El culo de España

No se decía desde que Unamuno (si es que lo dijo) lo dijo de la isla canaria donde lo desterró Primo de Rivera, pero lo ha dicho el diputado provincial del PSOE onubense Francisco Sánchez: “Huelva está en el culo del mundo”. Ahí queda eso, para que su vecina de escaño, la sofisticada candidata a la alcaldía, tenga ocasión de hacerle un mohín de reproche y los estrategas de la mesa-camilla se animen a darle un cosqui en condiciones a semejante lenguafloja. El PSOE –pero también IU, el PA y hasta la tránsfuga bienpagada—están de acuerdo en que se prive al Polo onubense de ese instrumento que es el tráfico de contenedores, algo que habrá que recordarles –a todos—la próxima vez que saquen la bandera de ese Polo tratando de darle con el asta al alcalde o a cualquier otro adversario. No sabemos qué puede impulsar a ese huelvano a decir que Huelva es el culo del mundo aunque, bien pensado, no resulta demasiado difícil conjeturarlo. Eso sí, todos y todas  los/las que callaron antier en la Dipu comparten el agravio que ese grosero indocumentado ha tratado de inferirle a la capital y a la provincia.

El cierre categorial

Buena se ha armado con los comentarios de Gustavo Bueno al futuro Estatuto andaluz. Le han dicho de todo y hasta le han pedido –¡van listos!—que rectifique o se la envaine por decir que ese texto está redactado desde una “incoherencia total”, o sea, más o menos lo que muchos andaluces, algunos señeros, vienen diciendo hace tiempo, o por afirmar que supone un ataque a la unidad de España y que sus arrebatados amanuenses no saben de qué va la vaina cuando hablan de una Andalucía milenaria, ya que Al-Andalus es –y a ver quién le discute eso al autor de “El cierre categorial”—“una denominación medieval que tiene que ver con los vándalos y con el Islam”. Lo he llamado por teléfono, en plan maestro Muñoz Rojas, y me lo he encontrado abismado , como siempre, en su trabajo, bajo la ola de frío que mantiene al Principado en una tiritona: “¡Pero, hombre Gustavo…!”. Hay filósofos lejanos, descomprometidos con su realidad, más atentos, en definitiva, a darle al manubrio del ludibrio y a entretener al personal con sus juegos malabares, un personal que se siente por encima de la gentecilla del común y cree –salvadas las distancias, como los redactores del preámbulo famoso de Estatuto–  que es como más propio de su dignidad intelectual enredarse con afirmaciones del tipo de “El ‘quien’ del Dasein soy ‘yo mismo’, pero soy yo sólo en la medida en que ‘soy con’ ”, no sé si me comprenden, o tal vez que ese ‘Dasein’, como ser determinado, “es negación de la negación en tanto que es por la exclusión de otras entidades que no son él”. Y los hay como Gustavo que tienen el cuajo de sostener en plena tele, para que se les entienda todo,  qué qué coños es eso de que toda opinión haya de ser respetable,  y poseen la entereza necesaria para espetarle al personal que su escepticismo teórico frente a los nacionalistas andaluces es simétrico del que siente por el de los vascos. “¡Pero, hombre, Gustavo…!”, intento de nuevo. Todo inútil. Los filósofos son muy suyos y existen escasísimas probabilidades de que sus conclusiones cuelen por el filtro conceptual de los políticos a no ser que se alíen con ellos en una alianza para ambos ventajosa. Ahí tienen a Heiddeger, ya que con él estábamos.
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Habrá que hacerse el cuerpo a que nos caigan encima críticas demoledoras como las que el otro día hizo en este diario José María Vaz de Soto al estilo del texto estatutario, o las que le lanza ahora, con su habitual “incorrección”, este provocador emérito que es, no cabe duda, por más que le pese a los tabardillos de los “aparatos”, uno de los espíritus más claros que van quedando en este desierto moral, el autor hilarante y buido de “ZP y el ‘pensamiento Alicia’ ”, de “El mito de la Izquierda” o del “panfleto contra la Democracia Realmente Existente”, o el razonante implacable que estableció en “El cierre categorial” un horizonte noológico que guardo ínfimas esperanzas de que lleguen a arañar siquiera algunos de los alguaciles que, desde la nómina de los partidos, le exigen ahora silencio a quien no calló siquiera mientras ellos se escondían acurrucados debajo de la mesa. Van a decirnos muchas cosas, como si los andaluces tuviéramos la culpa de la insolvencia gramática o de la inopia historiográfica de los mercenarios que se han inventado este engendro que nadie hubiera aceptado si, por hache o por be, no hubieran necesitado aceptarlo todos. Va y viene estos días Gustavo Bueno de Oviedo a Sevilla, transeúnte desde su corazón  a sus asuntos, sin dejar de pensar ni tragar un solo gazapo, que es lo suyo, aunque eso le resulte extravagante a los convencionales autómatas de la “corrección política”. Y se ha leído de la cruz a la raya el infumable texto que nos han encalomado los manguitos para el referéndum que viene, atónito ante los géneros desdoblados, rebelde ante la falacia histórica, irritado por la camelancia política. “¡Pero, hombre, Gustavo…!”, lo intento una vez más. No me hace ni caso.

