La prueba robada

Oigo con estupor que el asalto al Juzgado y robo de la prueba aportada por El Mundo para defenderse de Chaves y los suyos, perjudica a éstos. Fíjense qué extravagancia, tras la durísima condena del Comité Mundial de Libertad de Prensa en el que se le pide al presidente de la Junta que “retorne a la sensatez democrática”, nada menos. Una vez más la pregunta que Séneca plantea en su `Medea´–“Cui prodest?”, ¿a quién beneficia?–, que esta vez tiene fácil respuesta a poco que se considere que fueron los propios querellados quienes confiaron a la Justicia la custodia de la prueba y que en ella, de haberse difundido, un poner, en “You Tube”, la inmensa multitud silenciosa hubiera podido comprobar su contundencia probatoria y las gravísimas acusaciones vertidas contra el propio Presidente, que prefiero no reproducir. Desde luego, si yo fuera él y los suyos, no dormiría tranquilo con esa posibilidad flotando en el ambiente. 

No al somatén

No se puede negar que el clamoroso fracaso del Estado está imponiendo en nuestras sociedades –¡ya hasta en la guerra!– la seguridad privada. Pero una cosa es admitir el vigilante autorizado y otra muy distinta sacar de entre el alcanfor la peligrosa idea del somatén, es decir, de la policía privada, como al parecer podrían estar pensando algunos afectados por la ola de robos en La Dehesa aljaraqueña con los que, evidentemente, la subdelegación del Gobierno no puede. Diez asaltos en veinte días mal contados constituyen una situación intolerable que descubre la impotencia o incapacidad de ese organismo para garantizar nada menos que la seguridad ciudadana. Sería una temeridad que ese somatén llegara a patrullar por La Dehesa. Pero dejar que los bandidos campen por sus respetos entre su vecindario es una responsabilidad que corresponde por entero al Gobierno.

El ojo de la aguja

No me hagan mucho caso pero creo recordar que fue Bismarck, el Canciller de Hierro, quien tuvo la ocurrencia de darle la vuelta a la expresión evangélica “beati pauperes”, esto es, santos o felices pobres, acuñando otra, mucho más adecuada a la realidad se mire como se mire: “beati possidentes”, es decir, dichosos los que poseen y vamos a dejarnos de monsergas. El mundo moderno, el que vivimos, no hubiera sido posible de haberse mantenido, aunque no hubiera sido más que en niveles reservados o profundos, esa moral, de origen innegablemente cristiano, que cifraba su clave más alta y enigmática en el descrédito de la riqueza. Ha hecho falta darle la vuelta a ese transparente hasta conseguir que la intuición calvinista de la riqueza como reconocimiento divino de la virtud acabara generalizada, reparado el rico de su tradicional infamia hasta convertirse en un auténtico ideal social, una visión sin la cual el sistema de producción que nos sostiene no se tendría en pie. El elogio de la pobreza y demás, todavía beligerante en el barroco europeo y supérstite durante el romanticismo, han funcionado siempre, en realidad, como un contrapunto paradójico en el que se diluía la protesta latente hasta perder su última gota de energía. Lo que no quiere decir, en absoluto, que la indigencia haya sido jamás valorada socialmente sino todo o contrario, sino que hay que admitir que estos contrastes llamativos iluminan con su luz terciada el paisaje alargando la sombra de las viejas utopías hasta convertirlas en decorativas. La imagen de Diógenes despreciando la oferta de Alejandro, la del “poverello” de Asís entregando hasta la camisa a los desdichados o la de san Martín partiendo en dos su capa con la espada para vestir al mendigo, quedan muy bien en un capitel o en el vitral de la imaginación pero nadie se la ha tomado en serio nunca aparte de un puñado de virtuosos. Todavía los griegos –entre los que hubo magnates y comunistas– podían decir, como Eurípides en una escena exaltada de ‘Alcmena’–, que la nobleza no es nada mientras que la propiedad lo es todo, y en relación estrecha con esa visión, ha tenido siempre éxito la idea de la mediocridad del rico. Sólo Calvino, aquel visionario salvaje, tuvo redaños para voltear el viejo prisma, sospecho que sin tener ni idea de que estaba legitimando para siempre la sociedad desigual.
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Los datos sobre la propiedad son, desde luego, desconcertantes. Hay en España un selecto club de magnates que sólo sumando la fortuna de cuatro de ellos –según el profesor Gállego, zoólogo balear– concentrarían el equivalente al del resto de los españoles, incluidos los 157.000 que declaran poseer más de un millón de euros excluida la vivienda y los bienes de consumo, y que sólo en el año en curso habrían visto incrementado sus patrimonios en más de un seis por ciento, hecho económico que, mirado desde la etología, parece ser que traduce las tensiones que en el seno de nuestra sociedad provoca la competencia. Y frente a ellos, casi nadie discute ya que conviven también entre nosotros un millón de pobres ‘severos’ más un millón largo de “pobres moderados”, en este momento crítico más apretados que nunca  en la tolva de la lucha por la vida. Creo que el más rico entre esos potentados roza ya los 20.000 millones de euros y que su ex-señora ha visto incrementado este año su recurtita ya parafernal nada menos que en 500 millones más. Uno de ellos, el famoso y locuaz `Pocero´, acaba de ilustrar este aguafuerte de la fortuna asegurando que prefiere mil veces la envidia a la caridad, expresión rotunda que demuestra la buena salud axiológica de la propiedad, que tanto debe a los ‘neos’ pero que, en realidad, viene de lejos en las entretelas de la naturaleza humana. Todavía León Bloy podía clamar que el dinero era la sangre del pobre. Hoy lo hubieran echado a gorrazos de la Internacional Socialista.

