La torre sin base

La impar ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, anda haciendo campaña por Cádiz y asegurando que, durante este año, “toda la línea del AVE Sevilla-Cádiz estará abierta o en obras”. Es cierto que poco puede confiarse en los plazos de esta gestora incapaz, dos veces reprobada, pero fíjense en que de la nuestra, es decir, de la línea Sevilla-Huelva o viceversa, no dice ni mu, tal vez porque en Huelva el PSOE no siente la necesidad de estimular un voto, quién sabe si porque la realidad es que nadie se ha planteado en serio un compromiso electoral anterior que el numerito de la presentación de la torre desmesurada no puede compensar en absoluto. No hay que descartar que el AVE a Huelva sea el último en llegar. Son cosas que ocurren cuando un partido y su Administración creen lo suficientemente asegurado el voto.

El aprendiz de brujo

Nada más nacer el año se amontonan las novedades científicas de que tanto gusta cierta irresponsabilidad periodística. Nos enteramos, para empezar, de que unos biólogos suizos acaban de conseguir, a base de adecuadas modificaciones genéticas, la bisexualidad de una vieja conocida, la mosca drosophila, de modo y manera que, tras el tratamiento en cuestión, el enjambre se entrega a una orgía desmedida en la que no se hace distinción de sexos a la hora de la coyunda. No me ha convencido mucho la razón que daba uno de los sabios al apuntar que semejante experiencia podría descubrirnos de una vez por todas si la homosexualidad posee o no un origen genético, curiosidad que poco tiene que ver, a mi entender, con la misión de la Ciencia ni, en definitiva, con nada que no sea ella misma. ¿A quién le importa que la atracción de Aquiles por Patroclo o la de Adriano por Antinoo respondieran a la tiranía de las hormonas o a los efectos, siempre difusos, de la socialización? Algo parecido habrá que preguntarse ante el anuncio de que unos sabios han logrado descifrar el genoma de un chino perteneciente a la etnia hen, dentro de un programa más ambicioso que alcanza a cien voluntarios y que recuerda en gran medida al que se traen entre manos para mapear concienzudamente el del panda gigante, ese tesoro nacional en vías de extinción, igualmente justificado con razones epidemiológicas. Un día nos hablan de una hormona responsable del miedo, otro del agente que aguza la sensibilidad o al que hay que atribuir el sentimiento religioso, siendo la última entre estas revelaciones la referida a una sustancia, la oxitocina, implicada estrechamente lo mismo en el delicado mecanismo del orgasmo que en el enigma del enamoramiento, pero a la que una universidad californiana atribuye ahora también nada menos que la capacidad de empatía y, en definitiva, la causa de la generosidad. Se ha venido abajo de un plumazo, pues, la idea de que la gente se ama, se achucha o se compadece del prójimo movida por un enigmático factor de índole anímica, para dejar sitio a la gélida teoría de que alguna molécula implacable robotiza nuestra voluntad forzándonos lo mismo a hacer el bien que a prestarnos al mal.
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El notable desarrollo de la investigación está dando de sí resultados notabilísimos pero es más que posible que, de paso, la falta de un paradigma razonablemente común ande dilapidando recursos y esterilizando esfuerzos en su desordenada carrera hacia cualquier parte. No digo que esta impresión se derive, en parte al menos, de la afición del periodismo divulgador –fiel reflejo de la del público en general– por lo extravagante o lo inverosímil, pero es preciso admitir que, en buena medida, semejante fracaso concierne antes que a nada, a la descoordinación propia del saber. Nada lo probaría mejor que la ocurrencia de primar la presencia femenina en los grupos investigadores o la extremada arbitrariedad de los objetivos perseguidos, cuyo alejamiento de la utilidad real explicaría esa desconfiada distancia entre el laboratorio y la industria que tanta queja lleva levantada. Por supuesto que la Ciencia no va por libre, como quien dice, sino que, como sostuviera el gran John D. Bernal o dejaran entrever espíritus tan distintos como Samuel Lilley o B. Farrington, en realidad sigue su curso secretamente arrastrada por la lógica del Sistema, o lo que es lo mismo, por sus necesidades reales. A veces he pensado que acaso esas mandangas que nos parecen expletivas o sencillamente arbitrarias cumplan su función específica que bien podría consistir en alegrarle la pajarilla a una opinión tan alejada de la preocupación científica que se abre confiada a cualquier malabarismo. Cuando hace treinta años comenzaron nuestros experimentos con drosóphilas muchos sabios no creían gran cosa en ellos. Eran los mismos que luego lo han calificado de “recurso crítico” sin cambiarse siquiera de bata.

Otra vez la Srta. Pepis

La Junta de Andalucía ha dado luz verde a la creación de su propia Agencia Tributaria, claro está que una vez que la Generalitat de Cataluña ha inaugurado la suya. “Café para todos”, de nuevo, pues, ya que junto a la nuestra irán apareciendo las de Baleares, Valencia, Castilla y León, etcétera, hasta componer el nuevo y quien sabe si inviable ‘sudoku’. Es la consecuencia del corrimiento estatutario, de la carrera hacia ninguna parte emprendida por todos tras la estela catalana, y por supuesto, un modelo que inimaginable en la federación alemana, por poner un caso eminente y pionero. Eso sí, a nuevo organismo, nuevos enchufes, más sitio para “clientes”, mayores recursos para el “régimen”. Pero nadie ha explicado todavía, ni creo que lo haga, por qué se rompe la Agencia central, qué ganamos nosotros con su dispersión y cómo se nos garantiza que no acabaremos perdiendo, según las circunstancias, en lugar de sacar provecho. “El que la lleva la entiende”, dice la chirigota. Y yo no lo dudo. 

