La vidriera rota

El “candidato a palos”, Diego Valderas, que no ha aceptado presentarse por Huelva sino cuando no le quedaba otra provincia, pide ahora a sus paisanos de Bollulos que se una como una piña para que él esté en el Parlamento. Me figuro que se referirá a los votantes de IU, es especial a sus militantes, pero aún así va a tenerlo crudo (prueba irrefutable es que un coordinador regional como él tenga que pedirle el voto a sus correligionarios) teniendo en cuenta el cisma insalvable provocado en la coalición y en ese pueblo precisamente por su imposición por narices del pacto municipal que rechazaba la mayoría. Es fácil apedrear la vidriera, lo jodido es recomponerla. Y Valderas va a tener ahora que hacer encaje de bolillos si pretende que los mismos a los que sometió bajo el peso de su jerarquía lo salven ahora de la quema. Que sería la tercera, por cierto, y en consecuencia, tal vez la última para él.

Expulsiones selectivas

En Italia se organizó recientemente en encendido debate a propósito de la decisión de Prodi de poner en la frontera a aquellos rumanos, en su mayoría de etnia gitana, que supusieran una amenaza a la seguridad ciudadana, decisión que suscitó de inmediato una viva reacción no sólo en los países concernidos sino un poco en toda la culta y tolerante Europa que entrevió en semejante providencia una seña inequívoca de xenofobia si no de racismo. La primera reacción del colectivo afectado no fue, sin embargo, rasgarse las vestiduras, sino ponerse en la cola del “low cost” para hacerse con un pasaje rumbo a España, acreditado paraíso de la impunidad, por lo visto, en el que la autoridad se la pilla con papel de fumar antes de proceder expeditivamente en ese tipo de situaciones equívocas, a pesar de la auténtica exhibición de peligrosidad que determinadas minorías foráneas han demostrado en España. Hay realidades que es preciso admitir al margen de la pugna partidista y una de ellas es que esa presencia incontrolada ha propiciado un nuevo “estilo” de violencia manifiesto tanto en los crueles asaltos domiciliarios como en el hecho palmario de que de la casi decena de parricidios registrados en lo que va de mes, más de la mitad sea obra de extranjeros. Todo ello está provocando en la ciudadanía la inquietante cuestión de por qué no se excluye de la convivencia (legal o ilegal, esa es otra cuestión) a los agresores, por supuesto sin que la eventual muletilla de la xenofobia deba preocupar a una autoridad que se declara incapaz de atajar un mal que ni puede prever (al no disponer siquiera de estadísticas fiables) ni puede castigar a los ejemplarmente dado el grado superlativo de garantismo que aureola nuestro ordenamiento jurídico. Todo el mundo sabe que, incluso en el supuesto de expulsión del delincuente indocumentado, no es mayor problema el regreso en el vuelo siguiente y su vuelta a las andadas, circunstancia sin la que no se entendería el auge exponencial de las mafias en nuestra crónica reciente.

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Un espinoso problema, no cabe duda, al que el Gobierno piensa poner al menos una barda, consistente en que los extranjeros que hayan sido condenados por malos tratos podrán ser expulsados del país una vez cumplida en nuestras prisiones las pena correspondiente. Estupenda medida, sin duda posible, pero que conduce a una obligada pregunta: ¿por qué sólo a los delincuentes “de género”, por qué no a todos los responsables de delitos violentos, hasta ahora amparados por nuestra insólita permisividad (en sus países se les habría caído el pelo por acciones equiparables) y el raro sentimiento hospitalario que ha ido desarrollándose de modo no poco artificial a socaire de la “corrección política”? Suele alegarse que España fue un país de emigración antes de serlo de acogida. Bien, ¿y qué, alguien imagina lo que habría sucedido en los años 60 si nuestros sufridos emigrantes en Alemania o Suiza hubieran mostrado una peligrosidad similar, si grupos organizados de españoles se hubieran dedicado a asaltar pacíficos domicilios o hubieran logrado radicalizar la garduña local hasta los niveles en que lo están logrando entre nosotros? Aquí se da el caso de que el inmigrante indocumentado delinque adrede porque sabe con ello asegura su permanencia probablemente durante años. Como sabe que nuestras fronteras son un coladero (éste es un país turístico, no se olvide) por el que se puede entrar y salir sin gran riesgo de ser interceptado. Es obvio, pues, que esa medida “de género” no es más que una chapuza electoralista como lo es que no hay en este negocio medidas fáciles. Al alcalde de Padua por poco le cuesta la vara la ocurrencia de levantar un muro alrededor del gueto inmigrante. Una barbaridad, sin duda, aunque parece ser que esa delincuencia avasallada disminuyó desde entonces drásticamente.

‘Beautifull people’

No sería tolerable que al actor Banderas se le exigiera municipalmente más que a otro ciudadano; tampoco que se mueva Roma con Santiago y se desgañiten los ‘medios’ en busca y procura de un “indulto” en su favor ante la sentencia del TSJA que ordena la demolición, por razón de su ilegalidad, de su chalé marbellí. Es verdad que no es la primera orden de demolición del TSJA que se pasa por el arco un propietario (ahí está el caso de Montenmedio, tan vinculado al expresidente González) pero esa razón debería servir de acicate y no de lo contrario a una Justicia que, en los últimos tiempos, consiente con cierta frecuencia que no se ejecuten sus sentencias contra personajes con peso político o social. Banderas debe acatar esa orden y se acabó, aunque ciertamente bien podría alegar, aunque fuera como recurso al pataleo –y pensando en Antena 3, Blázquez, Atuxa y algún otro– la antigua exigencia de todos o ninguno.

