De peor en peor

Tampoco ha aparecido el segundo video, presuntamente (el obligado adverbio valdrá para todos, digo yo) “extraviado” en el depósito judicial, y el Consejo General del Poder Judicial ha ordenado una investigación en el laberinto que ya verán cómo no esclarece nada o bien poco. Malas noticias para la acusación y para su coro mediático que no podrán insistir en la necedad de la falsificación técnica, malas para las autoridades que tendrían que responder por la pérdida de material tan valioso, indiferentes para los periodistas de El Mundo puesto que el contenido del video es bien conocido y consta en el sumario gracias a que otro medio, significativamente no querellado, lo publicó y colgó en su web. Otro caso más concerniente a la política que habrá que cerrar medio en falso, nueva demostración de la precariedad de las garantías con que cuenta, para su trabajo, la Justicia. Y una pregunta sobre todas: ¿quién o quiénes tienen motivos y medios para robar pruebas en un juzgado? Yo que el CGPJ me centraría en esa cuestión

El pie cambiado

Que la Junta andaluza, o mejor, su Servicio Andaluz de Salud (SAS) lleva el pie cambiado respecto a la propaganda de ZP lo demuestra que el mismo día en que en la Moncloa se anuncia el “nuevo contrato del hombre con el planeta” y se coloca el compromiso ecologista en el centro de la oferta electoral, se descubre que el hospital de Riotinto vierte sus aguas residuales al río Tinto sin molestarse siquiera en arreglar la avería causante del desastre por considerarlo no necesario. De manera que el enclave mimado de los científicos –ay, Pérez Mercader– convertido en cloaca, pero no en una cualquiera sino en el albañal de un centro cuyos residuos, lógicamente, deben de ser de lo menos deseables. Un asco. ZP debería ser informado por sus paladines ecologistas de estas barbaridades que perpetran sus propias Administraciones aunque las sufran los ciudadanos de a pie.

Se hace saber

Llaman de por ahí, de los Madriles más que nada, en demanda de noticias sobre la inconcebible historia del jodío juicio. Son colegas que quieren noticias, desconfiados de que la desacreditada unanimidad de los medios “adictos” cuenten la verdad, toda la verdad y solamente la verdad, estupefactos ante un juicio en el que todo un Presidente de la autonomía ha de soportar, como quien no quiere la cosa, la tremenda pregunta sobre su eventual participación en los manejos de una subastera, que si no es lo último que puede escucharse en esta vida pública tan degradada, poco le faltará para serlo. Que si Sicilia, que si la camorra napolitana… No tengo la menor idea de quién habrá asesorado al presidente Chaves pero no descarto –dado el cariz que van tomando las cosas– que pueda haber sido un enemigo íntimo. ¿O acaso tiene sentido que un Presidente se empeñe en sentar en el banquillo a un periódico porque éste reveló la acusación vertida en un video que, para que no falte de nada, resulta que va y se pierde, que se esfuma, que desaparece de una caja fuerte custodiada en un Juzgado ¡hace más de dos años!, peripecia oculta a las partes hasta bien avanzado el plenario? Que si Gil, que si los chicos de Corleone, que si… Bueno, yo creo que no hay que ir tan lejos teniendo en cuenta que no es la primera vez que aquí, ante un enredo con implicaciones políticas, arden archivos en una consejería o desaparece como por encanto un legajo también en sede judicial. Cuando el ‘caso Guerra’ desaparecieron los registros de visitas que tanta luz hubieran podido arrojar sobre las complicidades que, justo es reconocerlo, hubo de tener el ‘Asistente’ entre la mas granada burguesía de negocios. Ya ven qué cosas.
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¿Más? Pues hay para dar y tomar. El difunto Pellón, por ejemplo, se libró de las garras de Garzón al desaparecer –incineradas– las entradas sobrantes de la Expo, de las que nunca más se supo, como no se supo nunca más de la página del PGOU de Almonte que desapareció “casualmente” –ay, estas secretarias atolondradas!– antes de que nos percatáramos (porque fueron los mismos quienes se percataron, ni que decir tiene) de que en ella aparecían las fincas compradas por el círculo de González y que serían recalificadas entonces, tal como habrían de serlo, al cabo de los años, las que sus descendientes apañarían en Sanlúcar la Mayor, sin salir del despacho del alcalde que, miren por dónde, es uno de estos querellantes. Un presidente sobre el que pesa una condonación de crédito millonario por una Caja de Ahorros debe de estar muy mal aconsejado para sentar en el banquillo a estos conocedores profundos de la garduña andaluza. Pero lo que no le va a dejar la menor salida es el escándalo provocado por el asalto a la caja judicial y la desaparición de unos videos/prueba, de los que El Mundo nada tiene que temer, sobre todo tras al contundente validación de esa prueba por los expertos policiales. ¿Pero esto qué es, Sevilla o Palermo?, siguen preguntándonos desde lejanas redacciones, mientras los medios gubernamentales rizan el rizo imposible de su deseo, incluso a base de mostrarle a sus lectores la imagen invertida de lo que cada mañana ocurre en la Audiencia. Y nosotros capeamos el temporal como podemos, palabra, preguntándonos si este disparate es atribuible al propio Presidente o es un cebo envenenado que le ha hecho morder algún demonio familiar. ¡Había que verlo el otro día en su sillón de testigo y habrá que verlo ahora en la intimidad, una vez descubierto ese pastelón que es más bien una repugnante ensaimada de chorizo! El honor no se proclama sino que se defiende, caballero, las palabras valen para cualquier cosa, pero sólo hasta que sobre ellas caen como pedradas los hechos incontestables. El robo de una prueba en la que Chaves es acusado con temeridad de subastero, pongo por caso, imaginen qué barbaridad. Pero, ya puestos,  imaginen también qué compromiso.

