El tren en marcha

El PSOE onubense ha extremado su oposición salvaje hasta el último momento de la legislatura, tanto por lo que se refiere el proyecto del Ensanche Sur (años perdidos para la capital, lo mismo que cuando lo de Isla Chica) como en relación con al Ciudad de la Justicia que Chaves aprfece decidido a no conceder nunca a Huelva en tanto tenga la vara de alcalde Pedro Rodríguez. Última muestra: el viejo edificio del Banco de España, que Parralo reclamaba (como si la idea se le acabara de ocurrir a ella) durante sy frustrada campaña, y que ahora acaba de pillar en el último vagón y con el tren en  marcha la consejera de Cultura, al prometer “de palabra” un simple “estudio previo sobre la rehabilitación”. Es una vergüenza que se le niegue a los onubenses el pan y la sal sólo por perjudicar a un alcalde del PP que gobierna, todo hay que decirlo por mayoría absoluta.

Un caso raro

El simple anuncio de la incorporación de un legendario gestor empresarial como Manuel Pizarro a la vida política de partido está provocando un auténtico seísmo en la opinión privilegiada, no en la opinión  de todos los ciudadanos, sino en la de sus profesionales, es decir, de los propios políticos y de los periodistas. ¡Todos clamando por la venida de la “sociedad civil”, tantas novenas a la santa Rita cívica, para acabar desorientados ante la parusía de un candidato forastero en la tribu! Ha llamado gravemente la atención, de entrada, que el aparecido declare su intención de concentrarse en el futuro en vez de ensimismarse en el pasado, aunque sin descartar, si fuera preciso, un eventual debate en la palestra de la memoria. Se ha hecho notar también, con las del beri, que el hombre llega rico a la política, tal vez sin reparar en que, de haberse prodigado esa circunstancia en nuestra democracia, podríamos habernos ahorrados muchos bochornos. No menos interés tertuliano ha suscitado el hecho de que, en lugar de perpetrar la farsa de tantos otros “independientes de partido”, la criatura haya pasado por ventanilla para formalizar su carné de partido y domiciliar el cobro de sus cuotas. Y en fin, el colmo del estupor se ha centrado, por el momento, en su renuncia a integrarse en la trifulca nacional dispuesto –a pesar de que lo más simpático que le han llamado desde la acera de enfrente ha sido ‘tiburón’– a no enzarzarse con el adversario. En su propio partido –como un homenaje conjunto a Weber, Mosca y Gramsci– sus nuevos “compañeros” han enseñado las uñas o, como poco, han dejado oír su enojado ronroneo como bienvenida zoológica al extraño recién llegado al territorio. No cabe mejor demostración de la insustancialidad de los reclamos políticos y, en concreto, del que viene implorando hace tiempo –seguro que sin saber bien de qué habla– esa tropa que ha hecho de la política una profesión y de la profesión un fortín. Un hombre que ha librado tan singular batalla contra el propio Gobierno en defensa de unos accionistas y que se ha jugado el bigote que no tiene en ese lance, provoca el mayor recelo, no sólo en el amenazado adversario, sino entre sus propios conmilitones. La metáfora de la sociedad civil acaba de estallarle en las manos a esos artificieros papagayos.

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En la radio he escuchado a Pizarro recordar que un secretario del Tesoro con Clinton se recicló sin el menor problema como vice del Citybank, pero yo creo que no hace falta ejemplo alguno para justificar que un experto en el negocio se integre en eso que Pareto llamaba las “elites gobernantes” y a las que Raymond Aron prefería ver instaladas en el esquema social como una suerte de amortiguador entre la “elite” propiamente dicha y la “clase política”. Hace muchos años que Ortega creía que el papelón de “gran empresario” que corresponde, quiérase o no, al Estado, debería corresponder a ese segmento social familiarizado con “el gran dinero”, como diría Dos Passos, que son los que hoy llamamos “ejecutivos”, argumento al que no se me ocurre qué podría oponerle un PSOE desde el que se ha repetido con énfasis (Solchaga, Obiols…) el famoso “¡Enriqueceos!” que suele atribuirse a Guizot aunque yo confieso que nunca lo he encontrado en su obra. Es más que posible que el acierto de incorporar a un proyecto público a Pizarro –una leyenda nacional, repito, a pesar de los pesares– haya desconcertado tanto a la “clase política” porque, lamentablemente, su ideología suele comenzar y acabarse en al conciencia endogámica. Practican a Maquiavelo sin conocerlo ni de vista y eso es malo. Pero ahora se han dado de bruces con la realidad, quién sabe si alumbrados por la luz negra de la crisis. Esta tropa pasillera confunde capacidad profesional con mérito partidista y le va divinamente. Puede que la irrupción de Pizarro suponga para esta democracia justamente eso que tanto asusta a los aficionados.

Juegos de conceptos

Va a haber que rehacer el diccionario político aunque sólo sea para no exponernos a la escandalosa manipulación de los conceptos elementales que hacen los profesionales del ramo. Chaves y sus pretorianos se cabreaban muchísimo con Esperanza Aguirre (lo comentábamos ayer) por una alusión de la Presidenta a ese “caciquismo” actual que no puede ser más patente, y ahora trata de justificar su dicterio de “extrema derecha” lanzado contra el PP con el argumento inverosímil de que a él pueden llamarle “rojo” cuando quieran. De momento, sin embargo, se lleva la palma ese divertido concepto de “derecha bastante fuerte” que ha empleado para justificar su “pinza” almeriense con un personaje tan autocrático como el alcalde de El Egido. Este personal se alía con quien se tercie con tal de mantener el mando en plaza. Rojos o fachas da lo mismo siempre que desfilen a su vera y les garanticen el poder.

