Pingües ruinas

Otra mina inviable que es comprada por una multinacional atenta al loro, otro proyecto misterioso que llega con la mano enguantada sin dejar traslucir quién lo maneja ni mostrar las garantías que deben exigírsele. La minería en crisis está siendo relanzada por la subida del precio del cobre y ahí están esos compradores sin rostro reapareciendo, como siempre, sin que sepamos quiénes son, si hay alguien tras ellos, si lo que se proponen es factible o arriesgado y, si en definitiva, los nuevos compradores son los mismos de siempre o son otros distintos. Las Administraciones, sobre todo la Junta, deberían extremar el celo –aunque es bien probable que para ella las operaciones referidas no tengan secretos—y alumbrar ese escenario en el que todo indica que vuelve a representarse la antigua farsa, quien sabe si con gorilas incluidos. Los únicos que permanece hoy como ayer al margen de ese futuro son los trabajadores. Una gran paradoja teniendo en cuenta que tanto la caída como esta resurrección se produce a la sombra de una mayoría absoluta que se dice socialista obrera.

La otra realidad

Tengo entendido que ha sido espectacular la actual campaña de venta en el sector de los videojuegos. Hay colas y listas de espera para conseguir las novedades y no dejan de escucharse las alarmas a propósito esa afición verdaderamente adictiva que el manejo lúdico de la realidad virtual produce entre la gente más joven, pero también se oyen (yo se lo he oído a Vicente Verdú) alegatos a favor de un uso constructivo de esos ingenios que ni más ni menos que sustituyen la realidad por su sobra informática. De un video juego lanzado por el Programa de Alimentos de la ONU, el “Foof Force”, se han bajado en tiempo récord dos millones de copias y de otro llamado “Darfur is Dying”, en el que los “jugadores” han de ayudar a sobrevivir a un ·”personaje” aislado en medio de aquel terrible conflicto hasta conseguir que sobreviva, se han hecho 750.000 copias. Lejos quedan los tiempos del entretenimiento interactivo en que las criaturas se entretenían en cuidar a ‘Tamagotchi’, alienígena con necesidades de bebé,  “garabato de vida electrónica”, según se ha dicho, que lograba el milagro de la socialización del papel paterno y la asunción por parte de la basca de ese rol integrador, que poco tiene en común con el rol demiúrgico que el diseño reciente asigna a unos participantes que se integran literalmente en la realidad fingida dentro de la que actúan, no ya como padres providentes, sino como un auténtico “Deus ex machina”, creando personajes y lugares, presidiendo el trajín de una vida imaginaria en la que incluso se ha respetado el libre albedrío de las criaturas ficticias. Un juego como “Sims”, del que andan por ahí seis millones de copias, permite al jugador introducirse libremente en la irrealidad en términos que han hecho decir al profesor D.A. Norman que, de hecho, lo artificial deja de distinguirse de lo propiamente real y que el videojuego viene a ser ya algo similar a la vida. No me digan que no es para tentarse la ropa.
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Junto al libro de Norman leo estos días (hay que olvidar como sea, compréndalo) el mosaico de paradojas filosóficas que ha publicado Pietro Emanuele acogido desde el título a la preciosa disquisición kantiana sobre los cien táleros con que el maestro abrió la veda contra la ingenuidad metafísica de san Anselmo, y en él hallo la discreta  apostilla de Marx en la que alerta sobre el hecho interesante de que la ilusión puede tener para el sujeto el valor del hecho real mismo, un aviso cuyo alcance no será menester subrayar. ¿Hasta dónde resultará inocuo que esos millones de jóvenes se ejerciten en la confusión, ejerciendo de dioses en un mundo imaginario prodigiosamente emancipado de su propio estatuto existencial? La experiencia que proporciona un juego interactivo en un mundo simulado podrá ser aprovechada, si se quiere, en la buena dirección, pero es de lo más probable que el propio ejercicio demiúrgico (los usuarios llaman a los ‘Sims’, significativamente, “el juego de Dios”) constituya un inquietante riesgo psíquico, quién sabe si capaz de trastornar sin remedio la perceptiva de quienes se exponen a él. No es lo mismo, desde luego, tener cien táleros en la faltriquera que poseer sólo la ilusión de que se poseen, pero Marx lleva razón en que no resulta fácil en la práctica que el sujeto ilusionado mantenga el imprescindible distanciamiento que le permita distinguir la trampa de la irrealidad. “Conviértete en soberano del mundo”, le ofrece hoy la propaganda a la incauta clientela. No estoy seguro de que la “vida simulada” no acabe emancipándose y desborde finalmente la consola para instalarse superpuesta sobre las ruinas mentales de la existencia real. Dios se entretiene hoy en su leonera, persiguiendo piratas por el Caribe, tal vez conectado “on line” con dioses lejanos que no conoce y con los que comparte ilusoriamente la fuerza del destino. Marx llevaba más razón que Kant en este punto, pero cuando nos convenzamos de ellos tal vez resulte ya demasiado tarde.

