El fantasma de Lauren

Nueve de cada diez andaluces no tienen idea de que es lo que los políticos les proponen que voten en el referéndum del 18-F. No importa –se dice–: tampoco la tenían los que votaron aquel 28F ni quienes refrendaron con su voto la Constitución más larga de nuestra Historia. Por haber hay hasta quien pide el voto a ciegas, la confianza en esos políticos tan mal considerados por la opinión. Y encima está el problema de la legitimación, el miedo a que el nuevo Estatuto sea respaldado por muchos menos votos que el sustituido, a pesar de que esta vez la derecha y el centro no se han quedado fuera del montaje, es decir, a que la abstención sea mayor que entonces aunque ahora esa media Andalucía no tenga consigna de quedarse fuera del colegio electoral. El fantasma de Lauren Postigo arrastra sus cadenas para robarle el sueño a quienes tratan de vendernos con cinismo que lo que está en juego en ese texto desconocido es el futuro y no sus propios compromisos. “Andaluz: éste sí es tu referéndum”. A ver quien no es capaz de ponerle a ese eslogan la voz del pobre Lauren. 

Listas y listos

Alguien le dice al baranda de IU en la provincia: “Tío, es que votarte a ti es lo mismo que votar al PSOE”. Lo mismo le dicen en Valverde a la sucesora del gran Donaire, ahora defenestrado, la misma que llegó diciendo que ella no venía a la política a pudrirse en la oposición sino en busca de un despacho y un sueldo. O en Punta Umbría, cuando el expepero Guillermo Márquez se acerca a alguien para darle la barrila de su nada cándida candidatura, “Gente de Punta Umbría”, una evidente franquicia del PSOE local. O en tantos pueblos como en la provincia padecen esa estafa legal que son las candidaturas que reclaman el voto en un sentiudo para, en su momento, dárselo a otro en sentido contrario. ¡Ah, la democracia, “bella ma troppo incomoda”, según los italianos. Nadie más indefenso que el pobre elector que, papeleta en mano, va a una urna a elegir a quien al día siguiente va a alquilarle o venderle su voto a quien quizá jamás habría votado. 

