Innovación y vejez

En la industria del calzado valverdeña es antiquísimo el recurso a la “economía sumergida”. Cuando El Mundo destapó el “caso Wenceslao” quedó patente que en ciertas fábricas integradas en la patronal –y de las que, naturalmente, el Ayuntamiento y demás autoridades deben saber lo suficiente en un pueblo en el que todo el mundo se conoce– empleaban mujeres en trabajos domésticos, niños en labores enojosas y no exentas de peligro, y hasta mano de obra ilegal que se escondía a la autoridad laboral en zulos o se desalojaba por la puerta trasera de la fábrica. El Ayuntamiento admitió esa barbaridad y hasta la justificó (está publicado) con el argumento de la globalización, además de pedir tiempo para combatirla, prometiendo erradicarla en un plazo que se ha ido alargando hasta el día de hoy en que trabajadores y algún sindicato mantienen que poco o nada ha cambiado. Bueno, nada no, porque estos días se ha inaugurado un “Centro de Innovación Tecnológica” que queda chulísimo pero contrasta con aquella realidad decimonónica. Ayuntamiento, Diputación y patronal están al último grito pero no son capaces de acallar el lamento secular de esos maltratados trabajadores.

Dos en uno

En el incesante tropel de noticias que propagan los científicos destaca esta misma semana el descubrimiento, por parte de unos sabios italianos e ingleses, de una importante población de organismos que han logrado perpetuarse la friolera de cuarenta millones de años sin necesidad de recurrir a las relaciones sexuales. Es una lata quizá tener que repetir tantas veces el hecho de que la división sexual no es una condición de las especies sino un carácter adquirido en el proceso evolutivo, de manera que de los primitivos seres asexuados que, como los ahora descubiertos, se reproducían por simple clonación, acabarían surgiendo los que para reproducirse precisan de los dos sexos, bien entendido que el dominio inicial de las especies femeninas fue un hecho “primario por defecto” pues hoy se conoce bien la experiencia de algunos peces cuyas gónadas primitivas han evolucionado de modo imprevisible hasta diferenciarse en ovarios, testículos o incluso en ambos a una. Los sexos separados, que es lo propio de los seres llamados ‘diocos’, parece que triunfan en los ‘eucariotes’ (cuyas células son nucleadas) frente a los elementales “procariotes”, como las bacterias, cosa que fue probada en la universidad de Southampton no me acuerdo ya cuando, porque la mayor capacidad reproductiva de los asexuados provoca que poblaciones crecientes compitan, en desventaja, por dotaciones fijas de alimento. Nada, pues, de abrazos melifluos entre náyades y divinos mancebos, nada de favores celestiales al amor desmesurado de la náyade que se funde milagrosamente con el efebo para que su amor no acabe nunca. La realidad es mucho más prosaica, esto es, considerablemente más elevada y admirable que las consejas de una fábula, haya que reconocer o no que hubiera sido una pena perdernos el pasaje de la “Metamorfosis” en que Ovidio cuenta la historieta de Salmacis y Hermafrodito. Lo único que, probablemente, resulte incuestionablemente propio del sistema bisexuado es su compleja carestía. Lo prueba que frente a tanta tragedia derivada de los conflictos del sexo no hay la menor noticia de un ser autoclonado en apuros.
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Nuestros sabios rescatan, en fin de cuentas, aquel hermoso mito que tanto inquietó, por ejemplo, a un Velázquez que, durante uno de sus viajes italianos, mandó hacer una copia de la bella “Hermafrodita” que hoy luce en el Louvre, quién sabe si modelo de su “Venus del Espejo”. Hay mucho más que el morbo que rebusca el turismo verbenero en esas representaciones del “ser doble”, lo mismo en las Termas de Roma que en la Galeria Borghese, y ese plus es la prodigiosa intuición mítica de la realidad que Policleto y sus imitadores del helenismo no hicieron más que plasmar en mármol de Paros o en bronce dionisiaco, a saber, que en los orígenes la vida venía a ser una experiencia especular, en cuya virtud el reflejo clónico del ser vivo “encarnaba”, valga el barbarismo, en otro distinto e idéntico, separado pero indiscernible. Un mito como el ideado por Ovidio o Higinio viene, seguro, rebotando de siglo en siglo, pero tiene su origen mucho más arriba, allá donde la noche de la Historia se deja clarear por los primeros albores, en la mente de un hombre todavía lo bastante primitivo –es decir, ‘ingenuo’, ‘libre’– para penetrar, en la íntima experiencia de la especie, en los arcanos escondidos de la esquiva Naturaleza, aunque aún sin otra perspectiva mental que la que le tiende, como un misterioso pero seguro puente, el pensamiento mágico. ¿Por qué imagina ese hombre auroral el portento de la bisexualidad que tan raro se le hace hoy al racionalista baqueteado en la secreta guerra de los sexos? El otro día, contemplando la réplica de ‘Hermafrodito’ que el cardenal Borghese hizo esculpir en sustitución del que hoy vemos en el Louvre, me asaltaba una vehemente ilusión de la preeminencia del mito, de la constancia de su antigüedad y, cómo no decirlo, del placer de su perenne belleza.