El PSOE contra Málaga

Extraña, incomprensible la actitud del grupo municipal del PSOE burgalés al solicitar al Pleno que revoque el acuerdo de la Junta Local que apoyaba la candidatura de Málaga a la capitalidad cultural europea como condición imprescindible para lograr los objetivos propios. Tendría que explicar ese grupo por qué cae ahora en la cuenta del perjuicio que podría ocasionar ese apoyo concedido en octubre del 2004 y si tiene o no tiene que ver con el negocio el color político del Ayuntamiento andaluz, pero en todo caso, es al propio partido –el mismo, en teoría, en toda la “federación” española— al que corresponde aclarar cual es su posición en este contencioso. ¿Apoya a Málaga el PSOE o se opone a su proyecto? Que esa pregunta pueda tener respuestas distintas en Burgos y en Málaga no quita para que resulte necesario responderla antes de las elecciones municipales. 

Bajo mínimos

No se trata ya de aplazar el AVE ni de cambalachear ‘sine die’ con el futuro aeropuerto. Renfe ha anunciado por sorpresa la que, sin duda, será una medida de gravísima trascendencia para la provincia de Huelva: suspender desde Febrero el tráfico ferroviario de contenedores. En una provincia con un Puerto como el nuestro y un Polo Químico de esa naturaleza, la medida que, como ésta, obligue a enviar por carretera a Sevilla, diariamente, 250 camiones supone un gravamen verdaderamente aplastante que el Gobierno del PSOE parece ignorar y su partido onubense tragar encantado. No es difícil aventurar que no habría habido valor para aplicar semejante varapalo a la provincia de Sevilla, pongamos por caso, y ni que decir tiene que a nadie se le hubiera ocurrido siquiera intentarlo en Cataluña o el País Vasco, supuestos ambos que dicen mucho sobre la autoridad e intenciones de la Junta autónoma que nos gobierna. Huelva bajo mínimos, de nuevo, en resumen. Vamos a estar atentos para ver cómo reaccionan o cómo se quedan inmóviles ante el atropello, nuestras fuerzas políticas y sociales. 

