Mal de prisas

No va tampoco el AVE Málaga-Madrid. Ha acumulado retrasos de dos horas al tercer día, obligando a devolver el dinero a los usuarios, dejando por los suelos a los cortadores de cintas. Es verdad que la A92 se retrasó nada menos que diez años, pero lo de la ministra-terremoto pasa de todas las rayas imaginables, y las prisas no pueden justificar, desde luego, el descomunal fracaso sino rematar un cúmulo de imprevisiones e insolvencias. La oposición trata, como es lógico, de hacer leña de árbol por caer de la culpable teórica, pero la cuestión de fondo es otra mucho más grave: ¿cómo es posible saltarse los plazos por exigencia de la publicidad, a quién se le puede ocurrir arriesgar la seguridad de los viajeros con tal de cumplir unos plazos enteramente arbitrarios? Lo malo de estos supertrenes políticos no es que se retrasen o funcionen mal sino que, por falta de las imprescindibles comprobaciones, pudieran provocar una catástrofe. Las prisas de la ministra o de su jefe se comprenden. Su temeridad, no. 

El poeta de Moguer

Será todo lo “español universal” que quiera el eslogan, pero Juan Ramón fue siempre y ante todo un poeta que enraizado en su pueblo. Y también un ciudadano difícil de manejar y políticamente incontrolable. Lo que no impidió que su colosal figura fuera utilizada por los políticos, incluso por los de la dictadura que provocó su exilio, no pocos de  los cuales lucieron plumas negras en su famoso entierro. Ahora el PSOE onubense se ha apoderado de su figura y de su recuerdo para incluirlo en su propaganda, incluso dejando fuera de  juego al pueblo de Moguer, esto es a su Ayuntamiento, en uno de los gestos más groseros puedan imaginarse. JR se habrá revuelto en su tumba moguereña escuchando esos topicazos vulgares sobre su persona y su obra, ahora reducidas a mera mercancía electoral.

Amistades peligrosas

En Francia hay revuelo con motivo de la escapada navideña del presidente Sarkozy a Egipto, a Luxor concretamente, primera escala de su nueva pasión amorosa. Revuelo porque se ha sabido que Sarko y su escogido séquito (veinte amiguetes más o menos) utilizaron el ‘jet’ privado de su millonario de cámara, Vincent Bolloré, un “Falcon 900 de aquí te espero, y que, naturalmente,  le habría sido otorgado gratis total, faltaría plus. Una historia que se repite, por otra parte, porque nada más llegar al Elíseo, creo recordar que al día siguiente de su victoria electoral, el gran hombre desacomplejado ya viajó a la isla de Malta con su familia en el mismo aparato, y una vez allí embarcó en el lujoso yate que el munífico amigo le tenía preparado. Verán como enseguida, nada más llegar de vuelta, se repite la escenificación de la transparencia y el gran hombre proclama que su viaje “no le han costado un céntimo a los contribuyentes”, como ya hiciera entonces,  una ceremonia que se podría calificar de ingenua si no tentara infinitamente más calificarla de cínica. ¿Razones? Sencillas. La relación entre los poderosos políticos y los ricos poderosos es “natural” y, en cierto modo inevitable, dada la estructura relacional de nuestra vida pública, como lo prueba esa vieja sentencia castellana que afirmaba que “tener es poder” a la que cada vez más tal vez cupiera oponerle su contraria o simétrica: “poder es tener”. Los yanquis, que son tan desahogados para estas cosas, han legalizado en su laberinto congresual la actividad de los “lobbies”, grupos de presión empleados por los ricos para adaptar  tanto el trabajo legislativo como la tarea del Gobierno a sus intereses privadísimos. Y esos “lobbies”, que aquí también existen, por descontado, hace tiempo que descubrieron que –dando por supuesto que con la derecha política nunca tendrán problemas de identidad–  nada mejor para esos intereses suyos que llevarse bien con la nómina de izquierda. El ex-presidente González es el hombre del millonario Slim, el patrón mexicano que reunió secretamente hace algún tiempo en su casa, con el propósito de unificar criterios y designios, a la totalidad de los ricos del continente. Uno de ellos, Gustavo Cisneros (el amigo de González que compró Galerías Preciados saneadas para revenderlas poco después) calificó a Slim, tras aquella ocurrencia de tan vehemente sugestión mafiosa, como “un intelectual de los negocios”.
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Nada habría que objetar, en principio, a que un presidente veranee en una casa prestada por un rico o navegue en su yate, eso no se discute. El toque está en que no hay forma de creerse que semejantes cercanías no devienen en amistades peligrosas en cuanto salta la liebre, que acaba saltando, no les quepa duda. Gadafi acaba de venir a Andalucía en carne mortal para hablar de paces y ayudas, por lo visto, pero por lo oído, era también (y no sabremos nunca si prioritariamente) para desatascar un macroproyecto de urbanización suyo que colisiona, al parecer, con el “POTA flexible” que vela por nosotros y por nuestro medio ambiente, junto con Al Gore. Carrillo tenía su millonario durante la clandestinidad, por supuesto, aunque esa cosa entonces paradójica resulte naturalísima sin necesidad de hablar de Putin o de lo que se rumorea de los tardocomunistas chinos. Sólo que Carrillo nunca tuvo posibilidad, ni siquiera remota, de pagarle algún día desde el Poder los favores recibidos. Sarkozy es demasiado listo para no entender que esa proximidad contamina sin remedio y que, tarde o temprano, el amigo fastuoso te envía el cobrador del frac a tu despacho, como se lo mandaban a González los ricos que, hasta que intervino la Justicia, pasaban puntuales por la caja de Filesa. Nadie dice que al  contribuyente le cueste hoy un céntimo la romántica escapada de Sarkozy. Lo que es casi imposible es creer tampoco le va a costar mañana.

