lodo y sacado de la ciénaga por la misma mano, como en una moviola chusca, en la que se mezclaba el espía de tres al cuarto con el personaje en desgracia, y el poli partisano se las traía tiesas con su rival de partido. ¿Y esto era todo? ¿Todo lo que ha podido acarrear contra El Mundo la covachuela de Chaves cabe en esa ridícula muestra de insolvencia y cutrez? La gente salía ayer desnortada de la sala de la Audiencia preguntándose qué suerte de soberbia terciada de inopia ha podido sugerir a tan alto personaje un ataque tan alelado como el que ayer pudo ver en primera sesión. La imagen de Andalucía que, motivada por la incontinencia vengativa de su presidente, tomó cuerpo ayer ante la Justicia constituye una auténtica vergüenza para los andaluces. No exagero si les digo que ni en un Canal Sur de paletos y comadres hubiera dado el nivel.
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No entiendo cómo se espera reforzar un prestigio a base de bastinazos como el comentado. Chaves ha conseguido, seis años después, desenterrar la memoria de lo que fue la cacería celebrada en el coto de las Cajas, y colocar bajo el foco las cabezas disecadas de unos disidentes políticos junto a las bien erguidas de los periodistas que osaron romper el círculo de hierro de la precita información regional. ¡Pero qué grima, ver de cerca y, sobre todo, escuchar a los personajillos en los que se apoya la farsa, qué decepción comprobar que, como suponíamos, nada, salvo el Poder mismo con su imprevisible influencia, podía inquietarnos, qué pena contemplar las contorsiones de ese Poder en su intento de silenciar nuestra solitaria crítica! Poco ha cambiado esta Andalucía imparable de la de Juan Guerra –hasta el escenario sevillano, como en un teatrillo pobretón, es el mismo–, a juzgar por lo que ayer vimos y escuchamos en la sala, con los mismos cafelitos e idénticos comparsas, los enredos sinfín y los burdos malentendidos a os que se les entendía todo. Sólo un aliciente queda en el absurdo juicio con el que Chaves está haciendo perder tiempo a la Justicia y dinero a los contribuyentes, y es justamente ver al propio Chaves acudir ante el Tribunal a soportar el cuestionario de propios y extraños. En cierto modo, desde luego, el Presidente no podía haber encontrado mejor forma de valorar a esos periodistas ni peor para quedar en evidencia él mismo si ganara y en ridículo si llega a perder. Pero eso es cosa suya. Lo que nos afecta a todos es la gravedad de su asalto a la libertad de expresión y, por supuesto, el espectáculo denigrante de ese submundo próximo al Poder que ayer pululaba por la Sala, apicarado y ruin, exhibiendo, aunque fuera con el rabo entre las patas, las credenciales de la impunidad. No sé por qué me da que este juicio va a traer cola. Lo que no logro sacudirme es la agobiante sensación de miseria que, de palabra o sobre el papel timbrado, se ha ido acumulando tan torpemente. La venganza de Chaves está servida. Queda por ver ahora cómo salva esa difícil digestión.

La buena fama

Los políticos son muy celosos de su buen nombre y hacen bien. Claro que para que esa actitud se justifique es preciso que cuiden sin intermediarios su propia imagen, celosos como el que más, y llueva o ventee. Una casa ilegal, construida sobre suelo rústico de especial protección, para los concejales del PSOE moguereño era mucho, pero dos es una pasada. Del mismo modo que una plaza diseñada “a perfil” como dice los cúrsiles, para beneficiar a una hija de dirigente del mismo partido podía ser un escándalo, pero dos resultan demasiadas. Sé que lo más probable es que, conscientes de la rentabilidad del procedimiento, los afectados aguardarán ahora a que pase la tormenta, tal como aguardaron sus antecesores. Pero eso que –quién lo duda– puede ser estupendo para la familia o para la niña no debería ser admitido en un partido de Gobierno que en bastantes barrizales se ha visto ya. La buena fama hay que ganarla, conservarla y defenderla cuando llega el caso. Pararse y esperar a que escampe el chaparrón no es tolerable en una democracia.

