Fracaso colectivo

Quedarse en esa cifra de participación en un referéndum al que se le ha atribuido tanta virtud constituye un fracaso del “régimen autonómico” y, en especial, de quienes en él se han profesionalizado. De Chaves, en primer lugar, que fue quien lo inventó y de su partido que lo ha secundado, bien que con algunas protestas inaudibles. De IU que ha ido de monaguillo y, por si algo faltaba, con la extravagante cantinela nacionalista entre dientes. Del PA, ingenuo o desesperado, que vio en el ‘No’ una salida sin darse cuenta de que, en realidad, esa opción no podía ser más que una coartada del ‘Sí’. Del PP forzado por el fantasma de Lauren Postigo que hubo de tragarse de tan mala gana ese sapo intragable. Los ciudadanos le han dado ayer la espalda a la clase política, eso es lo que hay, dejándola en una evidencia tal que, de haber vergüenza torera en ese ruedo, estarían ya rulando las dimisiones. Ya pueden pintarlo como quieran que aquí saben hasta las ratas que lo ocurrido ha sido un rotundo fracaso de todos.

Juegos de cifras

¡Nueve de cada diez votantes apoyan en Huelva el nuevo Estatuto! Lo han dicho y repetido hasta el cansancio, sólo que olvidando un dato: que más o menos siete de cada diez ciudadanos llamados a votar no han aparecido por los colegios electorales. Si sólo hubieran ido a votar 10 onubenses, nueve a favor del ‘Sí’, podrían decir lo mismo: que el éxito de la consulta habría sido apoteósico. En Canal Sur, los portavoces de la Junta hablan de victoria rotunda pero no hay ni una sola mención a esa abstención enorme que si no deslegitima, sí que descalifica una operación política que hasta Alfonso Guerra dijo en su momento que no era más que un trapicheo de políticos. Políticos cada día más lejanos del pueblo, democracia cada día más burocrática: ésa es la única conclusión verdadera que podemos sacar del carnaval de ayer.

La física inmortal

Un artista británico que ha sido cabeza, si no ando yo muy mal informado, de los camicaces del llamado “joven arte británico” de los años 90, es decir, del “arte conceptual” propiamente dicho, Damien Hirts, tuvo hace algún tiempo la idea de probar que, en la mente de un ser vivo,  la muerte es una realidad imposible en términos imaginarios. Dispuso para probarlo un montaje –creo que él lo llamaba “instalación”– consistente en una pecera gigante llena de aldehído fórmico dentro de la cual que nadaba eternamente hacia la Nada, como los faraones antiguos, un tiburón disecado de doce metros bien despachados, que debía sugerir al espectador la filosófica evidencia de la “Imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo”, según el propio título de la obra. Y allí ha bogado inmóvil desde entonces el enorme escualo, en efecto, hasta que los conservadores del Museo de Arte Moderno de Nueva York han descubierto en la momia señales también evidentes de descomposición que ellos atribuyen al error de haber utilizado formol en vez de alcohol en el embalsamamiento, gravísimo problema artístico, como comprenderá cualquiera, sobre todo si en cuenta se tiene que desde los 90.000 dólares que por esa “obra de arte” pagó su primer dueño, el precio de mercado anda ya por los doce millones de dólares que es la cifra abonada por su actual dueño, el coleccionista millonario Steven Cohen, quien pensaba donarlo finalmente al MOMA. Por el “The Art Newspaper” me entero también de que el cenáculo conceptual discute ahora sobre la posibilidad de sustituir el tiburón mal disecado por otro capaz de afrontar con éxito el desgaste fatal del tiempo, una solución llena de sentido comercial, por supuesto, pero que cuestiona por su base la idea motriz de esa aventura artística, al tiempo que avisa y previene contra daños similares en la ingente obra construida con materiales degradables por la tropa conceptualista. Un lince el tal Hirts, a ver quién discute eso. Sobre los “expertos” del MOMA, la verdad, no se me ocurre qué decir.
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Volvemos a la vieja obsesión, la vida perdurable, retornamos al sofisma de la eterna existencia basado en la imposibilidad, también conceptual, de la muerte, un tema sobre el que Edgar Morin o Philippe Ariès han escrito páginas memorables y al que Frank J. Tipler consagró hace unos años su divertida “Física de la inmortalidad”, uno de los ejercicios de camelística más señeros que dio el siglo pasado. Los etnólogos nos han mostrado la imagen del animal enterrando el cadáver del congénere, incapaz de soportar el absurdo de la muerte, o la de la manada de elefantes tratando desesperadamente de poner en pie al caído o velándolo desconsolada en su desesperación, y quizá sobre esa base se ha tratado de levantar la tesis de que la muerte supera y desborda la mentalidad humana especialmente cuando se refiere a la propia. A mí ese escualo desencajando la mandíbula, como una seña inútil de agresividad que confirmaría su vida, me resulta un sarcasmo además de un incontestable indicador de una deshumanización del arte que Ortega preconizó con no poco acierto hace la tira. Recuerdo que en “El diablo y el buen dios” también Sartre atribuía la aceptación de la muerte ajena a la incapacidad de aceptar la propia, como recuerdo que alguna sentencia antigua mantuvo que el auténtico final no es la muerte de uno mismo sino el olvido de los otros. Ya ven, sin embargo, que no se trata tanto de pensar como de vender, y de paso, que la impunidad del “arte” ficticio no es un epifenómeno de esta o aquella cultura, sino un ingrediente básico en esta sopa postmoderna que, ciertamente, heredó su fuero de unos embaucadores ni más ni menos responsables que quienes los reciben y celebran a precio de oro. Quizá ese tiburón no habría entrado nunca gratis en un mal museo. Por doce millones de dólares hasta el MOMA parece dispuesto a abrirle sus puertas.