El avestruz político

Es curiosa la manía –pan de hoy, hambre para mañana—que le ha entrado a los responsables políticos por negar las graves consecuencias que cierto sector de la población inmigrante está provocando –y ese es un hecho, no una cábala y, menos aún, un prejuicio—en la vida española. A la negativa del Gobierno a aceptar el secreto a voces de las bandas juveniles de Alcorcón se junta ahora en Andalucía el mentís del Ayuntamiento almeriense, empeñado a su vez en que los recientes disturbios ocurridos en la capital (definidos por la policía como una “multitudinaria batalla campal”) nada apuntaba a la existencia de bandas, absurdo que la jueza encargada del caso ha cortado de un plumazo. Burdo error el de disimular unos hechos cuyas consecuencias pueden ser irreparables cualquier día como ya lo han sido tantas veces. No hay progresismo alguno en esos ojos cerrados que no quieren ver lo evidente, pero sí un riesgo severo para una paz social administrada por semejantes avestruces. 

Paños calientes

La izquierda militante y en nómina de la Diputación ha tratado de conjurar la amenaza disidente del único concejal de IU en el Ayuntamiento, quien se ha opuesto, con toda la razón del mundo, a la decisión de RENFE, consentida por el Gobierno de Madrid, de cerrar el servicio multiclientes de contenedores de RENFE. Juntos y revueltos, trásfugas comunistas a sueldo y trásfugas del PP junto con la legión sociata han pedido “diálogo” –¿les suena?—en lugar de oposición y gaitas templadas en vez de legítimas protestas. Una actitud que el electorado onubense es muy libre de considerar en libertad y como crea oportuno, pero que, en cualquier caso, corrobora que el relevo de ese concejal solitario y meritorio que es Manuel Rodríguez no responde a otra lógica que no sea la del desalojo partidista. Ese pacto den al Dipu para acallar cuanto se le niega o regatea  a Huelva –AVE, aeropuerto, contenedores—es una vergüenza además de un cambalache. Rodríguez debe de haber pensado que mejor solo que mal acompañado.

