Miedo escénico

No habrá tampoco la próxima vez elecciones autonómicas separadas, es decir, fuera del paraguas nacional que se encarga de filtrar la luz de modo y manera que poca iluminación llegue al debate regional. No le conviene a Chaves, por supuesto, que se aireen desastre como el que padece nuestra “fuerte” industria, que se pongan sobre la mesa los innumerables indicadores negativos que nos sitúan a la cola del país, incluso que se deje oír el sordo estrépito que sugieren los sociólogos que está produciendo en el electorado andaluz la política entreguista de un partido que pone en libertad a terroristas contumaces o los libra de las condenas que sus propios jueces ven como inevitables. Nuestro Parlamento ha rechazado la propuesta de que –como en las comunidades autónomas de verdad– vayamos en solitario a las consultas tras escuchar el debate propio, enterarnos de nuestros problemas, escuchar los proyectos de solución. Y lo ha hecho con los votos medrosos de Chaves y los oportunistas del PA, no se olvide. Nos han impuesto una autonomía a cencerros tapados y les va tan bien que no están dispuestos a modificarla.

Que sí y que no

No es la primera vez que hay dictámenes opuestos sobre los efectos de los depósitos de fosfoyesos onubenses. Se ha dicho de ellos de todo, menos –de momento– que sean beneficiosos, aunque puede que todo acabe andándose. Esta última semana, frente al apocalipsis anunciado por Greenpeace –se detectarían niveles veinte veces superiores a los tolerados legalmente–, un informe particular respaldado por profesores universitarios asegura que la medición “verde” es una auténtica “herejía científica” y denuncia el “truco” empleado como inaceptable. ¿No es hora ya de que la autoridad zanje el viejo debate y se establezca de una vez por todas el alcance de esos efectos presuntamente dañinos y, en su caso, se provea la solución pertinente? ¿O es que se puede entretener indefinidamente a la ciudadanía en materias que afectan de modo tan inquietante a su derecho a la salud? No es posible admitir que no exista un método fiable para establecer un  resultado de fiar ni puede aceptarse que los onubenses sigan pendientes, durante tantos años, de esas opiniones contradictorias.

