A diestra y siniestra

Lo peor de las corrupciones urbanísticas que no perdonan comarca ni pueblo es que PSOE y PP se han enrocado en la estrategia del “y tú más”, de modo que cada vez que se destapa un escándalo, primero se niega y, a continuación, se le imputa otro similar o mayor al de enfrente. Y luego no ocurre nada, como se ha demostrado ya en los repetidos casos en que los Ayuntamientos cambian el uso de un terreno días antes por “uno de los suyos” (los sobrinos de González en Sanlúcar la Mayor, los tránsfugas/sociatas de Gibraleón, la número 2 del PSOE en Fuengirola ‘è tutti quanti’) se haga con ellos por su inocente precio original. Llama la atención que en pueblos tan reducidos no se produzca una reacción radical contra estos lamentables abusos que, en ocasiones, incluso se llega a justificar con el argumento de que cualquiera haría lo mismo en el lugar del trincón. Los pactos anticorrupción no han servido ni para inquietar a los rapaces. Toda una nueva clase apunta entre nosotros surgida directamente del suelo urbanizado. 

Honestidad y propaganda

¡Si es que nos las dejan colgadas! Ahí tienen ustedes al bi-presidente Chaves proclamando a los cuatro vientos que “es deshonesto utilizar la campaña del Estatuto de Autonomía para intereses de partido” precisamente… en un mitin de partido a favor del ‘Sí’  y montado a mayor gloria de una candidata al Ayuntamiento de la capital que, según las encuestas, sigue siendo notablemente desconocida, ay, para la gran mayoría de los ciudadanos. No tenía necesidad el Presidente de pronunciarse contra toda evidencia, pero lo hizo y eso demuestra, una vez más y van cien mil, que el discurso político, además de improvisado, suele ser gratuito y descomprometido. ¿O habría que considerar deshonestos a quienes intervinieron en ese mitin con candidata? Decir que no es tan razonable como evidenciador del alcance de la camelística política.

Las nuevas dinastías

No está dando gran cosa de sí, al menos desde una perspectiva mediática, la sucesión de Fidel Castro por su hermano Raúl. La probable sucesión del presidente Kirchner por su esposa Cristina, actualmente de gira oficial por País tiene, por el contrario, toda la pinta de funcionar a las mil maravillas. Los Bush han conseguido hacer de la “República gigante” de Tocqueville un imperio hereditario o poco menos aplicando por libre pero con mayor éxito el método ya ensayado por los Kennedy. Un hijo de Laurent-Désiré Kabila, Joseph, rige los destinos del Congo desde que su padre muriera, de manera tan sospechosa, todo debe decirse, durante la pasada guerra que devastó de nuevo el país. Son las modernas dinastías, que no hay por qué ver ni menos ni más legítimas que las antiguas, y constituyen un exponente magnífico de la evolución política que ha permitido a los poderosos vestir el muñeco de la patrimonialización familiar del poder sin tener que recurrir a una guerra continental o a la degollina en el harén. Hay un caso, sin embargo, que se sale de la regla y está dando no poco que cavilar a politólogos y cronistas de sociedad, desconcertados todos por la actitud del “heredero” de Kim Jong-il, el “Amado Líder” de Corea del Norte, un play-boy al que la prensa asiática (y aquí utilizo la traducción literal del ‘Hongkong South China Morning Post’) sitúa en la excolonia portuguesa de Macao, con su familia instalada en plan “Emmanuelle” en una isla exclusiva y recóndita, y aposentado él mismo en un hotelazo de lujo (asiático, no hará falta decirlo) en el que lleva una vida no poco disipada que estaría haciendo pensar a papá en legar el cetro y la corona a uno de sus hermanos fieles a la convención integrista de aquel tardocomunismo. Las nuevas dinastía se reparten el planeta de modo no muy diferente al empleado en su momento por las viejas, si descontamos la discreta contradicción que supone el desajuste ideológico con su dorada realidad. No sé por qué, después de todo, cualquiera de esas nuevas castas iba a ser menos que los Grimaldi. Bokassa demostró en el siglo pasado que para coronarse emperador no hace falta más que un trono y un manto de armiño.
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Lo que no me parece justo es extremar el treno por un hecho tan simple, toda vez que estamos viendo que en las democracias más pizpiretas no falta precisamente aquel sentimiento patrimonial. En la española, para empezar, si hiciéramos la lista de dirigentes de segunda y aún tercera generación veríamos lo que es bueno y en la francesa acabamos de ver como un tipo serio como Sarkozi moviliza a toda la policía especial para recuperar la moto del nene robada por unos pringaos de la ‘banlieu’ que parece que, contra todo pronóstico, puede amarrar su triunfo en las próximas elecciones. Todo poder tiende al favoritismo y siente el tirón nepótico, como estamos comprobando un día sí y otro también viendo a esos hijos, hermanos, sobrinos y cuñados que se forran adjudicándose los contratazos públicos que su epónimo legitima a distancia con el solo influjo de su apellido. Kim Jong-nam, moyatoso y  mujeriego, es por eso precisamente un escándalo que se sale de la regla y pone patas arriba el esquema del poder hereditario que tiene su inmediata base en la lógica de la propiedad privada, según la cual lo que debería estar haciendo no es montar orgías en Macao sino instruirse en Pyongyang aprendiendo junto al “Amado Líder” las técnicas del control social que son, aunque él no lo sepa o no quiera saberlo, el hontanar desde el que fluye pródiga la fortuna que lo mantiene como un magnate y le paga sus vicios. Herederos rebeldes a su augusto futuro los hubo en las mejores dinastías como siempre hubo junto al César favoritas maquinadoras sin escrúpulos como las “chiches” argentinas. Yo no puedo entender la que Jaime Peñafiel trae con doña Leticia con la que está cayendo sobre el siglo XXI.