Listas cerradísimas

El alcalde de Ayamonte acaba de dar una soberana lección política a su partido, el PSOE, y por extensión, a todos los demás: se ha retirado del tirón, tras dieciséis años en el cargo, con tal de no aceptar la lista que trataba de imponerle el “aparato” desde la capital, y lo ha hecho con un desplante garboso: “Recibí una llamada de la Ejecutiva para que nos sentáramos a confeccionar la lista, y yo dije que a mí, la lista no me la confeccionaba nadie: eso lo hago yo”. Y lo hizo: “ascendió” al número 2 hasta el 1 y se retiró el por el foro dejando plantados a los muñidores. Hacen falta muchos alcaldes como ése, que no traguen con tal de continuar, que sean capaces de hacerse respetar por su propio partido para ganarse el respeto de los ciudadanos. En el PSOE y en todos los partidos, por supuesto. Mientras la sumisión servil sea la regla estas excepciones serán la última pero imprescindible esperanza. 

La gente y los partidos

El viernes por la tarde Iberia retrasó su vuelo procedente de Barcelona y el invitado de las “Charlas en El Mundo”, el diputado catalán Albert Rivera no pudo llegar a la casa Colón –en la que anunciaba un discurso sobre la realidad de los partidos y el papel de los ciudadanos en la política– hasta las diez y media de la noche. Bueno, pues allí se quedó un salón lleno de onubenses, a pie firme, aguantando esas dos horas con tal de escuchar cosas que, a juzgar por el entusiasmo manifestado, no los defraudó cino todo lo contrario. Tan cansada, tan harta está la gente de la partitocracia, del rifirrafe insustancial, de la camelística sistemática, que es capaz de esperar dos horas a un conferenciante. ¿Se imaginan lo que probablemente hubiera ocurrido en un mitin de partido fuera de los obligados por la nómina? Decididamente, los partidos tienen un problema de credibilidad y respeto que ellos se han buscado –cierto que unos más que otros– a pulso y sin atenuantes. 

