La TV municipal

Por fin –y hay que decir “por fin” ya que, mientras la capital sigue sin su antena propia, no hay pueblo que se precie en la provincia que no tenga la suya–, parece que el Ayuntamiento dará luz verde el año que viene a una tele municipal. No estaría mal que viniera esa tele a dar un ejemplo de ecuanimidad, a demostrar que, incluso sin chuparse el dedo, es posible que un “medio” pagado con dinero de todos se dirija a todos, procurando apretar voluntades en lugar de abrir brechas entre los ciudadanos, aunque, la verdad, no me hago muchas ilusiones sobre esa posibilidad. Huelva, en cualquier caso, necesitaba ya su tele municipal y la va a tener. Y hay que reconocerle a este consistorio la correa que ha tenido para soportar la desigual competencia que desde hace años viene padeciendo por tierra, mar y aire.

La factura olvidada

Dos acontecimientos verdaderamente memorables han ocurrido de manera simultánea estos días. Por un lado, un grupo de indígenas de la tribu de los ‘Cintas Largas’ han secuestrado en la reserva Roosevelt, en plena Amazonia, junto a un procurador de la República y tres personas más, a un funcionario español destacado en la ONU que andaba por allí cumpliendo su misión, y se niegan a devolverlo en tanto no se les “compense”–aparte del archivo de los procesos por asesinato de ciertos buscadores de diamantes seguidos contra ellos– con determinadas mejoras en su poblado. Por otro lado, el coronel Gadaffi, reconocido terrorista internacional, ha hecho polvo el `buen rollito´ de ZP en la cumbre de Lisboa proclamando que menos cuentos, menos promesas incumplidas y más “devolver” a los antiguos países coloniales los tesoros que les fueron arrebatados por las potencias colonizadoras. Esto último lo auspiciaba también hace poco un diputado de ERC, al sugerir que España estaba en deuda con Perú o México en tanto en cuanto no enviara de vuelta para allá los tesoros arrebatados hace siglos, aquel famoso oro americano  causante de la “revolución de los precios” en la España del XVI, que Earl J. Hamilton cifró tan alto pero que luego ha resultado que no fue para tanto, incluso contando con el que se le quedó entre las uñas a la corona británica en su calidad de patrona del corso. Demasiada gente nos pasa facturas olvidadas, como si nosotros, pobreticos, no pudiéramos a nuestra vez exigir a aquellos o a los de más allá que nos compensaran por lo mucho que se han llevado de estos pagos, desde los foceos en adelante, tirios y troyanos. Hasta el bocaza de Hugo Chávez anda esta temporada enredado en esa falsa memoria, como tuvo ocasión de predicar al universo mundo, entre insultos de lo más adocenado, con motivo del dichoso encuentro de Chile en el que el Rey le pidió  con tanta casta que se callara de una vez. Es un tema de moda, no hay duda, y mucho me temo que, apadrinado por gentes como las mencionadas, acabará convertido en otro tópico consolidado más pronto que tarde.
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El indigenismo queda muy bien en la tribuna y en el púlpito, no lo discuto, pero hay ya sobradas experiencias que prueban que su argumentario tiene poco recorrido. ¡Con decirles que el famoso sub-comandante Marcos del Ejército Zapatista acaba de presentar una novela erótica tras someterse a las inquisiciones de Quintero en los “Ratones Coloraos”! Dudo que la problemática de esos países pase por la reivindicación descerebrada de una edad de oro que probablemente nunca existió y creo, en cambio, que el desafío actual del neoindigenismo bien podría acabar acarreando otro apocalipsis a los ingenuos votantes que confían en la solidaridad indumentaria de un Evo Morales o se tragan  el farol cuartelero de Hugo Chávez en esa tierra de patriarcas otoñales y sátrapas supremos que tiene el ‘copyright’ genuino de la palabra “cacique”. A cualquiera se le ocurre que secuestrar a un grupo de notables no es el mejor procedimiento para exigir una revisión histórica tan discutible como el expolio colonial y mucho menos para forzar el archivo de unas justicias tan sangrantes como las que se siguen contra los indios “Cintas Largas”por tomarse por su mano la suya contra los ladrones de diamantes. Pero sobre todo, difícilmente se le escapará a nadie que esos caudillos que le han salido al movimiento indioamericano, con guayabera o con uniforme milico, vivaquean tan lejos de la democracia como del sentido común. Habría mucho que hablar sobre el pretérito imperfecto de esos pueblos despojados. Pero más todavía sobre su presente tenso.

La prueba robada

Oigo con estupor que el asalto al Juzgado y robo de la prueba aportada por El Mundo para defenderse de Chaves y los suyos, perjudica a éstos. Fíjense qué extravagancia, tras la durísima condena del Comité Mundial de Libertad de Prensa en el que se le pide al presidente de la Junta que “retorne a la sensatez democrática”, nada menos. Una vez más la pregunta que Séneca plantea en su `Medea´–“Cui prodest?”, ¿a quién beneficia?–, que esta vez tiene fácil respuesta a poco que se considere que fueron los propios querellados quienes confiaron a la Justicia la custodia de la prueba y que en ella, de haberse difundido, un poner, en “You Tube”, la inmensa multitud silenciosa hubiera podido comprobar su contundencia probatoria y las gravísimas acusaciones vertidas contra el propio Presidente, que prefiero no reproducir. Desde luego, si yo fuera él y los suyos, no dormiría tranquilo con esa posibilidad flotando en el ambiente. 