La torta a tiempo

Trae estos días la prensa californiana la noticia de que la autoridad del Estado, es decir, nada menos que el gobernador Scharzenegger, ha decidido prohibir el castigo físico a los niños. La azotaina escolar o doméstica, la famosa “torta a tiempo” que aún defiende, lamentablemente, una elocuente mayoría de adultos, va a ser prohibida no sólo en la escuela sino en la propia familia, extendiendo así la virtualidad de los derechos del niño para que dejen de ser papel mojado. La iniciativa tiene pocos precedentes, esa es la triste realidad, desde que fue adoptada en Suecia por ver primera y adoptada luego por sus vecinos escandinavos, por austriacos, croatas y algún que otro país menor, y parece que ya ha chocado, de una parte, con los defensores a ultranza del fuero familiar –añorantes de aquel “pater familias” que en Roma poseía el “ius vitae necisque”, el derecho a decidir sobre la vida y sobre la muerte de todo el que cruzase su umbral–; y de otra, a quienes objetan que la actual crisis de autoridad generalizada por todo el mundo occidental se vería fortalecida por esa impunidad de hecho que la medida proporcionaría a la infancia y a la adolescencia díscolas. Hace años que funcionan en el ámbito internacional, con no demasiado éxito, proyectos de concienciación e influencia a favor del respeto a aquellos derechos, pero la verdad es que las estadísticas siguen siendo desoladoras, incluyendo a España, país en el que, según el propio Gobierno, más o menos la mitad de los adultos (el 47 por ciento) admite castigar físicamente “a veces” a los menores y en el que una sádica o estólida minoría (entre un 2 y un 4 por ciento) reconoce hacerlo con gran frecuencia (“muchas veces” es la expresión utilizada). Sabemos por esos trabajos que las mujeres son más castigadoras que los varones, un hecho explicable por ser ellas las que bregan con los menores, y que las cohortes más jóvenes son las menos proclives al castigo. Pero que un Gobierno reconozca que en su país la media de azotainas es de tres por mes y chaval, resulta sobradamente inquietante. El argumento de los beneficios de “la torta a tiempo” constituye una coartada fatal que se debilita sin que, eso sí, se arbitren medidas compensatorias o soluciones alternativas. La gran verdad es que nadie sabe bien dónde cae el centro de gravedad de una educación compatible con una sociedad que, cuando ha querido darse cuenta, tenía ya bien poco que ver con la tradicional.
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El gobernador “Terminator” ha evocado estos días su dura infancia para admitir, desde la perspectiva de la edad adulta, la “razón” que asistía a quienes a él mismo debieron zurrarle tantas veces en su momento. La “torta a tiempo”, ya lo ven, la bárbara ideología punitiva asumida por sus víctimas incluso cuando la vida las pone en el brete de ser ellas mismas las que prohíban la brutalidad que un día debieron padecer. Otras voces, sin embargo, se han levantado para decir, como antes hacíamos también aquí, que si debe (y debe) eliminarse el castigo físico, urge hallar providencias que mantengan la imprescindible disciplina lo mismo en el seno de la familia que en el aula escolar o en la jungla callejera. No hay sociedad que funcione en la anomia ni paz social posible sin una prudente garantía de respeto jerárquico. El problema está, por lo que la santa infancia se refiere, en encontrar el punto de equilibrio entre la natural pulsión rebelde de la primera edad y esos derechos que la asisten y cuya negación constituye un abuso impropio de la civilidad. El castigo físico ha perdurado en los clásicos “colleges” británicos hasta hace bien poco y aún colea judicialmente la delicada cuestión que nada menos que el bruto de Scharzenegger va a resolver en su feudo de un plumazo a pesar de dar por buenas las azotainas propias. Los grandes vuelcos morales que mueven a las sociedades obedecen a su propia lógica. “Terminator” es el último testigo de esta curiosa realidad.

Chaves, en evidencia

Si inexplicable e insensata era la sugerencia de libertad lanzada por el presidente Chaves a favor del asesino De Juana Chaos, más duro debe haber sido para él el rechazo por los 17 jueces de la Audiencia Nacional de propuestas como la suya. Ahora bien, desde Andalucía lo que no se entiende en esa ocurrencia es que proceda del primer mandatario de una autonomía que lleva sobre sí la mitad de la sangre derramada por la banda terrorista, en la inmensa mayoría de los casos por víctimas que fueron simples trabajadores. Todo el mundo se hace lenguas del patinazo porque recuerda la repugnante celebración que el asesino en serie hizo en la cárcel al enterarse del doble crimen de Sevilla, y casi nadie comprende que la razón de partido pueda forzar a un político con tantos trienios a exponerse de forma semejante al pimpampún de una opinión ofendida por su torpeza y parcialidad.