No se lo creen ni ellos

Estos días (del 12 al 14 de enero) se conmemora (¿) el noventa aniversario del nacimiento del andalucismo, es decir, de la famosa Asamblea de Ronda de 1918 y de la que tanta gente vive sin saber siquiera de qué habla. Por supuesto, el profesor Lacomba y los inasequibles al desaliento (con significativas ausencias, además), han tremolado la bandera y clamado sin gran eco, pero ni siquiera los que aprovecharon el paso del Pisuerga por Valladolid que fue el sincero aunque desafortunado comentario de Vidal-Quadras sobre Blas Infante, para hacer presa en el PP, se hayan acordado ahora de la efemérides. ¿Saben lo que ocurre? Miren, yo no soy Vidal-Quadras pero les digo sin encogerme que en la autonomía andaluza no cree ni ha creído nunca esta Junta que ha hecho de ella un “régimen”, como no creen ni de lejos en la paternidad de Infante ni en sus símbolos. El andalucismo le ha dado de comer a muchos. La diferencia con otros nacionalismos es que aquellos comensales, al menos, se creen el mito que nos cuentan.

La historia es hoy

Antier decían desde el PSOE onubense, para enterrar definitivamente el fracaso del Gobierno en el desastre de Aljaraque (once asaltos a domicilios en menos dos meses) que ese caso “era ya Historia”. Pero, lo que son las cosas, casi al mismo tiempo, un grupo mafioso (¿o no es una mafia una organización plurinacional organizada?) secuestraba a unos cuantos ciudadanos en Cartaya, suceso que el solícito alcalde, el comandante Millán, ha minimizado como simple “retención” y “ajuste de cuentas” entre mindundis del “trapicheo al por menor”. Y no señor: en Huelva está manifestándose un alarmante movimiento mafioso al que hay que atribuir todos esos asaltos a domicilio o este secuestro, sin que el delegado lego, Manuel Bago, sepa qué hacer con esa patata caliente. Seguro que las policías están haciendo su trabajo, también que la dirección política no sabe dónde está de pie. Y con la seguridad no se juega. En Huelva están actuando bandas organizadas o mafias y urge desmantelarlas, incluso si ello exige sustituir al director de orquesta por un músico auténtico.

