Utilidad de la bisagra

IU y PA van a ir de bisagras a las elecciones. Dirán lo contrario, ya lo verán, pero de bisagras acabarán yendo a las próximas como han ido en las anteriores. El andalucismo es un  solar ruinoso, cierto, pero, miren, quién sabe, con menos se han hecho fortunas. IU es una jaula de grillos, con sus profetas domesticados y sus burócratas profesionales. Y el PSOE lo sabe y, como es natural y lógico, lo tiene más presente a medida que parece oscurecerse un horizonte que empieza a recordar a otros poco tranquilizadores, razón por la que habla continuamente de “pinzas” malignas a pesar de que Chaves haya debutado montando la suya con la extrema derecha almeriense. Hay mucho dinero por medio, la autonomía hace tiempo ya que es un emporio, y unos y otros lo saben. De manera que habrá pacto en caso de que el PP no obtenga mayoría suficiente, aunque esta vez no le habría de salir casi gratis al “régimen”, como las anteriores.

Idiotismos ‘de genero’

Lo de “jóvenes y jóvenas” que inmortalizó a Carmen Romero no es nada comparado con lo que luego ha venido cayendo a medida que arreciaba el tsunami ignorante de que en español la regla de –RAE ‘dixit’– el masculino genérico. El lehendakari, sin ir más lejos, dejó caer en su discurso de Navidad un saludo que, junto a los consabidos, “ciudadanos y ciudadanas, vascos y vascas” dejó caer, el muy membrillo, un “nosotros y nosotras” sobre el que no me detengo a ironizar. Y aquí en Huelva, la candidata calañesa Cinta Castillo parece ser que clamó en una asamblea de las suyas: “Compañeros y compañeras, concejales y concejalas, cargos y ‘cargas’ ”. Es el triunfo final del idiotismo “de género”, que empieza diciendo que no sube a un estrado porque en él hay un varón (como Castillo) y acaba un insultando de rebote a sus colegas. Eso sí, cuando hay que defender a una mujer de “uno de los suyos”, chitón y paso largo. Al fin y al cabo el empeño feminista en los partidos sigue siendo una estrategia controlada por los machos. Que le diga Cinta Castillo lo contrario a Barrero y verá.

