El lío del ensanche

Chaves lo tiene cada día más crudo al retrasar la Junta las dos únicas medidas que tiene que adoptar para que la solemne promesa presidencial de despejar de obstáculos el proyecto del Ensanche, hecha a Huelva en su Ayuntamiento, se cumpla de una vez: a saber, retirar el recurso pendiente e inscribir sin mayores dilaciones la Junta de Compensación. No creo la versión agorera de que el PSOE esté tratando de asfixiar al alcalde dejando que pase la legislatura sin tomare esas medidas por la sencilla razón de que, aparte de que el alcalde no se asfixiaría, eso equivaldría a dejar a Chaves en la más absoluta evidencia. Y como parece que se ha adelantado la reunión de la Comisión Técnica que iba celebrarse el 18 a 17, lo lógico es esperar que la consejera, que aquel día nos visitará, venga con la solución bajo el brazo. Si no lo hace, la palabra de Chaves no valdría nada en Huelva. A un tiro de piedra de las elecciones, parece lo más discreto esperar lo razonable de gente con tanta experiencia como probada animosidad al consistorio rival. 

El cielo azul

Buen cirio se ha montado con la publicación (filtrada “à lo garçon”, y ustedes me disimulen la intención y la grafía) de la letra del himno nacional español, composición ganadora de un macroconcurso convocado por esa Sociedad de Autores que nos cobra el canon dichoso, a propuesta un judoka en la reserva que preside el COI. La criatura que lo ha compuesto ha declarado ingenuamente que su intención ha sido satisfacer a esa patria suburbana y sin rostro que cada mañana pilla el Metro reinando en la hipoteca, ignorante, como puede verse, de que un himno no es un ‘spot’ ni una ‘canción del verano’ sino un poema apasionado, originalmente dedicado a los dioses a los que les sería arrebatado luego por el Prometeo de guardia. No saben en que jardín se han metido estos patrioteros, pero válgales el aviso de san Agustín que de el himno que no va sobre los dioses, ni es himno ni Cristo que lo fundó (“si sit laus et non sit Dei, non est hymnus”, ahí queda eso) y parece, en efecto, que exista cierta maldición activa sobre ese género que el Romanticismo acabó por popularizar a compás del generalizado alboroto nacionalista. Ya dije aquí alguna vez que la propia Marsellesa –que hoy cantan en la grada los ultras del Betis y que un presidenciable belga confundía hace poco con su propio himno– hubo de padecer dos prohibiciones (la de la Restauración y la del Segundo Imperio) aparte de la rigurosísima de que fue objeto en la España franquista a causa de su doble letra, y sin contar que hubo de competir con las varias versiones de la Internacional de las que todavía hoy come un buen puñado de tenores y sopranos. Los himnos son camelos cantables, epopeyas (o etopeyas) ensangrentadas que señalan a los pueblos el gañote del enemigo como la mies a segar, o bien son endechas armadas sobre un esqueleto de saudade para uso de emigrantes o exilados interiores. Siempre me pareció coherente al fracaso estrepitoso cosechado tanto por Pemán como por Dicenta con sus infumables bodrios. En Austria tienen uno con música de Haydn y otro contrahecho sobre un “aire” de Mozart pero prefirieron en su día el cancionero nazi y en Huelva acaban de hacer oficial uno que probablemente nunca podrá desbancar al pasodoble que pergeñaran cuatro amigos en una taberna allá por los años del hambre. Los himnos son una cosa intocable. Al fin y al cabo, su etimología es la misma de himen.
                                                                xxxxx
Se ha dicho a bote pronto que la pobreza de la letra propuesta sugiere que no disponemos en este momento histórico de poetas capaces de mejores logros, lo cual, aparte de ser evidentemente incierto incluso si descontamos a Ramoneda, supone olvidarse de que estos adefesios suelen ser obra de aficionados como ese Rouget de Lisle, capitán tabernario, del que Napoleón no quiso saber nada y al que el propio suplicio de Robespierre salvó por tablas de la guillotina. El tema está en que el himno, así entendido, es género épico y malamente se lleva ese género con el lirismo puro y duro que acaba de intentar este aedo desconocido que pretende enardecernos a base de cielos azules y valles verdes, metiendo de matute ideales tan señeros como “justicia y grandeza/ democracia y paz” que me traen en un sinvivir maquinando en cómo resonarán en la voz poderosa de Plácido  Domingo. Con Franco teníamos tres himnos pariguales entre los que el “Cara al Sol” expresaba mejor que ninguno el atractivo dinamismo del “vivere pericolosamente” que todavía profesaban poetas tan decentes y entrañables domo Ridruejo, y que cerraban cada noche las emisiones de radio como un mantra inconsciente en el que los niños traducían “impasible el ademán” por un mucho más lógico “imposible el alemán”. Por lo demás, poco sentido tiene meterse en ese laberinto ahora que Teseo anda escurriéndole el bulto al Minotauro. Si no tenemos una bandera sino diecisiocho, ya me dirán por qué coñe enredarnos poniéndole letra a una marcha muda de toda la vida.

