El 19-F

Decía antier un columnista aquí al lado que la manifestación organizada por UGT para el 19-F es una trampa saducea dispuesta de tal modo que el Alcalde no pueda escapar nunca de ella; si no acude, porque lo lapidarán; si lo hace, porque se llevaría –que es de lo que, sin duda, se trata, la gran bronca. Ah, pero ahora no es la Derecha, sino CCOO, el “sindicato de clase” al que sus rivales llaman con las del beri “los comunistas”, la que levanta un argumento firme y desconvida por su cuenta a la militancia propia por estimar que el montaje obedece más “a oportunismos políticos que sindicales”(sic), una decisión que va a dejar en la estacada a la comparsa de Luciano Gómez cortando de un tajo la coartada de la famosa correa de transmisión entre el sindicato y su partido. Acierta CCOO desmarcándose de un conflicto partidista que sólo busca erosionara un adversario municipal hasta ahora invencible en las urnas. Pocas cosas prestigian tanto a medio y largo plazo a un sindicato como la credibilidad.

Cultura política

Escucho estupefacto a un actor galardonado en los Premios Goya dedicar su éxito desde el ambón a sus padres, a sus hermanos, a una tía de Valladolid y, no se lo pierdan, “a la pronta disolución de esa cosa llamada Conferencia Episcopal Española”, supina extravagancia que acabar de arrebatar a un público políticamente entregado en un alarido de aprobación. ¿Hay que joderse o no hay que joderse? Acabo de leer la última obra de Marc Fumaroli, el controvertido intelectual francés que, entre tantas tesis curiosas e inquietantes, nos sale ahora con una requisitoria de órdago contra lo que el llama desde el título “El Estado cultural”, es decir, un tipo de organización sociopolítica que se ha apoderado de la Cultura para hacer de ella un “indicador de prestigio” y, de paso, un  instrumento de propaganda. La polvareda que está consiguiendo (y digo “consiguiendo”) levantar el libro se debe, a mi juicio, a que lo que plantea el autor es el fracaso de la “cultura dirigida”, aquel gran fiasco del “socialismo real” que ha logrado encauzar, sin embargo, la sociedad medial hasta hacer de ella un simple instrumento político por el sencillo procedimiento de financiar la actividad artística (o algún sucedáneo suyo) como ocurre señaladamente en el caso del cine pero, ciertamente, también en otras actividades. ¿O no es verdad que los ‘Goya’ se han convertido en una suerte de vanguardia del zapaterismo a partir de la intervención en Irak, vanguardia que no podría subsistir sin la pasta que le paga su adhesión y las medidas proteccionistas que libran a su precaria industria de la inevitable competencia extranjera? La tesis de Fumaroli es que “el Estado cultural” ha fracasado de plano en su proyecto de crear e imponer una ‘cultura’ de masas, es decir, de democratizar la Cultura que es de lo que, al menos en teoría, se trataba tanto para la izquierda clásica como para la derecha civilizada. No se puede comprar la ‘creación’, el Estado no puede decidir el ideal artístico, proclamar, en definitiva, qué es arte y qué no lo es, pues ésa ha sido y presumiblemente será siempre función exclusiva de las élites. La subvención puede lograr esperpentos como el de esa dedicatoria de los ‘Goya’. Lo que no ha logrado ni de lejos es promover un cine digno y exitoso.
                                                                xxxxx
Me ha llamado la atención el énfasis con que el libro de Fumaroli muestra el vacío de eso que llamamos ‘creación cultural’, así como su tajante rechazo de la cultura-espectáculo, para lo que ofrece el hilarante y ridículo ejemplo de Jack Lang recitando un poema de Rimbaud en pleno consejo de ministros, o el hecho de que hoy ese dirigismo haya llegado a provocar que el edificio de un museo (pongamos el bilbaíno Guggenheim) acabe teniendo más importancia que su contenido artístico. Estamos, pues, donde estábamos hace muchas décadas, a saber, en la expectativa de una Cultura amparada por el Estado, gran y munífica clueca acogedora de todas las mediocridades, pero, de paso, beneficiaria de sus mimos agradecidos, aquella polémica que arranca en los albores del siglo con la revolución rusa para rebotar, de fracaso en fracaso, hasta topar con la evidencia. Algo que nada tiene que ver, por supuesto, con la agitación del saber y su difusión popular (valga el ejemplo señero de nuestra Segunda República en este terreno) pero sí con el proyecto de monopolizarlo dejándolo reducido a un mero instrumento de propaganda o adscribiéndolo a una causa partidista. El cine español, sin ir más lejos: ¿quieren un fracaso mayor y más caro, conciben un montaje tan maniqueo como para convertir su gala anual en un mitin agradecido? La Bienal veneciana fue cosa de Mussolini pero fueron los comunistas y algunos democristianos quienes la hicieron universal. A ese chufla adulador de los ‘Goya’ lo hubieran echado a patadas, por la cuenta que a cada cual le traía, lo mismo los lobitos de Togliati que los de De Gasperi.

