Ahora Bruselas

Un comité del Parlamento Europeo acaba de pedir al gobierno comunitario de Bruselas que abra expediente para averiguar qué está sucediendo en la marisma onubense tras el vertido de fosfoyesos que Chaves, al menos de boquilla, parece que sería partidario de cortar por lo sano. La cosa parte una vez más de Greenpeace y lo que se pide es, nada menos, que además de impedir los vertidos con carácter inmediato, se proceda a declarar la zona como radioactiva y a realizar sin tardanza un estudio epidemiológico solvente que aclare el alcance real de lo que los denunciantes llaman el “desastre ecológico” y sus repercusiones sobre el estado sanitario de la población de Huelva. M´s que nuevas descalificaciones de los “verdes”, lo razonable sería coger entre todos y por los cuernos a ese toro que, por otra parte, tratan de capotear desde hace tiempo algunos de nuestros médicos. 

Historia política

Muchos españoles seguimos con atención la disparatada aventura de la falsificación de la historia emprendida por los actuales secesionismos como secuencia natural de sus precursores. No han inventado nada, ciertamente, estos falsificadores pues la superchería historiográfica es un deporte clásico del que no se libraron siquiera los venerables fundadores y al que se han dedicado, con notable éxito en muchas ocasiones, incluso falsarios de tres al cuarto. Pocas demostraciones tan ilustrativas, en este sentido, como el estudio que dedicó al tema el maestro Caro Baroja quien, todavía en entrañable clave romántica, atribuía irónicamente al diablo, en su empeño por introducir la confusión entre las generaciones, la dirección de esos fraudes. No hay nación ni grupo que no disponga de una memoria legendaria o sencillamente mítica de su pasado, porque curiosamente los mismos hombres que tan poco respetuosos son con ese pasado hacen de él una bandera a la menor de cambio, y ello podría explicarse por el enigmático prestigio del pretérito entrevisto desde cada presente. Lo curioso es el valor que los propios “novadores” atribuyen a la tradición, en la que ven un inagotable fondo de legitimidad para sus ocurrencias, y hay que decir que, salvadas las distancias, eso vale tanto para los clásicos venerados de la Antigüedad como para los francotiradores dedicados a inventarse un pasado justificador de sus propias pretensiones. Ha habido incluso una corriente escéptica, en la que me gusta recordar a Péguy, que sostenía la inviabilidad de una historia objetiva toda vez que para la de tiempos remotos se carece de pruebas y para los próximos sobran referencias. Y hay que tener gran tacto para no acabar dando la razón a Niestzche en su idea de que el historiador, a fuerza de mirar hacia en dirección al pasado, terminaba creyendo “hacia atrás”. El gran problema no es ése, en todo caso, a mi modo de ver, sino el deseo embaucador de los falsos legitimadores. Es una cruz esto de que tantos hombres no puedan vivir sin sentirse descendientes del semen de Cronos o de la pata del Cid, pero en ésas estamos desde siempre y ello justifica la inacabable falsificación del pasado observable en todos los tiempos.
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Estos días comprobamos que ese empeño falsario se ha generalizado entre las autonomías con grave riesgo para la Historia común, que no se niega que haya sido amañada a su vez, pero que la historiografía ha ido depurando luego razonablemente. Asombra ver que se elimina la referencia a Atapuerca para sustituirla por un yacimiento lugareño, que se confiere entidad de nación a lo que jamás lo fue, o que se redistribuyen las huellas del Camino de Santiago a gusto de los localistas o en consonancia con las ideologías de partido, hasta darle la razón al tremendismo que negaba toda posibilidad de conocer rigurosamente el pasado con el argumento de que, al fin y al cabo, la Historia es palabra humana y, en consecuencia, nace sometida a esa condición y al consiguiente riesgo de equivocarse y equivocar. Ya ven que, naturalmente, ni me planteo recurrir a la teoría historiográfica, y lo hago así convencido de que en poco o nada concierne a los falsificadores ese “saber histórico”. Lo que interesa a Arana o a Infante, pongo por caso, lo que hoy desvela a los comisarios regionalistas, nada tiene que ver con la Verdad y mucho, si es que no todo, con el deseo. Y a esa necesidad imaginaria no da respuesta la Historia sino el Mito que, hoy como siempre, sirve al imaginario para sublimar la realidad y adaptarla a cada proyecto. Cuenta Livio cómo en Roma el propio Senado mandó quemar solemnemente y en público, por considerarlos lesivos para la tradición nacional, ciertos textos misteriosos hallados en un derribo. Uno no añora ese fuero de la Verdad oficial pero daría lo que fuera por un Senado que mandara siquiera la décima parte que aquel.

