Tragedia y espectáculo

Es duro tener que nadar contra corriente y obvio que lo más fácil en el caso del presunto secuestro de la niña del Torrejón será hacer bulto en la bulla reclamando justicias que no están al alcance de la mano de nadie o proponiendo novelerías –la intervención del  presidente del Gobierno incluida, que ya me dirán en qué puede quedar, aparte de unas cuantas palabras– que prolonguen el espectáculo y profundicen la tragedia familiar. Un presunto secuestro o lo que sea finalmente el caso, no va a ser descubierto porque se movilice al personal y se grite en la calle con el ojo puesto en la cámara del telediario. Otra cosa es que la familia bregue y no descanse, y que las policías extremen unos esfuerzos que sería insensato no suponerles. La suerte de esa niña no va a resolverse en la calle. La única solidaridad posible y razonable es la que las instituciones, como sin duda están haciendo ya, puedan prestarles sin regateos.

Panes y peces

Es posible que la discusión mayúscula que nos aceche la temporada venidera gire alrededor de la clonación o, más concretamente, en torno a las inmensas posibilidades de multiplicar con carecer exponencial la producción de alimentos que el hombre está descubriendo y aplicando a pesar de la resistencia vigorosa del ecologismo de todos los colores. No es cosa de detenerse en la cuestión previa de si merece la pena correr ciertos riesgos –incluso indeterminados y, en consecuencia, de lo más inquietantes– con tal de sacar de la hambruna histórica a la inmensa muchedumbre del mundo pobre y, oigan, no seamos exquisitos ni ingenuos, también de la del mundo desarrollado. Recuerdo muy bien que cuando la alarma de las “vacas locas” atemorizó a Occidente hasta el extremo de decidir la eliminación masiva del ganado, la República Democrática de Corea (y no se rían del título, por favor) solicitó de la ONU su  mediación para que aquel enorme desperdicio se evitara desviando el ganado sospechoso hasta sus mataderos, y no s eme olvida la razón del “líder carismático” (al que, por una vez, era preciso darle la razón) de que a ver qué más le daba a un coreano morir desnutrido o de inanición frente al incierto riesgo de contagio que los sabios anunciaban sin concretar desde la sociedad opulenta. Es probable, en todo caso, que los productores de transgénicos, sobre todo en USA, tengan los mercados subrepticiamente repletos de esos productos revolucionarios, entre los que ahora se anuncia también, al parecer con carácter definitivo, la carne clonada, es decir, el solomillo o el jarrete de, pongamos una vaca, clonada de otra, es decir, “producida” artificialmente por este demiurgo asombroso que es el mono loco. Veo en la prensa el anuncio de verduras genéticamente modificadas para potenciar su carga de calcio, sales simuladas a base de yerbas y especias, agua depurada de los mares primordiales, frutas y hortalizas gigantes o archinutricias, peces y crustáceos artificiales cebados en sus cetarias y piscifactorías, y comprendo que, se oponga quien se oponga, este ‘sprint’ que hemos emprendido tan ruidosamente no va a parar hasta romper la cinta con el pecho. ¿O es que no nos acordamos de lo que hemos sido y seguimos siendo capaces de comer empujados por la necesidad?
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No ha habido avance decisivo sin resistencias, nunca el progreso dio saltos limpios sino, todo lo más, cabriolas aplaudidas por unos y rechifladas por otros. Y tampoco lo habrá ahora, en esta batalla formal entablada entre los meritorios e ingenuos defensores de la “naturalidad” de la vida y esa especie de ‘daimón’, esa suerte de oculto y “pequeño motor” –de que han hablado razonantes como Étienne Klein, por ejemplo– y cuya es la responsabilidad de todo avance, incluso del imaginario del Tiempo confundido con el “devenir”. Ya consumimos, sabiéndolo o de modo inocente, lubinas y doradas de fábrica, leches o zahanorias enriquecidas, y menos mal que nos enteramos a tiempo de que la vacada inglesa había sido alimentada con pura cadaverina del manso cordero modorro. Aunque, ojo, esto no es un elogio del sucedáneo ni una apuesta por el artificio; es simplemente, una proyección lógica basada en el hecho de que un mundo que no es capaz, ni sabiéndolo se sobra, que mueren multitudes hambrientas sobrando los alimentos por toneladas, es un mundo “no sostenible”, como ahora se dice por doquier. Dicen que no sabemos que acabará ocurriéndonos –dies incertus an incertus quandum–  por comernos esas langostas de bajura. Me acuerdo de Corea y me quedo sin argumentos. Y no les digo nada si me acuerdo de Sierra Leona.

Utilidad de la bisagra

IU y PA van a ir de bisagras a las elecciones. Dirán lo contrario, ya lo verán, pero de bisagras acabarán yendo a las próximas como han ido en las anteriores. El andalucismo es un  solar ruinoso, cierto, pero, miren, quién sabe, con menos se han hecho fortunas. IU es una jaula de grillos, con sus profetas domesticados y sus burócratas profesionales. Y el PSOE lo sabe y, como es natural y lógico, lo tiene más presente a medida que parece oscurecerse un horizonte que empieza a recordar a otros poco tranquilizadores, razón por la que habla continuamente de “pinzas” malignas a pesar de que Chaves haya debutado montando la suya con la extrema derecha almeriense. Hay mucho dinero por medio, la autonomía hace tiempo ya que es un emporio, y unos y otros lo saben. De manera que habrá pacto en caso de que el PP no obtenga mayoría suficiente, aunque esta vez no le habría de salir casi gratis al “régimen”, como las anteriores.

