Cargados de razón

Muchas cosas le ha dicho CCOO a UGT, es decir, José Delgado a Luciano Gómez, con motivo de la proyectada manifestación en defensa del empleo industrial que así, como quien no quiere la cosa, le metería sin disimulo el sindicato a la precampaña electoral, pero ninguna tan rotunda y elemental como la razón de que “éste no es el momento para la manifestación planteada porque puede redundar en el enfrentamiento ciudadano” impidiendo el indispensable “consenso mayoritario” en toda la provincia. La verdad es que poco espacio le está dejando esta vez CCOO a su competidora, pues esa clamorosa evidencia descubre sin remedio el propósito partidista de Luciano Gómez. Y lleva razón en que un problema básico y clásico como ése no debe resolverse sin todas las garantías y menos convirtiéndolo en arma electoral de una formación política. Es difícil saber si  UGT está todavía a tiempo de evitar ese “enfrentamiento”, pero si no encuentra una salida no es dudoso que habrá de pagar un alto precio ante la opinión.

Altos Pirineos

El reciente acuerdo suscrito por los titulares de Educación francés y española para establecer, a partir del año 2011, un plan de estudios bilingüe que permitirá a los alumnos de ambos lados de los Pirineos –en adelante, los “bachibacs”– obtener un título único al final de la Enseñanza Media, podría ser un primer paso en la inaplazable reacción frente al monopolio del inglés que está abduciendo enteramente ala Unión Europea. El auge creciente del inglés ha forzado hace poco cierta protesta de los socios, mal dispuestos a admitir que las instrucciones de Bruselas exijan el uso exclusivo de este idioma en determinados ámbitos, pero cualquiera con sentido común no debe albergar ni la menor duda de que cualquier resistencia que imaginemos en este sentido no ha de pasar de testimonial. Para España, desde luego, no sería mala cosa la difusión del francés, no sólo por proximidad lingüística, sino de cara a la posibilidad futura de que el español, combatido sin contemplaciones dentro de nuestras fronteras, conservara en cambio la posibilidad de funcionar como nexo con el continente hispanoamericano, aquel sueño de García Morente que se quedó olvidado en el camino. Lo que no sé es si resultará fácil homologar por las buenas lo que se enseña a uno y a otro lado de los Pirineos, sin contar con la dificultad intrínseca que supondrá el aprendizaje del francés en España –e imaginen el del español en Francia– una vez que hemos ido desmantelando con más prisa que pausas nuestro propio profesorado. Incluso la vieja institución del liceo, que antaño garantizó una razonable francofilia a aquel país, no es ya lo que era ni mucho menos. Yo recuerdo bien cuando en España era posible en esos centros estudiar un doble bachiller o, en su defecto, alcanzar un aceptable dominio de la lengua y la civilización francesa (porque se decía así, ‘civilización’ y no ‘cultura’) mediante un eficaz sistema de “certificats” antecedentes de los actuales ‘Delf’ y ‘Dalf’ pero tal vez más rígidos. A mí mismo me alcanzó la oportunidad de ser evaluado por personajes de primer orden en el hispanismo –por entonces destinados en la embajada madrileña–como Georges Demerson, minucioso conocedor de nuestra cultura ‘ilustrada’, el auténtico descubridor del nuevo Olavide, Marcelin Défourneaux, o un Paul Guinard, que figura entre los eximios conocedores de nuestra pintura barroca, en especial de Zurbarán y de El Greco. Con aquel sistema y gente como la citada todavía resultaba imaginable una discreta homologación que permitiera la fantasía del viejo embajador francés que creyó ver hundirse los pirineos cuando Felipe de Anjou aceptó nuestra corona. Con lo que hoy tenemos a  la vista, no sé qué decirles.
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Puede que el bochornoso espectáculo ofrecido por ZP en su ingenuo estreno parisino haya pesado en el ánimo de nuestros responsables para propiciar este invento. Ahora bien, ¿cómo ignorar el desfase que existe entre nuestros planes de estudio y, sobre todo, entre las realidades escolares de un país, como España, puesto a caldo en el Informe PISA y otro, como Francia, en el que su flamante presidente abrió su mandato proponiendo a los maestros de su país nada menos que la ‘refundación’ de la escuela? Ignoro en qué podrá acabar este sugestivo proyecto pero parece obvio que, de seguir adelante con él, habrá que tocar a rebato en las propias covachuelas desde las que se ha permitido la decadencia de un idioma hoy, por lo demás, en franca inferioridad frente al codiciado inglés de nuestros ejecutivos. Cuesta imaginar a esos “bachibacs” bilingües y emparejados por no sabemos qué milagro pedagógico, pero ciertamente su mera propuesta constituye un estímulo para tantos como nunca nos hemos resignado a contemplar cómo la ‘koiné’ inglesa unificaba el rico mapa hablante de la vieja Europa. Barbey  proponía hablar varias lenguas aunque charláramos sólo en una.