La Junta debe informar

Los ecologistas de Greenpeace, que habían solicitado a la consejería de Medio Ambiente, a la empresa pública EGMASA y al Consejo de Energía Nuclear información sobre el plan de control aplicado en Huelva para controlar y, en su caos, neutralizar las consecuencias de la presencia en las marismas de Cesio 137, procedente del vertido provocado en Almería por la empresa Acerinox, han decidido llevar ante la Justicia a las dos primeras instituciones al no haber recibido respuesta alguna a pesar de lo dispuesto en la ley de Libre Acceso ala Información Ambiental. Más allá del incumplimiento legal, está claro que el hermetismo carece de sentido en un caso, como éste, que concierne a la salud de los onubenses en términos que, al parecer, la Junta pretende reservarse para sí. Parece obvio que el propio Ayuntamiento y la Diputación deberían hacer suya esa justa demanda que sólo trata de proteger la salud y defender el medio. 

Eva al desnudo

Una verdadera tromba de declaraciones que conciernen a la condición femenina está cayendo esta temporada sobre la opinión pública. Se debe, en buena medida, a la sugestión de Hillary Clinton (ay, el apellido) quien, tras su traspiés ante el candidato negro Obama ha dicho que “el gran cambio” no consistiría en ver a un presidente no “caucasiano” en el Despacho Oval sino en instalar en él a una mujer, o sea, a ella, pero también a otros pronunciamientos que van cayendo por ahí, en ocasiones como pétalos, otras veces como auténticos obuses. Desde la London School of Economics nada menos, la filósofa Helena Cronin ha dejado caer que las diferencias entre macho y hembra–en el plano de nuestra vida social, se entiende– no dependen tanto de capacidades, tendencias y gustos innatos como a la manera diferente que utilizan unos y otras para cifrar su idoneidad. Y en París,  motivo del centenario de la Beauvoir, se oyen voces que rebotan con dureza contra las famosas”idées reçues” o prejuicios con que solemos aviárnosla en nuestra estimativa. Otra Simona bien distinta, Simona Veil, ha hecho el elogio de aquel mito generacional contrastándolo con la actual degeneración de ciertos feminismos que no sólo provocan el conformismo de la mujer sino que consiguen que, con indeseable frecuencia, ésta, la mujer, “caiga en el riesgo de querer ser un hombre”, observación utilísima para comprender la deriva de algunos comportamientos políticos actuales. El siglo de la Beauvoir se está conmemorando en la universidad Paris Diderot con intensos debates para los que su directora, Julia Kristeva, ya ha establecido un techo y  un lema contundente: la revolución de la mujer no constituye un cambio histórico como otro cualquiera sino una auténtica revolución antropológica, pero en los que va a haber jaleo en torno al ensayo de Danièlle Sallenave que trata de desmitificar la intimidad del “couple” sartriano revelando que, bajo la ilusión de la “comunión perfecta” lo que había entre el filósofo y la ensayista era una “liaisson dangereuse” dentro de la cual él habría maniobrado hasta conseguir recluir a aquella mujer libre en una “prisión dogmática”. Vaya usted a saber, a estas alturas.
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Si lo de Obama sigue su ritmo ascendente va a resultar claro que algo decisivo ha estallado en el entraña del sistema que contempló deslumbrado Tocqueville que, por cierto, es el mismo que horrorizó a Dickens y otros viajeros, aunque esto no suela recordarse casi nunca. Un negro en la presidencia era hasta ahora una fantasía reservado a la imaginación cinematográfica y no cabe duda de que conseguiría transformaciones ideológicas y sentimentales en el país profundo sólo comparables al comprensible desconcierto del esencialismo ario aún vigente en amplios sectores de aquella sociedad.  ¿Y una mujer? Pues una mujer tanto o más, qué duda cabe, sólo que Hillary, con su apellido marital a cuestas, sugiere más que una revolución sexual verdadera un desarrollo del sentido patrimonialista que está aproximando cada vez más aquellas repúblicas electivas a nuestras monarquías hereditarias. “Caer en el riesgo de querer ser un hombre”: la dura frase de Veil –que ya anduvo trajinando por la Resistencia, no se olvide– encierra un aviso explícito para uso de los ingenuos que creen que el “gran cambio” vendría dado sólo por el sexo del dirigente, supuesto no menos ingenuo que el que lo cifra en el color de la piel. El problema reside en que uno no sabe ni bien ni mal en qué podría consistir un modelo femenino del Poder como tampoco sabe cuáles serían las ventajas objetivas de un gobernante afroamericano sobre un ario como esos superiores que postulaba Gobineau y que tanto gustan a las becarias. Es de temer que, en cualquiera de los dos casos, vayamos a asistir en USA a un relevo poco objetivo. El largo Neolítico no se liquida así como así.

Las otras rebajas

Este mes comienza a regir el plan de la Junta de pagar más a los profesores de centros públicos que logren (no se explica cómo) mejorar el rendimiento de tal forma que logremos alejarnos del abochornante 37 por ciento de fracaso escolar que nos sitúa a la cola de la nación. Se pagará más con la condición de que se mejoren los resultados, esto es, hablando en plata, de que aumenten los aprobados al disminuir los suspensos. Un auténtico chantaje moral para una sufrida y mal pagada profesión a la que, encima, se le propone que se haga trampas a sí misma para aliviarse el presupuesto. El desdén por el enseñante, tradicional en nuestra dura sociedad, culmina en este dislate que supone ofrecer dinero al docente a cambio de lavarle la cara a un sistema que hace agua por los cuatro costados.