Lo dicen ellas

Las mujeres de UGT han hablado alto y claro sobre la citación de la mujer trabajadora inmigrante en nuestra provincia. En sus palabras no puede disimularse la gravedad de expresiones como “penosa realidad, “situación de precariedad” y hasta de “esclavitud” aplicadas a las mujeres enroladas en el sector fresero. No sé, la Inspección de Trabajo y el delegado del Gobierno sabrán, pero llama la atención que ni ese zambombazo ni la requisitoria de CCOO denunciando a su vez discriminación de las hembras hayan tenido eco, que sepamos, en los organismos oficiales que vive de defenderlas, o en las citadas instancias. Es urgente aclarar si esa denuncia es del todo correcta o no y, por supuesto, en caso afirmativo, que se adopten las medidas elementales a las que una sociedad democrática no puede renunciar. Hace poco un carguísimo del PSOE invitó groseramente a una mujer a acompañarlo al retrete y tampoco he oído lamentos ni he visto vestiduras rasgadas. Me temo, en resumen, que quede mucho por hacer en este ámbito del que vive –política o económicamente– tanta gente. 

La buena vecindad

Quizá no haya mejor observatorio de nuestras relaciones con Marruecos que esta Andalucía políticamente erigida en mascarón de proa de una alianza tan inobjetable en principio como discutible en su realidad. Es en nuestras costas donde aparecen los ahogados de las pateras que operan desde el país vecino, en muchas ocasiones como instrumento de presión para uso diplomático. Es en nuestros campos donde los labriegos lamentan una competencia imposible con un productor libre de compromisos laborales y que, por lo demás, negocia a dos bandas en Madrid y en Marruecos. Es en nuestros puertos donde amarra la flota privada de sus inmemoriales caladeros, víctima de una industria pesquera rival que, en grandísima medida, es propiedad de la oligarquía que sustenta a la dictadura alauíta pero, sobre todo, del vasto círculo real.
La histórica tensión entre España y el antiguo protectorado no ha cedido un ápice porque Andalucía –por razones partidsitas que nada tienen que ver, obviamente, con el sentir popular–  se ande quitando de la boca, cientos, miles de millones para invertir a fondo perdido en obras sociales no siempre justificadas ni razonables y, en alguna ocasión, incluso participadas por personajes tan dudosos como algún reciente convicto rehabilitado por su régimen. Y el argumento es, cómo no, la consabida martingala de la ayuda al Tercer Mundo como si no supiéramos de carrerilla que no hay un céntimo que recale en Marruecos que no vaya a manos de una clase dirigente que es todo menos de fiar.
Claro está que no es Andalucía quien decide esta política de amistad a toda costa, que ha sobrevivido incluso al grave síncope de un 11-M perpetrado, según dicen, por inmigrantes en su mayoría marroquíes y cuyas relaciones con algunas instituciones de su país han podido comprobarse en no pocos casos. Quien ideó y mantiene esa estrategia es el “régimen” andaluz, encabezado por el propio Chávez, ese marroquí vocacional que en su dia hizo de introductor de ZP en aquella corte incluso a espaldas del Gobierno legítimo de la nación. Es notable el volumen de las inversiones andaluzas en Marruecos y notorio el papel desempeñado por personajes de nuestra política que, tal vez para no perder tiempo, suelen tener ya casa abierta en el país vecino, como lo es el desmesurado empeño de nuestra autonomía en congraciarse con un país que honra a título personal a nuestros muníficos dirigentes pero en modo alguno pasa por alto la más leve formalidad a la hora de aplicarnos las generales de la ley lo mismo si se trata de favorecer nuestros intereses económicos que si lo cuestionado es nuestr propia seguridad.
La reciente visita del Rey a nuestras ciudades africanas, en todo caso, han dejado clara la debilidad de unas relaciones que, lejos de ablandarse ante el trato preferente e incluso la bicoca, nos aprietan la tuerca con la indiferente insolencia que permite a sus gestores su condición de aliados de Occidente, y en particular de los EEUU y de Francia, cuyos intereses estratégicos tradicionales se ven reforzados hoy por el argumento de la potencial peligrosidad de un éxito popular del islamismo extremista a veinte kilómetros de nuestra orilla. Entre España y Marruecos hay, en efecto, un conflicto permanente, del que, con su probada solvencia, va a ocuparse hoy en esta tribuna el profesor Fanjul, un conocerlo de excepción de de cuanto se relaciona con ese mundo emergente con el que, ciertamente, sería grato aliarse de manera civilizada, como proponen algunos siguiendo al clérigo Jatami, pero con el que apenas hay posibilidad de entenderse en el plano de los derechos fundamentales que Occidente defiende desde hace siglos. Difícil resulta imaginar una convivencia abierta con Marruecos mientras ese país no acepte la igualdad legal entre hombres y mujeres, las libertades estén a merced del capricho regio y la corrupción siga sendo proverbial en todos los niveles de su sociedad. En Andalucía vemos ese espectáculo más de cerca que nadie y, además, lo pagamos con nuestros escasos recursos. Hoy esperamos que Fanjul nos asome a tan inquietante realidad con una  perspectiva más amplia pero me atrevería a vaticinar que, seguramente, sin mayor optimismo.

