Carta de ajuste

Para carta de ajuste la que le ha puesto el Tribunal Supremo a la tele de la Junta,m esto es, a Canal Sur, al declarar nula –a Instancia de la Asociación de Licenciados en Imagen y Sonido de Andalucía (ALISA)– una convocatoria de empleo con la que ese ente, cada día más politizado y dependiente, trató de legalizar la situación laboral de 232 trabajadores que venían trabajando en la cadena pública, circunstancia que al alto tribunal le parece, con sobrada razón, que vulnera los principios de igualdad, mérito y capacidad exigidos por la Ley para el acceso a la función pública. La sentencia puede tener imprevisibles efectos sobre la situación del perosnal de la RTVA toda vez que afectará jurisprudencialmente a otras convocatorias que la cadena, en uso y abuso de un criterio exclusivista y partidario, tiene convocadas en este momento. Canal Sur no es una excepción en el panorama funcionarial/laboral de una autonomía a cuya Junta le han sido anuladas ya, en varias ocasiones, intentos similares de “colar” de matute a trabajadores “propios” mientras una legión de compañeros vegeta en los pasillos, víctimas de su presunta actitud crítica o simplemente no partidaria.

Una nueva película

Ni entro ni salgo en el proyecto de Unión, Progreso y Democracia (UPD), en el que tantos viejos amigos tengo, pero rechazo de plano el desdén con que el que se pretende descalificar a esos antiguos dirigentes del PSOE (alguno de primer nivel) en nombre de una injusta lógica de la fidelidad partidista. No conozco uno de esos nuevos dirigentes que tenga una mala otra en el expediente y nadie podrá decir de ellos que traicionaron a los de dentro mientras dentro militaron como, por cierto, fácilmente podría decirse de muchos dirigentes de hoy que en su día apuñalaron por la espalda a su Ejecutiva e incluso a los mismos que los habían investido sacados de la nada. El UPD tendrá mejor o peor fortuna, ése es otro asunto, pero quienes en él se agrupan huyendo de la quiebra manifiesta de los principios tienen todo el derecho del mundo a ensayar una nueva aventura democrática.

Preceptores y maestros

La actual generación principesca española fue a un colegio privado madrileño, un colegio de élite, ni que decir tiene, en el que´, en tiempos remotos, afanábamos unos duros impartiendo clases particulares algunos elementos bien significados entre el rojerío universitario. Éramos nosotros, más que infiltrados o quintacolumnistas en el ‘alma mater’ de la altísima burguesía, los sucesores de los preceptores antiguos, es decir, de la tradición de la enseñanza doméstica reservada a la “upper class” que todavía le dio tiempo a disfrutar al actual jefe del Estado bajo la atenta tutela del mismísimo Franco. Los jóvenes de privilegio se han educado siempre aparte, separados de la “gentecilla del común”, que se iniciaba al saber en la mísera escuela regentada por un maestro hambriento armado de un puntero en una clase machadiana con las paredes ilustradas por escenas bíblicas, y el sistema no era otro que el empleo de un profesor exclusivo que se integraba sin mayor dificultad, junto a criados y camareras, en el servicio de la casa. De manera que la llamada “home schooling” o enseñanza dispensada dentro del hogar no es sino un caso más de redescubrimiento de una institución un día abandonada por presuntamente obsoleta que, de pronto, se revela viva y bien viva. Viene ello al caso a propósito de ese expediente que la Junta de Andalucía acaba de abrirle a unos padres de modestísima condición que, por lo que sea, han decidido educar a su hijo en casa, en uso del derecho a la libertad de enseñanza que consagrada nuestro ordenamiento, pero que para la Administración no incluye ningún régimen educativo sin apellidos: la enseñanza, o es pública, o es privada o es de las que ‘conciertan’ con aquella su tarea; el resto, no existe. O bueno, sí que existe, con la sola condición de que la familia cimarrona sea pudiente en grado bastante. Los hijos de la clase media acomodada se educan hoy en EEUU o en Inglaterra pero hay casos –me consta– en que sin salir del territorio es posible disponer el tinglado de tal forma que un profesorado escogido enseñe y otro, oficial, refrende en su momento el resultado. Es caro pero es bueno y está reservado, ya digo, a familias de privilegio. Para el resto, expediente (¡de abandono familiar, nada menos!) que te crió.