No al somatén

No se puede negar que el clamoroso fracaso del Estado está imponiendo en nuestras sociedades –¡ya hasta en la guerra!– la seguridad privada. Pero una cosa es admitir el vigilante autorizado y otra muy distinta sacar de entre el alcanfor la peligrosa idea del somatén, es decir, de la policía privada, como al parecer podrían estar pensando algunos afectados por la ola de robos en La Dehesa aljaraqueña con los que, evidentemente, la subdelegación del Gobierno no puede. Diez asaltos en veinte días mal contados constituyen una situación intolerable que descubre la impotencia o incapacidad de ese organismo para garantizar nada menos que la seguridad ciudadana. Sería una temeridad que ese somatén llegara a patrullar por La Dehesa. Pero dejar que los bandidos campen por sus respetos entre su vecindario es una responsabilidad que corresponde por entero al Gobierno.

El ojo de la aguja

No me hagan mucho caso pero creo recordar que fue Bismarck, el Canciller de Hierro, quien tuvo la ocurrencia de darle la vuelta a la expresión evangélica “beati pauperes”, esto es, santos o felices pobres, acuñando otra, mucho más adecuada a la realidad se mire como se mire: “beati possidentes”, es decir, dichosos los que poseen y vamos a dejarnos de monsergas. El mundo moderno, el que vivimos, no hubiera sido posible de haberse mantenido, aunque no hubiera sido más que en niveles reservados o profundos, esa moral, de origen innegablemente cristiano, que cifraba su clave más alta y enigmática en el descrédito de la riqueza. Ha hecho falta darle la vuelta a ese transparente hasta conseguir que la intuición calvinista de la riqueza como reconocimiento divino de la virtud acabara generalizada, reparado el rico de su tradicional infamia hasta convertirse en un auténtico ideal social, una visión sin la cual el sistema de producción que nos sostiene no se tendría en pie. El elogio de la pobreza y demás, todavía beligerante en el barroco europeo y supérstite durante el romanticismo, han funcionado siempre, en realidad, como un contrapunto paradójico en el que se diluía la protesta latente hasta perder su última gota de energía. Lo que no quiere decir, en absoluto, que la indigencia haya sido jamás valorada socialmente sino todo o contrario, sino que hay que admitir que estos contrastes llamativos iluminan con su luz terciada el paisaje alargando la sombra de las viejas utopías hasta convertirlas en decorativas. La imagen de Diógenes despreciando la oferta de Alejandro, la del “poverello” de Asís entregando hasta la camisa a los desdichados o la de san Martín partiendo en dos su capa con la espada para vestir al mendigo, quedan muy bien en un capitel o en el vitral de la imaginación pero nadie se la ha tomado en serio nunca aparte de un puñado de virtuosos. Todavía los griegos –entre los que hubo magnates y comunistas– podían decir, como Eurípides en una escena exaltada de ‘Alcmena’–, que la nobleza no es nada mientras que la propiedad lo es todo, y en relación estrecha con esa visión, ha tenido siempre éxito la idea de la mediocridad del rico. Sólo Calvino, aquel visionario salvaje, tuvo redaños para voltear el viejo prisma, sospecho que sin tener ni idea de que estaba legitimando para siempre la sociedad desigual.
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Los datos sobre la propiedad son, desde luego, desconcertantes. Hay en España un selecto club de magnates que sólo sumando la fortuna de cuatro de ellos –según el profesor Gállego, zoólogo balear– concentrarían el equivalente al del resto de los españoles, incluidos los 157.000 que declaran poseer más de un millón de euros excluida la vivienda y los bienes de consumo, y que sólo en el año en curso habrían visto incrementado sus patrimonios en más de un seis por ciento, hecho económico que, mirado desde la etología, parece ser que traduce las tensiones que en el seno de nuestra sociedad provoca la competencia. Y frente a ellos, casi nadie discute ya que conviven también entre nosotros un millón de pobres ‘severos’ más un millón largo de “pobres moderados”, en este momento crítico más apretados que nunca  en la tolva de la lucha por la vida. Creo que el más rico entre esos potentados roza ya los 20.000 millones de euros y que su ex-señora ha visto incrementado este año su recurtita ya parafernal nada menos que en 500 millones más. Uno de ellos, el famoso y locuaz `Pocero´, acaba de ilustrar este aguafuerte de la fortuna asegurando que prefiere mil veces la envidia a la caridad, expresión rotunda que demuestra la buena salud axiológica de la propiedad, que tanto debe a los ‘neos’ pero que, en realidad, viene de lejos en las entretelas de la naturaleza humana. Todavía León Bloy podía clamar que el dinero era la sangre del pobre. Hoy lo hubieran echado a gorrazos de la Internacional Socialista.

La joya del ‘régimen’

De lo que más alardea el chavismo imperante es de su esfuerzo modernizador, y en concreto, en la proeza que supondría su montaje investigador. Estamos supuestamente en cabeza de esa decisiva carrera, dedicamos a ella un millón de euros al parecer y estimulamos con ellos a una legión de investigadores que la verdad es que –o al menos, eso dicen ellos– que andan anclados en el ‘mileurismo’ y, encima, tienen que ir, año tras año, a demostrarle a Hacienda que no han cobrado las subvenciones que, extrañamente, la Junta dice haberles pagado. El viernes irán esos forzados a manifestarse ante la consejería en demanda de un trato siquiera razonable y digno, y lo suyo sería que los escucharan con seriedad los mismos que tanto los utilizan en la propaganda política.