Teoría del color

No me parece raro sino quizá todo lo contrario que la ambigüedad ideológica, sobre todo en política, se compense con el radicalismo conceptual. Puede que desde el PSOE, por poner un caso, se eche mano del concepto de “extrema derecha” para descalificar al adversario justamente porque se ha convertido en un auténtico tópico decir que entre ambas opciones, entre la socialdemocracia reinante y el conservatismo opositor –o para ponerle nombre y rostro a la propuesta, entre Solbes y Rato– no existen, en realidad, diferencias apreciables de programa, lo que equivale a decir que, como quien no quiere la cosa, sus recíprocos desplazamientos hacia el Centro han vaciado de contenidos específicos sus respectivos idearios para reunirlos en un cliché pragmático que lo mismo valdría para uno que para otro. Escuchar a ZP proclamarse “rojo” no tiene otro sentido que el que pueda derivarse de la provocación  misma o el que guste atribuirle la coquetería narcisista que es el complemento inevitable de la “mala conciencia”. Y nada les digo oírle a Chaves  asumir en vacío esa metáfora rancia — que, por tantas y diversas razones, con poca gente pega tan poco como con él– avisando que la asumiría con gusto como si todavía existiera realmente la posibilidad de que algún energúmeno o un despistado irredimible fuera capaz de confundir a un dirigente como él con el perfil que implicaba aquel feroz apelativo. La solución del falso debate sobre la vigencia de la vieja dicotomía derecha-izquierda se resuelve sola con sólo comprobar que el propio calificativo (‘rojo’ por ejemplo) se ha convertido en una “res nullius”, en una cosa que a nadie pertenece por derecho, y de la que, en consecuencia, cualquiera puede apropiarse sin mayores (ni menores) consecuencias. Yo no diría siquiera que Julio Anguita sea un ‘rojo’, a pesar de ser él uno de los pocos, si no el último, que se descoyunta tratando honradamente de mantener vivo el paradigma de la frustrada utopía. La política de colores se le creen hoy menos que nadie los contados anacrónicos que tratan de utilizarla a falta de una utopía genuina.  Disculpen mi renuncia a  bromear con unos cuantos nombres.
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Un buen ejemplo lo tienen en el recibimiento dedicado a Pizarro, silencioso en un primer momento de incómodo estupor, y basado luego en simples y ridículos  improperios que van desde el “indecente” que le ha dedicado la Vicepresidenta, al de “tiburón” que han salmodiado por ahí los monaguillos, mientras el aludido repartía efusiones negándose en redondo a entrar al trapo de las provocaciones.  En política, cada vez más, “se está”, no “se es”, recuerdo que dijo ya Ernst Jünger, y a ver qué vamos a hacerle los que únicamente tenemos el recurso de votar cada cuatro años y con una ley electoral que es un cachivache, lo cual se lo pone de lo más fácil a los oportunistas, como es lógico, mientras desanima a tope a los espíritus éticos. Y por eso precisamente carece de sentido acogerse a nociones anticuadas, hoy sólo posible a título de caricatura. ¿ZP o Chaves rojos? ¡Amos, anden! Lean las memorias de Manuel del Valle, el ex-alcalde sevillano, amigo y testigo privilegiado de los años difíciles, si quieren ver lo lejos que quedaba este burócrata eternizado de los que en su época se ufanaban todavía de ese título revolucionario. Cuentos. Este personal está apalancado en el punto idóneo sugerido por los sondeos pero en cualquier momento puede desplazarse, como tantas veces hizo ya, hacia donde mejor le convenga. A más de uno puede que le resulte doloroso tener que renunciar a esa identidad cromática con tal de no coincidir con espontáneos como estos hijos y nietos del antiguo régimen.

El silencio “de género”

El presidente  Chaves ha debido pedir públicas disculpas a los ciudadanos (quiero decir, a los votantes) por el increíble despido en masa de las interinas despedidas por al consejera de Educación por estar embarazadas. Lo propio debería hacer Valderas, o quien mande de verdad en esa casa de locos, ante el despido de otra mujer grávida de una administración gobernada por esa otra “izquierda”. Cuesta entender, sin embargo, el silencio de las organizaciones femeninas del PSOE, que tanto poder tienen, desde el Instituto Andaluz de la Mujer al “Lobby de mujeres” famoso que, por lo visto, no se preocupa más que de ellas mismas. Cuando un concejal o un alcalde del PSOE ha zurrado a una dama en Aracena o en XXXXXXX, ni una de esas voces se ha levantado para clamar en el desierto. Cuando una madre martirizada ha muerto sin conseguir la indemnización otorgada por al Justicia y prometida por al propia consejera, ídem de lo mismo. A eso le llamo yo “silencio de género”. Ellos, seguro, le llamarán de otra forma.

El tren en marcha

El PSOE onubense ha extremado su oposición salvaje hasta el último momento de la legislatura, tanto por lo que se refiere el proyecto del Ensanche Sur (años perdidos para la capital, lo mismo que cuando lo de Isla Chica) como en relación con al Ciudad de la Justicia que Chaves aprfece decidido a no conceder nunca a Huelva en tanto tenga la vara de alcalde Pedro Rodríguez. Última muestra: el viejo edificio del Banco de España, que Parralo reclamaba (como si la idea se le acabara de ocurrir a ella) durante sy frustrada campaña, y que ahora acaba de pillar en el último vagón y con el tren en  marcha la consejera de Cultura, al prometer “de palabra” un simple “estudio previo sobre la rehabilitación”. Es una vergüenza que se le niegue a los onubenses el pan y la sal sólo por perjudicar a un alcalde del PP que gobierna, todo hay que decirlo por mayoría absoluta.