Romance de lobos

La historia de la liberación de los rehenes de la FARC, esa estudiada comedia sospechosa de principio a fin, lleva camino de pervertirse definitivamente en basura sentimental. Nadie hace gran caso al mediador Chávez ni da un duro por Uribe mientras en gran parte de la prensa mundial –fíjense qué oprobio– gana terreno la crónica de la rehén y el guerrillero, el romance de lobos surgido en plena jungla, como una demostración más de la imprevisibilidad del amor, ese incendio incontrolable que se lleva por delante toda lógica posible. Nada de ‘síndrome de Estocolmo’, por supuesto, menos todavía de postfreudismos contrahechos ni hondas elaboraciones psicologistas: lo que deslumbra a la muchedumbre es el technicolor de esa pasión impropia entre la candidata y el rebelde, ese arrebato fatal entre la dama y el verdugo, con su truculento epílogo del hijo habido en un parto mosquitero y arrancado de los brazos de la madre para ponerlo a salvo en manos de un campesino hambriento, y su odisea posterior hasta ser identificado –en el penúltimo instante, repito– comparando su ADN con el familiar. El romance de lobos, en definitiva. La vidriosa relación insinuada por Polanski en “La muerte y la doncella”, entre el sádico torturador que amenizaba su maldad con el cuarteto de Schubert y la pobre víctima de los ojos vendados. O la vivida por la adolescente y el guardián del campo de concentración que Liliana Cavani cuenta en “Portero de noche”. Dicen que no es raro el caso cuando la desesperación perturba definitivamente las defensas naturales y el sufriente sublima su desolación dejándose seducir por el sayón. Puede. Y está claro como el agua que ese guión funciona en la imaginación de la mayoría, acaso porque conecta subliminalmente la necesidad con el oscuro fondo autodestructivo que acecha en la penumbra irracional. La ‘Justina’ de Sade, ‘La venus de las pieles’ de Sacher-Masoch, tantos montajes en los que la sumisión se decora o maquilla amorosamente, no inventan un universo psíquico sino que retratan crudamente el secreto que se agita en la sentina humana. La historia que nos ha traído de la selva Clara Rojas es tan vieja como todos nosotros.
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Una indecencia sobre otra, no la seducción de la víctima, claro, sino el éxito mediático de una farsa a la que el romance –¡y no digo nada del escabroso destino del niño Emmanuel!– le ha venido de perilla para encubrir la miseria de los pactos canallas, tanta mentira, tanto descontrol, tanta tolerancia, y hasta una reivindicación del terrorismo a cargo del gran bobo venezolano. Pero ahí está, una vez más, el recurso infalible al folletín, el ‘remake’ una y mil veces reeditado de ‘la dama y el vagabundo’ sólo que prestigiado a través del filtro que colorea de tonos heroicos la tremenda realidad del cautiverio hasta reconvertirla en aventura. Hay cientos de Claras retenidos en los escondites de la guerrilla, padres sin hijos, hombres sin mujeres, almas solitarias que no interesan de momento al mundo aunque no se puedan descartar, visto lo visto, nuevas mediaciones y nuevos romances, amores paradójicos o inauditas pasiones –humanas, demasiado humanas– de ésas por las que se pirra el lector, y no sólo el de ‘tabliodes’. Hubiera preferido una salida esquiva, sin cámaras, sin poses de estudio, ajena por completo al complejo entramado publicitario que ha rodeado el pestilente asunto, una salida que dejara ver en su auténtica condición de banda narco a esa guerrilla disfrazada, una liberación que no se rebajara a prestarle su quizá inevitable miseria a la comida de las fieras, en lugar de esta impúdica puesta en escena de la que no se ha librado ni el niño perdido y hallado sentado entre los doctores y en pleno genoma. ¡Ah, el amor entre la rehén y el sicario, la impagable historia de amor entre la capuleto y el montesco! Me quito respetuoso el cráneo ante quien la haya diseñado.

Chalés de concejales

Otro chalé ilegal de un edil, en este caso de un ex-alcalde de El Puerto, como antes de una ex-alcaldesa ‘sociata’ de Moguer, luego otro del  portavoz de su mismo partido en el Ayuntamiento de Lepe y tantos otros casos. El urbanismo parece no tener solución honesta, aunque en realidad lo que sucede es que ningún partido tiene voluntad de atajar ese negocio indecente en que se ha convertido. Pero si ya es grave –y, sin duda, lo es– la mangancia de los ediles, más intolerable resulta que personas que han ostentado u ostentan la representación del pueblo y, en consecuencia, manejan su poder, se beneficien directamente concediéndose a sí mismas lo que niegan a los demás con dureza y con toda la razón. Con una curiosidad añadida: que no hay noticia de que ni uno solo de ellos haya echado abajo la construcción ilegal, como no la hay de que ni uno solo haya devuelto la pasta que afanó. Esa es la mayor vergüenza de la llamada “Administración cercana”. Suya es buena parte de la responsabilidad del enorme descrédito caído sobre la gestión democrática.

El lío del ensanche

Chaves lo tiene cada día más crudo al retrasar la Junta las dos únicas medidas que tiene que adoptar para que la solemne promesa presidencial de despejar de obstáculos el proyecto del Ensanche, hecha a Huelva en su Ayuntamiento, se cumpla de una vez: a saber, retirar el recurso pendiente e inscribir sin mayores dilaciones la Junta de Compensación. No creo la versión agorera de que el PSOE esté tratando de asfixiar al alcalde dejando que pase la legislatura sin tomare esas medidas por la sencilla razón de que, aparte de que el alcalde no se asfixiaría, eso equivaldría a dejar a Chaves en la más absoluta evidencia. Y como parece que se ha adelantado la reunión de la Comisión Técnica que iba celebrarse el 18 a 17, lo lógico es esperar que la consejera, que aquel día nos visitará, venga con la solución bajo el brazo. Si no lo hace, la palabra de Chaves no valdría nada en Huelva. A un tiro de piedra de las elecciones, parece lo más discreto esperar lo razonable de gente con tanta experiencia como probada animosidad al consistorio rival. 