Segunda sesión

Uno que llega tarde a la segunda sesión del juicio que ya se conoce como “Chaves contra El Mundo” trae la noticia caliente: han procesado a Chirac por malversación de fondos, un viejo asunto  de cuando todavía era alcalde de París. Otro atento relaciona la mala nueva con la reciente condena de Vera por comprar con fondos públicos el silencio de unos sicarios a los él habría embarcado en la tenebrosa aventura del terrorismo de Estado. Y surge la comparación: ¿no es mucho más vigorosa una democracia como la francesa que se lleva por delante a todo un expresidente si se tercia que un sistema como el nuestro en el que buena parte del monte es orégano al alcance del recolector más cercano? Pero si durante la sesión propiamente dicha el fantasma de esa comparación sobrevoló en la sala, si hubimos de volver a oír hablar de millones que, en su día, volaron de acá para allá, y hasta escuchar alguna pregunta sobre la posibilidad de que un alto personaje del “régimen” hubiera tenido algo que ver nada menos que con el negocio subastero, la conclusión que se abría paso entre el público era que tal vez esta causa no ponga en claro nunca lo que realmente ocurrió hace seis años en torno a una Caja sevillana, pero sí que está permitiendo entender a fondo la razón última que dio lugar a la llamada “guerra de las Cajas”. ¿Hablábamos antier de un dudoso “espía” cobrando facturas de 17 millones por sus andanzas? Bueno, pues eso no es nada: durante la sesión de ayer supimos que por espiar a un equipo de basket y tal vez también a un personaje incómodo, esa misma afortunada criatura se vio recompensada con otros 30 millones del ala contra factura perfectamente legal. ¿Se imaginan qué sombra pudo cruzar por el magín de su Señoría si su imaginación le gastó la broma incordiante de recordarle su parvo salario? Con un pequeño esfuerzo, yo mismo puedo imaginármelo aunque confieso que cuando mejor aprecié la alta tensión en aquel clima fue cuando, al alto personaje que lamentaba el “despido” que le acarreó el escándalo, uno de los letrados de la defensa le dijo con finura que renunciaba a preguntarle por el montante de la millonaria indemnización pactada para alivio de sus penas. Uno puede imaginar o incluso conocer muchas faenas legales en las Cajas, a estas alturas, incluida las legendarias condonaciones de los “créditos políticos”, de las que se ha beneficiado alguna vez hasta el propio Chaves, pero estén seguros de que hay que ser de piedra para no escandalizarse ante el espectáculo de arbitrariedad en el manejo de los millones que está permitiendo comprobar este juicio absurdo. La guerra es siempre un negocio millonario. Ésta que ahora hemos de remover con la nariz tapada no fue –en vista de lo que se jugaba en ella– ninguna excepción.
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Escuchamos ayer en la Audiencia de Sevilla lo mismo que leímos en la prensa de París: la protesta de unos y otros de que cuanto eventualmente pudieron hacer fue hecho por servir a los demás, no en beneficio propio, qué va. Un alto cargo policial repartiría tarjetas entre sus semejantes por si necesitaban su protección, un dirigente de partido reconvertido en gran empresario lamentaría ser espiado por orden de un “compañero”, y siempre sobre el tres por cuatro de ese escandaloso vals de millones volando desde el bolsillo de los impositores al de unos oscuros personajes dedicados –eso sí, a precio de oro– a espiar a los demás. No fue demasiado larga la sesión, es verdad, pero de ella salimos convencidos en masa de que si este juicio no consigue sortear el laberinto de gestores muníficos y espías marginales, sí que va a servir para iluminar el escenario secreto de nuestra vida pública, su ínfima condición y su coste prohibitivo. Ya digo que no sé qué cruzaría por la cabeza del presidente de la Sala o por las del público atónito, al cruzar impune ante ellas en vuelo rasante, esa rapaz millonaria. No se le ocurre más que a Chaves este despropósito.

La sombra de Gandhi

Otra vez Chaves –ahora en una tele visiblemente domesticada hasta en las preguntas incisivas– con el toletole de su parvo peculio y la exhibición, quizá ya un poco cómica, del extracto de su cuenta corriente: los famosos 3.000 euros como resultado de toda una vida de ahorro. Habría que preguntar a Chaves qué habrá sido de la inmensa mayoría de andaluces que no han cobrado un sueldo de ministro durante casi treinta años, como él, es decir, cómo es posible que haya sobrevivido esa legión de trabajadores que se aprieta en la zona baja de la estadística de empleo, o el ejército de ‘mileuristas’ que debería avergonzarnos, si él, con esa millonada, no ha sido capaz más que de llegar casi al final del camino con esa miseria. ¡Y encima argumenta que en su casa sólo entra un sueldo! ¿Querrá dos, por ventura? Este hombre debe de vivir en Babia si cree que semejante nadería va a convencer a alguien que no esté ya convencido de antemano.