La guerra del agua

Chaves admite que Andalucía tiene graves problemas de agua pero acepta el veto catalán al previsto trasvase. Y de paso, defiende que el agua desalada en la sedienta Almería (donde su discurso, claro está, no es el que lanza en Cataluña) viaje a Barcelona para aliviar el déficit de su consumo. ¡A ver quién lo entiende! Está cada día más claro –ahí está el dislate de proponernos aprender catalán a nuestros parados– que para este hombre sin ideas ni proyecto lo importante no es Andalucía –hay que recordar que sólo “a palos” aceptó presidirla– sino el Partido, cuya hegemonía de conjunto valora infinitamente más que nuestra ya imprescindible autonomía y a cuyo éxito sacrificará lo que se tercie como viene haciendo desde que llegó. La guerra del agua está dejando en evidencia todavía más clamorosa que Chaves ha aceptado para Andalucía el papel subordinado de ‘colonia’ de las autonomías importantes para el PSOE. Ni el charnego más acuclillado lo hubiera hecho mejor. 

A la aldea, ni agua

El grito de alarma lanzado desde Cumbre de Enmedio devuelve a la actualidad un viejo y grave problema lamentablemente oculto: el desamparo administrativo de los pequeños núcleos de población, esos pequeños pueblos y aldeas hablando de cuya decisiva tarea para conservar el paisaje y la ruralidad se le llena la boca tanto a las Administraciones autonómicas, como nacionales o europeas. En Huelva, en la Sierra sobre todo, hay muchos casos que el PSOE ha sabido con habilidad ir enredando en su red clientelar, pero es evidente que quedan fuera de ese privilegio electoralista algunos que carecen de interés para el recuento de votos o que, por el contrario, tienen  asegurada ingenuamente su fidelidad. La desaparición de un pueblo es siempre una tragedia que hace tiempo que en Europa se viene evitando con medidas compensatorias. En Huelva la cosa va más de simple cálculo electoral. Cumbres de Enmedio no interesa, no cabe duda. Uno esperaba que ese alcalde se hubiera dado cuenta solito hace mucho tiempo.

