Leyes y trampas

Sanidad enviará al BOJA su decisión de que a partir de junio del 2007 los plazos de espera quirúrgica en las famosas ‘listas’ del SAS se acorten sensiblemente. Nada dice de los trucos que se vienen empleando para prolongar la espera y entre los que están dar por perdidos los estudios previos a las intervenciones y similares que en algunas provincias les ha quitado de encima el mochuelo de la protesta pública hasta que se descubrió el pastel. El SAS hay que repetirlo, es un más que aceptable sistema público de salud que arruina su prestigio y el derecho de los usuarios, que es lo más importante, por fallos de resta naturaleza, casi siempre originados por la estrategia ahorradora a ultranza que mantienen sus gestores. Esas listas de espera, por ejemplo, tras un cuarto de siglo de funcionamiento, deberían haber pasado ya a la historia pero están ahí, desesperando a los pacientes y desacreditando al propio SAS, que debería perseguir en vez de amparar a los truquistas, como ha hecho hasta ahora.

Cosas de mujeres

No es sólo el ‘delegata’ de Salud, el inefable XXXXX, quien se desentiende de los derechos de una médica como si con él no fuera la cacareada obligación de igualdad entre los sexos. En el propio Instituto de la Mujer va a despedirse estos días en bloque  al medio centenar de empleadas que, desde hace años y con notable éxito, venía asistiendo a las mujeres, orientándolas laboralmente, y nadie ha dicho ni pío, como ni pío ha dicho nadie ante la tensa situación (casi un pleito ya) que vive en Diputación alguna mujer que se considera ‘acosada’ precisamente en el área que encabeza otra mujer, la candidata a la alcaldía, o como ninguna voz se alzó –aparte de la honrosísima de la propia consejera—para condenar la acción del “compañero” de partido condenado por la Justicia como agresor de una mujer. Una cosa es predicar y otra dar trigo, ya se sabe, como una cosa es defender a la mujer y otra olvidar que hay mujeres y mujeres, no sé si me explico, además de hombres y hombres.

Cuerpo presente

Es inevitable detenerse ante ese catafalco aunque lo que le pide a uno el cuerpo es pasar de largo: ya hay bastantes glosadores de la efemérides desgañitándose por tierra, mar y aire. Hasta los que saludaron como una heroicidad la alta traición de Pinochet, que los hubo y en portada, se rasgan desde ayer las vestiduras: así es la vida. Unos reclamando venganza frente a la impunidad, otros, los menos, sugiriendo tímidamente el perdón o el olvido. En el mismo Chile, en las calles de Santiago ensangrentadas, como decía la canción, grupos de manifestantes se lanzan a la cara sus odios respectivos rodeados de la práctica unanimidad planetaria: el que se ha ido era un traidor, un asesino y un ladrón, las tres cosas. Lo que no quiere decir que sea el último ni el primero, por descontado. Hay así de “patriotas”, así de “salvadores” de la patria que han fallecido en su lecho, tan tranquilitos, mientras herederos y albaceas trajinaban con claves y cuentas secretas. La viuda de Mobutu anda por ahí lamentando el embargo de “su” fortuna, la de Marcos se lamenta con las zapateritas de lo que perdió con el cambio, un profeta loco va por Marruecos predicando el latrocinio real y reclamando la fortuna alauíta para los pobres del reino, imagínense. Craxi guardaba sus mangancias socialdemócratas en Suiza y en lingotes de oro, como aseguran que Pinochet guarda en China las suyas, una vez confiscados en Suiza los millones de dólares que había afanado en dinero contante y sonante. La patria es oro para algunos patriotas y el patriotismo –como dijera el sabio Samuel Jonhon– el último refugio de los canallas. A la vista está. Pero ahora el tema ni siquiera es la impunidad ante el latrocinio sino la injusticia que supone la impunidad de un criminal de esa envergadura. ¿Ojo por ojo? No hace falta estar con el Eclesiastés, ese pozo de sabiduría, para esperar alguna fórmula mínimamente equitativa. Ni hace falta calarse el gorro frigio para proclamar que es un escándalo que el gran traidor, gran asesino y gran ladrón se haya ido de rositas, pero esa frustración es vieja como el hombre. Pavese decía que vengarse del mal recibido supone privarse del confort moral que supone gritarle a la injusticia. Ya ven quien no se conforma es porque no quiere.
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Y una vez más los hechos conducen al peligroso cuestionamiento del galantismo democrático. ¿Es lógico, es bueno que el presunto delincuente disfrute de tan tupida malla protectora, es razonable que la Justicia haya de dilucidarse, como la palea con el minotauro, en el vericueto de un laberinto de palabras? Pues miren, por mucho que nos joda, hay que decir que sí o estaríamos perdidos, al menos los demócratas, es decir, quienes fiamos en exclusiva al imperio de la Ley el equilibrio de un orden justo. Sí, ya sé, por supuesto,  Pinochet torturaba sin problemas y mandaba fusilar sin entretenerse en procedimiento alguno, sus sicarios no eran ‘manguitos’ sino gansters respaldados por el Estado. ¿Y qué? No se puede hacer Justicia desde la injusticia como no se puede pintar un cuadro por el revés. Lo que para nada significa que la impunidad final de Pinochet no debiera sensibilizar a los pueblos libres de manera que optimizaran el sistema de justicia internacional, algo impensable habida cuenta de que para condenar a Pinochet en ese estrado habría que sentar junto a él en el banquillo al propio Kissinger y a tantos otros. La historia política (así se llamaba en los viejos planes de estudio) es una interminable crónica de injusticia, de cuentas pendientes, de facturas por pagar. A pesar de lo cual nadie ha hallado aún la fórmula para evitarlo sin agravar las consecuencias. ¡Claro que el cuerpo pide a veces aquello de los ocho tiros en la barriga! Pero cuando oigo lamentarse a alguien de que Franco muriera en su cama suelo decir que menos mal. No quiero pensar en circunstancias más deleitables, francamente. Si algo cierto es que la muerte todo lo iguala. En España no se acuerda ni Dios de dónde está la tumba de Franco.