Mía o de nadie

Otra vez hay inundaciones en la cuenca del Ebro. Como en años anteriores, se quejan los inundados mientras muestran desolados a las cámaras la ruina de sus casas y enseres, en espera del inevitable decreto que tardará en promulgarse y, en fin de cuentas, será recordado –otro– como tardío e insuficiente. ¡Agua va, agua al mar!  Arcadi España propone una explicación sobre la actitud contraria al trasvase en su precioso viaje por el gran río titulado con el palíndromo “Ebro/Orbe”, una joya: “Buena parte de la conciencia aragonesa no quiere más cauces en el Ebro, porque intuye, quizá falsamente, que sus necesidades de agua están ya cubiertas: y que el agua va a encauzarse sólo para las necesidades de otros”. Y recoge una observación de José Carlos Mainer, su huésped esa jornada: “Ya no hay nada que regar aquí. No hay gente. Y los regadíos sólo son rentables cuando puedes recoger varias cosechas al año y vender frutos fuera de temporada, como hacen los andaluces…”. Lo dicho, “o mía o de nadie”. En años pasados se fueron al mar cantidades ingentes de agua que podrían haber aliviado la sed de la España más al sur. ¡Y qué! Estos mismos días se denuncia que la cantidad de agua perdida en el Ebro bastaría para cubrir las necesidades hídricas de Valencia y Murcia juntas, pero la denuncia se pierde sobre un fondo tumultuoso de aguas que se desbordan –en Navarra, en Álava, en Logroño, en Zaragoza– arruinando a las mismas familias que se niegan a ceder el peligroso excedente. Arcadi sostiene que no tiene sentido seguir pensando en la solución del trasvase una vez que se ha esfumado la conciencia de unidad, esto es, una vez liquidado, en alta medida, el concepto unitario de España. Y lleva razón, seguramente, pero el espectáculo casi anual de estos despilfarros que dañan a los propios adversarios del trasvase sigue injuriando al sentido común. ¿El agua? ¡O mía o de nadie! La cosa es tan jodida de entender que hay partidos, como el PSOE, que ondean simultáneamente bandera blanca en Aragón y roja en Andalucía.
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En China, o sea, en el futuro, la mayor presa del planeta es probable que influya (¡y sin nadie sepa cómo!) sobre el ‘medio’ pero va, probablemente, a darle de comer a esos cientos de millones de campesinos hambrientos que son la rémora del “nuevo régimen”. Aquí, ya veremos. Arcadi sostiene que, eludido el tema del trasvase desde Cherta a Almería por imposible, hay una solución práctica: desaladoras más energía nuclear. No sé, cualquiera sabe.  Pero si conecto la tele veo la escena repetida de los vecinos sorprendidos por el meteoro, mirando machadianamente al cielo con un ojo mientras baldean el pasillo o rastrillan la acera, como veo la obscena riada apretándose tumultuosa camino de la mar –“que es el morir”, no se olvide– en vez de tirar para el sur en busca de los secarrales donde se mustian los plantones y se resquebrajan las terroneras. Y cuesta, vaya si cuesta, entender ese espectáculo, lo mismo en el Ebro que el Guadalquivir, quizá porque en la Historia de España hay mucho canal y mucha acequia, toda una entrañada trama arterial sin la que no se entendería ni nuestras paces ni nuestras guerras vecinales. A las puertas de la catedral de Valencia se reúne los jueves –ya sin orden del día, tengo entendido– el Tribunal de las Aguas en el que los propios huertanos regantes hacen sus justicias y las acatan como está mandado. “El agua no es de nadie porque es de todos”: he ahí un principio admirable hoy en pleno desuso. Sobre todo en le Ebro, donde estos días, como en ocasiones pasadas, miles de metros cúbicos (más de 1.000 por segundo si el meteoro no aprieta) van absurdamente en busca del mar mientras Caín se lamenta porque el légamo se acumula, los enseres se pierden y el decreto, ay, no llega.

‘Motu propio’

Lo del PA renovado/reciclado/arruinado tiene cada día más mandanga y si no, véanlo un día (o dos, vamos) votar en el Parlamento pegado como fiel escudero a la jareta del PSOE y al siguiente salir por peteneras, evidentemente concertadas, “exigiendo” a Chaves que “actúe de ‘motu propio’ en el “caso Malaya” y comparezca dispuesto a aclarar todo lo aclarable no porque nadie se lo mande sino por vergüenza torera. Camelos, no le den vueltas. El PA ha podido navegar entre varias aguas lo que ha podido pero ve que se acercan las elecciones y anda calculando ya el posible pacto/visagra con un PSOE eventualmente necesitado en los Ayuntamientos (especialmente el de Sevilla) o, quién sabe, tal vez también en la Junta. Nada, cuentos, porque si el PA quiere de verdad esa gran justicia no se entiende que vote en el Parlamento contra la propuesta de su investigación. Navegar con doble pabellón puede resultar útil pero expuesto a que te disparen por ambos costados.