El concepto del honor

No es por dar ideas a los pretorianos de Chaves pero, verdaderamente, muchos andaluces deben de llamarse a escándalo viendo como el Presidente se mete en ominoso pleito contra unos periodistas (¡y, encima, lo pierde!) por algo tan nimio y legítimo como publicar una fundada noticia sobre cierto espionaje en el que el espía en cuestión implicaba a él y a su pretorio, y sin embargo, guarda un discreto silencio ante la circunstanciada información que muchos medios españoles han ofrecido, en repetidas ocasiones, y siguen ofreciendo, sobre las actividades empresariales de sus hermanos y familiares dentro y fuera de la Junta que él preside. ¿Qué ocurre, que deshonra más aquella imputación tan venial en el fondo (y en política, no digamos) que estas inquietantes noticias que han dado la vuelta al ruedo ibérico arrastrando el morlaco de un asunto tan indefendible? Chaves, por lo visto, debe creer que sí. Cada cual es muy libre de cifrar su honrilla donde y en lo que le plazca.

La “agenda onubense”

A ZP ha tenido que pedirle por carta el alcalde de Almonte que, ya que viaja encantado a catar los langostinos gaditanos de Sanlúcar, se dé siquiera un voltio por nuestra tierra, donde no ha de quedar defraudado como turista. Por eso fue a visitar ayer Almonte, cosa que merece ser tenida en cuenta toda vez que no se ha molestado en acercarse por los países lejanos donde nuestras tropas, no sólo prestan servicio humanitario, sino que mueren cuando el caso llega. La provincia de Huelva, por lo visto, no interesa al jefe del Gobierno a pesar de ser uno de sus más pródigos graneros de votos, como no sea para patrimonializar familiarmente el paraíso de Doñana, tal como hicieron sus predecesores. Está bien, en todo caos, la iniciativa del alcalde almonteño y bien la concesión de ZP. Todo es posible con las elecciones a la vuelta de la esquina, incluso que ZP se digne visitarnos de cuerpo presente aprovechando que vivaquea entre nosotros.