Haberlas, haylas

El Celta de Vigo, un club con solera que no anda muy bien que digamos esta temporada, ha solicitado a la afición que acuda al campo el día del partido con el Real Madrid provista de agua bendita, patas de conejo y cuantos amuletos tenga a mano para impetrar la gracia del triunfo. El pensamiento mágico es indestructible, seguramente, y ha superado en esta vida los más duros embate de su antagonista, es decir, de la Razón pura y dura, empeñada en demostrar que nada hay en la magia fuera de la superstición de sus adeptos. La magia, no se olvide, es el primer sistema de relación causal que la especie cree descubrir en la Naturaleza precisamente como instrumento para controlar sus efectos y, en la medida de lo posible, domeñarla a placer. A los primitivos que los etnógrafos trataban de desmontarle su fe en la magia, el empeño civilizado les producía el mismo desconcierto y, llegado el caso, idéntica consternación que a los racionalistas les produce la propaganda mágica, algo plenamente explicable puesto que la intuición mágica, en sus diversas versiones, constituye, sin duda posible, el alba de la cultura. Mucha gente que conoce bien el componente mágico de viejas religiones como la egipcia y tantas otras, se sorprende, sin embargo, cuando se entera de que los cristianos primitivos –como la inmensa mayoría de sus contemporáneos de otros credos– no le hicieron ascos a una práctica mágica procedía de las cavernas y que solamente comenzó a ser vista con recelo cuando –a pesar de la aceptación tácita de muchos Padres de la Iglesia, que veían en ella la acción de poderes maléficos (‘daimones’)– la organización, ya dispuesta a ejercer su monopolio de las conciencias, mostró la diferencia que, a su juicio, existía entre la acción llevada a cabo por un “práctico” o una bruja y el efecto mágico, sobrenatural, de ese concepto capital que es el milagro. Eso es algo que explica razonablemente sir Walter Scott y que ha enraizado con fuerza en la cultura occidental hasta lograr que aparezcan como pruebas patentes de certeza lo que, en realidad, no son más que convenciones impuestas. No sé por qué va a ser ni más  ni menos racional un hincha céltico sobando su pata de conejo que Lopera besando fervorosamente en el palco la foto del Gran Poder.
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Ahora se habla de la posibilidad (yo diría más bien de la probabilidad) de que el papa felizmente reinante –tras haberse saltado a la torera los cinco años de espera preceptiva para la beatificación de su antecesor–, tal como éste hiciera en vida con la madre Teresa de Calcuta, lo dispense también de los trámites reglamentarios del beaterio de manera que pudiera verse lo antes posible en los altares a aquel carismático pontífice. Y se dice que, en busca de un milagro incontrovertible, los promotores han elegido el caso de una monjita francesa curada súbitamente del mal de Parkinson que tanto mortificó al propio Wojtila, tras encomendarse fervorosamente a él. Ya ven como también en Roma, como en Vigo, no se descarta la posibilidad de superar la férula de la Naturaleza con la pértiga de la fe haciendo del prodigio un milagro o viceversa, un poco como Ovidio parece que creía en los poderes de la bruja ‘Canidia’ o Teócrito en la bella historia de ‘Samaetha’. Lo más probable es que los forofos celtiñas no sean conscientes de esa invisible cadena cultural que quizá debe más a los grimorios que a los druidas, pero como lleguen a ganarle al Madrid después de tanta derrota, a ver quién es el guapo que les discute con éxito la virtud del amuleto o el mérito del agua bendita. La ventaja de lo irracional es que no se discute sino que se practica y a otra cosa. Y encima, por lo general, buscando el remate oportunista en el área de lo aleatorio en lugar de construir la victoria triangulando talentosamente jugadas matemáticas. Nuestros clásicos tienen a esos magos por gente perdida y endiablada. Flaubert en su ‘Diccionario’ anota simplemente en la voz la magia: “Reírse de ella”.

Tomar el pelo

No tiene límites el descaro y el cinismo político. Chaves diciendo que el sector industrial andaluz presenta hoy por hoy gran “fortaleza”. ¡El colmo, pero habrá más, no lo duden! Claro está que el político puede decir esas cosas porque los sindicatos domesticados a golpe de talonario en la “concertación” no sólo se lo permiten sino que lo arropan, no sólo lo ayudan a escapar del compromiso en que se ve como subvencionador de empresas incumplidoras, sino que se retratan con el en plan palmeros. Pero una cosa es dar largas (hablando de Chaves, habría que decir que es lo suyo) y otra muy diferente tener la cara dura de encomiar con fuerte a un sector industrial precario que ha visto venirse abajo bajo su mandato varios sectores enteros y convertirse en precoces jubilados a una legión de andaluces en plena edad laboral. Chaves nos toma el pelo ya sin pensárselo dos veces. No quiero ni pensar qué llegará a proclamar cuando las elecciones estén ya a la vuelta de la esquina. 

Poca vergüenza, mala memoria

Sube de tono el circo tránsfuga con esas comparecencias pidiendo implícitamente el voto para el PSOE y agradeciéndole a éste los servicios prestados. Una vergüenza, no de las titiriteras, cuyo relieve político era y es mínimo, sino de un partido de gobierno que no tiene problemas para acoger bajo su manto a todos los traidores que se vayan fugando del bando contrario. ¡Qué estupendo sería rescatar de la hemeroteca lo que desde el PSOE onubense se largó en la primera legislatura de Pedro Rodríguez con motivo de la fuga al gripo mixto de dos de los suyos, aquellos Damián Vidal y Francisco Cascos a los que, encima, nadie tentó sino que se descolgaron solos y agraviados de la dictadura de Barrero! Repasen esos periódicos y verán lo que se decía de los fugados, del PP como supuesto inductor y del sursum corda. Y luego miren la foto de estos barandas posando junto a las que han traicionado a su partido o escúchenlos ensalzarlas como si fueran heroínas. Poca vergüenza, mala memoria. Con ese cóctel no puede esperarse más que infamia en nuestro corralillo político. 

