Ser y parecer

Mala suerte la de la candidata Parralo –en el mejor de los casos– con el feo asunto del enchufe de su hija en una plaza de la docencia. Ahora va a reunirse un pleno extraordinario de la Junta de Personal Docente para “intentar llegar a alguna conclusión” –no se pierdan el eufemismo y la mandanga– sobre el caso, y va hacerlo con el apoyo explícito de todas las organizaciones sindicales implicadas, a las que tal vez habría que preguntar en qué estaban entretenidos sus enlaces mientras se ajustaba el presunto cambalache. El tema es malo, en todo caso, porque sólo la duda ya oscurece sin remedio la imagen de quien aspira a gobernar la capital, incluso si próximamente no le cae encima algún otro enredo molesto, esta vez por presunto ‘mobbing’ de una trabajadora. Hay que ser y parecer y aquí, de momento, no sabemos qué será, pero lo que parece tiene la peor pinta. No es difícil imaginar a más de uno frotándose las manos. En su propio partido, se entiende, que es lo grave. 

Justicia parcial

Mala acogida ha tenido el nuevo ministro de Justicia. Lógico. De un fiscal que tiene “declarada la guerra” a  media España –“Hicimos la guerra a los padres y ahora hemos de hacérsela a los hijos”, tiene dicho– o que justificó el terrorismo de Estado –“La reacción contra el GAL fue un acto de hipocresía colectiva”– no se podía esperar otra cosa. Pero si en su toma de posesión descalifica a aquella media España y niega legitimidad al propio Consejo General del Poder Judicial, apaga y vámonos. La elección del ministro no es más que la apuesta desesperada de ZP para tratar de salvar los muebles en lo que resta de legislatura, es decir, en un trayecto crucial y sin proyecto político en el que se juega todo a la carta de un eventual acuerdo con los asesinos de ETA a base de mano blanda. No se entendería, en otro caso, la impertinencia que supone un ministro de Justicia que irrumpe en la vida pública como caballo en cacharrería, empeñado en dejar chicas las justificadas críticas previas que se le venían haciendo. Aunque es preciso decir también que el PSOE no ha sido capaz en este cuarto de siglo de aceptar la auténtica independencia de la Justicia. El instructor de Filesa, el pobre juez Barbero, hubo de rechazar cautamente el ofrecimiento de un despacho que le hicieron en la sede del partido con la intención patente de “contaminarlo”. Al presidente de la Audiencia Nacional le comentó González –está grabado– lo que tenía que hacer y lo que no el alto Tribunal. Las listas de visitas de Juan Guerra fueron destruidas oportunamente cuando la instrucción judicial las requirió como posibles pruebas. El juicio del caso Lasa y Zabala hubo de realizarse “a pesar” de la visible resistencia del poder ejecutivo. Sin olvidar el espectáculo inconcebible que el partido ofreció en la puerta de la cárcel de Guadalajara, con el ex-presidente a la cabeza, aclamando a dos secuestradores convictos, alguno de los cuales fue durante años recibido en triunfo en homenajes y mítines. Es una pena que ese injusto empeño permita a la reacción airear –fuera de contexto, pero ahí queda eso– frases memorables. Como la de Largo: “Democracia y socialismo son incompatibles”. O la del propio “abuelo” Pablo Iglesias: “Mi partido está en la legalidad mientras ésta le permita adquirir lo que necesita, fuera de ella cuando no le permita alcanzar sus aspiraciones”. El ministro Bermejo era el que faltaba para rematar este cuadro.
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Cuando Guerra anunció hace años la “muerte de Montesquieu” no podíamos imaginar que la metáfora incluyera incluso su entierro. Y a duelo suena esa campanada que ha dado el nuevo ministro nada más jurar el cargo o el silencio de su superior tras escuchar semejante desafío a la imparcialidad. Lo dicho: es como si el PSOE padeciera una incapacidad visceral para asumir la independencia de la Justicia cuando el fuero de ésta compromete sus intereses, algo que acaso pudiera entenderse en el contexto de Iglesias o en medio del carajal en que ejerció Largo, pero que en circunstancias pretendidamente normales no hay modo de disimular y menos aún de asumir. No se le ha escapado a los teóricos de la crisis democrática que en ese ajuste fino –el de los poderes independientes del Estado– está la verdadera madre del cordero. Pero aquí, puñetera falta que nos hacen los teóricos, disponiendo, como disponemos, de un ministro de Justicia que no oculta un su sectarismo ni su parcialidad y de un Gobierno que busca en ese revuelto pajar hasta dar con un espécimen como Bermejo, el fiscal que una vez consiguió ya un récord insólito: que lo vetara el pleno de sus colegas. ZP ha tirado por la calle de en medio, evidentemente, lo que no deja de ser un elocuente indicio de sus dificultades. Igual ha pensado que, en lugar de mantener el cenotafio vacío de Montesquieu, más vale incinerar el cadáver de una vez por todas.