Idiotismos ‘de genero’

Lo de “jóvenes y jóvenas” que inmortalizó a Carmen Romero no es nada comparado con lo que luego ha venido cayendo a medida que arreciaba el tsunami ignorante de que en español la regla de –RAE ‘dixit’– el masculino genérico. El lehendakari, sin ir más lejos, dejó caer en su discurso de Navidad un saludo que, junto a los consabidos, “ciudadanos y ciudadanas, vascos y vascas” dejó caer, el muy membrillo, un “nosotros y nosotras” sobre el que no me detengo a ironizar. Y aquí en Huelva, la candidata calañesa Cinta Castillo parece ser que clamó en una asamblea de las suyas: “Compañeros y compañeras, concejales y concejalas, cargos y ‘cargas’ ”. Es el triunfo final del idiotismo “de género”, que empieza diciendo que no sube a un estrado porque en él hay un varón (como Castillo) y acaba un insultando de rebote a sus colegas. Eso sí, cuando hay que defender a una mujer de “uno de los suyos”, chitón y paso largo. Al fin y al cabo el empeño feminista en los partidos sigue siendo una estrategia controlada por los machos. Que le diga Cinta Castillo lo contrario a Barrero y verá.

Teoría del color

No me parece raro sino quizá todo lo contrario que la ambigüedad ideológica, sobre todo en política, se compense con el radicalismo conceptual. Puede que desde el PSOE, por poner un caso, se eche mano del concepto de “extrema derecha” para descalificar al adversario justamente porque se ha convertido en un auténtico tópico decir que entre ambas opciones, entre la socialdemocracia reinante y el conservatismo opositor –o para ponerle nombre y rostro a la propuesta, entre Solbes y Rato– no existen, en realidad, diferencias apreciables de programa, lo que equivale a decir que, como quien no quiere la cosa, sus recíprocos desplazamientos hacia el Centro han vaciado de contenidos específicos sus respectivos idearios para reunirlos en un cliché pragmático que lo mismo valdría para uno que para otro. Escuchar a ZP proclamarse “rojo” no tiene otro sentido que el que pueda derivarse de la provocación  misma o el que guste atribuirle la coquetería narcisista que es el complemento inevitable de la “mala conciencia”. Y nada les digo oírle a Chaves  asumir en vacío esa metáfora rancia — que, por tantas y diversas razones, con poca gente pega tan poco como con él– avisando que la asumiría con gusto como si todavía existiera realmente la posibilidad de que algún energúmeno o un despistado irredimible fuera capaz de confundir a un dirigente como él con el perfil que implicaba aquel feroz apelativo. La solución del falso debate sobre la vigencia de la vieja dicotomía derecha-izquierda se resuelve sola con sólo comprobar que el propio calificativo (‘rojo’ por ejemplo) se ha convertido en una “res nullius”, en una cosa que a nadie pertenece por derecho, y de la que, en consecuencia, cualquiera puede apropiarse sin mayores (ni menores) consecuencias. Yo no diría siquiera que Julio Anguita sea un ‘rojo’, a pesar de ser él uno de los pocos, si no el último, que se descoyunta tratando honradamente de mantener vivo el paradigma de la frustrada utopía. La política de colores se le creen hoy menos que nadie los contados anacrónicos que tratan de utilizarla a falta de una utopía genuina.  Disculpen mi renuncia a  bromear con unos cuantos nombres.
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Un buen ejemplo lo tienen en el recibimiento dedicado a Pizarro, silencioso en un primer momento de incómodo estupor, y basado luego en simples y ridículos  improperios que van desde el “indecente” que le ha dedicado la Vicepresidenta, al de “tiburón” que han salmodiado por ahí los monaguillos, mientras el aludido repartía efusiones negándose en redondo a entrar al trapo de las provocaciones.  En política, cada vez más, “se está”, no “se es”, recuerdo que dijo ya Ernst Jünger, y a ver qué vamos a hacerle los que únicamente tenemos el recurso de votar cada cuatro años y con una ley electoral que es un cachivache, lo cual se lo pone de lo más fácil a los oportunistas, como es lógico, mientras desanima a tope a los espíritus éticos. Y por eso precisamente carece de sentido acogerse a nociones anticuadas, hoy sólo posible a título de caricatura. ¿ZP o Chaves rojos? ¡Amos, anden! Lean las memorias de Manuel del Valle, el ex-alcalde sevillano, amigo y testigo privilegiado de los años difíciles, si quieren ver lo lejos que quedaba este burócrata eternizado de los que en su época se ufanaban todavía de ese título revolucionario. Cuentos. Este personal está apalancado en el punto idóneo sugerido por los sondeos pero en cualquier momento puede desplazarse, como tantas veces hizo ya, hacia donde mejor le convenga. A más de uno puede que le resulte doloroso tener que renunciar a esa identidad cromática con tal de no coincidir con espontáneos como estos hijos y nietos del antiguo régimen.

El silencio “de género”

El presidente  Chaves ha debido pedir públicas disculpas a los ciudadanos (quiero decir, a los votantes) por el increíble despido en masa de las interinas despedidas por al consejera de Educación por estar embarazadas. Lo propio debería hacer Valderas, o quien mande de verdad en esa casa de locos, ante el despido de otra mujer grávida de una administración gobernada por esa otra “izquierda”. Cuesta entender, sin embargo, el silencio de las organizaciones femeninas del PSOE, que tanto poder tienen, desde el Instituto Andaluz de la Mujer al “Lobby de mujeres” famoso que, por lo visto, no se preocupa más que de ellas mismas. Cuando un concejal o un alcalde del PSOE ha zurrado a una dama en Aracena o en XXXXXXX, ni una de esas voces se ha levantado para clamar en el desierto. Cuando una madre martirizada ha muerto sin conseguir la indemnización otorgada por al Justicia y prometida por al propia consejera, ídem de lo mismo. A eso le llamo yo “silencio de género”. Ellos, seguro, le llamarán de otra forma.