Peligros del ocio político

El expresidente Cejudo ha roto inesperadamente en el empobrecido panorama de la crítica literaria, un poco a la manera de su compañero Ceada, cuando en su día probó suerte en la novela. Vean los peligros que encierra el ocio político, el mano sobre mano –que como senador aún tendrá más garantizado si cabe esa minerva– que ha convertido a este boticario en improvisado historiador y filólogo, a la sombra subvencionada del Iam Gibson, el mayor cazador de subvenciones de que haya memoria, “histórica” o de la otra. En fin, mientras se entretengan con sus Lorcas y sus Gibsons no han de hacer cosas peores, o sea que celebremos este estreno memorable olvidados de su hilarante contenido y de su prosa cascabulla. Este personal debe pensar que ser redimido en una lista te convierte en Churchill o en Azaña. Los ciudadanos, por su parte, pueden comprobar en esas audacias la verdadera talla de quienes viven de representarnos.

Montar en bici

Yo comprendo que ustedes no se lo crean a pie juntillas, perO en la Universidad Hispalense se creó hace poco una asignatura cuyo contenido y título resultaba del todo estupefaciente, “Montar en bicicleta”, cursada la cual los alumnos que hubieran demostrado la suficiencia debida recibirían por ella tres “créditos” útiles para la obtención, en su día, de su título superior. Hay que modernizarse, aunque a algunas personas nos resulte costoso asimilar en bruto ese término que por sí mismo nada dice, y la prueba de que es así es que, sin salir de la capital de Andalucía, ahí tienen ustedes la decisión de la IU municipal de sustituir la rancia aspiración colectivista por el “carril-bici” que ha costado un riñón, puesto en peligro cierto diariamente a millares de criaturas aunque, eso sí, confiriendo a la ciudad un inverosímil parecido emocional con el viario de Ámsterdam. Nuestros providentes modernizadores no descansan, en especial aquellos que tienen a su cargo la urgente reforma educativa que reclama el sentido común y el Informe PISA se encarga de poner en evidencia en cada entrega. No quiero, sin embargo, que la carga trivial que de manera inevitable comportan estas extravagancias se erija ante nosotros como arboleda que nos impida contemplar el bosque, pero la realidad es que, a cada rato, nos llega alguna noticia con nuevas ocurrencias que, en su conjunto, creo yo que van constituyendo ya una auténtica “contracultura” en la que, tras las huellas semiborradas de Ivan Illich y otros profetas fracasados que en su día pudieron fascinar a muchos, de lo que trata es de eliminar de la docencia –y quizá de la vida social en su funcional conjunto– la vieja cultura del esfuerzo que concernía y alcanzaba desde el destripaterrones hasta el galeno pasando por el predicador. El objetivo es diseñar un modelo de convivencia gratuita en el que el beneficio nos caiga espontáneamente en las manos, como un maná celeste, y a ser posible sin doblarla siquiera en caso de incendio, inundación o peligro de piratas, que eran las condiciones con las que el derecho viejo determinaba la emergencia.
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Ni un palo al agua, a ver si me entienden. El señuelo suicida con que la política trata de seducir a la plebe contemporánea es cabalmente ése de que para vivir bien no es preciso trabajar, como si la sociedad fuera un cuerpo taumatúrgico capaz de conseguir la felicidad, no por la estrecha senda del esfuerzo –esa herencia clásica reciclada por ascetismo cristiano–, sino por la calzada holgadísima de no se sabe que lógica improductiva. Si el ministerio que nos aflige ha consolidado el derecho del mal alumno a proseguir su “curso” como si tal cosa, la Junta de Andalucía, en vista del fracaso reiterado de su sistema público, acaba de mostrar a los profes la zanahoria de un miserabable complemento salarial que percibirían en caso de mejorar resultados, esto es, a base de rebajar la exigencia para reducir el fracaso. La universidad Pablo de  Olavide, por su parte, festejó el centenario del Sevilla F.C. creando una asignatura de libre configuración (no se pierdan el eufemismo idiota) que versaba sobre el “espíritu sevillista”. Pero antier mismo, en vista de la tragedia del tráfico, el Gobierno ha decidido eliminar la obligación de renovar el carné de conducir caducado y ablandar el examen “teórico”, naturalmente  “a demanda de los ciudadanos”. La contracultura del “no esfuerzo” será imposible, obviamente, pero no vean los votos que puede dar de sí, con independencia del efecto devastador que de modo inevitable viene provocando. Hombre, no se trata de elegir entre el esfuerzo y el suicidio, como Niestzche le hizo decir Élie Faure, ni de sacralizar al currelo, como el maestro Callois, viendo en el esfuerzo de Tántalo, al fin y a al cabo, una saludable gimnasia. El lío lo va a tener esta sociedad velocípeda el día en que tenga que dejar de pedalear.

Firmar a ciegas

Resulta de lo más desconcertante la decisión judicial que ha exculpado al ex-concejal sevillano imputado por al caso de las facturas falsas al considerar que ninguna responsabilidad hay en el hecho de haberlas firmado, toda vez que el político se limitó a “firmar lo que le ponían por delante”. Al margen del bochornoso y evidente escándalo–que la propia IU, a la que de refilón también afectaba, se esfuerza servil en minimizar– lo inaceptable es esa teoría según  la cual una firma preceptiva no es responsable, de tal manera que si, ciertamente, legaliza un pago o lo que sea, en cambio no participa de responsabilidad alguna ni siquiera en el caso –como el presente– en el que la benigna decisión incluye el procesamiento de los curritos que, efectivamente, construyeron una trama, según el fiscal, o perpetraron la estafa (el término lo utilizó en su día el propio Alcalde). El árbol de la responsabilidad no tiene copa, por lo visto. Eso es algo que, por desgracia, sabemos los españoles hace tiempo.