No se lo creen ni ellos

Estos días (del 12 al 14 de enero) se conmemora (¿) el noventa aniversario del nacimiento del andalucismo, es decir, de la famosa Asamblea de Ronda de 1918 y de la que tanta gente vive sin saber siquiera de qué habla. Por supuesto, el profesor Lacomba y los inasequibles al desaliento (con significativas ausencias, además), han tremolado la bandera y clamado sin gran eco, pero ni siquiera los que aprovecharon el paso del Pisuerga por Valladolid que fue el sincero aunque desafortunado comentario de Vidal-Quadras sobre Blas Infante, para hacer presa en el PP, se hayan acordado ahora de la efemérides. ¿Saben lo que ocurre? Miren, yo no soy Vidal-Quadras pero les digo sin encogerme que en la autonomía andaluza no cree ni ha creído nunca esta Junta que ha hecho de ella un “régimen”, como no creen ni de lejos en la paternidad de Infante ni en sus símbolos. El andalucismo le ha dado de comer a muchos. La diferencia con otros nacionalismos es que aquellos comensales, al menos, se creen el mito que nos cuentan.

La historia es hoy

Antier decían desde el PSOE onubense, para enterrar definitivamente el fracaso del Gobierno en el desastre de Aljaraque (once asaltos a domicilios en menos dos meses) que ese caso “era ya Historia”. Pero, lo que son las cosas, casi al mismo tiempo, un grupo mafioso (¿o no es una mafia una organización plurinacional organizada?) secuestraba a unos cuantos ciudadanos en Cartaya, suceso que el solícito alcalde, el comandante Millán, ha minimizado como simple “retención” y “ajuste de cuentas” entre mindundis del “trapicheo al por menor”. Y no señor: en Huelva está manifestándose un alarmante movimiento mafioso al que hay que atribuir todos esos asaltos a domicilio o este secuestro, sin que el delegado lego, Manuel Bago, sepa qué hacer con esa patata caliente. Seguro que las policías están haciendo su trabajo, también que la dirección política no sabe dónde está de pie. Y con la seguridad no se juega. En Huelva están actuando bandas organizadas o mafias y urge desmantelarlas, incluso si ello exige sustituir al director de orquesta por un músico auténtico.