Carnaval en las urnas

“Vamos a vigilar a los votantes del PP, sabemos en qué mesas votan”, Luis Pizarro, secretario de Organización del PSOE-A. “Las vamos a pasar putas con el resultado”, el mismo. “Los que han parido el Estatuto están ahora como dudando de su paternidad”, Pedro Pacheco, secretario general del PSA. “España no se rompe”, Rodríguez de la Borbolla, expresidente de la Junta. “Hay que trincar por las orejas a amigos y vecinos y llevarlos a votar”, Rafael Escuredo, expresidente de la Junta. “Miradme a los ojos: confiad en mí”, Manuel Chaves, presidente de la Junta. “No es el momento de aprenderse de memoria el Estatuto, sino de confiar en lo que hemos ido explicando”, González Cabañas, secretario del PSOE de Cádiz. “Sólo en las dictaduras no importa ir a votar sin conocer lo que se vota”, Juan Antonio Lacomba, catedrático de Historia. “No dejaremos jamás de hablar del Estatuto ni a tolerar que se consume la discriminación de Andalucía con respecto a otros territorios”. 

Huelva, ciudad segura

Quién lo diría, pero los datos cantan, y los datos de la mismísima Delegación del Gobierno dicen que Huelva es una de las ciudades más seguras en este momento. La seguridad no debe ser patrimonio de nadie y, menos aún, convertirse en un arma utilizable en la controversia partidista, razón por la que está muy bien que tanto el Gobierno como el Ayuntamiento –que ha incrementado su plantilla policial, a trancas y barrancas, nade menos que en cien efectivos– desvelen ese dato y anuncien su voluntad de seguir procurando el indispensable sosiego de manera concordada. Lo que non tenía sentido era echarse en cara tirones y puñaladas como si la tranquilidad no concerniera a todos y, en consecuencia, no fuera indivisible la responsabilidad en caso de fallo. Se puede hacer mucho más todavía –no hay más que echar un vistazo a la crónica de sucesos– a partir de esta muestra de juego limpio que, lo que son las cosas, no deja de ser insólita en la política onubense. 

