La CA de IU

Golpe de mano, declaración de guerra. Ésas y no otras fueron las expresiones con que los jerifaltes comunistas andaluces reaccionaron ante la exitosa maniobra de Llamazares que concluyó con la destitución de los clásicos representantes andaluces en la dirección de ese partido de partidillos. La cosa no es para perder el sueño, seguramente, pero pone de relieve que la coalición está viviendo una crisis acaso terminal de la que no se salvan ya ni los mascarones de proa. IU es víctima de un PSOE a cuyas puertas lleva llamando con los nudillos desde hace varias legislaturas pero también de su propia intriga interna y, en cualquier caso, esta purga al viejo estilo deshace sin remedio el averiado sueño que fue IU-CA. Claro que la debacle culmina ahora, porque lo que se dice empezar, empezó cuando se fue excluyendo del proyecto el aliento anguitiano. En IU ha campado desde hace mucho tiempo el “principio de Peter”. Ahora sólo está tocando fondo. 

La Bulgaria onubense

La  previsión de esa minerva autodidacta que es Mario Jiménez es simple: las listas que el “aparato” decida elaborar serán aprobadas por el 99 por ciento de las amaestradas asambleas locales y sanseacabó. No esto ni lo otro: el 99 por ciento, guarismo y expresión cabal de los partidos sujetos que resultan impensables en cualquier organización abierta y, en suma, democrática. La degeneración de la democracia –explicada por tantos politólogos desde hace decenios– consiste en este secuestro del Sistema a manos de los partidos y en el control de esos partidos por oligarquías profesionalizadas. Claro que, al menos, por ahí se disimulan las cosas y se reducen los inútiles porcentajes búlgaros hasta límites verosímiles. En Huelva –y no sólo en Huelva, por supuesto– ni eso. Ha sido abrir la boca Saldaña y escupir el otro la unanimidad. La sociedad no debiera extrañarse luego de ver trasladados a la vida pública estos vicios de origen.