Un caso raro

El simple anuncio de la incorporación de un legendario gestor empresarial como Manuel Pizarro a la vida política de partido está provocando un auténtico seísmo en la opinión privilegiada, no en la opinión  de todos los ciudadanos, sino en la de sus profesionales, es decir, de los propios políticos y de los periodistas. ¡Todos clamando por la venida de la “sociedad civil”, tantas novenas a la santa Rita cívica, para acabar desorientados ante la parusía de un candidato forastero en la tribu! Ha llamado gravemente la atención, de entrada, que el aparecido declare su intención de concentrarse en el futuro en vez de ensimismarse en el pasado, aunque sin descartar, si fuera preciso, un eventual debate en la palestra de la memoria. Se ha hecho notar también, con las del beri, que el hombre llega rico a la política, tal vez sin reparar en que, de haberse prodigado esa circunstancia en nuestra democracia, podríamos habernos ahorrados muchos bochornos. No menos interés tertuliano ha suscitado el hecho de que, en lugar de perpetrar la farsa de tantos otros “independientes de partido”, la criatura haya pasado por ventanilla para formalizar su carné de partido y domiciliar el cobro de sus cuotas. Y en fin, el colmo del estupor se ha centrado, por el momento, en su renuncia a integrarse en la trifulca nacional dispuesto –a pesar de que lo más simpático que le han llamado desde la acera de enfrente ha sido ‘tiburón’– a no enzarzarse con el adversario. En su propio partido –como un homenaje conjunto a Weber, Mosca y Gramsci– sus nuevos “compañeros” han enseñado las uñas o, como poco, han dejado oír su enojado ronroneo como bienvenida zoológica al extraño recién llegado al territorio. No cabe mejor demostración de la insustancialidad de los reclamos políticos y, en concreto, del que viene implorando hace tiempo –seguro que sin saber bien de qué habla– esa tropa que ha hecho de la política una profesión y de la profesión un fortín. Un hombre que ha librado tan singular batalla contra el propio Gobierno en defensa de unos accionistas y que se ha jugado el bigote que no tiene en ese lance, provoca el mayor recelo, no sólo en el amenazado adversario, sino entre sus propios conmilitones. La metáfora de la sociedad civil acaba de estallarle en las manos a esos artificieros papagayos.

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En la radio he escuchado a Pizarro recordar que un secretario del Tesoro con Clinton se recicló sin el menor problema como vice del Citybank, pero yo creo que no hace falta ejemplo alguno para justificar que un experto en el negocio se integre en eso que Pareto llamaba las “elites gobernantes” y a las que Raymond Aron prefería ver instaladas en el esquema social como una suerte de amortiguador entre la “elite” propiamente dicha y la “clase política”. Hace muchos años que Ortega creía que el papelón de “gran empresario” que corresponde, quiérase o no, al Estado, debería corresponder a ese segmento social familiarizado con “el gran dinero”, como diría Dos Passos, que son los que hoy llamamos “ejecutivos”, argumento al que no se me ocurre qué podría oponerle un PSOE desde el que se ha repetido con énfasis (Solchaga, Obiols…) el famoso “¡Enriqueceos!” que suele atribuirse a Guizot aunque yo confieso que nunca lo he encontrado en su obra. Es más que posible que el acierto de incorporar a un proyecto público a Pizarro –una leyenda nacional, repito, a pesar de los pesares– haya desconcertado tanto a la “clase política” porque, lamentablemente, su ideología suele comenzar y acabarse en al conciencia endogámica. Practican a Maquiavelo sin conocerlo ni de vista y eso es malo. Pero ahora se han dado de bruces con la realidad, quién sabe si alumbrados por la luz negra de la crisis. Esta tropa pasillera confunde capacidad profesional con mérito partidista y le va divinamente. Puede que la irrupción de Pizarro suponga para esta democracia justamente eso que tanto asusta a los aficionados.