Divino tesoro

Es muy fácil apostar a ciegas por la juventud, esta tirado rechazar cualquier crítica miembros de esa edad con el manid argumento de la indeseable criminalización. Pero más claro está, por desgracia, que la sociedad tiene sin resolver en este momento gravísimos problemas derivados, en buena medida, de una insensata permisividad que en nada beneficia a los jóvenes en su conjunto pero que perjudica a muchos en concreto. ¿Tiene sentido mantener que un homicida salga en libertad porque le faltan dos horas para cumplir la mayoría de edad? ¿Qué hacer con salvajes que humillan a una chica forzándola a practicar felaciones o con crecidos “perros de paja” que cifran su autoestima en linchar a compañeros o en colgar en Internet sus miserables e impunes proezas? El Defensor del Pueblo acaba de alertar sobre el riesgo de esas modas, pero ése es un asunto que necesita, obviamente menos cómoda condescendencia y más indispensable autoridad. 

Cría cuervos

Se ha despachado con tiento Carlos Navarrete en la excelente entrevista que le hizo ayer Seijas en nuestro periódico. No sabe si se fue o le echaron (je,je), nada le debe a un partido quien, como la Biempagá (“No me eches en cara/ que to lo perdiste,/ también a tu vera/, yo to lo perdí”), tiene la entereza de reconocer que si dio mucho, mucho recibió. Los “renovadores” –los de la foto con González en Doñana, que el propio Barrero llevó a los periódicos– no actuaron motivados por “ideas ni comportamientos” sino estrictamente arrastrados por la ambición de Poder, ya ven qué novedad. La perspectiva de la retaguardia, como puede verse, no es necesariamente nítida ni acertada, pero hay que reconocer que a Navarrete –indiscutible forjador de lo bueno, lo regular y lo malo en el PSOE onubense– lo traicionaron si escrúpulos sus propias criaturas políticas, las mismas que siguen en el machito. Cría cuervos. El refranero tendrá sus miserias pero también, como en esta ocasión, más razón que un santo.

El tamaño del pez

En Francia acaban de proceder judicialmente contra el expresidente Chirac, reo presunto de malversaciones con motivo de ciertos contratos amañados mientras fe alcalde de París: Ha sido una instrucción larga y, en cierto modo doble y compleja, pues iba paralela al “affaire Clearstream”, en el que si dilucidaban responsabilidades en un lavadero de pasta negra, y durante toda ella los magistrados que han intervenido con guante de seda pero puño de hierro han venido llamando al presunto máximo culpable “Monsieur X”.  El “Seño X”: también aquí empleó ese pseudónimo discreto el juez Garzón al concluir que desde el Gobierno de González se había practicado terrorismo de Estado pero ni que decir tiene que esa “X” que, en aquella tétrica ecuación, superaba al ministro condenado, no se despejó nunca. No sólo eso, sino que se perpetró la singular locura de concentrar a toque de corneta ante la cárcel de Guadalajara (consta que más de uno haciendo de tripas, corazón) a todo el que pintaba algo en la nómina, digo, en la ‘nomenklatura’ del partido para aclamar como héroes a dos secuestradores. El caso Dumas en Francia, el saqueo de los Bhutto en Pakistán, el laberinto mafioso de Andreotti en Italia, el asunto Robinson en la Inglaterra de Blair, los líos de Carlos Andrés Pérez en Venezuela o el que dio con los huesos de Papandreu en el trullo antes de devolverlo al poder, demuestran que en toda democracia que funcione medianamente bien, el que la hace la paga, sin que el tamaño del pez resulte determinante a la hora de tragarse el anzuelo o el ‘marrón’. Ahora en Francia, Chirac se las tendrá que ver con una Justicia paciente que ha esperado respetuosa a “Monsieur X” sin descubrirle su gracia hasta que ha sido posible. Un correoso “aparatchik” como Probst avanzó hace tiempo, en todo caso, un comentario realmente esclarecedor: “Es posible –dijo– que Chirac ‘resulte’ alguna vez culpable. Lo que jamás ocurrirá es que el Presidente ‘sea’ culpable”. Más claro el agua.
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En España partimos ya del anacronismo injustísimo de que el Jefe del Estado sea constitucionalmente inmune, esto es, quede al margen de la Ley que él mismo sanciona, como si no supiéramos desde los maestros romanos que el deber del legislador es soportar la ley que promulga. Hace pocos días fue condenado, una vez más, el secretario de Estado Vera convicto de haber pagado cifras millonarias para cerrar las bocas de unos sicarios que podrían incriminarle en sus propios crímenes, y no sólo nadie se ha acordado del “Míster X” de Garzón con un motivo tan justificado, sino que la noticia ha tenido un escaso eco en una opinión que definitivamente ha asumido como inevitable la podre de la política y el hedor de la sentina del Poder. Nixon no habría tenido necesidad de dimitir en España por más que ‘Garganta Profunda’ susurrara en la oreja de los investigadores pistas que a él conducían, porque aquí el régimen de libertades ha progresado no poco, no cabe dudarlo, pero sin llegar, ni mucho menos, a descartar el tamaño del pez a la hora de sacar el palangre, quizá porque un pasado como el nuestro –que se desliza desde la mentalidad señorial-feudal al caciquismo puro y duro–  ha hecho fraguar, siquiera en niveles subconscientes del criterio público, cierta noción sacral del Poder que inevitablemente acaba por segregar la idea de inmunidad. Si a Chirac lo condenan en su momento, la opinión francesa, dividida desde un principio, es más que probable que primero se estremezca ante la efemérides y luego la asuma hasta que como, en USA, el enredo del Watergate quede relegado a su dimensión literaria. Aquí no habrá caso, claro, y la “X” con que ese juez tornadizo encubrió la evidencia se quedará ahí para los restos. Todavía hay clases y diferencias, qué coños. La cuestión estriba en saber hasta cuándo.

