Cencerros tapados

La presidenta de la Diputación se niega en redondo a dar información sobre su propio proyecto de aeropuerto. No quiere intromisiones, no quiere testigos, no se sabe por qué y exige una discreción que contrasta agriamente con sus frecuentes exigencias de información. ¿Qué pasa, que su superior criterio no merece ser “invadido” `por el de los súbditos contribuyentes? ¿Cuándo se enterará esta tropa de que quien paga tiene todo el derecho del mundo a saber cómo, cuándo y con quién se invierte su dinero? ¿Todo (o lo que sea) para el Pueblo pero, por supuesto, sin el Pueblo? Después de toda una vida (irá para treinta años, calculo yo) de vivir de la política ya podía haberse enterado esta mujer de algo tan elemental como es que el ciudadano no es un súbdito ni el político un sátrapa. Hay, además, muchas razones para que los onubenses escamados quieran saber qué pasa con ese gran proyecto que es también, no se olvide, un gigantesco negocio.

El loto y el barro

No es un secreto que el título de Dalai Lama comprende una voz mongol, ‘Dalai’, que significa ‘océano’ en alusión la vastedad de su saber, y ‘lama’, palabra tibetana que designa, más o menos, al incomparable, a aquel que no resiste parangón con nada ni con nadie en este jodido mudo. Ese budismo del Tibet es una especie de reserva espiritual de la doctrina hindú, razón por la que la piedad regional, seguro que para marcar las diferencias, la alude como “el loto que permanece inmaculado en medio del barro”. Lama, por su parte, es lo mismo que en todas partes significa el término sánscrito ‘gurú’ y, en este sentido, se refiere al ‘consagrado’ que, de por vida, muestra a los demás el difícil camino de Buda. Todos los Dalai Lama se consideran por sus fieles como emanados del “Chenrezi”, la instancia suprema infinitamente misericordiosa que, precisamente por eso, suele representarse en su perfil teratológico con múltiples brazos y un loto en una mano y el rosario de cristal en la otra, aunque el actual, Tenzin Gyatso, decimocuarto (decimotercero según mis cálculos, pero pase) de esa dinastía teocrática paradójicamente creada en el siglo XVI. Mareante, no me digan que no, elevado hasta el lirismo más buido, seductor irremediable para los temperamentos místicos. ¿Cómo quieren me haya quedado el escuchar de labios de ese dios encarnado, una protesta de amistad con Carod Rovira –el de la corona de espinas en el Jordán– o cuando me he enterado de su sugerencia de que, no sólo podría introducirse en lo sucesivo la elección democrática del sucesor en cargo supremo sino de que bien pudiera recaer la misteriosa elección del reencarnado en una hembra que, según eso, bien podría ya andar por ahí sin sospechar su alto futuro. Sorber y soplar, el caldo y las tajadas: sus incontables viajes por Occidente han convencido a este profesional de la beatitud de que el “aggornamiento” no es un lujo sino una garantía de continuidad. Lo que no sé es qué pensarán en su momento esos monjes mendigos que Michaux retrataba batiendo su pequeño tambor con livianos ovillos de hilo rojo mientras los ‘lamas’ atronaban los templos con sus bajos insondables e inundaban los valles con el bramido de sus descomunales trompetas.
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Nada se ha sabido, que yo recuerde, del niño de la Alpujarra “descubierto” hace años por los ojeadores de reencarnados que recorren la tierra en busca del heredero divino, y que de ahora en adelante verán doblada su tarea al tener que escudriñar también a las niñas, pero algo elemental nos dice que las novedades de Tenzin Gyatso van a encontrar en lo más hondo de su tribu espiritual una resistencia numantina. Aunque es verdad que ya esa religión fue capaz de incorporar elementos exóticos, como el tantrismo hoy en boga, dudo seriamente que India o el mismo Tibet disputado por la dictadura china, se avengan a admitir unos cambios que revolucionan de manera drástica su concepción religiosa tanto como su estructura social. Insisto en que el budismo de estos Lamas ya hubo de adaptarse como pudo a las exigencias psíquicas de los aislados y primordiales pueblos que habitan su “País de las Nieves”, y no olvido que en su desarrollo histórico tuvieron un peso decisivo dos mujeres, las dos esposas budistas de algún rey altomedieval. Pero me da que el loto de la presente encarnación no ha salido del todo inmaculado de sus garbeos por el lodazal de la ONU, de la Academia Nobel y del Tripartito catalán. Habrá que ver cómo acepta la igualdad suprema un país como la India en el que la mujer –ya en tiempos de Michaux era así– es sencillamente invisible y víctima llegado el caso de los machos familiares, ese Tibet cuyos sacerdotes mendigan en silencio, callados humildemente si reciben la limosna pero que, como sus colegas nepaleses, maldicen al tacaño hasta la décimoquinta generación.