El largo calvario

Ustedes conocen la historia con toda seguridad. La de la madre alcohólica a la que la Junta de Andalucía retiró irregularmente sus hijos hace años para entregárselos en acogida a una familia ajena. Irregularmente quiere decir sin derecho, por las bravas, gravísima cuestión que provocó una ejemplar sentencia de la Audiencia de Sevilla en la que se ordenaba la “indemnización” de 1’7 millones de euros a la madre por ese “largo y tortuoso calvario sufrido” desde que, superada la adicción, viene peleando sin éxito por recuperar a su prole. Diez años sin ver a sus hijos, ya ven, a pesar de su curación, o sea, cuando ya no había razón alguna para aplicarle una medida tan extrema como es arrebatarle a una madre sus hijos, diez años de lágrimas y pleitos, de soledad y miserias, de peregrinaciones a oscuras por el incómodo territorio del laberinto legal. Pero a pesar de todo ello, la indemnización no llega porque ha de esperarse a que sea resuelto el recurso interpuesto por la Junta. Más años, más soledad, en virtud de que la ley es la ley –sobre todo cuando conviene– e incluso en el terrible supuesto de que esa madre acreedora se halle en estos momentos en situación terminal como enferma de cáncer. Enferma pobre de cáncer, para ser exactos, ciudadana sin aldabas, que es lo último o lo penúltimo. Ningún dinero podría compensar a una madre de semejante trauma, por supuesto, pero el colmo es que ni siquiera llegue a recibir nunca lo que, según la Justicia, es suyo realengo. Una mujer pobre, sola, enferma frente/contra un poder fuerte, blindado, lejano y tal vez indiferente: no tiene cuartel, la pobre. Cumplir la ley es muy importante, por más que aquí no se cumpla cada dos por tres, empezando por el propio Gobierno o un Parlamento regional que no ejecutan sentencias porque no les da la gana, hasta llegar a unas comparsas de carnaval que proclaman (al margen de la extravagancia de su agravio) que se piensan pasar por el arco la orden de un juez que les prohíbe callejear. Las Administraciones son muy formales… cuando quieren y no hacen más que cumplir con su deber. ¡Adónde iríamos a parara en caso contrario! Pero tengo mis dudas de que esa razón legal, tan implacable, entre en la mollera de nuestra pobre mujer. Ni en la mía.
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Ya sé que no tiene sentido implicar el sentimiento en la razón y, sin embargo, esa convención encalla en la lógica de este atropello. ¿O tiene lógica que una Administración que arrebata “irregularmente” los hijos a una madre se vaya de rositas mientras a ésta se le impone rigurosamente una espera que, por desgracia, lo más probable es que no termine hasta después de la muerte? Lo más que ha hecho la Junta ha sido ofrecer a esa pobre mujer el pago de una indemnización muy inferior a la estipulada por el juez –72.000 euros en lugar de 1.703.000, ahí es nada–, una miseria más que agregar a las anteriores. ¡Imagínense, con la de cosas que tendrán en la cabeza nuestros próceres, y en vísperas de un referéndum que nos va a sacar de culeros a todos! La inmensa tela de araña que es el sistema legal, ya lo sabemos, se rompe cuando atrapa una presa grave pero retiene sin remedio a la liviana. Y esta Carmen Fernández sin más, que ni es amante de torero ni maltratada de famoso, ni tiene, en definitiva, donde caerse muerta, ya me dirán qué puede interesarle a la audiencia. Mucha gente se pregunta esta temporada qué ocurrirá si ese bientratado terrorista en huelga de hambre muere al fin. Yo me pregunto que debería ocurrir si la que muere es esta madre desgraciada,  irregularmente desposeída de sus hijos para la que no hay resquicio en este sistema legal tan maleable y acomodaticio cuando se tercia. El Poder es tremendamente formal, no puede imaginar ustedes hasta qué punto. Según y cómo, por supuesto, depende de quién. Para esta mujer, por ejemplo, simple madre enferma y sola, pobre como una rata, lo será a rajatabla. Si se tratara de un terrorista asesino, probablemente sería otra cosa.

La clase dirigente

Poco ha durado la aventura de “Andaluces levantaos”. O quizá fuera mejor decir que los levantiscos se han levantado más bien poco, lo justo y ni un milímetro más, el tiempo de posar varias veces ante la curiosidad (¿) pública y darle oxígeno a los torturados ponentes del texto estatutario para que no se asfixiaran del todo. Nada más constituirse –ésa es la verdad– Chaves comenzó a mover con habilidad sus tentadores peones, tendió manos, echó brazos por los hombros y nombró cosas a algunos de los comprometidos. A los otros los ignoró, entre otras cosas porque, como acaba de demostrarse, rota por la mitad ya no había plataforma que valga. Andalucía adolece de una clase dirigente mediocre y de un “senado” de notabilidades de lo más sumiso. Todo lo contrario de lo que le ocurre a las autonomías que de verdad se están llevando los gatos al agua. Ya ven la foto demediada de “Andaluces levantaos”. A Chaves le ha bastado mover un par de fichas para liquidarla y a otra cosa. 

Difícil honestidad

No ha tenido otro remedio el PSOE que de verdad manda, es decir, el de Sevilla, que darle un papirotazo de no te menees a la guarnición onubense y desautorizar al excandidato Pepe Juan por su gesto –“deshonesto”, a tenor del criterio de Chaves– de utilizar la campaña del referéndum para hacer campaña de las elecciones municipales. Un cartelón de ocho pisos es mucho cartelón, incluso con la estupenda imagen de la candidata Parralo, pero Pepe Juan, que sabe lo suyo de fracasos electorales, parece tener una prisa loca por abrir ese dudoso melón. Algo que no puede permitirse un partido de gobierno, y menos cuando basa su propaganda en justamente lo contrario, por más que los azacanes de campaña anden inquietos con el mayúsculo desconocimiento de la candidata cuya responsabilidad exclusiva es de quienes demoraron la comedia de su predecesor incluso mucho después de tener decidida su defenestración. Las trampas no valen en democracia. Y las de ocho pisos, menos.