Libertad amenazada

El ciudadano ignora por lo común el alto coste que han de pagar por su libertad quienes tienen la obligación de informarle. La tensión entre el Poder y los medios, cuando no se resuelve en pactos cómplices, suele hacer del oficio periodístico una gravosa tarea. Y no me refiero a la respuesta de los poderosos a la sátira, que ese es género más propio del ámbito absolutista, sino a la sencilla labor de mantener informado al ciudadano que el canon democrático considera un prerrequisito de la democracia. Una sociedad sorda y ciega no puede regirse en democracia y es obvio que el criterio público, especialmente en sociedades tan complejas como las actuales, depende de la información libre. Es más, la justicia española ha acreditado un ancho criterio a la hora de preservar la libertad de expresión y, consiguientemente, un derecho a la información que, como es natural, no ha entusiasmado a ese Poder que siempre prefirió el silencio. El presidente Chaves, por ejemplo, considera que las informaciones de El Mundo de Andalucía sobre el presunto espionaje a un presidente de Caja de Ahorros comprometen su honor por el hecho de que el supuesto espía lo señaló a él y a otros de su pretorio como inductores del hecho. Pero, ojo, sólo las informaciones de El Mundo de Andalucía, no las del ABC que, además de contar la misma historia, colgó en su web el video, grabado al espía por la seguridad del espiado, y en el que éste lo señalaba de modo inequívoco. Más curioso todavía: tampoco ofenden a Chaves las informaciones de la edición nacional de El Mundo, contra las que no ha movido un dedo –Paco Rosell debe de haberle parecido una pieza más asequible que Pedro Jota…– como no lo ha movido, seguro que él sabe por qué,  contra el propio espía que lo acusó sin ambages. La defensa del honor, por lo que se ve, admite distingos y renuncias. Como dirían en Cádiz, “el que la lleva, la entiende”.
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Sin duda ha de provocar perplejidad que se proceda contra unos periodistas por informar con rigurosa solvencia sobre un asunto de interés público en un país en el que se absuelve a un alcalde que proclama que “La Justicia es un cachondeo”, se le llama “jefe de los torturadores” o “tragaldabas franquista” al Jefe del Estado o se le imputa a un personaje conocido el horroroso crimen de Alcácer. Pero, sobre todo, lo que escandalizará a mucho ciudadano es el modo con que la soberbia de un mandamás enmascara lo que, con toda evidencia, es un simple proceso político que trata de blindar el arbitrio de los poderosos amedrentando a la prensa. A Chaves ha tenido que negarle la Justicia su pretensión de sustanciar este asalto a la libertad de expresión como presidente de la autonomía y, claro está, la utilización de los medios de la Administración como instrumento de su personal ajuste de cuentas. ¿Alguien recuerda a un político de primer nivel querellándose contra unos periodistas no ya por una sátira, ni siquiera por una crítica, sino por una rigurosa información? ¿Y qué hará en el inconcebible supuesto de que ganara el pleito o, peor aún, en el de que lo perdiera? Cuando Chaves llegó a la Junta clausuró las familiaridades del borbollato disponiendo para su primera rueda de prensa un ridículo pero significativo estrado rodeado por un rojo cordón de terciopelo. Hay gente que confunde el honor con la distancia y cifra su enjundia nobilísima en el privilegio. Como Chaves. Pero ni siquiera ello explicaría esta desmesurada pretensión de silenciar el derecho democrático a la información y a la libre circulación de opiniones. Habrá quien recuerde a Villamediana o a Quevedo, esto es, a Lerma o al Conde-Duque. Yo creo que no es para tanto –sólo faltaría eso– por más que el ataque de Chaves contra El Mundo revele la vigencia de un autoritarismo que ve en la democracia, como dicen los italianos, una “guerra è bella ma troppo incomoda”. Esta vez no serán Rosell y Caraballo las únicas víctimas. Será la Libertad la que se siente humillada en el banquillo.