Luz verde al ensanche

La reunión “técnica” celebrada en Sevilla desbloqueó al fin el enredo del Ensanche Sur. La Junta, esto es el PSOE, pedía sólo algo donde agarrarse para que Chaves no quedara con el trasero al aire en plena precampaña, algo como un Plan Especial con ligeras modificaciones que, en efecto, se aprobará a final de mes, y aquí paz y luego gloria. Una victoria lógica del Alcalde que Chaves ha comprendido que era inevitable, un importante hito para la ciudad, yo diría que histórico. Y una pregunta: ¿si resultaba tan sencillo el desbloqueo, porqué lo han enredado tanto tiempo? ¿Si no había problemas mayores por qué se ha dicho lo que se ha dicho e insinuado lo que se ha insinuado? Otra ocasión en que la bronca política la pagan los ciudadanos pero al menos en esta ocasión la bronca acaba bien.

Guerras de religión

Hace unos días hemos visto anunciado por ahí que ya están a disposición  de los futuros contrayentes las ofertas parroquiales para la celebración de bodas en… 2009. Se las ven y se las desean los actuales novios para encontrar un altar disponible en que casarse en esta España secularizada a tope y que el Gobierno y su partido se proponen arrinconar en el corralito laicista, siempre invocando aquello del “nacional-catolicismo” que pactó con la dictadura. De la misma manera que los padres se vuelven locos para encontrar plazas para sus hijos en esos combatidos colegios religiosos que, ciertamente, tendrán sus defectos, pero cuya demanda aumenta año tras año a medida que la enseñanza pública se desprestigia y sin cuya contribución la enseñanza española quebraría sin remedio hoy por hoy. Por supuesto que hay unos cuantos equívocos en este batiburrillo político, empezando por la lamentable confusión entre ‘aconfesionalidad’, que es lo que civilizadamente impone la Constitución, y ‘laicismo’, que es cosa muy distinta y, por supuesto, más pugnaz e incluso beligerante, pero todo se entiende con facilidad si se tiene en cuenta que lo que busca ese partidismo laicizante no es otra cosa que rehabilitar el rancio cliché que identifica en España catolicismo con derecha extrema, reservándose, en consecuencia, a la autoproclamada izquierda el mérito de una secularización de enorme trascendencia sociológica y política. Una insalvable contradicción condiciona a un país en el que cuesta lo indecible lograr que lo casen a uno pero en el que, sólo en el último cuarto de siglo, ya se ha superado con creces el legendario millón de divorcios, y en el que, además, se combate a muerte desde el Poder a una educación de patrocinio religioso mientras el sistema público es puesto a caldo por los observadores especializados y no sólo por los redactores del Informe PISA, por cierto. ¿Ustedes han visto el cuadro famoso de la pelea de ciegos? Pues no les digo más.
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No tengo la menor duda de que el recurso al laicismo por parte de los programadores de ZP no es más que una maniobra partidista enmarcable en el horizonte de la estrategia de romper el bipartidismo para garantizarse el futuro apoyo negociado con las minorías periféricas. Lo que no supone, en absoluto, ignorar la torpeza de los agredidos, inexplicablemente enrocados en posturas rígidas y acordes con esa actitud, que ha denunciado Juan José Tamayo, de negarse a rajatabla a aceptar, entre otras cosas, lo que la teología conciliadora propone llamar la “mediación hermenéutica”. Es probable, pues, que hayamos de seguir moviéndonos entre esos dos extremos irreductibles, entre el desatentado protagonismo de ciertas minorías sexistas, por ejemplo, y los excesos intolerables de algún  purpurado insular, entre el proyecto de adoctrinar a los alumnos en el credo laico y la sombra de ciertos sectarismos nostálgicos de un modelo hoy inconcebible. Pero todo ello en un país bastante secularizado que hace cola a la puerta de las parroquias, en una nación de pretende pertenecer al “top ten” del planeta civilizado pero que combate cuanto puede la enseñanza regida por religiosos mientras  su sistema de instrucción pública va de mal en peor. Si la Iglesia decidiera hoy cerrar sus colegios habría que suspender el curso escolar por las bravas, y cuesta imaginar, por otra parte, lo que pudiera ocurrir si cerrara sus sacristías y dejara de publicar sus amonestaciones. Alguien se está equivocando aquí, eso es seguro, sin desdeñar la hipótesis de que los errados sean ambos contendientes, mientras el frenesí casamentero sólo es comparable al divorcista, y mientras la campaña contra la clásica enseñanza religiosa constituya un objetivo político. No acaba de salir España del túnel en una de cuyas bocas acecha la ‘Monja de las Llagas’ y en la otra Nakens con “El Motín” en la mano.

Curiosa reacción

Medio PSOE se ha levantado en armas contra las declaraciones de Esperanza Aguirre por mentar la bicha exhortando a Chaves a abandonar el caciquismo. Han salido a relucir todos los tópicos, desde el espejismo que sólo permite ver al cacique a caballo, hasta la marquesa a la que se atribuye, por definición, esa condición nefanda. Y no es para ponerse así, por favor, porque somos legión quienes venimos diciendo hace la intemerata que, como lo ilustra la acción del “régimen” chavista, un caciquismo de izquierda (o lo que sea eso) es tan posible como el de derechas. No nos hagan exponer nombres concretos, pero ¿acaso no sabe cualquiera en Andalucía quién el gran Cacique de la región, lo mismo que cualquiera sabe quién lo es en Cádiz o en Jaén? Un PSOE de “barones” regionales y “caciques” provinciales es el menos indicado para protestar porque lo señalen con ese dedo.