Más gazpacho andalucista

Otra Vez la fusión de los multiseparados, de nuevo el cuento del alfajor de la unión que hace la fuerza resonando en el ámbito andalucista. No escarmientan hasta el punto de o plantearse siquiera que el electorado residual del andalucismo ha de preguntarse cómo es posible tanta fractura y tanta reconciliación y, en última instancia, si lo único que mueve a ambos bandos a tragar esa amarga quina es el instinto de supervivencia en el presupuesto público. ¿Se puede votar a una lista conjunta en la que cada mitad dice de la otra lo que no está en los escritos? Eso no lo sabremos hasta las elecciones pero hay que decir que la nueva “unificación nacionalista”, por decirlo a la manera de Pacheco, tiene demasiada pinta de cachondeo. El andalucismo se ahorcó con sus propia soga cuando salvó a Chaves repetidamente de su fracaso. Y es justo decir que esa responsabilidad alcanza por partes iguales a los dos bandos que de nuevo se reúnen. Quien no tenga memoria, ahí tiene la hemeroteca. 

UGT echa humo

Ha sido contundente la respuesta del alcalde de Cartaya, el “comandante Millán”, a las gravísimas acusaciones vertidas por la UGT al denunciar que las mujeres que trabajan en el sector fresero lo hacen en situación hasta de esclavitud, por lo que resulta imprescindible que UGT ratifique su denuncia o reconozca (que no pasaría nada) su yerro o salida de tono. Pero sin peder ripio ahora denuncia que RENFE envía la línea Huelva-Sevilla “cada vez más trenes de desecho”, otra grave imputación que debe ser sostenida con pruebas, sobre todo porque está reciente el compromiso de Chaves en la tele de dotar a Almería de un potente dispositivo ferroviario. El sindicato no hace más que cumplir con su deber denunciando cuantas situaciones injustas descubra pero ha de fundar seriamente lo que dice no sólo para ser tomado en serio sino porque los denunciados también tienen sus derechos. 