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El celo de los arcángeles autonómicos contrasta especialmente a unas semanas de distancia de la muerte de una madre desposeída de su prole a la que –a pesar de estar avalada por diez sentencia– se la negado incluso el aguinaldo impuesto por los jueces en concepto de indemnización por lo que ellos mismos califican de “largo y tortuoso calvario”. Pero en cualquier caso habría que preguntarse –como ha hecho el Defensor del Pueblo– qué buena razón pueden impedir a unos padres educar a su hijo en casa, fuera de una escuela manifiestamente desacreditada y en la que ni siquiera es posible garantizar la protección del menor frente a las numerosas asechanzas que sobre ella se ciernen. Más bien serían esos padres, digo yo, quienes estarían legitimados para demandar a una enseñanza pública fracasada e incluso para recurrir al único sistema capaz de proporcionarle al niño un aprendizaje normal, a salvo de los inconvenientes o riesgos de un sistema docente abducido por los fanatismos de diverso signo y que no dispone siquiera de medios adecuados para proteger a los pupilos. Empapelar a un albañil, como es el caso, por lo mismo que pueden practicar a su modo los padres pudientes, más que un exceso de celo, es una obscena exhibición de injusticia por prate de esos vigilantes de lo que les conviene, que se pasan el curso mirando para otro lado a fin de no ver lo que no ver no desean. La crónica del ‘Domine Cabra’ es un paradigma de nuestra convivencia como lo es la ‘Casa de la Troya’. Lo malo es que, entre uno y otra, hay todavía padres perseguidos por intentar apenas superar ese cliché.

Bromas urbanísticas

Leo divertido en el periódico que en Carboneras –imaginen a donde han ido a poner la era, a estas alturas– la Justicia ha abierto una investigación para poner en claro las circunstancias en que han sido edificadas ciertas “casas ilegales”. ¡A buenas horas mangas verdes! ¡Pero si entre Marbella Y Chiclana (por no emborronar mas el mapa autonómico) hay miles de viviendas sin papeles cuya “legalización” propugna la Junta a costa, naturalmente, del contribuyente! Hay provincias donde incluso se han registrados casos (en plural) de alcaldes y concejales que han construido las suyas sobre terrenos prohibidos camufladas como casas de labranza, y ahí las tienen, tan campantes. Ahora que lo que tendría guasa sería que en Carboneras se echaran abajo esos chiringuitos mientras porfiado el hotel condenado por el ministerio y la Junta sigue en pie. El urbanismo es un cachondeo con la única condición de que el/la cachondo/a tenga siquiera un par de galones.

Palabras, palabras

Shakespeariano estuvo ZP en Almonte –“palabras, palabras, palabras”–, a donde fue, según confesión propia, forzado por la insistencia del alcalde Bella, no por propio impulso. Habló, encomió, agradó, sonrió y demás, pero limitándose rigurosamente a un compromiso estrictamente retórico: tenacidad, humildad, integración, transformación, convivencia, tolerancia, respeto, buena imagen, trabajo… y pare usted de contar. De hechos, nada, ni un duro prometido, ni un gesto de compromiso al menos futuro. Nada. de nada Es verdad que bastante descuadrado está ya el Presupuesto a fuerza de tirones catalanes y aguinaldos para salvar a la ministra de Fomento, pero, hombre, siquiera como alquiler simbólico de Doñana, algo, una miseria cuando menos, podría haber dejado en los zapatos ilusionados de tanto ingenuo. A ZP no le interesa Huelva mas que en campaña. Van a verlo otra vez dentro de bien poco.