Un esperpento macabro

No me cansaré de protestar ante el macabro ritual que, tras cada tragedia laboral, montan coordinadamente los sindicatos (¡”de clase”, dicen!), la Inspección de Trabajo y la Junta. Tras cada muerte, tras cada invalidez, la protesta “enérgica”, el “hasta aquí llegó” inverosímil, que entonan a coro los poderes y “agentes sociales” aunque sólo sea porque algo hay que decir ante semejante sangría. Lo que está ocurriendo en los andamios andaluces (y españoles, por supuesto) no tiene perdón, y hay que decir con toda claridad que estas farisaicas demostraciones de consternación y santa ira que interpretan síndicos y poderosos no son, en el fondo, más que una triste coartada. Están convencidos de que esa desgracia es un tributo inevitable que hay que ofrecer ante el altar del azar y eso es lo peor de todo. Los cientos de trabajadores muertos en los últimos años desenmascaran con violencia esta farsa vividora. 

El Gobierno se resigna

Notables las declaraciones del ‘subdelegata’ del Gobierno al atribuir los asaltos de Aljaraque –incapaz de solucionar lo más mínimo en el grave asunto– a la pura estacionalidad: los “grupos de delincuentes”, que no “mafias”, actuarían siempre así en Navidad, lo que vale tanto como avisar a los chaleteros de La Deheso o de Rociana de que el año que viene les puede caer encima la misma leña. Es llamativo en qué poco tiempo evoluciona un hombre normal –un lego, por supuesto– elegido por la confianza del partido en un político corriente, racionalizador y camelista como el primero. ¿Qué no tengo n i idea de qué hacer para garantizar la seguridad? Pues digo que no payanada y que lo peligroso es sembrar la alarma pública. En algunos personajes que se ven venir, francamente, ese cambio nos deja fríos. Cuando se trata de una persona como Bago, que va de independiente y de sensato, la cosa varía. 