El pobre Kant

La velocidad que llevan los neurofisiólogos está poniendo en almoneda, como quien no quiere la cosa, muchas de las viejas certidumbres en que se ha ido apoyando trabajosamente el progreso intelectual en cualquiera de sus vertientes. Hace unos días les comentaba aquí el presunto hallazgo de unos sabios que habrían localizado la función predictiva en una zona bien determinada del cerebro y recuerdo que cerraba el tercio con el inquietante colofón del maestro Cioran: “Todo persigue a nuestras ideas, comenzando por el cerebro”. Y hoy debo volver por esos lares para dar cuenta de la pretensión de Antonio Damasio –un sabio premiado hace poco con nuestro mayor galardón, el premio “Príncipe de Asturias”– que afirma haber localizado el área de la gran víscera donde se regulan las emociones y, en consecuencia, según él, donde también se desenvuelve la moralidad. Lo que viene a sostener es que a las personas que padecen alteraciones en la corteza frontal ventromedial de su cerebro –al contrario de lo que les ocurre a las que la conservan sana– se la empluma más o menos la consecuencia de la decisión tomada, es decir, son del todo proclives al utilitarismo de modo y manera que lo tendrán del todo fácil para cortar de un tajo voluntarista el nudo gordiano de la duda suscitada por la conciencia. O dicho en otros términos, que resulta que el viejo imperativo kantiano ése que regía allí donde la razón no dominaba por completo a la voluntad se nos va al carajo la vela si bien si mira por el microscopio electrónico el detalle de una fisiología del alma que cada día que pasa nos derriba sin contemplaciones las más acreditadas certezas. Va resultar que no hay almario que valga en ese laberinto de sinapsis y axones que guarda el minotauro de la tradición a la espera de que le llegue su Teseo confiado en el hilo de Ariadna. El materialismo va como un cañón en este siglo que Malraux tuvo la ocurrencia de predecir religioso.

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No sé qué decirles, la verdad, aparte de que creo que muchos, quizá la mayoría, de estos avances espectaculares responden, por parte de los sabios, a la explicable y humana  tentación de vender la piel del oso antes de cazarlo. Quiero decir que cada vez que se anuncia uno de estos prodigios no tarda en llegar el tío Paco con la rebaja poniendo las cosas en sitio, que no suele distar mucho de aquel donde las habían dejado los desacreditados razonantes que ni podían sospechar siquiera el prodigio neuronal. A mí –que soy lego en la materia, vaya por delante– esta propuesta de Damasio que nos descubre la fisiología de la emoción no me parece tan ajena, en fin de cuentas, a las que hicieran hombres como Hutchenson o Brentano por no hablar de Dewey o del deslumbrante Ayer y su “análisis emotivo de la ética”, no se pierdan la sugestión de esta expresión teórica. La sabiduría se ha desenvuelto históricamente a ciegas, tanteando la conjetura, hasta darse de bruces con estos secretos de la materia que no cabe duda de que ella siempre sospechó, pero que sólo ahora empiezan –y digo ‘empiezan’ adrede– a permitirnos entrever le mecanismo oculto en la panza del juguete. Le he leído a un cronista del hecho que “la Naturaleza tiene mucho que decir a la Filosofía” y, qué quieren que les diga, a uno se le antoja que tal vez habría que plantear ese comentario al revés. Porque no creo que ninguna pesquisa de laboratorio acabe desmontando las intuiciones de Hobbes o de Spinoza ni liquidando por inservible el concepto estrella del pobre Kant. Quién sabe si el destino del materialismo es simplemente confirmar la intuición especulativa, demostrar que no eran del todo artificiales las “construcciones” que atraillaban la conciencia en aquellos imperativos ‘problemáticos’ o ‘asertóricos’ con que se torturaba antiguamente a los seminaristas. ¿De verdad sabemos ya en qué recodo del córtex tiene lugar la elección moral o ética? Me temo que ese oso anda todavía vivo retozando con sus salmones.