La sociedad senil

Va siendo ya un verdadero tópico la noticia sobre al prolongación de la vida. Aumenta la expectativa, por supuesto, y de sobra saben ya los servicios sociales que la sociedad envejece a un ritmo imparable que no hay presupuesto que consiga atender de modo medianamente decoroso. Un estudio elaborado por una prestigiosa institución austriaca y publicado por la revista ‘Nature’ acaba de echar leña al fuego, por si algo faltaba, al sugerir que la demografía debe reconsiderar su método tradicional, es decir, atenerse al criterio rígido de los años vividos por la persona, para abrirse a la consideración de las nuevas circunstancias determinadas por el avance incontenible de esa esperanza de vida así como de la evidente mejora, al menos teórica, de la existencia de esos supervivientes. Lo de menos son los números, esto es, la cifra que confirma el alargamiento de la vida humana (y por cierto, tengo entendido que también de la canina), una vez que cualquiera sabe ya que aquella expectativa es cada vez más vasta aunque nadie tenga mucha idea de qué hacer antes ese hecho revolucionario que, sin duda alguna, fuerza a replantear la convivencia de manera radical. No se trata, en cualquier caso, de volver a la organización gerontocrática ni a sentarnos en la tienda aguardando a que el jefe anciano dé la primera chupada a la pipa de la paz antes de iniciar el debate, porque ese modelo resulta incompatible, por demasiadas razones, con las exigencias de nuestra civilización. Es cuestión sólo de decidir qué hacemos con tanto gerente, cómo resolver la logística de una comunidad futurista en la que lo único que te garantiza un puesto a la lumbre es la necesidad de tu función. Vale, viviremos cada vez más años, ¿y qué? Escuchando a los demagogos proponer subidas de pensiones hasta los 700 euros no resulta improbable que más de uno de esos longevos se plantee por derecho si con esa perspectiva merece la pena vivir, o más llanamente, si a esa perspectiva se le puede llamar vida.
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Pocas paradojas del sistema social vigente como ésta de la revolución de la edad, saldada hasta ahora con un lacerante fracaso de la previsión, por un lado, y con una insensata indiferencia ante la pérdida que supone la expulsión del “mayor” de un sistema productivo fascinado por la juventud olvidando el penetrante axioma que hizo un “biologista” como Rostand cuando advirtió que mientras más envejezca la Humanidad más necesidad tendrán las sociedades de los ancianos. Hoy no habrá quien, como en su tiempo hiciera Terencio, tenga la audacia de decir que la vejez es una enfermedad, entre otras razones porque esta sociedad correcta” se sabe de coronilla el truco de hablar con veneración de los mismos ‘ancianos’ a los que luego trata como ‘viejos’, que no es lo mismo ni quien tal lo pensó. El propio Mercado ha impuesto ciertas urgencias no poco absurdas que han cristalizado en jubilaciones precoces tan perniciosas como las de los médicos o los profesores en plena sazón, cuando no han contribuido a crear un ejército ocioso que no hubiera sido capaz de imaginar ni el mismísimo Thorstein Veblen. Lo que sigue sin solución, ni completa ni parcial, es la asistencia a esos entrañables supervivientes a los que Paul Morand imaginaba en Venecia “bajo el signo menos”, es decir, cada día menos inteligentes pero también cada día menos tontos. ¡Mira que presentar como un hito unas pensiones de 700 euros! Vemos confirmada la terrible advertencia, formulada en pleno ocaso del Ilustración,  de que el anciano es el único ser de la especie que ha perdido la prerrogativa más humana de todas: la de ser juzgado por sus iguales. Un diario japonés se preguntaba hace poco si llegará el día en que la “solución final” resulte inevitable. Pues puede, peor yo creo que con enfrentarlos arruinados a su soledad, bien podrán ahorrarse las cámaras de gas.

La duda más incómoda

Hay un tipo de crítico científico en nuestra crédula sociedad empeñado, en no pocas ocasiones desde la mayor incomodidad, en limitar tanto las expectativas injustificadas, causantes de tanta decepción, como las alarmas sin base. Uno de ellos –bien conocido, por fortuna, del gran público que lee y ve la televisión– es Manuel Toharia, actual director del Museo de la Ciencia de Valencia, y hombre de vastos y exigentes saberes cuya moderada energía lo han convertido en auténtico azote de la charlanatería que nos aflige, desde los ufólogos visionarios a los espiritistas de sobremesa y desde los magos a los herodianos. Buena falta hace una dosis, siquiera homeotápica, de ese criticismo tocado de escéptico, en efecto, en medio de este festival en el que participan entusiastas no ya sólo los filibusteros de la industria del notición, sino las más altas instancias políticas, como el caso del debate del llamado “cambio climático” —que hoy nos reúne aquí para escuchar al experto– se ha encargado de poner de relieve. 