Monigotes de Pascua

Estamos quedando como auténticos monigotes (nuestros mandamases, me refiero) desde que se produjo en las aguas españolas de Gibraltar el semihundimiento del barco “New Flame”. Gibraltar dice que ahí se las den todas, el Gobierno que la Junta, la Junta que no sabe de qué le están hablando, pero el “cuasipecio”, con esas 42.000 toneladas de peligrosa chatarra que se fuga poco a poco del casco, se puede ver a simple vista sin más que asomarse a la costa. Y encima, PP e IU, piden a estas alturas, en plena orgía navideña, que comparezca Chaves y explique en el Parlamento soberano qué piensa, qué ha hecho y qué no piensa hacer en este sucio asunto. Monigotes, ya digo, puros monigotes, unos y otros, todos. Si se hubiera tratado de un parón en Caja que impidiera cobrar a esa panda, seguro que habían crucificado hace tiempo al cajero y, por supuesto, cobrado. Si gobernara el PP aquí y en Madrid, las voces se confundirían con los ecos del “Prestige”. 

“Quercus nobilis”

El incansable ex-alcalde de Paterna, el gran Juan del Valle, fue siempre un animal político con mucho de nobílisimo alcornoque. Yo recuerdo cuando, a las puertas del Parlamento, llamó “chorizos” a los sindicatos y se fue para ellos como un ciclón. O cuando se enfrentaba al naciente barrerismo (a Arreciado le llamó “onagro”, sembrando el desconcierto léxico) en cuyos propósitos de “renovación” nunca creyó más que los renovatas mismos, o sea, nada. Y ahora, aparte de rondar por el alfoz alternativo de Rosa Díez Y Fernando Savater, encabeza la defensa del medio rural en su comarca, la suya, por la que quieren trazar un oleoducto sin duda peligroso en potencia para ella aunque rentable a tope para manos lejanas. Buena falta que haría en esta política ruinosa media docena de “quercus nobilis” como éste. O una entera. El problema es que dentro de los partidos nunca cabrán los espíritus verdaderamente libres.