Luego vienen los remendones del “régimen” a quitarle hierro a los fríos datos de la estadística, los únicos, en definitiva, que a pesar de la mala fama que le ha agenciado la ignorancia, dicen la verdad posible. Cada indicador socioeconómico que ve la luz empeora las cosas, y el último es el que ha publicado Eurostat, la oficina económica de la Unión Europea, sobre cómo va el paro. Y el paro va de tal manera que Andalucía, a pesar de proclamas y cánticos optimistas, figura en el cuarto lugar del ránking de comunidades españolas, por detrás sólo de Ceuta, Melilla y Extremadura. Ya digo que es posible incluso que salga alguna voz a sueldo diciendo que ese dato no sólo no es malo sino que es estupendo, pero la realidad acaba siempre por sepultar a los pseudólogos. Andalucía partió en la cola y en lacota sigue. Esto puede alegrar a los obcecados y disgustar a sus rivales, pero  a la Junta tendría que pesarle como un fardo intolerable.

Una niña abandonada

Mientras que los jueces siguen condenando –y hacen muy bien–a los padres que irresponsablemente permiten a sus hijos el absentismo escolar, resulta que una niña rumana de 12 añitos, de la que sus tutores hablan gloria bendita por si fuera poco, ha de recorrer en bici una legua diaria, llueva o ventee, para asistir a clase en la escuela más próxima a su hogar. Su hermana menor, de 5 años solamente,  debe quedarse en casa, sin escolarizar, porque la Junta, vamos, la consejería de doña Cándida, se niega a pagar los 450 euros anuales que, según ha indagado la propia escuela, costaría resolver el injustísimo problema. Uno piensa en qué corta es la mano de la Justicia algunas veces, pues alcanza al padre más lejano pero no al despacho que tiene a tiro de piedra.

