No al libro

Una encuesta oficial acaba de revelar el dato, del todo verosímil, de que uno de cada tres andaluces no ha leído un libro en su puñetera vida y que en uno de cada diez hogares familiares no hay un solo libro. Normal, con estos niveles de analfabetismo pleno o funcional, lógico en plena decadencia de la “lectura comprensiva”, ese gran fallo –¿calculado, estratégico quizá?– de nuestro sistema educativo. Los mandamases de la Junta viajan con frecuencia, en plan tribu, a ferias (“eventos”, dirían ellos) relacionados con el libro y no escatiman, por supuesto, informes triunfalistas sobre la imparable progresión de nuestra precita cultura. Pero ahí están los datos: tocante a lectura de libros, aquí estamos bajo mínimo fuera y dentro de la Junta. Recuerdo que a los bedeles del Parlamento andaluz se les prohibió una vez matar el tiempo con un libro en las manos. Vista con perspectiva, ese providencia tenía toda la lógica del mundo. 

El divorcio sindical

Me da el pálpito que el descuelgue final de CCOO del acuerdo logrado, al parecer, con UGT para reproducir la manifestación a favor de la continuidad de la industria, tiene su trasfondo nada enigmático. UGT, es decir, Luciano Gómez, busca claramente señalar al Ayuntamiento (más concretamente, al Alcalde) planteándole a esa autoridad el problema como si fuera competencia suya. CCOO por su parte, parece que propone un modelo de exigencia que involucre, además de al Ayuntamiento, a la Junta y al Gobierno (Subdelegación) que son, las instituciones que, de verdad, tienen esa sartén por el mango. Don Luciano no defrauda nunca a su partido, el PSOE, del que es correa de transmisión, como antes se decía, sobre todo en tiempos de precampaña o campaña electoral. Ni lo hará ahora, aunque le cueste quedar en cierta evidencia ante los ciudadanos y ante los propios trabajadores. Aquí nos conocemos todos. Don Luciano no una a ser una excepción.

Niños de peluche

La muerte de dos ositos polares en un zoo alemán devorados, al parecer, por su propia madre está conmocionando a la prensa europea en el umbral de año. Argumentan los etólogos rousseaunianamente que es preciso entender a esa madre caníbal que, si en estado natural, se hubiera comportado con arreglo a su naturaleza, abrumada por el desánimo y la falta de horizontes sucumbió a una ferocidad no sabemos bien si funcional o compasiva. Vivimos un mundo sensible, motivado por una emotividad quebradiza, que se conmueve ante este tipo de acontecimientos aunque sea capaz de encajar sin gran esfuerzo los que afectan a la propia especie, incluyendo la tragedia de esa santa infancia a la que asistimos más o menos impasibles instalados en nuestra cómoda “falsa conciencia”. Y no será por falta de información, pues las voces más acreditadas nos tienen al tanto de ese Apocalipsis secreto en cuyo detalle consta que un niño muere de hambre cada 11 segundos, que dos millones no completa su primer día de vida, cuatro fallece durante el primer mes y siete antes de cumplir el año, según los beneméritos contables de UNICEF que aseguran, además, que de los 30.000 fallecidos por día, siete de cada diez mueren de hambre. Nos conmueve la pérdida de dos oseznos mientras pasamos como sobre ascuas sobre estos manidos datos que apenas raspan ya la superficie de esa piel de elefantes que nos protege frente a la desdicha humana, paradójicamente menos insultante para nuestras raras conciencias. Probablemente se gaste más en proteger linces y hasta víboras que en la protección de una humanidad doliente cuya fragilidad hace tiempo que perdió cualquier significación política y acabó por ser asimilada enteramente por la mayoría privilegiada que podría echarle una mano.
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El suceso del zoo ha retumbado más en la opinión mediatizada, en cualquier caso, que el triste par de casos recientes en que dos madres destruidas han liquidado a sus respectivas proles. ¡Se puede hacer tanto por aliviar la vida de la fauna y conservar en lo posible nuestro amenazado medio ambiente! A ver qué puede hacerse, en cambio, a favor de esos 246 millones de niños explotados más o menos secretamente –según Manos Unidas– por la industria, o de los ocho y medio que viven esclavizados, prostituidos o convertidos temerariamente en guerreros de fortuna. O por la muchedumbre callejera que vaga por las orillas de la horda rebuscando en la basura y sin ningún horizonte. Los informes expertos (Save the Children, FAO, ONU incluidas) claman en el desierto a favor de los 15 millones de huérfanos que sobreviven como pueden en medio de la miseria, de los casi dos mil niños que diariamente ingresan en la estadística del SIDA o de los innumerables “niños de la calle” que “cazan” deportivamente algunas fuerzas policiales en Bolivia o en Río, cuando no son objeto de secuestros por las mafias que negocian con trasplantes. Hace poco ha informado The Lancet de un hecho estupefaciente: que el 15 por ciento de los niños que mueren en los potentados Emiratos Árabes son víctimas de la desnutrición: ni las migajas le da ya ese Epulón a Lázaro. Claro que tampoco es cosa de abrumarles, así, sin más ni más, con tanta miseria, estando como estamos todavía acaso convalecientes del exceso navideño, y pudiendo recomponer nuestras maltrechas conciencias y restablecer enteramente nuestra autoestima con alguna lágrima simbólica por los ositos alemanes. ¡Quién se fía, además, de la ONGs, a estas alturas!, suele añadirse en estos casos para cerrar el círculo de tiza caucasiano del que se ha escapado esa osa madre caníbal, sólo Dios sabe aplastada por qué insuperable sufrimiento. Ya ven qué fácil es la salida cuando se quiere escapar. A mí, sin ir más lejos, confieso que la desdicha de esos peluches vivos se me borra de golpe sin más que imaginarme los ojos abiertos de una criaturita muerta de hambre o explotada en un burdel.