Cárcel sin rejas

No parece que tenga fácil arreglo la sumisión de nuestros pequeños a la tele. Tal sumisión viene determinada, impuesta si se prefiere, por la necesidad de los propios padres en una sociedad que ha visto transformarse callada pero radicalmente su modelo familiar con la imprescindible incorporación de la mujer al trabajo, verdadera quiebra de nuestro neolítico particular en la medida en que, por vez primera, esa mujer/madre es desplazada del hogar en el que deja un vacío no sabemos si remediable o no. ¿Qué hacer con el niño, o mejor, qué va a hacer el niño que se queda sólo en casa, qué haría ni no existiese ese infalible fidelizador que es la tv, una vez que se ausenta del entorno íntimo esa referencia absoluta de seguridad que, a juicio de la mayoría de los expertos,  es la madre? El pisocanalista Serge Herfez manifestó recientemente su inquietud ante el proyecto de crear una cadena televisiva dirigida a una audiencia de niños entre los seis meses y los tres años, es decir, en esa edad auroral en que el sujeto, como las ocas famosas de Lorenz, se aferra a cualquier elemento dominante de su entorno, privado como está todavía de la capacidad de interaccionar libremente con el medio, y sujeto, en consecuencia, a la peligrosa tiranía de sus sensaciones. La preocupación de Hefez consiste en que esos nenes puedan acabar cautivos del “medio”, convertidos en sujetos enteramente pasivos, convencidos de que todo el poder pertenece a la imagen mientras que ellos carecen de cualquier posibilidad de reaccionar ante sus estímulos, seguros (dentro de lo posible, es decir, al margen de la “angustia de la separación” acarreada por la ausencia parental) por la imagen misma. Observen a los hijos, a  los nietos, absortos, abismados en el universo inverosímil pero antropomórfico de esos personajes que, en sesión continua, van fraguando su “Weltanschauung”, esto es, de su visión del mundo y de la vida, del reglamento de su conciencia, visiblemente sordos y ciegos para todo lo que quede fuera de la pantalla. Comprendo que el reajuste no admite soluciones fáciles, pero a mí esa experiencia me aterra casi tanto como me entristece.
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Naturalmente que muchas de las razones que se aducen para suavizar esta evidencia no son más que basura publicitaria. ¿Se desarrollan tres veces más (como he leído) los niños que alivian su soledad (porque de eso se trata) atentos a series animadas con música de Mozart o de Grieg? ¿Crece su sentido de la solidaridad motivados por el ejemplo de la fábula más o menos moralizante, supone una ayuda para ellos la moraleja implícita en las aventuras de esos héroes impuestos? No lo creo, de verdad, pero, en todo caso, llevan razón quienes denuncian que no tiene sentido convertir en ‘espectador’ pasivo a un ser que debería estar desarrollando “full time” su condición de ‘actor’, y del que la industria –habría que decir, otra vez, el Sistema– sólo espera tal vez aprovechar la favorable circunstancia doméstica para agenciarse el negocio futuro a base de esta clientela cautiva en su pasividad. Se suele alegar que nuestros niños aman como a pocas cosas a esos personajes, y es cierto. Pero el problema es precisamente ése, el efecto sutil, subliminal, que produce la que Edgar Morin llamaba “introyección”, lo mismo si valoramos su efecto en términos psicológicos que si lo hacemos en función de los proyectos del mercado. La revolución del hogar, como tantas que han puesto fin a una era, llega antes que sus mecanismos de ajuste, y eso lo van a pagar caro estas generaciones adictas a la fábula televisiva incluso si consiguen librarse de la programación carroñera que las trata como si fueran adultas con una antelación insufrible. Todos amamos a Donald, cualquiera ha lagrimeado con Bambi y debe de ser casi narcótico volar en una nave pilotada por coleguitas imaginarios. No saben los pobres que están consolándose de su soledad. Ni que están siendo adiestrados como futuros consumidores.