Su peso en oro

El TC ha ordenado que a la difunta Carmen Fernández, “la madre de Iván y Sara”, injustamente despojada de sus hijos por la Junta de Andalucía y víctima de lo que los jueces han llamado “largo y tortuoso calvario” como consecuencia, se le paguen los 1’7 millones de euros establecidos como pírrica indemnización por los tribunales pero retenido por Chaves a fuerza de recursos. Once pleitos ha debido ganar esa desgraciada a la que la consejería de Igualdad ofreció 58.000 y ni uno más casi al tiempo que el intocable Presidente exigía a los periodistas de El Mundo, como precio de su honor mancillado (¡), nada menos que 700.000. Claro que no vamos a comparar Leonor de Chaves con el de Carmen Fernández que debe de ser muy inferior. La prueba de que debe de ser así es que las combativas feministas que cobran en la Junta por defender a la mujer no han dicho ni esta boca es mía ante este desafuero difícilmente comparable. 

Alcalde con sueldo

Hay que ver cómo se puso antier el alcalde de Cumbres de En medio –el pueblo 50 habitantes donde el Gobierno de Manuel Chaves no ha cumplido la promesa del polígono industrial pero en el que va a construir un costoso gimnasio… junto a la urbanización que construye su ya famoso hermano. Dice el pobre hombre (en el buen sentido, el alcalde) que “no tiene (tengo) tantos sueldos para aguantar a tantos santos”, semipiadosa expresión poco tiene que ver con la llamada de auxilio lanzada días atrás pidiendo ayuda para un pueblo que desaparecía por olvido de las Administraciones. Una lástima que no haya un hermano en cada pueblo necesitado porque si a la vista está, que no garantiza lo preciso, se ve que al menos un pelotazo le cae al pueblo. ¡Y se cabrean luego cuando hablamos de “nuevo caciquismo”! Yo creo incluso que al antiguo era más discreto a la hora de repartir la ‘pringá’.

Tenemos un problema

Estamos viviendo uno de esos momentos históricos confusos en que las desdichas se abaten sobre la sociedad en términos que ni el Sistema ni el Poder son capaces de suprimir sino todo lo más de enmascarar porque, a la postre, nadie puede engañar al súbdito sobre su propia experiencia, pero sí, ¡vaya que si sí!, es posible confundirlo exhibiendo impúdicamente lo imaginario y, al mismo tiempo, escamoteando lo real. ¿Hay o no hay crisis, por ejemplo, podemos seguir soñando en la “new age” o sería menester tocar ‘diana’ antes de que se haga forzoso tocar ‘generala’? El estruendo producido por la crisis hipotecaria, aunque sin perder su enorme capacidad de alarma, figura ya tras una alarmante serie de desastres económicos que va desde la subida incontrolada de los precios hasta el derrumbe espectacular del Bolsa pasando por el súbito desplome del empleo y, según dicen los expertos, por la caída simultánea del índice de confianza y el de producción industrial, grave panorama en cuyo seno el consumo ha encogido sensiblemente, la inflación ha vuelto por sus antiguos fueros y la renta de las familias se ha visto jibarizada súbitamente hasta un punto extremadamente inquietante. Pero ¿estamos en crisis o no estamos en crisis? Pues depende, porque mientras la práctica totalidad de las instituciones concernidas, incluidas las oficiales, no pueden ya negar esa clamorosa  evidencia, el Gobierno insiste en que aquí no hay más problema que la injerencia de los obispos en la vida política, el presunto maltrato a un equipo de anestesistas o el turbio expediente del ‘Jack 42’. Ahora bien, si atendemos al volumen informativo y a la vehemencia de las críticas, el verdadero problema que tenemos hoy en España es la “cuestión Luis”, es decir, el dilema que divide por gala en dos a vastos sectores de esta sociedad a propósito de la eventual destitución del responsable de nuestra gloria futbolística o de su confirmación en el cargo. Tenemos un problema y se llama “Luis”, no le demos vuelta. Ni de lejos se acerca al tiempo y espacio dedicado en los ‘medios’ a debatirlo, el que en esos mismos ‘medios’ se consagra a aquellas acuciantes cuestiones. Se ha escrito (Patrick Mignon) que el fútbol resuelve a su manera la tensión entre igualdad de derecho y desigualdad de hecho. Faltaba por comprobar hasta qué extremo puede servir de pantalla para esconder una catástrofe.
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A uno le parece una irresponsabilidad entretener a la gente que pena calculando cómo llegar a fin de mes, a base de enredarlos en la discusión sobre si Luis debe llegar o no al campeonato de Europa. No le parece, en cambio, que ese señuelo sea peor ni más grave que enrollarla temerariamente en una nueva “guerra de religión” ni en una cruzada a favor de la eutanasia, pero la realidad es que el Poder propone y suele conseguir un índice de actualidad acorde con sus intereses inmediatos, posponiendo o incluso eliminando cuantos puedan entorpecer sus designios. Esta temporada toca Luis, como digo, y no cabe duda de que el Poder cuenta a la hora de imponer ese disparate con una decisiva ventaja sobre la opinión pública, que es casi siempre, en última instancia, mero sujeto pasivo reducido bajo la camisa de fuerza de la información. Todo el mundo puede opinar sobre Luis, evidentemente, para cualquiera resultará gratis aplaudir sus galimatías o rechazar la rudeza de sus modos y maneras o su encoñe contra Raúl. No ocurre lo mismo, sin embargo, si lo que se debate es el galope de la inflación, el disparo de esos precios una vez más empeñados en tomarle el vello del dorso a la Mano Invisible o un cataclismo laboral que acaba de batir su récord histórico. Y ahí es donde entra Luis en la escena política, como el mejor póster electoral que pudiera imaginar un “creativo” al servicio del Gobierno. Tenemos un problema, eso es seguro. Menos mal que Luis puede regatear con él siquiera mientras se sosiegan los obispos y la banda de indecisos decide su voto.