Dafnis y Cloe

El descubrimiento del sexo por los adolescentes ha preocupado toda la vida a los adultos que creían protegerlos ya con la ignorancia disfrazada de inocencia, bien con el consejo saturado de moralismo. A la hora de bregar con eso que algún comentarista ha llamado “la trabajosa conquista de la experiencia erótica”, mi generación hubo de vérsela (me refiero a la mitad macho, pues la otra era todavía pasiva, a estos efectos) con una pedagogía severísima que no dudaba en engañarla con fábulas aterradoras. El padre Tihamer Thót, un obispo húngaro, calculaba que la cantidad de semen eyaculado equivalía a diez veces su volumen en sangre, pero mucho más aterradora resultaba la especie colegial, difundida ‘sotto voce’por educadores moralistas, de que semejante actividad “reblandecía la médula”, desoladora imagen que, sin embargo, no parece que fuera capaz de arredrar a los practicantes. Me parece que está por descubrir el silabario capaz de deletrearle a los catecúmenos del sexo la experiencia de sus mentores, e incluyo en esta propuesta las modernas estrategias escolares de introducción a la sexualidad tanto como la denodada acción mediática de los sexólogos, no siempre fácil de distinguir de la pornografía. El último grito y penúltima esperanza parece ser el robot –es decir, ese disfraz del hombre que es inevitablemente la máquina replicante– de cuya condición “objetiva” se espera que facilite la comunicación eliminando la desconfianza. Como ese “Robin” informático, instalado por el ministerio de Sanidad para alumbrar las dudas adolescentes y que ha quedado colapsado, a las primeras de cambio, bajo el aluvión de cuestiones que le planteaba ese enigmático y masivo usuario sin rostro. Todos los esfuerzos en este sentido se estrellan contra la evidencia de que cuando la profe muestra en clase el pene de plástico, las criaturitas reconocen sin dificultad la ‘colita’ de la que carece, según su experiencia, la compañera de banca freudianamente abrumada por el complejo de castración.
                                                                    xxxxx
Los antiguos comprendieron que esa experiencia complejísima no entraba en la pedagogía sino que, para bien y para mal, constituía una iniciación que, como la mayoría ellas, había de ser afrontada en soledad o, en última instancia, en la soledad duplicada de la pareja idílica. La historia de “Dafnis y Cloe”, como la de “Leucipa y Clitofonte”, van mucho más allá de la aventura literaria al plantear la índole fatalmente individual del hallazgo erótico y la condición más o menos ‘poética’ de esa operación biográfica decisiva que es la búsqueda de la sexualidad. Un robot como “Da Vinci” (medio millón de operaciones quirúrgicas sin un solo fallo) es algo que está hoy al alcance de este Prometeo socializado que es el hombre actual, pero me temo que el Ministerio se las va a ver y desear para “reprogramar” a ‘Robin’ hasta hacerlo capaz de enfrentarse a la curiosidad y a la vehemencia de unos jóvenes seguramente más imaginativos en sus dudas que los programadores en sus certezas. Esa “trabajosa experiencia de la conquista erótica” de que hablaba el editor de Longo no entiende de atajos, como tantas cosas en la vida, sino que ha de aceptar su camino iniciático, que no excluye el consejo del centauro o el aviso de la circe, pero que deja en manos del héroe y de la heroína la última palabra de ese poema inacabable. Toda vida es, en definitiva, una ‘odisea’, acabe en Ítaca o se extravíe indebidamente, y eso vale tanto para Odiseo como para el joven Telémaco y, ni qué decir tiene, para la fiel y paciente Penélope. Es fácil enseñar de cejas para arriba, difícil de cintura para abajo. Por eso seguramente se ha bloqueado ‘Robin’, demostrando una vez más la ingenuidad del Poder y el fiasco de su autosuficiencia. Pocas lecciones tan cuerdas nos ha dado la ciencia-ficción como la rebelión del robot. Y pocas la política real como el fracaso de este ‘Golem’ de Bernat Soria.

Promesas gratuitas

Es enteramente desvergonzado el punto a que llega el oportunismo electoralista de las promesas por doquier. Hasta los minoritarios van prometiendo por ahí el oro y el moro, indiferentes al ridículo que produce una promesa de envergadura en boca de IU o del PA, pero los grandes no se quedan, como es natural, a la zaga, siendo de justicia reconocer una discreción mucho mayor en los compromiso que propone Arenas frente al desahogo con que Chaves promete por segunda o tercera vez el mismo cuando no trata de otorgar estatuto de compromiso político a lo que no es más que una obligación legal. Tendría que arbitrarse algún procedimiento de control de esos faroles, que comportara algún género de sanción para los incumplidos. Como eso no parece posible –¿quién se va a atar las manos a sí mismo?– habrá que resignarse a que nos traten como a borregos cada cuatro años.