Funcionarios y partidos

La denuncia de Comisiones Obreras (CCOO) sobre la situación en que se encuentra la Función Pública es extrema: “presiones a los trabajadores para que violen los principios legales más elementales”, multiplicación de las “contrataciones políticas” eludiendo las bolsas de contratación establecidas legalmente, ascensos graciables, benéficos traslados, cambios de destino a discreción, sin contar con situaciones –‘sub iudice’ actualmente—de acoso laboral sobre los funcionarios, que empiezan a se reconocidas por los tribunales en sentencias firmes. Y con conocimiento del Presidente de la Junta y su pretorio más íntimo, con todas las de la ley, escrita sea esta palabra con vergonzante minúscula. No sólo nunca se hizo realidad la “reforma de la Función Pública” sino que se ha confirmado el proyecto primitivo de conseguir una Administración al servicio del poder político, tal como el entonces presidente Borbolla pidió sin cortarse un pelo en el Parlamento. La Junta y demás Administraciones gobernadas por el partido se han convertido en una empresa del PSOE. Sólo la Justicia podrá, a estas alturas, remediar en lo posible este desaguisado. 

Lucha desigual

Denuncia CCOO que hace un año que puso en conocimiento del presidente de la Junta y de su consejero de Presidencia la situación de irregularidad y abuso en la gestión de personal por la que atravesaba y atraviesa una Diputación Provincial convertida no sólo en asilo de “arrecogíos” perdedores de elecciones, sino en tropa obligada a desfilar al paso marcado por el sargento chusquero. Un presidente/alcalde acusado de acoso laboral y una vicepresidenta/candidata a medio minuto de lo mismo dan una idea de la merienda de negros que hay organizada en la Dipu de Cejudo, pero CCOO informa ahora que ni Chaves ni Zarrías han querido saber nada de la cosa sino que han dejado hacer a sus virreyes lo que les ha venido en gana. De lo que tal vez hay que responsabilizar también y no poco a una oposición que no ha logrado siquiera hacerse oír. A Chaves, presidente doble, ni eso, a ver para qué. 