Fama y memoria

Fraga ha vuelto a defender a Franco. Es su privilegio en una democracia, incluso en la calle, que él decía que era suya cuando era ministro, del mismo modo que en el régimen en el que él sirvió una opinión equiparable hubiera constituido delito del que había que responder ante un tribunal especial, encima. Que Fraga opine que Franco fue un buen gobernante no sólo no me parece raro sino que me resulta del todo coherente con  un pasado que, a diferencia de otros muchos, él nunca ocultó. Y que profetice que la Historia, es decir, la memoria en el tiempo, cambie su actual imagen de tirano por la de un líder eximio, tampoco, incluso si sugiere el paralelismo con Napoleón, ciertamente rehabilitado tras largos años de repudio. Es más, que Fraga piense y sostenga estas cosas es lo normal, me parece a mí, mientras que el hecho de que se mantenga en el púlpito desde el que predica constituye una equivocación histórica del PP que quizá pudo entenderse en ciertos momentos –¡anda que si habláramos de trágalas en cada uno de los partidos…!– pero que, a estas alturas, ya no tiene pase. Es verdad que la de Fraga parece en esta ocasión más bien una reflexión histórica que un vaticinio expresivo de sus devociones, como es bien cierto que son muchos los personajes históricos cuestionados cuya imagen ha cambiado con el tiempo. Ahora mismo hay quien anda empeñado en subir a los altares a la Reina Católica frente a quienes tratan de degradarla al máximo como gobernante y como persona. Normal. Los alemanes no se atreven todavía a “recuperar” a Hitler, pero no olvidemos las racionalizaciones que hace bien poco tuvo a bien ofrecer al mundo llamado ‘libre’ un escritor progresista tan incuestionado como Günter Grass, y el putinismo, por su lado, anda recuperando en Rusia al padrecito Stalin a paso rápido, probablemente como ejercicio de vacunación contra las tendencias disgregadoras que se viven sobre las ruinas del imperio soviético. Démosle tiempo al tiempo, y cualquier figura denigrada acabará posando para el daguerrotipo del futuro con la camisa cambiada. O al revés: “Me dejé seducir por el nazismo sin resistencia”, confesó Grass. El papa Ratzinger, por su parte, no dijo nada de su paso por la ‘Wehrmacht’ y ahí lo tienen.
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Fraga no representa ya, políticamente, más que lo que se le quiera atribuir. Apenas una sombra del pasado, es cierto, un eco pertinaz lamentablemente no extinguido, vale, pero ya me dirán por qué se le van pedir a ese olmo las peras de su conversión mientras de manera tan tenaz como insensata se andan manteniendo, por el envés de la memoria, contumacias simétricas. Otra cosa es que se mire hacia el PP que lo mantiene como presidente, preguntándose por qué no echan de una vez por la borda un lastre que ahora sí que no tiene justificación  posible en la teoría de partido pero que, por sí solo, garantiza a la “nueva derecha” el consabido estigma de franquista. Aparte, insisto, en que no es del todo improbable, al paso que va la burra, una eventual y relativa modificación en la imagen histórica de Franco ni en la de ninguna otra figura histórica, y menos en una era en que el amateurismo está haciendo de la Historia un palimpsesto en el que vemos virar del negro al rosa y viceversa, constantemente, a tanto protagonista del pasado. Sin salir de mi biblioteca puedo comprobar lo distinto que es Alejandro según lo contemplemos en Arriano, Estrabón, Plutarco, Quinto Curcio, Diodoro, Justino, el Pseudo-Calíxtenes, Droysen, Hammond, Robin L. Fox o Bosworth. Tiempos distintos, puntos de vista. A despecho de los ‘naturalistas’ estrictos, hay que admitir que el imprescindible subjetivismo a la hora de mirar atrás vale para todos o no debe valer para nadie. A Fraga mismo también lo ha de revisar la Historia con el tiempo. Ni que decir tiene que para reducirlo a alguna de sus escalas inapreciables.

El atajo legal

Los políticos han redescubierto, una vez más, el atajo legal. Las construcciones ilegales de Marbella, las de Chiclana, las de donde sea, se “legalizan” (esto es, las sufragamos entre todos en beneficio de unos cuantos) y a otra cosa. Pero eso no es nada puestos a contemplar trampas a la ley. El Ayuntamiento de Sevilla acaba de “legalizar” en una hora facturas ‘irregulares’ por valor de tres millones de euros, de manera que desaparezca, aunque sea a simple vista, el fraude manifiesto, un contradiós, en cualquier caso, no tan grave acaso como el perpetrado en esa misma Casa con las presuntas “facturas falsas” cuya existencia nadie niega aunque se niegue el dolo, pero sin duda intolerable. El PSOE, al fin y al cabo, va a lo suyo, pero IU debe explicar su apoyo a estos manejos a la hora de predicar sus campañas anticorrupción. 

Donde hay confianza

No hay como dominar electoralmente una zona para disponer en ella según convenga. Ahí tienen el caso del Andévalo, feudo del PSOE onubense, en el que se han dejado a cinco pueblos (Tharsis, Alonso, Villanueva de las Cruces, Cabezas Rubias y Santa Bárbara), es decir, a siete mil vecinos, con un solo médico y una sola ambulancia para todo este impredecible periodo festivo. El SAS ahorra ante todo, allá donde su partido no gobierna porque a ver para qué gastar en ajeno, y donde mandan los suyos, por lo contrario, como si la imprescindible austeridad no debiera supeditarse al servicio mínimo. Porque no es tan difícil imaginar un percance grave en  esa bolsa sanitariamente desasistida y menos aún calcular la gravedad de sus consecuencias. Salud suele maltratar a Huelva con dirigentes que han llegado se hacerse famosos por su incapacidad. Sólo su sumisión a estas absurdas situaciones lo que explica su pervivencia en el cargo.