Quitarse de en medio

El debate de Canal Sur sobre el Estatuto ha resultado un partido de segunda: ni uno de los líderes de partido estuvieron ante las cámaras como consecuencia de la rajada del presidente Chaves, que no quiere verse en directo ni muerto. Y se comprende. Se pueden predicar las bondades de este Estatuto muñido a cencerros tapados, pero no debe de resultar fácil defenderlo ni siquiera contando con una aplastante mayoría de palmeros. Ahí tienen a Chaves quitándose de en medio y a los demás aprovechando el tirón, porque no les quepa duda de que para todos es más fácil el silencio que lo serían las difíciles, acaso imposibles razones. Si el Estatuto fuera un bombazo para la autonomía Chaves hubiera estado en ese debate llevando la voz cantante. Si se oculta tras la cortina, por algo será, y ese algo no es otra cosa que la dificultad que presenta la defensa de ese texto y de sus circunstancias. La jindama de Chaves le ha venido de miedo a los demás, por supuesto. Pero es él quien ha corrido más deprisa huyendo de la quema.

El festín de Doñana

Me dice un amable espontáneo que el presupuesto de Doñana para el lince es de 26 millones de euros y otro tanto el dedicado al águila imperial. No sé si será cierto o estará tratando de intoxicarme pero de lo que no cabe duda es de que los jerifaltes del Coto comen divinamente a costa del contribuyente, o al menos eso dice la Cámara de Cuentas, según la cual llegaron a gastarse más de cuatro kilos en comilonas, sin incluir las celebradas en Londres, hábitat, como todo el mundo sabe, abarrotado de águilas y linces en peligro de extinción. Y encima nos cuentan que hay agujeros injustificados, también millonarios, en su contabilidad, o que las juntas rectoras no se toman siquiera la molestia de reunirse como dispone la normativa. En Doñana los linces viven de los conejos y los gestores de los linces. Si en el “Juan Ramón Jiménez” faltan médicos y recursos no importa tanto, al parecer.