La memoria alemana

Una encuesta acaba de descubrir en Alemania que uno de cada cinco tudescos añora el Muro de la Vergüenza, cuyos restos se muestran hoy a los turistas en Berlín como si se tratara de un cementerio de dinosaurios y no de una calamidad recentísima. La unidad alemana se hizo a toda pastilla porque así le convenía a unos y a otros, a resultas de lo cual los ricos del Oeste andan como rabizas por rastrojo y los ex-sobreempleados del Este haciendo cola, mano sobre mano, en la oficina del paro. No es fácil hallar soluciones para todos los gustos y menos si cabe para todos los intereses, pero ese renacer de la nostalgia por el purgatorio no se comprende sin tener en cuenta esta circunstancia. El otro terremoto reciente en aquellas tierras ha sido provocado por el estreno de un documental  –dirigido por un español, por cierto: Enrique Sánchez Lansch– que vuelve sobre la consabida historia del colaboracionismo, ciego sordo o ambas cosas, de muchos “trabajadores culturales”, es decir, de los artistas que vieron en el mecenazgo nazi una estupenda razón para cerrar los ojos mientras soplaban en el trombón o desgarraban el chelo. Naturalmente el impacto ha sido tremendo (estos temas no fallan, invertir en ellos es seguro) alcanzando desde la opinión europea más estirada a la crítica yanqui o incluso de los países hispanos del Sur, cada cual tratando de arrimar el ascua a su sardina por activa o por pasiva, lo que se traduce en el no poco cómico recurso a enfocar a determinados músicos colaboracionistas apartando el foco de otros que, por hache o por be, se prefiere proteger del juicio de la Historia. No hay novedad alguna en aquella utilización de la ‘Kultura’ –con ka y con ce– por parte de la propaganda nazi, por supuesto, y a pocos habrá de sorprender la escena de esos músicos que, igual que los profesores (recuérdese la triste imagen del ‘comisario’ Heidegger, entre tantas otras), los jueces y hasta los milicos “junkers” rivalizaron a la hora de fingir la inocencia frente al horror que se perpetraba en sus narices. Nada que pueda sorprendernos a los españoles.
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Nada. Pero, igual que está ocurriendo aquí, allá también se eligen los muñecos antes de abrir el pimpampún, qué se yo, echando por delante a Furtwängler pero salvando de los leones a Von Karajan, iluminando el ensayo de manera que se reconozcan con claridad los rasgos de la orquesta pero de manera ni se barrunte el perfil de Carl Orff, a quien tanto quisimos. Estas son las trampas de la memoria, el desquiciante efecto inevitable de la mirada hacia atrás que sugiere el mito de la mujer de Lot, el riesgo implícito de en las revisiones del pasado cuando pretenden ser parciales, todo lo cual poco tiene que ver con la Historia por más que ésta se haya acreditado, a su vez, como casi inevitablemente parcial. No es fácil determinar responsabilidades lejanas aunque sí lo es presumir que, lógicamente, esas responsabilidades estuvieron muy repartidas, tanto que en Francia, por ejemplo, los justicieros que trataron de exhumar el fantasma de Vichy se zurraron en cuanto vieron circular de mano en mano fotos en las que hasta Miterrand posaba despreocupadamente entre mandamases hitlerianos. Bajo el franquismo hizo fortuna el tópico del apoliticismo de los floclóricos, que no tenían por qué ser menos, a estos efectos, que los maestros alemanes, los monarcas enfeudados con los genocidas o los poetas dóciles al Duce. Se explica, en todo caso, el vendavalillo provocado por el documental aunque personalmente me inquieto más por el dato de la encuesta sobre el Muro. A ver qué vamos a añadir, a estas alturas, a cuanto sabemos sobre la supresión nazi del jazz, de la exaltación de Wagner o de la supresión de las óperas mozartianas con libretista judío. Lo inquietante, por moderado que sea el movimiento, es que crezca la añoranza por los ‘vopos’. Y esto no es, a mi entender, oponerse a la memoria, sino tenerla bien presente.

Abrir la sentina

El juicio “Chaves contra El Mundo” está descubriendo una realidad oculta y fenomenal que podrá contribuir a cualquier cosa menos al prestigio de Andalucía. Un mundo en el que se gastan alegremente los millones de las Cajas de Ahorro controladas  por el PSOE (47 a un “espía” sin cualificar, por ejemplo), en el que nos enteramos de que es cosa normal y corriente que cualquiera pueda ser vigilado a costa del erario, en el que se ver retorciéndose las tripas del partido en el poder o en el que no llama la atención que alguien se permita sugerir la increíble barbaridad de que el mismísimo presidente de la Junta podría estar tras una subastera dedicada a comprar pisos. Pero en el que Chaves reserva todos sus rigores para El Mundo, negándose –él sabrá por qué– a exigirle cuentas a periódicos que publicaron informaciones mucho mas comprometidas que éste o incluso olvidándose del misterioso “espía” que está en el centro del enredo. Nos quejamos del poco eco que tienen fuera las cosas andaluzas. Por una vez, menos mal que es así.