Las cuatro velas

Como todos los años, asistimos indiferentes a la compleja liturgia laica del adiós y la bienvenida al tiempo fugitivo. Nos bombardean con ofertas y sugerencias, desde las meramente oportunistas que animan a comprometer buenos propósitos, a las que, sin más, tratan de estimular nuestro consumo, pasando por las que ofrecen mágicos remedios para lograrlos o, más ampliamente, para propiciarnos buenamente el tiempo recién estrenado. Cuatro velas encendidas desde la media tarde hasta la media noche–blanca, verde, dorada y argéntea– tendrían el poder de ponernos a bien con ese incierto destino favoreciéndonos con bienes espirituales pero sin olvidar los de naturaleza estrictamente material, un sabio francés aprovecha la efemérides para publicar el resultado de una investigación en la que la sagacidad universitaria –en estos tiempos malgastada en tantas pamplinas– habría descubierto que los buenos propósitos propios del tiempo no se cumplirán, en grandísima medida, sino que se verán sublimados, una vez más, en esa efímera aspiración a la mejora que la inmensa mayoría utiliza a efectos más que nada decorativos. Asombra la capacidad que tiene el hombre para organizar estos complejos acontecimientos comparables tan sólo, en su magnitud y popularidad, a su propia capacidad banalizadora. Más de cien millones de mensajes telefónicos se enviaron en España esa noche mágica, trece de ellos en el breve espacio de tiempo que separa las ocho de las nueve, beneficiando a tres de nuestras operadoras con quince millones de euros mientras la cera de las cuatro velas se derretía tan sólo a medias. Nunca la necesidad de comunicarse fue tan vehemente como en esta hora dudosa ni tal vez jamás fue tan gratuita e injustificada. Otro sabio asegura que entre esta súbita pulsión afectuosa y el desapego habitual rige un contraste irreductible y que, si es cierto que el español ha enviado treinta y tres ‘sms’ de media, también lo es que un escandaloso porcentaje de vástagos –escrupuloso a la hora de elegir el color de las bragas o a la de calzárselas del revés– se ha olvidado de llamar al pobre viejo aparcado en el asilo. Ya pasó, menos mal. Todos los pronósticos apuntan, en cualquier caso, a que la estadística del año próximo será todavía más favorable para las operadoras.

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Este extraordinario montaje pacificador de los buenos deseos, que es ya prácticamente universal, tiene que ver y no poco con las primitivas prácticas del “potlach” que los antropólogos han divulgado sobradamente, es decir, con esos rituales despilfarradores que, entre los pueblos bárbaros, actúan como previsores sustitutivos de la violencia habitual. El pescador esquimal –lo ha contado Marvin Harris entre otros– dilapida con prodigalidad inaudita la fortuna acumulada durante el año ofreciendo a sus vecinos, y por lo mismo, enemigos eventuales, un fastuoso ágape que, en su día, deberá ser correspondido como es debido, ceremonia en la que la emulación sustituye a la furia garantizando una paz nunca asegurada pero siempre posible. Y los occidentales hemos desarrollado esa idea al punto de conseguir un “potlach” universal en el que la carne de ballena ha sido sustituida por la palabra y la generosa candela de sus grasas derrochadas en luminarias por la ilusión hertziana de una memoria impuesta por el consumo. Es desoladora la imagen de aquellos primitivos de vuelta, ahítos y beodos, a sus territorios nevados, tras la orgía convenida, pero no más, ciertamente, que la idea del “día después” que entre nosotros renovará el calendario de la hostilidad o, simplemente, de la indiferencia. Cien millones de abrazos cifrados, toda una apoteosis de la fraternidad y una feria fugaz del improbable humanismo de esta especie abducida por la sugestión de la competencia y el imperio de la brutalidad. Ni que decir tiene que la que se ha forrado, como siempre, ha sido la intendencia.