El terrorista bueno

La visita de Gadafi a España, con su cortejo extravagante, su jaima y sus cien vírgenes guardianas, está resultando repugnante. No esto ni lo otro, sino repugnante. Una auténtica vergüenza nacional. ¿Que por qué? ¡Pues por casi nada! Para empezar, porque Gadafi es un dictador brutal que tiene en un puño a un pueblo pobre en un país potencialmente opulento. O porque durante muchos años ha sido el gran patrón del terrorismo internacional, el dadivoso jeque que auspiciaba a todos los asesinos o que les proporcionaba entrenamiento en sus bases, el mismo que enviaba en valija diplomática sus petrodólares a las brigadas del terror. Y el que mandó volar en vuelo al avión de la Panam matando a cientos de viajeros. Un regalo, Gadafi. Pero, ah, un regalo que ha conseguido el sobreseimiento de sus crímenes, lavando primero lo del avión con una indignante indemnización a los familiares de las víctimas, tramando negocios con las democracias europeas después y, finalmente, escenificando su conversión a la causa de la paz mundial con una presunta ruptura con Al Quaeda. ¿Me preguntaba alguien que por qué he dicho “presunta”? Sencillo, como verán, si dejamos hablar al propio Gadafi. Ahí van sus frases: una, “Estamos orgullosos de ser terroristas porque hemos contribuido a la liberación del continente africano”; otra, “Ser terroristas es el precio que teníamos que pagar”. Así de claro, así de cínico, y sin embargo, los países de Occidente han decidido declinar la negra honrilla y olvidar ese pasado infame. Pelillos a la mar. ¿No han visto al Rey, al Jefe del Estado, atenderle solícito y pasar junto a él revista a nuestras tropas? Aquí paz y después gloria. ¿Y a ZP, no han visto al ZP recién convertido al credo antiterrorista, conversar amigablemente con él como si no supiera qué clase de pájaro tenía delante? Tocante a pájaros, francamente, a mí me la empluma que el Rey se rebaje a escoltar a un malnacido y hasta que el presidente de esta democracia en almoneda se enrolle entre el susodicho y el imprescindible intérprete. Ahora bien, como ciudadano libre en un régimen de libertades, como habitante de la libertad, no tengo otro remedio que escupir mi desprecio por el colmillo. Escupido queda.
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Por lo visto hay clases de terrorismo, terroristas malos y terroristas buenos, malvados a los que perseguir sin fronteras e impunes a los que ofrecerles alfombra roja. A ver con qué lógica podemos exigir, como exigimos (no todos, es cierto), que se persiga sin tregua a los etarras, desde qué equidad celebraremos que los entrullados en Francia pudieran pechar con condenas perpetuas, díganme en qué apoyarnos moralmente para pedir que aquí también se aplique esa severidad extrema en lugar de andarnos con paños calientes como ha venido haciendo el Gobierno toda la legislatura. No podrán. Esta visita constituye una ignominia, rebaja la dignidad nacional al suelo de las convenciones más rastreras, deja a nuestros máximos representantes a la altura del betún por mucha cara de circunstancias que pongan ante las cámaras, mecachis, mientras estrechan la mano ensangrentada de ese jeque con estrella. La tv ha entretenido al personal con el circo –una jaima, cien vírgenes, a ver qué más espectáculo cabe pedir–pero es necesario recordarle a la audiencia quién es ese extravagante personaje que, entreverado de domador y payaso, se pasea ufano por la pista. Es Gadafi, el terrorista, el verdugo de los pasajeros de la Panam, el financiero del terror, hoy reconciliado con la elite del mundo libre por la virtud infalible de su fabulosa fortuna. Me ha dado vergüenza ver al Rey y al Presidente agasajándolo como si tal cosa, nada menos que en el mismísimo palacio de El Pardo, para que de nada falte en el bautizo. Y no sé, la verdad, por qué registro salir mañana cuando se nos crucen los carniceros de ETA o los suicidas de Bin Laden. A lo peor es que, sencillamente, hay clases de terroristas y yo, torpe de mí, no lo sabía siquiera.

El nuevo caciquismo

El caciquismo, el nuevo y el viejo, son fenómenos de índole y efectos locales. Es la estrategia del control político ejercida desde un centro lejano por medio de habilitados del mandón. Con Cánovas o con ZP, da lo mismo, y si lo dudan escuchen a la ministra desastrosa, a lady Aviaco, decir en Málaga con su gracia merdellonera que si va a haber AVE en la capital es por providencia de ZP, en virtuduela cual ella ha podido “pasarse un poquito”. ¿Pasarse de qué, cómo, cuánto? Sería urgente aclarar esa barbaridad con tufillo prevaricador aunque sólo fuera para despejar dudas sobre los criterios y manejos del Gobierno de esta nación de naciones en la que los ministros no dudan en ufanarse de haber sobrepasado las bardas de la legalidad. La esencia de este fracaso democrático estriba en el caciquismo. El éxito de éste, en el respaldo del Gobierno.

Votos antes que salud

En Lepe acaban de poner la primera piedra del hospital prometido por Chaves en el 2004 y que, según ese compromiso, debería estar funcionando ya. Llegará, si es que llega, siete años después de lo comprometido, y eso si no se enredan las cosas, que todo puede ser, mientras continúa cerrado a cal y canto un hospital flamante misteriosamente enemistado con la Junta. Lo que le importa a Chaves son los votos, no la salud de los leperos, como es natural, y si han puesto esa piedra es porque estamos a un tiro de otra de unas elecciones que verosímilmente podrían consolidar en el pueblo y su comarca la hegemonía del adversario. Juegan con lo que haga falta, salud incluida, con tal de acomodar a su interés el calendario de las elecciones. Y encima ofenden a la inteligencia de los ciudadanos vendiéndolo como un logro. La salud, por ejemplo, puede esperar. Las urnas, no.