Moriscos y andalusíes

Una propuesta de la Junta Islámica de España, respaldada por IU y el PA, acaba de plantear la concesión de la nacionalidad española a los descendientes de los moriscos expulsados del país hace siglos argumentando su petición en el presunto olvido a que habría estado sometida esa minoría que la realidad es que no ha dejado de estar presente, y bien presente, en la historiografía española. O sea que vamos de nuevo por la veredita, sin duda sugestiva, de la leyenda áurea de las llaves de las casas perdidas y conservadas como oro en paño en las moradas del exilio, y el bello cuento del maltrecho idioma intacto en el formol de la nostalgia a través de los tiempos. A ver a quién no le han enseñado en Marruecos una de esas herrumbrosas ‘claves’ o quien no ha tenido ocasión de hacerse en Estambul con uno de esos periódicos redactados en el habla arcaizante de nuestros trasabuelos en que se sustenta el mito de la añoranza y agarra con fuerza el rizoma de la exigencia. Hace bien poco he escuchado en la tele a uno de esos “exiliados” hablar con explicable distancia de este derecho olvidado –como tantos derechos—que tras cinco siglos a él le parecía más bien una curiosidad que otra cosa. Pero la verdad es que hace mucho que sé que el tema morisco, polémico o apologético, es uno de los asuntos inacabables de una historiografía en la que han echado su cuarto a espadas desde feroces partidarios de la expulsión, como Boronat o Dánvila,  hasta clásicos de todas las tendencias que van desde Amador de los Ríos a Le Flem, desde Serrano y Sanz, a Caro Baroja, desde Juan de Ribera a Ladero, desde Lapeyre a Reglá, desde Cardaillac a García Arenal, o de Domínguez Ortiz a Bernard Vincent, y me quedo bien  corto en la enumeración. Con motivo de mi estudio sobre el ‘Tesoro’ de Covarrubias tuve ocasión de valorar la dureza de corazón de un espíritu bien amable, en otros sentidos, como el del patriarca Ribera, impertérrito a la hora de purgar Valencia de aquellos “moros renegados” a los que la “fatwa”, en efecto, autorizaba a fingir la conversión dado que “el Islam no busca mártires pues exige sólo fidelidad interior”. Viejo y triste episodio, historia en bruto, en definitiva, no menos lamentable que el imperio impuesto por la invasión pero, qué duda cabe, lamentable desde nuestra perspectiva actual.
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No es poco lo que sabemos sobre la realidad morisca, en todo caso, aunque ello parezca pesar escasamente en el ánimo presentista de los actuales justicieros que proponen, ya de paso, la bizarra extravagancia de incluir en el mismo precepto legal una alusión genérica a los “andalusíes” que permitiera aprovechar el trámite lo mismo a nuestros primos americanos que a los solicitante de Andorra, Guinea Ecuatorial, Filipinas o la ibérica Portugal. De manera que o mucho me equivoco o podríamos vernos de sopetón inmersos de nuevo –¡pero, en esta ocasión, sin saberlo!—en el dilema que tan bien representa, valga el ejemplo, el panegírico de H. Ch. Lea frente al desdén de Menéndez Pelayo. Mercedes García Arenas sostuvo que pocos temas españoles han acaparado tanta atención historiográfica a través de los tiempos, pero está visto que el viaje de la reivindicación política no pasa por el trópico del saber sino que suele navegar de bolina a favor de los vientos dominantes. ¿A quién podrían reclamar sus pagos perdidos los hijos de Witiza o, antes que estos, los suyos, la descendencia celtíbera que hablaba latín corrupto, vale, pero que incluso enviaba césares a Roma? No suelen cuadrar las cuentas del pasado si se las echa en el ábaco del presente y menos, claro está, si se las calcula con la cuenta de la vieja. Tendrían que informarse nuestros legisladores, ya digo, entes de adoptar esa medida (o cualquier otra) en lugar de aviárselas con un volatín en el vacío. A las “pragmáticas” las carga el diablo cuando le apetece aunque a veces no lleguemos nunca a saber si con dinamita o con goma 2…