El mal lector

Hay quien augura ya sin cortarse un pelo el fin de la lectura. Se anuncia, incluso, la desaparición del libro, sustituido por la escritura virtual, revolución mucho más extensa e intensa, de llegar a producirse tal como se anuncia, que la vivida al filo del XVI con el “diabólico” invento de la imprenta. No creo en ello, personalmente, y no lo creo porque siempre entendí que los fenómenos residuales son prácticamente inmunes al acoso de las circunstancias. La gran boga de la coca (que entonces aún no se llamaba “perico” y aún era de uso exclusivo de ‘carrozas’ ricos) se desinfló tras la Guerra Mundial, es cierto, pero se dio traza y modo para mantenerse medio qué, refugiada en adictos solitarios y, todo lo más, en alguna comunidad extravagante, ni que decir tiene que, en todo caso, siempre “high society”. Eso mismo, creo yo, pasará con la lectura, ejercicio mucho menos deleitable de lo que anuncia en falso cierta publicidad y presume el ignaro, como sabe cualquier lector avezado, y que nunca, desde que el libro apareció en nuestras vidas, ha conseguido altos índices de usuarios. Autores y editores podrán decir misa, pero, salvo ciertos y contados casos, la tirada media española es de cinco mil ejemplares, por más que los prodigios de la publicidad logren de vez en cuando éxitos rutilantes para algunos escribidores, curiosamente no demasiado bien considerados por la crítica. Está ahí, además, plantada como una amenaza, la competencia que al libro le hace la escritura virtual, todavía problemática, desde luego, pero que cuenta ya a su favor con bibliotecas virtuales que reúnen cientos de miles de títulos en sus estanterías de silicio. Pero, vamos a ver, ¿cómo va a leer una criatura que, tras su jornada de trabajo, se calcula que pasa unas cinco horas diarias mirando la tele? Por si fuera poco, en las universidades, el viejo hábito del libro recomendado o lectura complementaria ha sido sustituido por ese régimen de lectura sincopada que es, de hecho, la fotocopia, método de despiece o trinchado de la obra adaptado a la premura de los tiempos y consecuente con la ascendente pereza intelectual de nuestras sociedades. Un fenómeno tan residual no debe temer gran cosa del futuro en un país en el que da no sé qué consignar la cifra de lectores de ese ‘Quijote’ que, por supuesto, todo quisque perjura haber leído.
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Lo curioso es que, a pesar de ello, cada vez se producen en España más “bestsellers”. Estos días llega, sin ir más lejos, la continuación del segundo tocho de Ken Follet de quien ya se vendieron en nuestra iletrado país unos cinco millones y medio de ejemplares, hecho que desafía a la imaginación a la hora de explicar por qué una nación tan indiferente ante la Historia que hasta se plantea quitarla de sus planes de estudio, bebe los vientos por esos folletines truculentos que trasportan al lector ingenuo a una Edad Media concebida como paraíso imaginario en el que ningún obstáculo se opone a una lógica aberrante fraguada con prioratos, condotieros, heroínas, monjes o enigmas ancestrales, debidamente adaptados a la mentalidad urbanita y en conexión con la corriente alterna de lo histórico en su concepto más demótico y su acepción más impropia. ¿Por qué un terrícola inculto se pirra por la pseudohistoria o hace cola para que le firme su ejemplar un autor “mass-cult” capaz de hibridar al espadachín con la amante burguesita en  el caldo de cultivo de un aventurerismo de tebeo? No creo, en definitiva, que la lectura esté amenazada entre nosotros, al menos si por lectura entendemos lo que toda la vida hemos entendido y no lo que, por confusión con otro tipo de audiencias, pudiéramos imaginarnos. El éxito editor se funda en un radical fracaso cultural, eso es todo, y la explosión lectora (real o también fingida) no anuncia tanto un nuevo lector como un adicto curioso que sublima su ignorancia en el enigma. El libro es una autoridad, no se olvide. No se me ocurre qué habría sido del negocio editorial sin esa circunstancia.