El recurso al desuso

La democracia española está usando y abusando esta temporada de uno de los recursos más viejos y acreditados de la vida jurídica: el desuso de la norma. Las leyes, como todo en la vida, requieren ser usadas para permanecer vivas y se ajan hasta arruinarse definitivamente cuando, con motivo o sin él, se las aparca en el alpende del ordenamiento en espera de que el olvido consume su tarea. El desuso tiene, como es natural, su literatura, pero no hay por qué dejarse en ella las pestañas cuando tan fácil resulta entender para cualquiera que un mandato que deja de aplicarse sistemática e impunemente acaba por perder toda entidad reducido todo lo más a su cáscara vacía. La colección de postales de Ayuntamientos sin bandera española que este diario está teniendo la paciencia de publicar día tras día demuestra, desde luego, que esa ley vigente no se cumple en España simplemente porque sí, o sea, por decisión cimarrona e ilegal de una autoridad que se arroga facultades pertenecientes a otra, pero también es verdad que no sólo una ley sino los propios grandes principios en que se asienta la lógica jurídica pueden caer en desuso si el Poder se lo propone y no existen o no funcionan los mecanismos encargados de preservar su integridad: ahí tienen por los suelos el principio obvio (ZP añadiría que tautológico) de que nadie puede esquivar la ejecución de una sentencia del Tribunal Supremo, incumplido soberanamente por un gobierno regional que no ha hecho más, justo es decirlo, que reproducir lo que ya hiciera el de la nación, es decir, no ejecutarla y dejar correr el tiempo. No es imprescindible abolir una ley para conseguir su neutralización, como puede verse, pues basta con consentir que la devore la carcoma del desuso. Con un poco de mala voluntad no hay problema que valga en una democracia tocada del ala.
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Los políticos se suben por las paredes cuando se alega contra estas maniobras el derecho simétrico que asistiría a los ciudadanos a decidir que leyes se cumplen y cuáles no –en especial ese sueño del contribuyente que consiste en recibir servicios sin pagar tributos– y ello es así no sólo porque adviertan la incongruencia de una licencia semejante, sino porque comprenden que el desuso encierra en sí mismo, inevitablemente, el germen de la ilegitimidad. La indiscriminación dinástica de la mujer, la obligatoriedad de los símbolos del Estado o la obediencia a los tribunales no pueden decaer por la decisión unilateral de ignorarlas sino que requieren ser derogados por el mismo poder que los estableció, y no es en absoluto cierta ni jurídicamente posible la pretensión de anularlos o invertir su sentido por el sencillo método de recurrir al desuso. Que ninguna ley puede satisfacer a todos es algo que bien sabía ya el romano: su razón se funda tan sólo en el bien de la mayoría. Otra cosa es que el precepto se juzgue impropio y se proceda a derogarlo por parte de quien esté legitimado para ello. “Patere quam ipse fecisti legem”, sufre el peso de la ley que hiciste tú mismo, dice el viejo derecho a los tramposos del desuso, lo que supone considerar a toda institución del Estado, cualquiera que ésta sea, como parte de un todo fatalmente solidario cuya legitimidad depende de su propia observancia de lo preceptuado. El desuso se ha convertido en la coartada vergonzante de una democracia cada día más alejada del modelo tocquevilliano, en la mísera trampa de un régimen de libertades empeñado en organizar su propio suicidio a base de renunciar a sus principios elementales, ante la indiferencia de un electorado cuyo cinismo prospera a medida que mengua la ilusión del autogobierno. Un espíritu autoritario como el de Richelieu decía más o menos que hacer una ley y permitir su incumplimiento es lo mismo que autorizar lo que se proponía impedir con ella. El peso de la razón puede anular, como puede verse, la distancia entre el absolutismo y la libertad.

Presidente vitalicio

El los mentideros verídicos de la política andaluza se cuenta que, con motivo de su primera aparición en carne mortal en Andalucía, ZP prometió por sus mengues en un mitin para consumo interno una serie de medidas entre las que descollaba su pretensión de limitar los mandatos políticos. ¡Imaginen la broma! No diré qué factotum del sociatismo indígena, que ya aparecía en la foto e Suresnes, lo pilló aparte nada más caer el telón para hacerle ver su ingenuidad y lo impropio que resultaba que hubiera venido a oponer esa era precisamente en este virreinato vitalicio. Antier Chaves era reelegido por el Comité Federal de su partido, una vez más, como candidato a la presidencia de la Junta andaluza, demostrando que una cosa es predicar y otra dar trigo, o lo fácil que resulta en política vender la renovación de lo que sea cuando no existe la menor sanción a los incumplimientos de compromisos. Aquí no hace falta, como en otras partes, ni modificar la Constitución para virreinar de por vida. Al fin y al cabo Jauja está aquí,