Libertad amenazada

Alguna vez me ha confiado Gustavo de Arístegui –uno de los expertos que más cercanamente conocen la realidad del mundo islámico– su convencimiento, paradójico sólo en apariencia,  de que el mayor adversario del Islam es el islamismo, asunto que ha puesto en claro desde el titulo un libro suyo reciente en el que se insiste en esta estupenda teoría que seguramente dejará, pues eso, estupefactos, a muchos entre quienes sólo de oídas conozcan esas realidades. La hipótesis de partida de Arístegui –cuya experiencia diplomática en el avispero jordano y su proximidad a muchos protagonistas de la tragedia que vive la zona es excepcionalmente estrecha—consiste en que, en efecto, el Islam, más que una religión, en el sentido convencional o incluso en el que le da al término Max Weber, es una ‘ideología’, dándole a este concepto el alcance largo que le otorgó la tradición crítica que llega hasta Adam Schaft. Cosas parecidas hemos entrevisto los de mi generación insinuadas en Paul Berger, en Thomas Luckmann, en tantos otros, y hasta nos hemos escandalizado de ellas en nombre de dogmatismos ya, por fortuna, no tan vigentes. Y por supuesto, aún hoy no dejan de producirnos una inquietud próxima al escándalo a muchos que, menos dotados para la acuidad que Gustavo y otros observadores, seguimos viendo en el Islam una religión positiva y en el Corán un código complejo en el que –he de decirlo con entera lealtad a nuestro huésped—caben holgadamente, a mi juicio, los prerrequisitos de las formas fanáticas, contra lo que antier mismo dijera el responsable de nuestra seguridad, que hoy lo amenazan y nos amenazan.
Está fuera de discusión que estamos viviendo una crisis muy tormentosa, en cualquier caso, como consecuencia de la utilización, legítima o desviada, de esa “ideología”. Con un agravante: que, como en otras tantas épocas, en el cortejo ‘ideológico’ de la religión figura destacada la sombra atroz del terror. Es más, es posible que el rasgo más urgente y temeroso del siglo XXI sea la internacionalización de ese terror, nunca como hoy ubicuo y omnipresente como consecuencia de la realidad globalizadora, es decir, la novedad de que sus efectos –la acción terrorista como instrumento político mejor o peor disfrazado de religioso—aparezcan como dotados de una cualidad también sin precedentes: la desterritorialización. En la “banlieu” de Paris, en las comunidades afroamericanas de Nueva York, en el Madrid alegre y confiado hasta el 11-M, en la propia Arabia wahabita como entre los ‘guerreros mulsumanes’ de Paquistán o el chiísmo checheno, hace horas todavía en la mítica Argel, en medio mundo, la presencia cierta del islamismo se ha vuelto eventual amenaza. Y si en Gaza se libra, por lo demás, una batalla abierta entre dos religiones del Libro que nunca se vieron con buenos ojos, en Washington, en Londres, en Roma, en Varsovia, en Berlín o en Madrid, se ha abierto un frente nuevo con la que faltaba. Se le pueden dar al tema y problema las vueltas que se quiera, pero el presente –y ahí está el laberinto, la aporía de Irak para probarlo—el mundo está viviendo una experiencia nueva en su historia: la de esperar a un enemigo que no ha de anunciarse desde lejos con timbales retadores, sino que convive cauteloso dentro de la ciudadela con los propios amenazados, trabaja junto a ellos, come su pan y, lo que es más grave y desconcertante, comparte sus libertades.
Me consta que a este gran experto en relaciones internacionales le quitan el sueño dos realidades que sólo desde el oportunismo o la ignorancia se pueden negar. La primera es la amenaza que, contra todo pronóstico, se cierne sobre la Libertad en estos tiempos modernos. La segunda, ya más doméstica, es la grave pérdida de peso que España está experimentando en el mundo en esta legislatura, tras un paréntesis durante el cual, por lo que fuera, tal vez incluso se vio encumbrada más arriba de lo que resulta razonable. Con la Libertad amenazada y nuestra influencia en regresión, es normal esta preocupación española que, indignamente, está siendo presentada con frecuencia en absurdas claves partidistas, porque tanto la precariedad de los sistemas de seguridad mundiales como nuestro retroceso como potencia media resultan evidentes. ¿Cómo si no, entender que un mandatario de medio pelo maltrate dialécticamente al presidente del Gobierno, nos envíe a diario sus invectivas y hasta exija una “reparación” al Jefe del Estado que, ingenua o temerariamente, no ha faltado quién le permitiera entrever desde el propio Gobierno? La presencia de Gustavo de Arístegui en estas “Charlas” conecta -estamos seguros de ello– con el sentir de muchos españoles que sobrellevan como pueden la inquietud que les produce la precariedad de sus irrenunciables libertades y, por si poco fuera, se sienten alarmados ante nuestro creciente descrédito exterior. Porque pienso que, en el fondo, ambas cuestiones están relacionadas estrechamente, hemos buscado en el experto –tengo que confesarlo- no sólo la claridad de una doctrina sino el posible consuelo de un diagnóstico esperanzador. En peores plazas hemos toreado, dicen los castizos. Aunque sin excesiva confianza en el adagio, espero que Gustavo, conocedor excepcional de esta difícil coyuntura, nos proporcione algunas razones para justificar la serenidad.

