Día de reflexión

Reflexionar sobre lo desconocido, votar a ciegas: eso es lo que nos piden los partidos políticos andaluces, cada cual con su cuenta y razón, todos menos uno apoyando el ‘Sí’ incondicional a uno de los textos legales peor escritos de la historia –en el que, por cierto, la especificación de géneros excluye a las mujeres tropecientas veces–, centón de cuantos derechos se le han venido a las mientes a sus muñidores, como si la mención de un derecho en una “carta”, por magna que ésta sea, garantizase su cumplimiento. Ocho de cada diez ciudadanos andaluces –datos oficiales– no saben de qué va el envite, lo que quiere decir que si fracasa la participación será una debacle para la clase política y si resulta un éxito quedará demostrado que esta democracia es, en realidad, un  rebaño bien amaestrado. Este es un Estatuto que sólo interesa a los políticos, ha dicho Guerra antes de defenderlo. Lo que hoy habría que reflexionar es qué hacer ante el dilema antes planteado.

Perder los nervios

La candidata a la alcaldía, Manuela Parralo, perdió ayer nuevamente los nervios, algo que no puede ocurrirle a un político, al menos cada dos por tres. El motivo, pueden imaginarlo, la alusión al presunto enchufe de su hija en el instituto Alto Conquero –nunca desmentido con razones, pendiente de revisión– en el momento en que ella cifraba el mérito del Estatuto en el beneficio que reportará a los hijos. Zafarrancho total, gritos y susurros, amenazas y dedos acusadores, y una candidata hasta antier inédita que está demostrando que le faltan varias mareas en el horno político para afrontar una lucha política a cuyo insufrible endurecimiento su partido y ella misma han contribuido más que nadie. ¡Menuda perspectiva, esos plenos iracundos dedicados a perder el tiempo entre insultos mutuos! A Parralo le ha dado bajo la línea de flotación el propio “fuego amigo”. El único arrebato que tendría sentido, por eso mismo, debería dirigirse contra sus propias filas y tal vez contra sí misma. 