Votar a ciegas

Un militante comunista, que había hecho gala de muy buen argumentario en el coloquio de una de nuestras “Charlas en El Mundo” onubenses, trató el otro día de descalificar mi queja por el desconocimiento masivo del texto del Estatuto que vamos a votar con el argumento de que ése –el mío– era el discurso de la derecha más reaccionaria, añadiendo como prueba, irrefutable para él, que también el anterior el Estatuto, el que ahora va a ser sustituido, fue votado desde la ignorancia, lo mismo que la sacrosanta Constitución vigente, e igual, añadió, ya embalado, que las leyes que hicieron posible la Revolución Francesa. Ni le contesté al último dislate, claro está, pero algo tuve que decirle sobre lo anterior porque me pareció de lo más impropio escuchar en nombre de la izquierda una defensa del gregarismo tan insostenible. ¿Acaso cabe proponer éticamente a un electorado que vaya a las urnas como caballo de picador, dispuesto a votar lo que le echen sin saber siquiera qué está decidiendo con su voto? Un reciente estudio del CIS ha determinado –la sociología es una ciencia empírica dedicada a demostrar obviedades, decía uno de sus fundadores– que nada menos que el 84 por ciento de los electores andaluces no conocen, en efecto, el texto que se les propone en ese Referéndum, o más concretamente, que un 33 por ciento asegura no tener ni la más remota idea de qué va la vaina, un 34 dice poseer sólo un conocimiento ‘bajo’ sobre el texto que se le somete y un 20 por ciento reconoce que apenas posee ese conocimiento en un grado “muy bajo”, es decir que el 18F los andaluces van a votar o a abstenerse sobre un Estatuto del que no tienen ni pajolera idea. No es la primera vez que traigo aquí la frase de Bernanos que venía a decir, más o menos, que las democracias no pueden ser menos hipócritas que las dictaduras cínicas. Los fascistas decían que el mejor destino de la urnas es el de ser rotas. Alguna izquierda sostiene hoy que hay que acercarse hasta ella aunque sea con los ojos tapados.
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En el anecdotario de esta jornada no poco extravagante que es la presente aventura del referéndum brillarán con luz propia propuestas tan estupendas como las que han lanzado Chaves y Pacheco solicitando a los electores, uno fe en él mismo, y el otro confianza en los políticos en general no sólo para acudir a votar como borregos sino para sumarse al voto afirmativo. Un poco lo que Mingote ponía en boca de uno de sus personajes allá por la noche franquista y en víspera de unas pringadísimas elecciones “orgánicas” inventadas por el Régimen: “Vote a Gundisalvo, hombre. ¡A usted qué más le da!”. Sólo que en plena democracia, es decir, cuando la invitación al panurgismo resulta intolerable no ya porque acaso quizá no exista mayor negación del espíritu democrático que el intento de tratar al electorado como un rebaño, sino porque formulada desde la izquierda, esa propuesta de ritualización mecánica del ejercicio del voto  resuena como un sarcasmo. Por supuesto que no se me escapa que estas situaciones son posibles sólo en el marco crítico en que malviven las democracias actuales, unos regímenes de opinión pública que se permiten, como estamos viendo, incluso proponerle a esa opinión que actúe como simple figurante en la comedia pública, de la misma manera que parecen haber asumido la inevitabilidad de la corrupción o de esa supina perversión del sistema que es la confusión de los poderes del Estado. Votar sin conocimiento de lo que se vota es una insensatez y un acto de servilismo partidista y quien diga lo contrario  defiende ambos despropósitos, por más que se invoque la complejidad como coartada de aquella fe. No vaya a ser que lleguemos a la conclusión de que no hay más instrumento de participación política posible que esta oligarquía renovable. En los actuales niveles de ignorancia, un referéndum lo más que puede dar de sí es una burda ficción legitimadora.

Las viviendas ilegales

Gran truco el de las viviendas ilegales. Se permite en beneficio de unos cuantos construir miles de viviendas (Marbella y Chiclana, pero no sólo en esas poblaciones), fuera de la ley, como si el Ayuntamiento y la Junta fueran ciegos, como si los PGOUs fueran papel mojado, y una vez que se arma la marimorena y llega el tío Paco con la rebaja, se decide, con apariencia salomónica, “legalizarlas” por el procedimiento de pagar entre todos el coste de la operación. ¿Por qué han de pagar los ciudadanos con sus impuestos y a prorrata las irregularidades que –en beneficio de unos cuantos, de eso no pueden caber dudas– permiten las Administraciones, por qué asumir entre todos las pérdidas de recaudación  provocadas por unos pocos, por qué pagar conjuntamente los costes de servicios de bienes que disfrutarán sólo sus dueños? La legalización de viviendas ilegales es el truco más retrucado que ha parido esta tropa. Pero también el que más dinero ha repartido por ahí y el que ha arrimado más de un voto a los respectivos partidos.