El testigo divino

Un juez que ejerce en la ciudad de Dhanbad, al Este de la India, ha citado por sí y ante sí nada menos que a dos dioses del olimpo hinduista para que den testimonio irrefutable, en el pleito que se sigue contra el superior de un templo, a demanda de un grupo de ciudadanos que alegan que, sagrado o no, el solar sobre el que el templo se erige no pertenece a los dioses sino a los hombres, concretamente a ellos mismos, beneficiarios de una lejana concesión real convenientemente acreditada. No se trata, por lo demás, de dos dioses cualesquiera perdidos en el abarrotado panteón brahmánico, sino de los principalísimos dioses-mono, de Ram, el dios salvador que descendió a su Tierra (sin gran éxito, por lo que en ella puede verse) para eliminar la miseria y el pecado, aquel dios personal popularísimo al que tengo leído que se encomendó el propio Gandhi en la hora suprema, mientras su santa esposa hilaba resignada en la rueca y sus ninfas privadas le encomendaban el ánima; y de Hanumant, nieto del viento y de la tempestad, aliado fiel del primero y jefe de los monos sagrados. La citación de juez, dirigida al monasterio en cuestión, citaba a ambos para antier martes, especificando que la comparecencia debía producirse “en persona”, pero fue devuelta en tiempo y forma por los monjes alegando que las direcciones estaban incompletas, lo que ha forzado al magistrado a publicar la citación en la prensa local con la esperanza de que alguien por allá arriba lea los periódicos incluyendo los aburridos anuncios judiciales. Hay quien ve en la actitud de ese juez una insufrible osadía secularizadora pero no ha faltado quien la traduzca como un gesto piadoso revelador de la fe más vigorosa. Hace falta poca vergüenza o una fé de hierro para citar por correo a un dios. Para citar a dos, ni les cuento.
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No niego que la historia es tremenda, pero la verdad es que si en alguna parte no debe sorprender demasiado es en un pueblo que aún conserva en Toledo (no se si decir que venera) la romántica leyenda del Cristo de la Vega, que acabó por laurear a Zorrilla con la historia del juicio de enamorados resuelto por la milagrosa imagen hasta justificar su extraordinario título de “A buen juez, mejor testigo”. Mal puede sorprender la historia del dios-mono citado como testigo, a quienes hemos visto en alguna madrugada de Viernes Santo el cortejo de esta venerada imagen bajando desde el Cambrón hasta la puerta de Bisagra, para culebrear luego hacia la Vega en busca de su basílica de Santa Leocadia –la misma en la que se celebraron los primeros concilios–, el brazo del juramento siempre descolgado a pesar de haber sufrido tanto ultraje a manos de la soldadesca napoleónica primero y de nuestros comecuras después. Claro que no se me escapa la distancia que media entre el prosaísmo de este juez expeditivo y aquella lírica zorrillesca –nada mal trabada, por cierto– que dio forma definitiva a la leyenda del infiel don Diego Martínez y su abandonada doña Inés de Vargas. Intentaré  seguir el caso, por supuesto, persuadido,  eso sí, de lo improbable que resultaría que el  juicio de Dhanbad alcance la eléctrica tensión que el sentimiento romántico supo conferir aquí a la requisitoria de nuestra enamorada. Y de la distancia que separa el laicismo de ese magistrado de la concepción sacra de la vida que animaba aún el imaginario de un pueblo capaz de asumir sin problemas una Justicia en la que Dios mismo fuera testigo de cargo de un noviazgo fracasado. Hay que ver a ese Cristo renegrido a la luz de las candelas toledanas, enhiesto sobre sus andas y vacilante en el silencio penitente, como desafiando a la razón, incluso en estos tiempos desacralizados en que bastante tienen los jueces con averiguárselas entre tanto testigo falso. Ram y Hanumant no podrán hacer nada que aquí no se hiciera ya hace un buen montón de siglos.