El cielo azul

Buen cirio se ha montado con la publicación (filtrada “à lo garçon”, y ustedes me disimulen la intención y la grafía) de la letra del himno nacional español, composición ganadora de un macroconcurso convocado por esa Sociedad de Autores que nos cobra el canon dichoso, a propuesta un judoka en la reserva que preside el COI. La criatura que lo ha compuesto ha declarado ingenuamente que su intención ha sido satisfacer a esa patria suburbana y sin rostro que cada mañana pilla el Metro reinando en la hipoteca, ignorante, como puede verse, de que un himno no es un ‘spot’ ni una ‘canción del verano’ sino un poema apasionado, originalmente dedicado a los dioses a los que les sería arrebatado luego por el Prometeo de guardia. No saben en que jardín se han metido estos patrioteros, pero válgales el aviso de san Agustín que de el himno que no va sobre los dioses, ni es himno ni Cristo que lo fundó (“si sit laus et non sit Dei, non est hymnus”, ahí queda eso) y parece, en efecto, que exista cierta maldición activa sobre ese género que el Romanticismo acabó por popularizar a compás del generalizado alboroto nacionalista. Ya dije aquí alguna vez que la propia Marsellesa –que hoy cantan en la grada los ultras del Betis y que un presidenciable belga confundía hace poco con su propio himno– hubo de padecer dos prohibiciones (la de la Restauración y la del Segundo Imperio) aparte de la rigurosísima de que fue objeto en la España franquista a causa de su doble letra, y sin contar que hubo de competir con las varias versiones de la Internacional de las que todavía hoy come un buen puñado de tenores y sopranos. Los himnos son camelos cantables, epopeyas (o etopeyas) ensangrentadas que señalan a los pueblos el gañote del enemigo como la mies a segar, o bien son endechas armadas sobre un esqueleto de saudade para uso de emigrantes o exilados interiores. Siempre me pareció coherente al fracaso estrepitoso cosechado tanto por Pemán como por Dicenta con sus infumables bodrios. En Austria tienen uno con música de Haydn y otro contrahecho sobre un “aire” de Mozart pero prefirieron en su día el cancionero nazi y en Huelva acaban de hacer oficial uno que probablemente nunca podrá desbancar al pasodoble que pergeñaran cuatro amigos en una taberna allá por los años del hambre. Los himnos son una cosa intocable. Al fin y al cabo, su etimología es la misma de himen.
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Se ha dicho a bote pronto que la pobreza de la letra propuesta sugiere que no disponemos en este momento histórico de poetas capaces de mejores logros, lo cual, aparte de ser evidentemente incierto incluso si descontamos a Ramoneda, supone olvidarse de que estos adefesios suelen ser obra de aficionados como ese Rouget de Lisle, capitán tabernario, del que Napoleón no quiso saber nada y al que el propio suplicio de Robespierre salvó por tablas de la guillotina. El tema está en que el himno, así entendido, es género épico y malamente se lleva ese género con el lirismo puro y duro que acaba de intentar este aedo desconocido que pretende enardecernos a base de cielos azules y valles verdes, metiendo de matute ideales tan señeros como “justicia y grandeza/ democracia y paz” que me traen en un sinvivir maquinando en cómo resonarán en la voz poderosa de Plácido  Domingo. Con Franco teníamos tres himnos pariguales entre los que el “Cara al Sol” expresaba mejor que ninguno el atractivo dinamismo del “vivere pericolosamente” que todavía profesaban poetas tan decentes y entrañables domo Ridruejo, y que cerraban cada noche las emisiones de radio como un mantra inconsciente en el que los niños traducían “impasible el ademán” por un mucho más lógico “imposible el alemán”. Por lo demás, poco sentido tiene meterse en ese laberinto ahora que Teseo anda escurriéndole el bulto al Minotauro. Si no tenemos una bandera sino diecisiocho, ya me dirán por qué coñe enredarnos poniéndole letra a una marcha muda de toda la vida.