El modelo Chiclana

Resulta espectacular –sorprendente, no, desde luego, al menos para quienes venimos enunciando le hecho desde hace años—el pifostio urbanístico montado en Chiclana por los Ayuntamientos del PSOE que ha dado lugar a la existencia de miles y miles de viviendas ilegales, un PGOU suspendido por el TSJA y le proyecto de “legalizar” masivamente la situación a base de pagar los gastos, no entre los responsables municipales y los propietarios afectados, sino entre todos los ciudadanos. Poco les ha importado que el Defensor del Pueblo haya reclamado el precinto urgente de las edificaciones ilegales y el aviso a la autoridad judicial de su eventual legalización. Que si quieres arroz. El propio redactor del PGOU suspendido tendrá la sartén por el mango a la hora de “reparar” el daño causado mientras los alcaldes responsables hace tiempo que fueron “ascendidos” políticamente. ¿Por qué hablar siempre de Marbella? Salvadas las distancias, habría que centrarse también en las Chiclanas. 

La o de obrero

A las Administraciones del PSOE onubense le crecen los enanos esta temporada, entendiendo por enanos a los pobres trabajadores públicos –¡ay, la O de Obrero decimonónica pero tan rentable!–, como acaba de poner de relieve otra vez la sentencia de la Sala de lo Social del TSJA que condena al Ayuntamiento tránsfuga/recuperado de Gibraleón por su actitud “discriminatoria” y “contraria a las más elementales normas de cortesía y respeto hacia un trabajador” en el caso de la trabajadora, “vinculada al anterior gobierno”, que sufrió tan duro castigo. Junto al peligroso caso de ‘mobbing’ en que está imputado ya el presidente de la Diputación y alguno que otro, tremendo y absurdo también, que se prepara dentro del área de la propia vicepresidenta y candidata a la alcaldía, Manuela Parralo, no ha duda de que el partido ha extraviado el norte genuino y funciona hoy como una maquinaria empresarial idéntica a otra cualquiera. Es la consecuencia del clientelismo, del nepotismo y de otros ismos degradados, sólo que llevada a sus extremos más injustificables.