Cámara con dos criterios

La Cámara de Cuentas de Andalucía, órgano parlamentario que, en teoría controla la contabilidad de las Administraciones, protestaba hace bien poco que resulta necesario dotarla de instrumentos que impidan el auténtico cachondeo que Ayuntamientos y Diputaciones se traen con ella y sus fiscalizaciones. En cambio acaba de dar por resuelto “el rifirrafe histórico” que, a propósito de la deuda, viene manteniendo con el Servicio Andaluz de Salud, toda vez que el gasto crece y todo está por las nubes, de modo que ya no resulta nada del orto mundo que el SAS mantenga una deuda “de cierta cuantía”, deliberada imprecisión contable que lo que deja claro es que ni el presidente del organismos ni casi nadie en la casa está por la labor de apretar a la Junta. Lo diremos una vez más: tal como están las cosas, esa Cámara es tan necesaria como inútil. Si encima se pone emperifolla a la hora de hablar de resultados, la verdad es que podríamos ahorrárnosla sin perder poco ni mucho.

La torre sin base

La impar ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, anda haciendo campaña por Cádiz y asegurando que, durante este año, “toda la línea del AVE Sevilla-Cádiz estará abierta o en obras”. Es cierto que poco puede confiarse en los plazos de esta gestora incapaz, dos veces reprobada, pero fíjense en que de la nuestra, es decir, de la línea Sevilla-Huelva o viceversa, no dice ni mu, tal vez porque en Huelva el PSOE no siente la necesidad de estimular un voto, quién sabe si porque la realidad es que nadie se ha planteado en serio un compromiso electoral anterior que el numerito de la presentación de la torre desmesurada no puede compensar en absoluto. No hay que descartar que el AVE a Huelva sea el último en llegar. Son cosas que ocurren cuando un partido y su Administración creen lo suficientemente asegurado el voto.

El aprendiz de brujo

Nada más nacer el año se amontonan las novedades científicas de que tanto gusta cierta irresponsabilidad periodística. Nos enteramos, para empezar, de que unos biólogos suizos acaban de conseguir, a base de adecuadas modificaciones genéticas, la bisexualidad de una vieja conocida, la mosca drosophila, de modo y manera que, tras el tratamiento en cuestión, el enjambre se entrega a una orgía desmedida en la que no se hace distinción de sexos a la hora de la coyunda. No me ha convencido mucho la razón que daba uno de los sabios al apuntar que semejante experiencia podría descubrirnos de una vez por todas si la homosexualidad posee o no un origen genético, curiosidad que poco tiene que ver, a mi entender, con la misión de la Ciencia ni, en definitiva, con nada que no sea ella misma. ¿A quién le importa que la atracción de Aquiles por Patroclo o la de Adriano por Antinoo respondieran a la tiranía de las hormonas o a los efectos, siempre difusos, de la socialización? Algo parecido habrá que preguntarse ante el anuncio de que unos sabios han logrado descifrar el genoma de un chino perteneciente a la etnia hen, dentro de un programa más ambicioso que alcanza a cien voluntarios y que recuerda en gran medida al que se traen entre manos para mapear concienzudamente el del panda gigante, ese tesoro nacional en vías de extinción, igualmente justificado con razones epidemiológicas. Un día nos hablan de una hormona responsable del miedo, otro del agente que aguza la sensibilidad o al que hay que atribuir el sentimiento religioso, siendo la última entre estas revelaciones la referida a una sustancia, la oxitocina, implicada estrechamente lo mismo en el delicado mecanismo del orgasmo que en el enigma del enamoramiento, pero a la que una universidad californiana atribuye ahora también nada menos que la capacidad de empatía y, en definitiva, la causa de la generosidad. Se ha venido abajo de un plumazo, pues, la idea de que la gente se ama, se achucha o se compadece del prójimo movida por un enigmático factor de índole anímica, para dejar sitio a la gélida teoría de que alguna molécula implacable robotiza nuestra voluntad forzándonos lo mismo a hacer el bien que a prestarnos al mal.
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El notable desarrollo de la investigación está dando de sí resultados notabilísimos pero es más que posible que, de paso, la falta de un paradigma razonablemente común ande dilapidando recursos y esterilizando esfuerzos en su desordenada carrera hacia cualquier parte. No digo que esta impresión se derive, en parte al menos, de la afición del periodismo divulgador –fiel reflejo de la del público en general– por lo extravagante o lo inverosímil, pero es preciso admitir que, en buena medida, semejante fracaso concierne antes que a nada, a la descoordinación propia del saber. Nada lo probaría mejor que la ocurrencia de primar la presencia femenina en los grupos investigadores o la extremada arbitrariedad de los objetivos perseguidos, cuyo alejamiento de la utilidad real explicaría esa desconfiada distancia entre el laboratorio y la industria que tanta queja lleva levantada. Por supuesto que la Ciencia no va por libre, como quien dice, sino que, como sostuviera el gran John D. Bernal o dejaran entrever espíritus tan distintos como Samuel Lilley o B. Farrington, en realidad sigue su curso secretamente arrastrada por la lógica del Sistema, o lo que es lo mismo, por sus necesidades reales. A veces he pensado que acaso esas mandangas que nos parecen expletivas o sencillamente arbitrarias cumplan su función específica que bien podría consistir en alegrarle la pajarilla a una opinión tan alejada de la preocupación científica que se abre confiada a cualquier malabarismo. Cuando hace treinta años comenzaron nuestros experimentos con drosóphilas muchos sabios no creían gran cosa en ellos. Eran los mismos que luego lo han calificado de “recurso crítico” sin cambiarse siquiera de bata.