Calor y frío

Uno de los hombres que ha vendido más libros en la historia del planeta y el único, por lo visto, que ha conseguido a un tiempo colocar en el número uno un libro, una película y una serie televisiva, el americano Michael Crichton, sostiene desde hace años que el cambio climático no es más que in invento del fundamentalismo ecologista. No habría mudanzas decisivas en el clima de la Tierra sino todo lo más evoluciones que implicarían, como es natural y lógico, picos y simas acusados, algo que en tiempos solía atribuirse al poder de lo Alto y que la secularización ha reducido a razones físicas muy convincentes. El consenso sobre el cambio que, al parecer. acontece en la actualidad crece a buen ritmo, sin embargo, hasta el punto de que ya los sabios no se cuestionan tanto el hecho mismo como sus causas o su eventual alcance, y es en ese contexto en el que estos días se especula en la prensa yanqui sobre el invierno bonancible que ha rebajado los precios del fuel a cotas inesperadas, o en el que se inserta el aviso lanzado por los meteorólogos británicos de que el año entrante va a ser uno de los más calurosos registrados desde el famoso 1659 que suelen citar los expertos. También afirman esos sabios que hechos como el anunciado confirmarían la hipótesis –ahora sostenida desde la universidad de California y apadrinada por la revista ‘Science’—de que el cambiazo en la atmósfera no se producirá, en todo caso, pian pianito sino de manera brusca, esto es poco menos que de la noche a la mañana y sin avisar, que es como, según algunos de ellos, se habría producido en su lejano día la mudanza que liquidó la última glaciación. Lo que estamos viviendo no sería más que el prolegómeno de un nuevo bandazo climático posiblemente más rápido que aquel que acabó con la Edad de Hielo, sólo que en esta ocasión provocado por la insolvencia de una Humanidad que ha maltratado el planeta en términos sin precedentes, aunque sería, en definitiva, la acción combinada de ‘El Niño’, el efecto invernadero y los propios cambios solares la causante de esta tracamundana atmosférica. Enfrascado en estas informaciones, la noticia de que hay por ahí más de un panoli comprando parcelas en la Luna me ha parecido mucho menos insensata de lo que me parecía un rato antes.
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En todas las edades del hombre se ha agitado el fantasma del apocalipsis final y se han cebado las propagandas con los cuatro jinetes famosos y, por supuesto, imágenes universales como el Diluvio, entre otras, no serían más que la huella mítica de una memoria extraviada. Pero hoy, entre el optimismo de Crichton y las alarmas integristas, parece lógico buscar un término medio razonable y capaz de evaluar sin desmesuras la realidad de unas mutaciones que sería demasiado ingenuo atribuir en exclusiva al poder persuasivo de los ‘medios’ de masas. Si es verdad, por ejemplo, que acabamos de entrar en un año ardiente, no faltará quien recuerde que también fue dura la canícula del último 98, pero tampoco sería lógico que hiciéramos oídos sordos a unos avisos que resulta demasiado facilón descalificar como alarmistas. Sobre todo por si acaso ha dado en la tecla la academia y resulta cierto que las mudanzas climáticas no son procesos de lenta evolución sino inesperadas brusquedades que se abaten sin avisar sobre una ciudad alegre y confiada en la que ya, como digo, hay quien anda agenciándose su parcela en el satélite, dispuesto a huir de la catástrofe siguiendo la vieja ruta de escape que va de Luciano a Julio Verne. He visto esos anuncios y la verdad es que los precios selenitas no son nada del otro mundo comparados con la orgía urbanística de los terrícolas. Y le he puesto una vela a los escépticos ante una estampa de Crichton como en los putiferios sevillanos las colipoterras se las ponían a Fleming cuando descubrió la penicilina. El hombre, ese primate loco y despreocupado, no dejó nunca, después de todo, de vivir en un sinvivir.

Doble uso

El diputado Francisco Garrido es un político de doble uso, un apostante de doble opción: es elegido en las listas del PSOE (¿no lo sería en unas listas propias?), vota disciplinadamente con el PSOE en el Congreso, es uno más del PSOE, para entendernos, aunque después se ‘baje’ a Andalucía a vender su panacea denunciando nada menos que “con la actual Administración autonómica que dirige Manuel Chaves es muy difícil cumplir la ley”. Ahí queda eso, pero también queda en evidencia el doble juego, la martingala de venderle a los electores una independencia que no es tal, de camuflar un escaño del PSOE bajo el señuelo ecologista. Repasen la legislatura para comprobar lo que digo y ver de paso el hilarante balance de este diputado autor de la propuesta de reconocer los derechos humanos a los grandes simios y que viaja con bandera de conveniencia junto a quien, según él mismo, es responsable del desastre urbanístico. No se le puede negar a Garrido ingenio para buscarse la vida política y, de paso, como es natural, la otra.