Tirar la pava

En un pequeño pueblo de la campiña de Jaén, Cazalilla, autoridades y vecinos  acaban de resolver por las bravas, una vez más, el contencioso entre progresismo y barbarie arrojando una pava desde el campanario como en otros lugares hispánicos arrojan cabras desde sus torres. Cazalilla tiene 800 habitantes largos, sus remotos orígenes en el calcolítico, según dicen, debe su villazgo al rey N.S. don Felipe II, padeció trágicas convulsiones por ambos bandos con ocasión de la guerra civil y cuenta entre sus hijos preclaros al todopoderoso factótum Gaspar Zarrías que comparte su protección con san Blas bendito, cuya festividad aprovechan los mozos para lanzar desde el campanario, como va dicho, la pava indefensa a cuyo captor se le presupone un año de suerte y bonanza. De más están las protestas “verdes” y las voces levantadas contra esa “tradición romántica”, como están de más en otros lugares de España en que el concepto de “tradición” sigue sometido a criterios tan flexibles como poco rigurosos. Hay en España cada día más “tradiciones acrisoladas”, desde la que se celebra en cierto pueblo levantino en memoria de la ‘tomatina’ que, hace medio siglo escaso, organizaron unos feriantes briagos, hasta la ducha colectiva que, sobre o falte agua en los pantanos, se prodiga en algún pueblo bajoandaluz que incluso ha pedido ya para ese esparcimiento, en alguna ocasión, tratamiento de exaltación oficial por su presunta contribución al desarrollo turístico. Hay cosas peores, ya lo sé, pero quizá fuera siendo hora de templar gaitas con la razón y evitarnos esos espectáculos lugareños, de paso que nos planteemos qué razón o sinrazón late bajo esos rituales que han entrado en la antropología por la puerta de atrás si es que alguna vez han conseguido penetrar en ella. No hay liturgias infundadas ni funciones que no respondan a hondos motivos ocultos. Si vamos a dejar que se mantengan estas costumbres brutales al menos deberíamos plantearnos qué fuerzas las mueven desde su penumbra inconsciente.
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No parece dudoso que bajo esas agresiones latan oscuras motivaciones que si fueran objetivadas resultarían probablemente inasumibles. No se le ocurre a cualquiera así porque sí la idea de subir un animal hasta el cuerpo de campanas de su alminar para lanzarlo desde allí ante una muchedumbre ansiosa de satisfacerse con semejante violencia. Antropólogos ha habido que ponen esas cabras y pavas en la cuenta del espíritu cainita y hasta hay quien ha relacionado estas prácticas abyectas con temerosos antecedentes incívicos vividos en la localidad respectiva. Pero sin necesidad de asumir argumentos tan graves, no parece cuestionable que algo vidrioso subyace en una mentalidad que se complace en festejos consistentes en “engrasar” cerditos por san Antón, descabezar gallos a mandoble limpio a la menor de cambio, correr “toros de fuego” para alumbrar las ferias o solazarse contemplando el desconcierto de una punta de avestruces encerrados en un corral. Porque la pava de Cazalilla, al fin y al cabo, no es más que uno de los 60.000 animales que anualmente se maltratan en nuestro país, según la estadística de las organizaciones ecologistas que se baten administrativamente –sin gran éxito, todo hay que decirlo– contra estas costumbres, la inmensa mayoría de los cuales no remonta su “tradición” más allá de los abuelos cazurros. Puestos a decirlo todo, no es descomunal la idea de que estas barbaridades no sean más que sacrificios simbólicos, liturgias “sustitutivas” en las que el bruto arrojado al vacío representa –alguna vez, y no hace mucho, se le puso a la cabra, en uno de esos lugares, un nombre de persona concreta—al enemigo o simplemente al adversario, del que la pava o el cabrón descolgados no serían más que freudianos e inocentes bucos. Marañón veía en la tauromaquia la razón del guerracivilismo. Tentado está uno de proponer ese argumento justo por el revés.