Antiguo seguidor de las opiniones de Toharia creo poder decir que, más que un escéptico, este viejo meteorólogo es un prudente, uno de esos raros españoles que el padre Gracián llamaba “discretos” y a cuya rareza en nuestra sociedad atribuía, como otros observadores de la España antigua, buena parte en la responsabilidad en los “males de la patria”. En medio de esta enorme discusión paracientífica montada en torno a la hipótesis de que el actual modelo de civilización va a conducir al planeta, por la vía rápida, al Apocalipsis, Toharia es de los pocos que ha conservado el sentido de la medida para enfrentarse a los grandes poderes involucrados en ella y decirles, al menos, dos cosas verdaderamente incómodas: una, que el abuso actual de ese modelo resulta, ciertamente, dañino para la salud de la Tierra pero que, en modo alguno, es previsible que ni ahora ni a lo largo de todo el siglo, ese riesgo pueda acarrear la anunciada catástrofe final; y otra, ojo, que casi con todaseguridad, no es del todo inocente esa hipótesis en mano de los políticos en la medida en que les sirve divinamente para ocultar otros problemas, desde luego mucho más acuciantes. 

Como el de la extrema desigualdad entre países y continentes, por ejemplo y sobre todo. Cuando desde el Tercer Mundo alguien ha dicho que, en realidad, estos alarmismos podrían no ser más que la coartada para segarle bajo los pies a las tierras hambrientas la hierba de la industrialización, no andaba del todo despistado seguramente. Porque uno puede preguntarse, como alguna vez ha hecho Toharia, de qué planeta estamos hablando si no es del mundo rico, puesto que en el pobre ya muere de hambre un inocente cada tres segundos y verdaderas muchedumbres encaran el nuevo siglo desde la más absoluta desesperanza, privadas de lo más elemental incluida la salud. ¿Qué cataclismo puede alarmar a un mundo como ése? Es justo, por supuesto, al “otro mundo”, al nuestro, al rico y desarrollado, al que amenaza dudosamente esa ruina ambiental provocada por nuestra propia actividad. Un tipo con Al Gore recibe el Nobel por su campaña contra el modelo actual pero no movió un dedo para firmar el protocolo de Kyoto cuando era nada menos que Vicepresidente de los EEUU. Los mismos países adalides de la alarma medioambiental compran a buen precio a los países pobres sus imaginarios “cupos” de una polución que qué más quisieran ellos que estuviera en sus manos provocar. Mucha gente apoya a Gore, incluso sin haber visto ese documental desacreditado pro un juez londinense, pero poco juego mediático se le ha dado al desafío lanzado por lord Monckton de Brenchley o por Dennis Avery, incrédulos ante los profetas tonantes y, como Toharia más o menos, convencido de que si algo hay que hacer no es, desde luego, porque resulte inminente un desastre sino porque este mundo vive instalado en esa polución devastadora que es la injusticia. Pero ¿es verosímil la catástrofe o no lo es, enloquecerá definitivamente el Tiempo (meteorológico) o seguirá sin mayores contratiempos su curso inmemorial, subirán los mares como estos mismos días se anuncia o tampoco es verosímil ese aterrador efecto?  Las “Charlas de El Mundo” le han pedido a este observador tranquilo que nos cuente los pros y los contras, como él suele, con tal de contribuir a restaurar la tranquilidad tanto como a ilustrar el criterio colectivo, que es lo que de verdad está en peligro en esta sociedad medial. Uno tampoco cree, modestamente, en estos apocalipsis de bolsillo, a lo mejor por la filogenia cristiana de la mayoría de los europeos. Y por eso no cree demasiado en estos “fines” del mundo. Estoy don Kafka en que esto va para largo y, encima, en que la Eternidad debe de ser muy aburrida… sobre todo al final. 

La impunidad política

Se pregunta Javier Rubio en su sección sevillana para cuándo podemos esperar la implantación del carné por puntos para esos políticos que aplican o proponen esa sanción incluso para los ciclistas, que no precisan carné. Yo creo, sin embargo, que no se trataría tanto de esa medida disuasoria como de exigir al menos que un político condenado –como ese concejal sevillano al que una jueza apunta como visible mentiroso y prevaricador– se retire de la primera línea en la que su mal ejemplo resulta definitivamente desmoralizador para los ciudadanos. No se trata de llevar la cabeza alta, como dice Chaves, porque no se trata, en efecto, de nada postural, sino de algo (“su” caso, sin ir más lejos) que concierne al deber de ejemplaridad del cargo público. Ya sé que se puede ser un golfo y resultar rentable para el partido. Pero esa razón da asco a cualquiera que todavía confíe en que este tinglado de la democracia tenga mejor o peor arreglo. 

Tragedia y espectáculo

Es duro tener que nadar contra corriente y obvio que lo más fácil en el caso del presunto secuestro de la niña del Torrejón será hacer bulto en la bulla reclamando justicias que no están al alcance de la mano de nadie o proponiendo novelerías –la intervención del  presidente del Gobierno incluida, que ya me dirán en qué puede quedar, aparte de unas cuantas palabras– que prolonguen el espectáculo y profundicen la tragedia familiar. Un presunto secuestro o lo que sea finalmente el caso, no va a ser descubierto porque se movilice al personal y se grite en la calle con el ojo puesto en la cámara del telediario. Otra cosa es que la familia bregue y no descanse, y que las policías extremen unos esfuerzos que sería insensato no suponerles. La suerte de esa niña no va a resolverse en la calle. La única solidaridad posible y razonable es la que las instituciones, como sin duda están haciendo ya, puedan prestarles sin regateos.