Continúa el hazmereir

Lo que faltaba: ahí tienen a la ministra de Educación bendiciendo la idea de Chaves de enseñar catalán a nuestros trabajadores para que puedan agenciarse en Cataluña el puesto de trabajo que, por lo visto, él prevé más que improbable en nuestra propia comunidad, mientras el portavoz de la Junta califica de “manipulación grosera” la interpretación que no sólo el PP ha hecho de esa ocurrencia que no tiene pérdida por más vueltas que le den. Y por si algo faltaba, ya en la parte cómica del astracán, oigan a una diputadita hacer méritos diciendo que los andaluces “son capaces de aprender inglés, francés, catalán, chino y alemán”, hecho tan extraordinario como inverosímil, sin duda, que incita a preguntarle a la cuitada cuántas de esas lenguas conocen en total sus compañeros del grupo parlamentario. Hemos entrado en Cuaresma camino del tonto de capirote, pero lo único seguro es que habremos de seguir de costaleros en esta larga estación  de penitencia.

Uno de los suyos

De Carlos Estévez, el empresario que acaba de ser detenido en Madrid acusado de alzamiento de bienes, a instancias del juez de Valverde,  se ha dicho que es, desde hace años, el hombre de la Junta y su partido en Riotinto, y en consecuencia un incómodo compañero de viaje para la autoridad que ya hizo con él, a través del IFA, el célebre negocio de la compra de terrenos embargados por el Estado (‘Caso Clarkdale’) o que no movió un dedo cuando tuvo la osadía de cortar el suministro de agua a ese pueblo, incluido el hospital comarcal. Estévez, ahora entre cortinas, sigue controlando Riotinto, como lo prueba la presencia de su brazo derecho en el consejo de administración de MMS Tartessus o el hecho de que siga siendo el dueño de las presas de residuos de la mina, piezas claves de cualquier proyecto en el futuro. La detención de ahora viene del enredo de la venta de maquinaria, el más descarado saqueo consentido por la Junta, denunciado en su día por los obreros acreedores. Más claro, el agua. Más oscuro, difícil.