Defensor acosado

Al Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, lo han linchado en el Congreso de los Diputados. Despellejado vivo, vamos, a iniciativa de IU secundada por el PNV, ERC y CiU, es decir, del conglomerado separatista que ha logrado el prodigio de la confusión de una izquierda vacía y demenciada con la derecha más acreditada y exclusivista de España, pero con la ayuda inestimable de su propio partido el PSOE –del que lo fue casi todo, antes y ya con esta tropa–, que primero le metió las cabras en el corral y luego simuló abrirles las puertas. Y todo por algo tan elemental para un  Defensor como es defender lo que su leal saber y entender le dice que es defendible más allá y por encima de pactos y cambalaches. La joven guardia lapidando al viejo militante: una vieja historia. Antes de merecer que la derecha lo propusiera a su propia izquierda para ese puesto en el que ni una ni otra creen demasiado, Múgica tiene una larga biografía. Estuvo en la cárcel por ejemplo, jugó fuerte en Suresnes, mandó a paseo a González cuando éste trató de “aparcarlo” en la embajada de París, fue luego ministro de Justicia –dicen que por los buenos oficios de Guerra–, apresuró desde ese ministerio reformas decisivas y hasta hubo de sufrir el zarpazo efectivo, no el retórico, del terrorismo cuando ETA asesinó a su hermano Fernando. Y finalmente viene siendo Defensor del Pueblo con el apoyo renovado de unos y de otros –caso insólito– con un sentido de la independencia que, naturalmente, no se le alcanza a los trapaceros propios ni a los ajenos. Por eso lo han despellejado: porque la independencia no la perdonan los sumisos, esos demócratas a la violeta que utilizan de mala manera al TC cuando se tercia pero que no consienten que recurra con toda legitimidad quien representa a una vasta masa de españoles. Desde su partido se ha dicho –menos mal–, aunque haya sido para justificar su cómica contradicción, que “no se puede reprobar a las instituciones por ejercer sus competencias”. Pero le han puesto alfombra roja a los reprobadores. Él ni se ha molestado en acudir al teatrillo. Por lo visto tenía cosas importantes que hacer.
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Este PSOE poco o nada tiene que ver con el genuino –¡ya me dirán que hay de común entre Pepiño y el doctor Vera!– y lo que está en marcha no es la renovación del partido sino la liquidación de los que hicieron posible su hegemonía. Múgica, por ejemplo, significa ya bien poco para esta cuadrilla de “parvenus” que anda en trato con los asesinos y poniendo patas arriba el sagrado imperio de la ley convencidos de que el futuro son ellos y, en consecuencia, el pasado, incluso el ejemplar, una rémora de la que es preciso deshacerse, en especial, si tiene la osadía de comprometer los arreglos y sociedades que garantizan su continuidad. Y recurrir el ‘Estatut’ –sobre todo ahora que el propio TC ha debido autopurgarse– no supone para ellos dar respuesta a lo que dice el sentido común y reclama una inmensa muchedumbre sino poner en peligro la componenda alcanzada. A esa gente le importa bien poco la legalidad cuando se juega eso que Chaves –el único superviviente, ojo: por algo será– llama “las cosas de comer”, y un gesto de conciencia como el que acaba de hacer Enrique Múgica no les cabe en la cabeza donde, en cambio, les cupo y cabe holgadamente, un poner, el terrorismo de Estado o la corrupción, el cuestionamiento del modelo constitucional o la confusión de los poderes del Estado. Resulta bufo, ya lo sé, pero no encuentro mejor argumento que recordar que los linchadores de Múgica son los mismos que llaman “hombre de paz” a un secuestrador convicto como Otegui o valoran positivamente a un asesino en serie como De Juana. Por la izquierda y por la derecha, cuidado. La independencia es la negación del servilismo y Múgica lo sabe divinamente, por descontado. Por eso precisamente se ha visto bajo el fuego cruzado.

Siempre el maletín

No se lo pierdan. ¿Se acuerdan del maletín de Ollero, el pelotazo que, según se demostró en el juicio anulado por defectos formales, le había dado un  promotor al hermano del director general de Carreteras para obtener  una adjudicación? Pues bien, por ahí anda el maletín dando vueltas, hasta el extremo de que la Audiencia ha requerido a las partes para que se pronuncien sobre el destino que debe darse a ese dinero procedente de un cohecho como una catedral. El ciudadano de la calle se preguntará cómo es posible que el dinero incautado a un cohechador probado aunque absuelto haya que devolvérselo al que lo dio o al que lo recibió, pero el derecho, que tantas veces se escribe con renglones torcidos, requiere estas ceremonias desconcertantes y definitivamente desmoralizadoras. ¿Se le devolvería la navaja a un navajero absuelto por un defecto del procedimiento? Cualquiera sabe, pero tal como están las cosas, quizá sea mejor no dar ideas.

Ser y parecer

Mala suerte la de la candidata Parralo –en el mejor de los casos– con el feo asunto del enchufe de su hija en una plaza de la docencia. Ahora va a reunirse un pleno extraordinario de la Junta de Personal Docente para “intentar llegar a alguna conclusión” –no se pierdan el eufemismo y la mandanga– sobre el caso, y va hacerlo con el apoyo explícito de todas las organizaciones sindicales implicadas, a las que tal vez habría que preguntar en qué estaban entretenidos sus enlaces mientras se ajustaba el presunto cambalache. El tema es malo, en todo caso, porque sólo la duda ya oscurece sin remedio la imagen de quien aspira a gobernar la capital, incluso si próximamente no le cae encima algún otro enredo molesto, esta vez por presunto ‘mobbing’ de una trabajadora. Hay que ser y parecer y aquí, de momento, no sabemos qué será, pero lo que parece tiene la peor pinta. No es difícil imaginar a más de uno frotándose las manos. En su propio partido, se entiende, que es lo grave. 