El tiempo detenido

Me llega a través de Ricardo Bada–otro onubense de la diáspora que, allá en su Colonia de adopción, registra incansable en su bitácora la vida en torno– el comentario de una profesora que rechaza, con razón, el escándalo que a otro internauta parece haberle producido la noticia de que hay personal por ahí capaz de creer en la realidad de la Guerra de las Galaxias. Después de todo, dice nuestra amiga, también la doctora Teresa creía en la realidad de “Amadís de Gaula” y no era extraño en su época que familias enteras, criados incluidos, lloraran sin consuelo la muerte del héroe, de la misma manera que, hoy por hoy, circula por ahí mucho logsiano que toma por ficción la Guerra Mundial, aunque no estoy tan seguro de que, de paso, no conceda más crédito del debido a la Guerra de las Galaxias. Cada época tiene su mitología y cada mitología su versión demótica, no necesariamente degradada, que queda al alcance de la mayoría y en la que se nutre el imaginario del más pintado. No sólo la arrebatada Teresa gustaba tanto como sabemos de las aventuras de caballeros andantes sino que de esa afición participaban –como ella misma nos certifica– su hidalga y cristiana madre, por no hablar de su íntimo hermano o de alguno de sus tíos, y no hemos de olvidar que uno de sus biógrafos, el padre Francisco de Ribera, endosa al Demonio la culpa de semejante fantasía, o que Cervantes de Salazar, tan circunspecto y erudito vigía, censura la imprudencia” que supone dejar un “Amadis” al alcance de unas doncellas que, en consecuencia, nada tiene de extraño que luego se pasen la vida imaginándose “Orianas”. Es más, está probado que la santa conservó toda su vida esa afición tan criticada luego, en general, por los eramistas como antes lo fuera  por Vives. El Emperador, sin ir más lejos, se pirraba por aquellos Esplandianes y Amadises, pastores Darineles y reinas Pintiquiniestras, lo que en absoluto quiere decir que creyera en su realidad, como no creía Valdés a pesar de sentir por ellos tan “secreta afición”. Tengo la impresión de que la clave de estas memorias torcidas está en cierta perversión pedagógica que, en aquella época, solía presentar esa literatura caballeresca como Historia real, como relato de un pasado verdadero además de arquetípico. Algo parecido a lo que está a punto de acontecerle a nuestras crianzas de no mediar un decidido mandoble que les apague la tele y les arrebate de las manos la “play station”.
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La cuestión estaría en saber si otra cosa es posible, es decir, si acaso toda creación exitosa, una vez refundida en la matriz de la imaginación colectiva, no acaba convirtiéndose en una “mitología creíble”, en algo indiscernible de la Historia auténtica que con ella fragua hasta constituir una pieza única. Quizá cada época, como decía, tiene su mitologema, y poco se diferencian en el fondo, en este sentido, las viejas devociones caballerescas con las  despertadas en su día por las visiones de Lövecraft o los futuribles de Stapledon, el hacedor de estrellas que Borges exaltaba. Aparte de que hemos abandonado la Historia, no se olvide, abriendo con ello una brecha fatal al oportunismo de la fantasía. Un insondable universo de huidizas galaxias, agujeros negros y laberintos de antimateria sustituye en la mente de las nuevas generaciones a aquel paisaje heroico en el que los caballeros ayunaban ante de entrar en singular combate y entregar a la dama del castillo el dragón domesticado. ¿Que hemos hecho un pan como unas hostias? Pues es probable, pero a algunos no nos miren, por favor, mientras deciden si dejamos que el equívoco cristalice y la memoria quede atrapada en el ámbar de la fábula, como ese tisanóptero que hoy veo en el periódico, preso en su ergástula traslúcida desde hace cien millones de años. La memoria no es una ciencia exacta. Más bien, aunque nos cueste creerlo, es una flor del tiempo.