De lo vivo a lo pintado

Debemos ir haciéndonos el cuerpo a que, a medida que el tiempo pase, irán cayéndosenos a los pies mitos que toda la vida hemos tenido levantados en lo más alto. La historia avanza con paso firme descubriendo zonas oscuras, iluminando aquí y allá rincones en que verdades como puños permanecieron durante siglos ocultas en el mayor de los secretos. Pero de vez en cuando se permite también un giro brusco, un cambiazo sin réplica posible, que nos echa abajo el mito acreditado por la costumbre y acaso por nuestra propia predilección. Ahí tienen lo que acaba de ocurrir con Cleopatra, la presunta belleza seductora de los príncipes, la que se llevó por delante a César, logró trajinarse a Antonio hasta hacerle perder la olla y si no sedujo a Octavio, aparte de la lógica desconfianza del héroe, vayan ustedes a saber por qué causa fue. Cleopatra ha pasado, eso sí, como paradigma de la seducción y, en consecuencia, como imagen –enigmática pero cierta, sin duda– de la belleza y del “sex appel” más irresistibles, como hembra fatal ante la que entregaban la cuchara los amos del mundo para ponérselo a sus pies. Se cuenta que César le regaló 200.000 volúmenes para su biblioteca famosa y que la guerra con Octavio se produjo justo porque en Roma se orientaron los próceres sobre su propósito de crear junto a Antonio una sucursal del Imperio en Oriente. Es verdad que lo que de ella sabemos (Apiano o Plinio, el gran Suetonio o Dión Casio, incluso Josefo) es no poco discrepante y hasta sospechoso –por no hablar de misoginias y machismos en los memoriosos– como lo es que la imagen que nos ha llegado a la inmediata modernidad es la que Plutarco, sacándolo no sabemos muy bien de dónde, hizo llegar al genio de Shakespeare, que se lo tragó todo sin reparos arrastrado ya por su inconfundible pulsión prerromántica. Y que el resto lo ha hecho el cine, con la seducción de su tecnicolor y la magia de sus encuadres, sus pestañas postizas y el esplendor holliwoodense de una antigüedad prestigiosa y lupanaria que hizo soñar a varias generaciones de machos y también, por supuesto, a otras tantas de féminas ansiosas de vida y esperanza. Cleopatra –“gloria del padre”, incestuosa y pizpireta, meretriz y estratega en una pieza– es un mito incuestionable que lo mismo interesó a Bernard Shaw que a Zorrilla. El pobre Terenci tal vez se creyó todavía su reencarnación.
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Ah, pero ahora resulta que, si hemos de fiarnos, y a ver por qué no, de la imagen que presenta la diva (no faltó quien, en vida, la identificara con Afrodita) en un denario de plata acuñado precisamente en la ceca de Antonio, la “viuda de César”, como la llamaban sus enemigos romanos, la bacante de Antonio, la tentación de Octavio sería una buena mujer de frente hundida, nariz larga y puntiaguda, labios finos y mentón afilado, y no el bellezón imaginario que conserva el inconsciente colectivo, lo mismo que el bello Marco Antonio parece que debió ser, en realidad, un mostrenco de ojos hinchados, napia ganchuda y pescuezo todo menos grácil, pues de otro modo no se explica que en su propia ceca le dieran curso legal a la monedita encontrada ahora en la Sociedad de Anticuarios de Newcastle upon Tyne. Una avezada experta que anda por medio en el hallazgo ha sugerido, con femenina perspicacia, que ya era raro que tanto elogio como fue escrito sobre aquella mujer memorable no incluyera jamás una alusión a su belleza física, mientras que casi todos ellos hablan del atractivo y persuasión de su voz, lo cual compruebo que es verdad esta mañana templada de febrero en que la luz atenuada que filtran mis visillos me permiten leer, entre devoto y desconcertado, la leyenda de la monedita: “Cleopatrae Reginae regum filiorumque regum”, Cleo, reina de los reyes y de los hijos de los reyes. Ya no se puede uno fiar ni de Shakespeare. Ni por supuesto, del cine.