Controles trucados

El Consejo Audiovisual de Andalucía ha rechazado, con los votos de su mayoría socialcomunista, la propuesta de los consejeros de la oposición interna de emitir siquiera un comunicado expresivo de su preocupación por el juicio de Chaves contra El Mundo que ha recibido apoyo masivo, incluido el de la Asociación de la Prensa sevillana. Normal. Ese orgánulo no escapa a la ya aplastante evidencia de que los órganos de extracción parlamentaria son tan incapaces de mantener la ecuanimidad como de renunciar a su condición de autómatas de partido. ¿Para qué gastar una fortuna, entonces, en estos chiringuitos que no hacen sino duplicar la voluntad de la Junta que los elige y paga? Puede que se me conteste que para legitimar, llegado el caso, con la palabra o el silencio, los abusos del Poder, pero ello no haría más que reforzar aquella evidencia de que esos controles trucados –aparte de otros tantos colocaderos para repartir a prorrata– constituyen un auténtico fraude frente a la opinión pública. 

Ahora Bruselas

Un comité del Parlamento Europeo acaba de pedir al gobierno comunitario de Bruselas que abra expediente para averiguar qué está sucediendo en la marisma onubense tras el vertido de fosfoyesos que Chaves, al menos de boquilla, parece que sería partidario de cortar por lo sano. La cosa parte una vez más de Greenpeace y lo que se pide es, nada menos, que además de impedir los vertidos con carácter inmediato, se proceda a declarar la zona como radioactiva y a realizar sin tardanza un estudio epidemiológico solvente que aclare el alcance real de lo que los denunciantes llaman el “desastre ecológico” y sus repercusiones sobre el estado sanitario de la población de Huelva. M´s que nuevas descalificaciones de los “verdes”, lo razonable sería coger entre todos y por los cuernos a ese toro que, por otra parte, tratan de capotear desde hace tiempo algunos de nuestros médicos. 

Historia política

Muchos españoles seguimos con atención la disparatada aventura de la falsificación de la historia emprendida por los actuales secesionismos como secuencia natural de sus precursores. No han inventado nada, ciertamente, estos falsificadores pues la superchería historiográfica es un deporte clásico del que no se libraron siquiera los venerables fundadores y al que se han dedicado, con notable éxito en muchas ocasiones, incluso falsarios de tres al cuarto. Pocas demostraciones tan ilustrativas, en este sentido, como el estudio que dedicó al tema el maestro Caro Baroja quien, todavía en entrañable clave romántica, atribuía irónicamente al diablo, en su empeño por introducir la confusión entre las generaciones, la dirección de esos fraudes. No hay nación ni grupo que no disponga de una memoria legendaria o sencillamente mítica de su pasado, porque curiosamente los mismos hombres que tan poco respetuosos son con ese pasado hacen de él una bandera a la menor de cambio, y ello podría explicarse por el enigmático prestigio del pretérito entrevisto desde cada presente. Lo curioso es el valor que los propios “novadores” atribuyen a la tradición, en la que ven un inagotable fondo de legitimidad para sus ocurrencias, y hay que decir que, salvadas las distancias, eso vale tanto para los clásicos venerados de la Antigüedad como para los francotiradores dedicados a inventarse un pasado justificador de sus propias pretensiones. Ha habido incluso una corriente escéptica, en la que me gusta recordar a Péguy, que sostenía la inviabilidad de una historia objetiva toda vez que para la de tiempos remotos se carece de pruebas y para los próximos sobran referencias. Y hay que tener gran tacto para no acabar dando la razón a Niestzche en su idea de que el historiador, a fuerza de mirar hacia en dirección al pasado, terminaba creyendo “hacia atrás”. El gran problema no es ése, en todo caso, a mi modo de ver, sino el deseo embaucador de los falsos legitimadores. Es una cruz esto de que tantos hombres no puedan vivir sin sentirse descendientes del semen de Cronos o de la pata del Cid, pero en ésas estamos desde siempre y ello justifica la inacabable falsificación del pasado observable en todos los tiempos.
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Estos días comprobamos que ese empeño falsario se ha generalizado entre las autonomías con grave riesgo para la Historia común, que no se niega que haya sido amañada a su vez, pero que la historiografía ha ido depurando luego razonablemente. Asombra ver que se elimina la referencia a Atapuerca para sustituirla por un yacimiento lugareño, que se confiere entidad de nación a lo que jamás lo fue, o que se redistribuyen las huellas del Camino de Santiago a gusto de los localistas o en consonancia con las ideologías de partido, hasta darle la razón al tremendismo que negaba toda posibilidad de conocer rigurosamente el pasado con el argumento de que, al fin y al cabo, la Historia es palabra humana y, en consecuencia, nace sometida a esa condición y al consiguiente riesgo de equivocarse y equivocar. Ya ven que, naturalmente, ni me planteo recurrir a la teoría historiográfica, y lo hago así convencido de que en poco o nada concierne a los falsificadores ese “saber histórico”. Lo que interesa a Arana o a Infante, pongo por caso, lo que hoy desvela a los comisarios regionalistas, nada tiene que ver con la Verdad y mucho, si es que no todo, con el deseo. Y a esa necesidad imaginaria no da respuesta la Historia sino el Mito que, hoy como siempre, sirve al imaginario para sublimar la realidad y adaptarla a cada proyecto. Cuenta Livio cómo en Roma el propio Senado mandó quemar solemnemente y en público, por considerarlos lesivos para la tradición nacional, ciertos textos misteriosos hallados en un derribo. Uno no añora ese fuero de la Verdad oficial pero daría lo que fuera por un Senado que mandara siquiera la décima parte que aquel.