Cuentas ajustadas

Ya era raro que el presidente de la Mancomunidad de Aguas de Condado y alcalde de Bollullos, Carlos Sánchez (PSOE), no hubiera ajustado cuentas con quien, como el alcalde andalucista de Niebla, Francisco Viejo, no sólo se distanció del organismo de cuyo consejo de gobierno era miembro, sino que pidió públicamente la dimisión de Sánchez por considerarlo responsable del largo abastecimiento con agua no potable registrado en la comarca hace un par de meses. Por eso no sorprende la fría destitución del protestón que se produce –tardío pero cierto– sólo cuando el asunto se ha enfriado. Claro está que, si el vengador pudiera, lo habría echado incluso de la Mancomunidad, pero, como menos da una piedra, el hombre se ha conformado con esa pequeña venganza. Parece poco probable que estos políticos acepten alguna vez que en la vida pública hay que soportar críticas, en especial, de la oposición, y en consecuencia, dejen de manejar el Poder como reyes de bastos cando no les es posible manejarlo como reyes de oro.

Los dineros públicos

En el transcurso de la vista oral de que venimos hablando estos días –la seguida contra El Mundo a instancias del presidente Chaves por el caso del presunto espionaje a un presidente de Caja– ha aparecido un hecho, sin duda extraordinario, pero que apenas ha taladrado la piel coriácea de una sociedad hecha ya a carros y carretas. Se trata de la factura de 17 millones de pesetas que aparece en el sumario como pagada por la Caja de Ahorros en cuestión, en compensación de su trabajo de seguimiento a un presunto espía, a un sujeto que, por lo que se va comprobando en el plenario, ni siquiera es detective sino una cosa mucho más sutil, que creo que se pronuncia “investigador privado”, pero cuyo concepto no debe de estar muy claro cuando ni el propio interesado no acertó a precisar al Tribunal en qué consistía tan raro oficio. Se ha sabido también en esa investigación que el mismo ‘investigata’ habría trincado previamente otro pelotazo millonario de la misma Caja por espiar (esta vez no de manera presunta sino confirmada) a los jugadores de baloncesto financiados por esa entidad, cuyos impositores, si es que en este país ese concepto tan vago tuviera alguna entidad, deberían de andar devanándose los sesos o acaso rasgándose sus vestiduras. ¡Cómo para no luchar por el control de las Cajas, que es lo que provocó este cisma en el PSOE y aún colea amenazadoramente sobre el periódico que tuvo la audacia de enviar a esa contienda sus objetivos corresponsales! En un país donde aún se regatea en torno al salario mínimo, en el que no hay dinero para financiar la ley de Dependencia y una muchedumbre silenciosa cobra pensiones de hambre, se habla sin el menor complejo de un facturón de 17 millones pagados a un tío sin oficio ni beneficio (bueno, acepto que la locución es del todo impropia para el caso) por averiguar quién sigue al mandamás de una caja o a qué dedican el tiempo libre los gigantones del ‘basket’. ¿Qué, cómo se les ha quedado el cuerpo? Pues eso es lo que hay: así funciona por dentro el “régimen” andaluz.
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Es bueno que la gente se entere de estas cosas para que pueda valorar como es debido la razón de las luchas por el poder en nuestras populares instituciones de crédito, esas Cajas cuya pertenencia a una institución privada como la Iglesia católica se cuestionaba –tan tramposamente como cualquiera puede recordar– como si no se supiera hasta en la última aldea andaluza que, desde que se instauró el “régimen” dichoso, apropiarse de ellas ha sido el objetivo prioritario del partido en el poder. ¿No le condonó la de Jerez un crédito millonario al propio Chaves y un grupo de amigos? Pues en cierto modo aquellos polvos son los que han traído estos lodos. Un sujeto sin cualificar cobrando decenas de millones de una Caja por alcahuetear a personajes rebeldes o deportistas de élite: ahí hemos llegado. Pero a mí lo que me llama la atención es que, el lunes, mientras en la sala de la Audiencia se confirmaba esta revelación, el propio público la asumía a cambio de un efímero murmullo, indicio seguro del grado de postración al que ha llegado la estimativa pública o signo cierto, en fin, de un entreguismo moral que ha conseguido metabolizar sin mayores contratiempos la corrupción salvaje pero también estas formas legales de despilfarro. La gente de la calle, la que paga sin rechistar sus impuestos y acepta con disciplina la gestión pública, ha terminado por asumir, desgraciadamente, la sugestión patrimonialista que proyecta el Poder y nada lo demostraría mejor que esta suerte de realismo perverso que presenta como inevitables los desmanes de los nuevos amos. Vivimos una versión actualizada del caciquismo de toda la vida. La imagen de Borbolla (abuelo) recibiendo a sus clientes políticos sentado en su retrete no es una extravagancia, es un paradigma.