Romance de lobos

La historia de la liberación de los rehenes de la FARC, esa estudiada comedia sospechosa de principio a fin, lleva camino de pervertirse definitivamente en basura sentimental. Nadie hace gran caso al mediador Chávez ni da un duro por Uribe mientras en gran parte de la prensa mundial –fíjense qué oprobio– gana terreno la crónica de la rehén y el guerrillero, el romance de lobos surgido en plena jungla, como una demostración más de la imprevisibilidad del amor, ese incendio incontrolable que se lleva por delante toda lógica posible. Nada de ‘síndrome de Estocolmo’, por supuesto, menos todavía de postfreudismos contrahechos ni hondas elaboraciones psicologistas: lo que deslumbra a la muchedumbre es el technicolor de esa pasión impropia entre la candidata y el rebelde, ese arrebato fatal entre la dama y el verdugo, con su truculento epílogo del hijo habido en un parto mosquitero y arrancado de los brazos de la madre para ponerlo a salvo en manos de un campesino hambriento, y su odisea posterior hasta ser identificado –en el penúltimo instante, repito– comparando su ADN con el familiar. El romance de lobos, en definitiva. La vidriosa relación insinuada por Polanski en “La muerte y la doncella”, entre el sádico torturador que amenizaba su maldad con el cuarteto de Schubert y la pobre víctima de los ojos vendados. O la vivida por la adolescente y el guardián del campo de concentración que Liliana Cavani cuenta en “Portero de noche”. Dicen que no es raro el caso cuando la desesperación perturba definitivamente las defensas naturales y el sufriente sublima su desolación dejándose seducir por el sayón. Puede. Y está claro como el agua que ese guión funciona en la imaginación de la mayoría, acaso porque conecta subliminalmente la necesidad con el oscuro fondo autodestructivo que acecha en la penumbra irracional. La ‘Justina’ de Sade, ‘La venus de las pieles’ de Sacher-Masoch, tantos montajes en los que la sumisión se decora o maquilla amorosamente, no inventan un universo psíquico sino que retratan crudamente el secreto que se agita en la sentina humana. La historia que nos ha traído de la selva Clara Rojas es tan vieja como todos nosotros.
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Una indecencia sobre otra, no la seducción de la víctima, claro, sino el éxito mediático de una farsa a la que el romance –¡y no digo nada del escabroso destino del niño Emmanuel!– le ha venido de perilla para encubrir la miseria de los pactos canallas, tanta mentira, tanto descontrol, tanta tolerancia, y hasta una reivindicación del terrorismo a cargo del gran bobo venezolano. Pero ahí está, una vez más, el recurso infalible al folletín, el ‘remake’ una y mil veces reeditado de ‘la dama y el vagabundo’ sólo que prestigiado a través del filtro que colorea de tonos heroicos la tremenda realidad del cautiverio hasta reconvertirla en aventura. Hay cientos de Claras retenidos en los escondites de la guerrilla, padres sin hijos, hombres sin mujeres, almas solitarias que no interesan de momento al mundo aunque no se puedan descartar, visto lo visto, nuevas mediaciones y nuevos romances, amores paradójicos o inauditas pasiones –humanas, demasiado humanas– de ésas por las que se pirra el lector, y no sólo el de ‘tabliodes’. Hubiera preferido una salida esquiva, sin cámaras, sin poses de estudio, ajena por completo al complejo entramado publicitario que ha rodeado el pestilente asunto, una salida que dejara ver en su auténtica condición de banda narco a esa guerrilla disfrazada, una liberación que no se rebajara a prestarle su quizá inevitable miseria a la comida de las fieras, en lugar de esta impúdica puesta en escena de la que no se ha librado ni el niño perdido y hallado sentado entre los doctores y en pleno genoma. ¡Ah, el amor entre la rehén y el sicario, la impagable historia de amor entre la capuleto y el montesco! Me quito respetuoso el cráneo ante quien la haya diseñado.

Chalés de concejales

Otro chalé ilegal de un edil, en este caso de un ex-alcalde de El Puerto, como antes de una ex-alcaldesa ‘sociata’ de Moguer, luego otro del  portavoz de su mismo partido en el Ayuntamiento de Lepe y tantos otros casos. El urbanismo parece no tener solución honesta, aunque en realidad lo que sucede es que ningún partido tiene voluntad de atajar ese negocio indecente en que se ha convertido. Pero si ya es grave –y, sin duda, lo es– la mangancia de los ediles, más intolerable resulta que personas que han ostentado u ostentan la representación del pueblo y, en consecuencia, manejan su poder, se beneficien directamente concediéndose a sí mismas lo que niegan a los demás con dureza y con toda la razón. Con una curiosidad añadida: que no hay noticia de que ni uno solo de ellos haya echado abajo la construcción ilegal, como no la hay de que ni uno solo haya devuelto la pasta que afanó. Esa es la mayor vergüenza de la llamada “Administración cercana”. Suya es buena parte de la responsabilidad del enorme descrédito caído sobre la gestión democrática.