El pijama de rayas

Está haciendo furor la novela de John Boyne, otra vez la visión infernal de la barbarie nazi a través de una mirada infantil. También se anuncia un musical sobre la pobre Anna Frank y en Francia se concede el prestigioso ‘Goncourt’ a Jonathan Littell (de quien hablábamos aquí hace pocos días) y el ‘Médicis’ a Daniel Mendhelshon por su saga familiar. Mientras tanto, se discute el derecho de la Fnac a vender masivamente libros neonazis (o nazis genuinos) a pesar de que, como sabemos, la negación del holocausto,’leiv motiv’ de la inmensa mayoría de ellos, constituye delito en un montón de países, incluida España, al menos hasta esta semana, una vez que el TC ha establecido la doctrina contraria, a contrapelo de su propia jurisprudencia. El fiscal del caso seguido contra el propietario de una librería barcelonesa desde hace un montón de años ha protestado formalmente contra esta contradictoria imposición que le obliga a retirar el cargo de negación del holocausto aunque no el de incitación al odio racial, vigente, por el momento, y colgado, como quien dice, del humor de los altos jueces. A lo mejor es que aquel horror va quedando ya demasiado lejos como para que la memoria logre sostener el castigo de quienes lo niegan cínicamente, porque la Historia tiene esa condición perdediza o, cuando menos, suavizadora, en virtud de la cual el chafarrinón se atenúa y el perfil se ablanda con el paso del tiempo. Todos sabemos que España ha sido uno de los paraísos ocultos de los nazis y la Costa del Sol su balneario particular, puesto que en ella invernaron desde Otto Remer a Wolfgang Juglar, y en ella murió –ya desaparecido el franquismo protector, arruinado al parecer y fugitivo de la Justicia– el legendario líder del ‘rexismo’ belga, León Degrelle, el hijo que a Hitler le hubiera gustado tener, por lo visto, gran amigo de Otto Skorzeni (el liberador de Mussolini), protegido del conde de Mayalde, cuya apacible existencia en un pueblo sevillano, custodiado por la Guardia Civil y protegido por la dictadura, fue uno de los  secretos a voces mejor guardado del régimen. La historia de Aribert Heim, el “Dr. Muerte” de Mauthausen, finalmente localizado en la Costa Brava, que nos contaban en Madrid los bocaflojas del régimen hace la intemerata,  ha tardado decenios en ser descubierta por la propia democracia. ¡La vida!

                                                               xxxxx

Pero, insisto, no perdamos de vista el peso (digo el peso, no sólo el paso) del Tiempo, la erosión de la memoria que ahora se quiere reactivar artificialmente con el mismo dinero que se le ha regateado a las víctimas durante treinta años de democracia. Aquí ha sido posible que un pseudólogo fantátisco se erigiera en cabeza visible y parlante de los supervivientes de Mauthausen no conociendo el campo más que de visita. Aunque no sé de qué extrañarnos, si estamos asistiendo en directo a este baile de disfraces en el que el propio Chaves alardea en Canal Sur ante Quintero de sus inverosímiles “carreras ante los grises”. Eso sí, parece raro que en una misma sociedad se revuelva la memoria sedada de la tragedia cainita y al mismo tiempo se derogue por vía jurisprudencial un delito que reconoce a coro la culta Europa y no sólo por razones justicieras sino por pura profilaxis. Los límites de la libertad son tan escabrosos como los del recuerdo pero, en todo caso, haga lo que haga el juez o el legislador, los viejos delitos se decoloran, por rabiosos que fueran, bajo la paciencia del tiempo y su acción inevitable. Claro que si la Fnac hubiera osado desafiar a la opinión mientras duró la tiranía no hubiera ganado para escaparates rotos y quién sabe si el TC hubiera dado ese paso temerario de contar este país medianejo con una Violeta Friedmann. En la Historia duermen apiladas las leyendas más dispares porque nadie ha discurrido el modo de ponerle puertas al tiempo. Si ahora vende tanto el retrato de aquellos negros años, tal vez sea por esa misma razón.

Prisas y fraudes

Desde luego a mi no me choca ni mucho ni poco que la Junta eche la casa por la ventana para movilizar cuarenta actos de propaganda simultáneos. Es posible que, en mayor o más discreta medida, cada uno, a su turno, hiciera lo propio de verse en el Poder con el talonario en la mano. Ahora bien, inaugurar por inaugurar, poner primeras piedras el último día como si con ellos se cumpliera un compromiso, es otra cosa. E inaugurar Juzgados a manojitos, tras tantos años de espera, resulta igualmente censurable en la medida que declaran lo poco que el servicio mismo le importa a la Administración. Y ya eso de inaugurarlos para mandar que se cierren al día siguiente,  como viene haciendo la Junta, clama al cielo. Es más, eso es algo que los jueces no deberían consentir al menos sin una protesta formal, aunque sólo sea porque, como decimos, una cosa son las prisas y otra muy distinta los fraudes.