La sombra del crimen

La prensa cubana, ‘Granma’ en particular, ha acogido con entusiasmo la revelación conjunta de The Gardian y la BBC sobre el asesinato de Robert Kennedy en 1968 cuando el flamante Fiscal General del Estado tenía en la uña, como quien dice, la codiciada presidencia del Imperio a medio heredar de su hermano. En una serie de filmaciones y convincentes fotografías, ambos prestigiosos medios han vuelto a poner sobre el tapete la teoría de la conspiración contra el penúltimo Kennedy, sugiriendo que la inexplicada y seguramente inexplicable presencia en el mismísimo hotel Ambassador de Los Ángeles de varios altos directivos de la CIA con destino en lejanas oficinas asiáticas, demostraría la implicación de la Agencia –en concreto de su influyente ‘Estación JM Wawe’, localizada en Miami– en el discutido magnicidio que, en su día, se atribuyó a un probable buco, el palestino Sirvan Sirhan, detenido en un estado que los expertos describieron como “próximo al trance”, pero sobre el que nadie, en cambio, supo aportar evidencia alguna. De nuevo las hipótesis mafiosas, las teorías balísticas y las evidencias de conductas negligentes que, en su momento, proyectaron sobre aquel asesinato una sombra impenetrable, pero esta vez avalados por la minuciosa  investigación del cineasta Shane O’Sullivan, quien sostiene, para regocijo de castristas y suspicaces, que los mismos oficiales sospechosamente presentes en aquella ocasión en el lugar del crimen habrían estado vinculados a otras famosas operaciones de la CIA, incluidos los innúmeros proyectos de acabar con la vida del líder cubano, el exitoso plan para derrocar al presidente guatemalteco Jacobo Arbenz y el propio golpe contra Salvador Allende, la mayoría ejecutadas durante el mandato de Georges Bush padre como director de la CIA. No hace falta hace falta ser muy paranoico para conceder a esas acciones el estatuto conspirativo ni para ver en la novelesca figura del mítico Morales, jefe de operaciones durante aquella agitada etapa, un personaje muy por encima de la propia ficción. Nunca se sabrá, probablemente, quién mató a Kennedy ni a Prim, pero la otra noche los espectadores de la BBC se fueron a la cama, con muchas probabilidades, más cercanos a la teoría del complot oficial que a la matraca de las diversas versiones oficiales.
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El problema del descrédito oficial no es tanto el que en cada caso y momento se produzca con el motivo que fuere, sino el poso de escepticismo que descubrimientos tardíos pero ciertos como el comentado van dejando en la conciencia colectiva. Una encuesta no lejana que apareció en USA sostenía que la inmensa mayoría de los americanos considerados de nivel ‘medio’ o ‘medio alto’, o nunca creyeron o habían terminado por no creer en la versión del tirador solitario de Dallas. La investigación de O’Sullivan puede que contribuya a provocar un efecto simétrico en la perspectiva del otro magnicidio con recursos tan literarios como el testimonio de un sabio de la universidad de Columbia, el Dr. Spiegel, convencido partidario de que el pringao de Shirhan actuó bajo los efectos de la hipnosis, como si de un relato de Conan Doyle o un enredo de la Christie se tratara, y hasta acaso con la complicidad –ésta ya irremediablemente romántica– de una enigmática inductora que es, por el momento, poco más que una sombra, pero una sombra no poco inquietante, en la versión actualizada de los hechos. Los cubanos, ni que decir tiene, están como locos con la telenovela, convencidos, entre mojito y mojito, de que la larga mano que intentó sin éxito cargarse a Fidel fue la misma que se llevó por delante a la dinastía Kennedy al completo. Algo que, desde luego, no hace falta ser cubano y menos aún castrista para aceptar con todas sus consecuencias.