Defender lo nuestro

La Junta descarta ahora, a pesar del compromiso de Chaves, volver a reclamar a la UNESCO la declaración del cante flamenco como “patrimonio oral” de la Humanidad, una renuncia que, qué voy a decirles, a uno le parece no poco puesta en razón. Tonterías, las precisas, y tontería es embarcarse en un empeño como ése que ahora habrá de competir con las propuestas del propio Gobierno de la nación, entre las que destacan bienes culturales tan curiosos como el “silbo gomero” (no es coña), el Consejo murciano de Hombres Buenos o el Tribunal de Aguas de Valencia que hace la intemerata que no es sino un carnavalillo para turistas, sin la menor competencia. En Andalucía es notorio que está siendo saqueado el patrimonio arqueológico o documental sin que la consejería mueva un dedo, pero resulta que se mueve Roma con Santiago para “salvar”, no sé de qué, a la “dieta mediterránea”. Sacar el cante del colmao para meterlo en una “lista representativa” no tenía mucho sentido. Aunque con el pie cambiado, la Junta ha acabado por entenderlo.

Agua va

No tenía pase que sobre lo ocurrido este verano en diez pueblos de El Condado la autoridad pasara como sobre ascuas. Ahí está el requerimiento formulado por la Fiscalía a la ‘delega’ de Salud interesando si el agua no potable que se suministró a tantos miles de onubenses podría haber causado daños a sus consumidores, es decir, si hubo peligro real para la población o no lo hubo. Y ahí tienen la solicitud planteada a la Mancomunidad de Aguas de la comarca en el mismo sentido. ¿Qué ocurrió realmente durante esos 44 días, hubo o no hubo daños eventuales sobre la salud de la gente de esos diez pueblos? Habrá que preguntar también si hubo o no responsabilidades por parte de los respectivos mandatarios y, en su caso, por qué sólo IU se ha molestado en plantear la cuestión ante la Justicia. Demasiadas preguntas para las que, ya lo han de ver, habrá respuestas más o menos sólidas para salir del paso, pero sin las cuales el silencio de la autoridad ante un hecho tan tercermundista no tendría sentido.