Panes y peces

Es posible que la discusión mayúscula que nos aceche la temporada venidera gire alrededor de la clonación o, más concretamente, en torno a las inmensas posibilidades de multiplicar con carecer exponencial la producción de alimentos que el hombre está descubriendo y aplicando a pesar de la resistencia vigorosa del ecologismo de todos los colores. No es cosa de detenerse en la cuestión previa de si merece la pena correr ciertos riesgos –incluso indeterminados y, en consecuencia, de lo más inquietantes– con tal de sacar de la hambruna histórica a la inmensa muchedumbre del mundo pobre y, oigan, no seamos exquisitos ni ingenuos, también de la del mundo desarrollado. Recuerdo muy bien que cuando la alarma de las “vacas locas” atemorizó a Occidente hasta el extremo de decidir la eliminación masiva del ganado, la República Democrática de Corea (y no se rían del título, por favor) solicitó de la ONU su  mediación para que aquel enorme desperdicio se evitara desviando el ganado sospechoso hasta sus mataderos, y no s eme olvida la razón del “líder carismático” (al que, por una vez, era preciso darle la razón) de que a ver qué más le daba a un coreano morir desnutrido o de inanición frente al incierto riesgo de contagio que los sabios anunciaban sin concretar desde la sociedad opulenta. Es probable, en todo caso, que los productores de transgénicos, sobre todo en USA, tengan los mercados subrepticiamente repletos de esos productos revolucionarios, entre los que ahora se anuncia también, al parecer con carácter definitivo, la carne clonada, es decir, el solomillo o el jarrete de, pongamos una vaca, clonada de otra, es decir, “producida” artificialmente por este demiurgo asombroso que es el mono loco. Veo en la prensa el anuncio de verduras genéticamente modificadas para potenciar su carga de calcio, sales simuladas a base de yerbas y especias, agua depurada de los mares primordiales, frutas y hortalizas gigantes o archinutricias, peces y crustáceos artificiales cebados en sus cetarias y piscifactorías, y comprendo que, se oponga quien se oponga, este ‘sprint’ que hemos emprendido tan ruidosamente no va a parar hasta romper la cinta con el pecho. ¿O es que no nos acordamos de lo que hemos sido y seguimos siendo capaces de comer empujados por la necesidad?
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No ha habido avance decisivo sin resistencias, nunca el progreso dio saltos limpios sino, todo lo más, cabriolas aplaudidas por unos y rechifladas por otros. Y tampoco lo habrá ahora, en esta batalla formal entablada entre los meritorios e ingenuos defensores de la “naturalidad” de la vida y esa especie de ‘daimón’, esa suerte de oculto y “pequeño motor” –de que han hablado razonantes como Étienne Klein, por ejemplo– y cuya es la responsabilidad de todo avance, incluso del imaginario del Tiempo confundido con el “devenir”. Ya consumimos, sabiéndolo o de modo inocente, lubinas y doradas de fábrica, leches o zahanorias enriquecidas, y menos mal que nos enteramos a tiempo de que la vacada inglesa había sido alimentada con pura cadaverina del manso cordero modorro. Aunque, ojo, esto no es un elogio del sucedáneo ni una apuesta por el artificio; es simplemente, una proyección lógica basada en el hecho de que un mundo que no es capaz, ni sabiéndolo se sobra, que mueren multitudes hambrientas sobrando los alimentos por toneladas, es un mundo “no sostenible”, como ahora se dice por doquier. Dicen que no sabemos que acabará ocurriéndonos –dies incertus an incertus quandum–  por comernos esas langostas de bajura. Me acuerdo de Corea y me quedo sin argumentos. Y no les digo nada si me acuerdo de Sierra Leona.

Utilidad de la bisagra

IU y PA van a ir de bisagras a las elecciones. Dirán lo contrario, ya lo verán, pero de bisagras acabarán yendo a las próximas como han ido en las anteriores. El andalucismo es un  solar ruinoso, cierto, pero, miren, quién sabe, con menos se han hecho fortunas. IU es una jaula de grillos, con sus profetas domesticados y sus burócratas profesionales. Y el PSOE lo sabe y, como es natural y lógico, lo tiene más presente a medida que parece oscurecerse un horizonte que empieza a recordar a otros poco tranquilizadores, razón por la que habla continuamente de “pinzas” malignas a pesar de que Chaves haya debutado montando la suya con la extrema derecha almeriense. Hay mucho dinero por medio, la autonomía hace tiempo ya que es un emporio, y unos y otros lo saben. De manera que habrá pacto en caso de que el PP no obtenga mayoría suficiente, aunque esta vez no le habría de salir casi gratis al “régimen”, como las anteriores.