La piedad peligrosa

Dale que te pego: otra vez la leyenda del bandido generoso, la reedición interminable de la saga bandolera que se remonta a los orígenes. En Roma hubo bandidos famosos, Dante libra a uno del infierno, Cervantes repintó a Roque Guinart en el ‘Quijote’, Schiller los idealizó en su juventud. Y siempre atenidos a un patrón, el del bandido generoso, que con el tiempo degenerará ideológicamente hasta fraguar en pieza clave de la rebeldía en las sociedades tradicionales. Nos equivocamos quienes hemos dicho alguna vez que el bandolerismo se extingue en la modernidad, que la industrialización se lo lleva por delante igual que arrambla con la visión sacralizada del mundo, porque lo estamos viendo reaparecer cada dos por tres en pleno universo postmoderno. La idea de que el “out sider”, el “rebelde primitivo”, que es como lo llama Hobsbawm, no es sino la respuesta espontánea de los oprimidos, ha funcionado siempre y sigue funcionando como un reloj, el chafarrinón del bandido protector seduce fatalmente hoy como en tiempos de nuestros trasabuelos. En Italia se topa fácilmente con el culto a Giuliano y en los EEUU la mafia ha logrado apropiarse del estereotipo, siempre a barlovento de un oportunismo literario en el que la prensa tiene que ver más que nadie. Demasiados periodistas que acaban mimando al delincuente, absurda propuesta de justicierismo retomada una y mil veces para convertir en ángel a la bestia. Oye uno hablar por la tele a uno de esos maleantes y parece que el orden social en pleno tendría que pedirles perdón rodilla en tierra, honrarles acaso como benefactores enemigos de la injusticia. El último, antier, el ‘Solitario’, ese malhechor reconvertido en héroe, afirmando que robar bancos más “que un delito, es un mero acto de expropiación”,  una acción revolucionaria contra el tádem explotador Estado-magnates, una “compensación” que ni siquiera es ya solidaria con el prójimo, pero que reivindica más que nunca la razón legitimadora atribuida a la venganza. Escribí una vez que con el Vivillo y Pernales se extinguía una raza inmemorial. ¡Sí, sí! Muchos años después, lo comenté un día ante el Dioni y por poco se parte de risa.
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La industria del espectáculo manda, por supuesto, y lo que vende es la paradoja del malo repintado como bueno. El ‘Solitario’, un presunto pero patente matador (dos guardias civiles, un policía municipal), delincuente precoz, fracasado escolar, tironero, agresor desde joven, presidiario luego, narco del trapicheo, maltratador de dos esposas anteriores, resultaría ser –de fiarnos de sus apologetas– un personaje sensible hasta la emoción, “dulce” (el calificativo se repite en el reportaje hasta la náusea) , impresionable en extremo, una malva, en definitiva, si olvidamos el sadismo con que disparaba sin motivo sobre la rodilla del pobre cajero cuando la recaudación no le satisfacía, por no hablar de los grandes crímenes que se le atribuyen. ¿Y qué más da? En este modelo desmoralizador, basta y sobra con la consabida novela brasilera para colmar el efecto empático del malvado sobre tanto frustradillo como anda por ahí padeciendo, a causa de la hipoteca, la tiranía bancaria, la furtiva lágrima de la novieta enganchada por Internet que se ajusta burdamente el corpiño de la prometida romántica de Juan Caballero. “Yo no he matado a nadie pero si hubiera tenido a tiro a Botín, no sé lo que hubiera pasado”. ¡Qué proclama, Dios! Hoy los cacos no caracolean ya por los cortijos encaramados en el cuatralbo, sino que leen las páginas salmón en busca de una legitimación imposible pero que le regala –¡y a precio de oro!– el oportunismo de unos medios locos por el “share”. Este truhán se presenta a sí mismo como “un insurgente contra el capitalismo” y no falta quien le pone delante un micro y una cámara para que difunda su miserable evangelio. Mucho me temo que acabará sacándole al cuento más pasta que a los atracos.