Nuevos ricos

Noticias de Moscú informan de que una espectacular feria del lujo, la ‘Millionaire Fair’,  anima esta temporada la actualidad soviética. Un lince del negocio se encarga de ofrecer a los nuevos ricos –cien mil, según los calculistas de la nueva sociedad– las más extravagantes mercancías convertidas y, por supuesto, pregonadas por la publicidad como ‘indicadores de estatus’. Puede adquirirse en ella desde un cráneo de mamut a un helicóptero pasando por un tigre de dientes de sable, pero la organización no duda de que la estimativa de ese consumidor sobrevenido responde al doble criterio que equipara lo valioso a lo grande y lo caro, tal como exige el paradigma del ‘rico nuevo’ de todos los tiempos. Yo creo, en todo caso, que no se debe frivolizar esa noticia confinándola en la crónica de sociedad porque es bien sabido que el lujo, el consumo suntuario, ha sido siempre un activo factor económico, a pesar de las severas restricciones a que históricamente fue sometido por el Poder que veía en él también, no sin razón, el riesgo cierto de descapitalización que implica el despilfarro. Las leyes antisuntuarias no desaparecen hasta muy tarde en Europa y no estará de más recordar que la inmensa mayoría de nuestros venerados pensadores fueron ardientes partidarios del lujo –Montesquieu decía, por ejemplo, que el lujo es necesario porque si los ricos no gastan mucho, los pobres mueren de hambre– al menos hasta que Rousseau se planta frente a sus desmanes y comienza a cuestionarse la idea de que sin lujo no hay animación posible en el mercado. Existe un libro definitivo sobre este tema, “Lujo y capitalismo”, escrito por Werner Sombart poco antes de la primera Gran Guerra, en el que se muestra como, además de esa función dinamizadora de la economía, el gasto suntuario no es ajeno a la profunda evolución experimentada en Occidente no sólo por las relaciones económicas sino por las costumbres sexuales y el mismísimo concepto del amor. Los sociólogos acaban siempre por descubrir lo que las cupletistas han sabido toda la vida.
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En Rusia se ha  pasado en un pis pas de la cultura de la dignidad a la cultureta de la exhibición, no digo yo que sin ciertas ventajas, pero sí que con el consiguiente escándalo de esas muchedumbres paupérrimas (hay en el país, parados y marginales aparte, al menos 50 millones de pobres que han de aviárselas con cinco euros al día) que contemplan con resignación o enojo el exceso ajeno, mientras la juventud se prostituye masivamente  más o menos bajo el control de las omnipresentes mafias. Y en este contexto nada tiene de extraño que el flamante Mercado se apresure a dotarse de ese instrumento, al parecer vital para el desarrollo, que es el consumo de lo superfluo, ese denostado concepto que a Voltaire, en una de sus ‘Sátiras’, le parecía, si no recuerdo mal, una cosa de lo más necesaria. Es verdad que ha habido lujos exquisitos que desafiaban el prestigio de la austeridad, como el “negro castellano” que impusieron nuestros primeros Austrias a la moda europea y que –seguramente inspirado en modas borgoñonas en tiempos del Emperador–, lo que de él no suele saberse es que, a despecho de las cínicas pragmáticas prohibitivas, debía su prestigio precisamente a su carestía. Todavía Lope suplica al duque de Sesa unos cuartos para agenciarse un juboncillo o unas calzas de negro tafetán en aquel Madrid “brillante y hambriento”, como el que Valle habría de ver todavía varios siglos después. Lujo y miseria son dos caras de una moneda fatal, probablemente en sentido inverso al que le atribuía Montesquieu, pero ahí están los nuevos ricos de la democracia rusa intentando afirmar –lo mismo en San Petersburgo que en Marbella– la sugestión calvinista de que la opulencia no es un contradiós sino un signo divino. El fracaso del sovietismo alcanza a su alternativa. Sombart diría, seguramente, que eso estaba previsto.