Justicia parcial

Mala acogida ha tenido el nuevo ministro de Justicia. Lógico. De un fiscal que tiene “declarada la guerra” a  media España –“Hicimos la guerra a los padres y ahora hemos de hacérsela a los hijos”, tiene dicho– o que justificó el terrorismo de Estado –“La reacción contra el GAL fue un acto de hipocresía colectiva”– no se podía esperar otra cosa. Pero si en su toma de posesión descalifica a aquella media España y niega legitimidad al propio Consejo General del Poder Judicial, apaga y vámonos. La elección del ministro no es más que la apuesta desesperada de ZP para tratar de salvar los muebles en lo que resta de legislatura, es decir, en un trayecto crucial y sin proyecto político en el que se juega todo a la carta de un eventual acuerdo con los asesinos de ETA a base de mano blanda. No se entendería, en otro caso, la impertinencia que supone un ministro de Justicia que irrumpe en la vida pública como caballo en cacharrería, empeñado en dejar chicas las justificadas críticas previas que se le venían haciendo. Aunque es preciso decir también que el PSOE no ha sido capaz en este cuarto de siglo de aceptar la auténtica independencia de la Justicia. El instructor de Filesa, el pobre juez Barbero, hubo de rechazar cautamente el ofrecimiento de un despacho que le hicieron en la sede del partido con la intención patente de “contaminarlo”. Al presidente de la Audiencia Nacional le comentó González –está grabado– lo que tenía que hacer y lo que no el alto Tribunal. Las listas de visitas de Juan Guerra fueron destruidas oportunamente cuando la instrucción judicial las requirió como posibles pruebas. El juicio del caso Lasa y Zabala hubo de realizarse “a pesar” de la visible resistencia del poder ejecutivo. Sin olvidar el espectáculo inconcebible que el partido ofreció en la puerta de la cárcel de Guadalajara, con el ex-presidente a la cabeza, aclamando a dos secuestradores convictos, alguno de los cuales fue durante años recibido en triunfo en homenajes y mítines. Es una pena que ese injusto empeño permita a la reacción airear –fuera de contexto, pero ahí queda eso– frases memorables. Como la de Largo: “Democracia y socialismo son incompatibles”. O la del propio “abuelo” Pablo Iglesias: “Mi partido está en la legalidad mientras ésta le permita adquirir lo que necesita, fuera de ella cuando no le permita alcanzar sus aspiraciones”. El ministro Bermejo era el que faltaba para rematar este cuadro.
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Cuando Guerra anunció hace años la “muerte de Montesquieu” no podíamos imaginar que la metáfora incluyera incluso su entierro. Y a duelo suena esa campanada que ha dado el nuevo ministro nada más jurar el cargo o el silencio de su superior tras escuchar semejante desafío a la imparcialidad. Lo dicho: es como si el PSOE padeciera una incapacidad visceral para asumir la independencia de la Justicia cuando el fuero de ésta compromete sus intereses, algo que acaso pudiera entenderse en el contexto de Iglesias o en medio del carajal en que ejerció Largo, pero que en circunstancias pretendidamente normales no hay modo de disimular y menos aún de asumir. No se le ha escapado a los teóricos de la crisis democrática que en ese ajuste fino –el de los poderes independientes del Estado– está la verdadera madre del cordero. Pero aquí, puñetera falta que nos hacen los teóricos, disponiendo, como disponemos, de un ministro de Justicia que no oculta un su sectarismo ni su parcialidad y de un Gobierno que busca en ese revuelto pajar hasta dar con un espécimen como Bermejo, el fiscal que una vez consiguió ya un récord insólito: que lo vetara el pleno de sus colegas. ZP ha tirado por la calle de en medio, evidentemente, lo que no deja de ser un elocuente indicio de sus dificultades. Igual ha pensado que, en lugar de mantener el cenotafio vacío de Montesquieu, más vale incinerar el cadáver de una vez por todas.