La joya del ‘régimen’

De lo que más alardea el chavismo imperante es de su esfuerzo modernizador, y en concreto, en la proeza que supondría su montaje investigador. Estamos supuestamente en cabeza de esa decisiva carrera, dedicamos a ella un millón de euros al parecer y estimulamos con ellos a una legión de investigadores que la verdad es que –o al menos, eso dicen ellos– que andan anclados en el ‘mileurismo’ y, encima, tienen que ir, año tras año, a demostrarle a Hacienda que no han cobrado las subvenciones que, extrañamente, la Junta dice haberles pagado. El viernes irán esos forzados a manifestarse ante la consejería en demanda de un trato siquiera razonable y digno, y lo suyo sería que los escucharan con seriedad los mismos que tanto los utilizan en la propaganda política.

Deudas pagadas

Lo que ha ocurrido en Punta Umbría –un tránsfuga contratado ahora por el partido al que benefició con su traición– no es nada nuevo. Se ha hecho varias veces sin salir de la provincia y presumiblemente se va a seguir haciendo a medida que se reproduzcan los casos. En Aracena o en Valverde, en Cortelazor y en Gibraleón, en Trigueros y en Cabezasrrubias, en El Cerro o en La Nava, en Encinasola y en Jabugo, en la propia capital se ha demostrado por activa y por pasiva, con la mayor desvergüenza del mundo, que el transfuguismo es un negocio pingüe y que las protestas éticas no son más que expedientes para ganar tiempo y despejar balones incómodos. Casi ningún partido (o ninguno) se libra de este comercio inmundo aunque, ciertamente, el PSOE haya estado presente en todas y cada una de esas salsas. 

La crisis del totem

Como no hay pugna social que no genere dividendos, en Bélgica la industria textil, por un lado, y el comercio por el otro, están haciendo su agosto casi en el solsticio de invierno a base de vender banderas. La crisis nacional que mantiene al pequeño y próspero país sin gobierno desde hace medio año y al Estado al borde de la disolución, ha provocado que, en apenas cuatro meses, entre junio y octubre, se hayan vendido 56.000 banderas tricolor, una cifra bastante por encima del récord hasta ahora vigente que fue el de las 50.000 vendidas con motivo de la muerte de Balduino allá por los primeros años 90. No será necesario advertir, sin embargo, que esas flamantes enseñas ondean casi exclusivamente en la zona francófona, en Bruselas especialmente, mientras que en Flandes surgen por aquí y por allá quejas de ciudadanos que no se atreven a significarse en sus fachadas por miedo a que venga el duque de Alba, que es todavía el “coco” local, y con toda la razón del mundo. En España, mientras tanto, multitud de Ayuntamientos y otras instituciones “nacionalistas” –es decir, “antinacionales”, constitucionalmente hablando– continúan con su huelga particular pasándose por el arco un mandato legal contundente y una sentencia del TS que nadie tiene agallas para hacer respetar. Hay que reconocer que la noción de bandera y su significado es de lo más complicado y, seguramente, de lo más banalizado que pueda hallarse en ese precito mundo de la simbólica política. Flaubert se limitaba en su diccionario a constatar que la vista de la enseña patria le provocaba una complacida taquicardia, sin perjuicio de que, creo que era en una carta a George Sand, dijera que, dado que todas las banderas estaban empapadas en sangre y en mierda (sic), tal vez había llegado el tiempo de no tener ninguna, criterio que compartía con el bárbaro de Barbusse para quien un hombre bueno y razonable no debería saludar jamás a una bandera. Pocas cosas habrán emocionado tanto a la gente y por pocas habrán caído tantas criaturas como por esos símbolos sacralizados que vienen a ser el centro de esa religión laica que sostiene silenciosamente a toda organización política.
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La fuerza de ese símbolo procede de su herencia totémica, de su condición de insignia primordial, sin contar las recientes e inventadas, algunas de las cuales nos pillan bien cerca. Todos los pueblos y sus organizaciones se han acogido al efecto sacral de la enseña y sus elementos, desde las águilas persas o romanas que llegan hasta nosotros emparentadas con la tradición joanista, al rayo de los escitas pasando por las tres coronas que exhibían orgullosos los medos. La imagen de los hermanos Arana inventándose una ikurriña calcada de la bandera inglesa –que ha retratado como nadie Jon Juaristi– es más que elocuente, sobre todo sabiendo que aquella no es sino un eco más de la cruz de san Juan, presente en tantos lugares de la vieja Europa, y sin embargo ya ven la sangre que nos lleva costado el invento y la reverencia con que la honra un fanatismo historicista que no sabe ni de dónde viene. Es normal, me parece a mí, que el llamado proceso de secularización que, según los fenomenólogos, afecta a las sociedades desarrolladas, afecte también a la simbología sacralizada de uso político, entre otras cosas porque a ver quién relaciona ya el águila, bicéfala o no, de tantas banderas con el icono del Cuarto Evangelio. Las banderas unen y dividen a medida que la tribu organizada evoluciona y se aleja progresivamente de la horda primordial. Una bloguera de Bruselas, por ejemplo, lanza al planeta virtual su lamento porque el miedo  le impide izar la enseña tricolor en la fachada de su casa flamenca. Tal como aquí, por no ir más lejos. Está claro que ni en los individuos ni en los pueblos es oro progresista todo lo que reluce en la edad adulta.