Malas mañas

El delegado de la Junta, Justo Mañas, se le apareció antier a la prensa, junto a la candidata frustrada, para adelantarle lo que ayer ocurriría en la reunión técnica de Sevilla, es decir, el desbloqueo definitivo del proyecto municipal del Ensanche que el presidente Chaves le había prometido formalmente al alcalde de la capital. Incluso la solución de un proyecto crucial para Huelva, insensatamente obstaculizado por la Junta y, por fin, desbloqueado, se aprovecha para hacer esa mísera pequeña política partidista, como queriéndole segar la hierba bajo los pies a Pedro Rodríguez, que es su impulsor y quien representa por mayoría absoluta, le guste o no a Mañas y a Parralo, a todos los onubenses. Eso no se hace. Entre otras cosas porque a nadie van a convencer de que el Ensanche se hace por ellos sino “a pesar” de ellos, y porque demasiada gente sabe bien que el retraso que lleva a la Junta hay que adjudicárselo. Un delegado de la Junta se explica que sea partidista. Que sea injusto y tramposo no tiene pase.

Memoria cosmética

Un memorable obituario que Raúl del Pozo le ha hecho a Ángel González nos ha permitido revivir idealizado un tiempo –el de los años 80, por el que probablemente no hubiéramos dado un duro mientras duró– recreado en la preciosa orfebrería sentimental del recuerdo.  Un personaje tan poco reputado como “resistente”, el presidente Chaves,  alardeaba también el otro día en el programa de Quintero de las carreritas ante los “grises” que, por lo visto, hubo de dar en su día. “Cualquiera tiempo pasado/ fue mejor”, no le demos vueltas, sobre todo por la admirable capacidad que posee la memoria para transfigurar la realidad y embellecerla con esa poderosa cosmética que es la nostalgia de uno mismo, pero también porque la memoria está siempre indefensa frente al ultraje de la fantasía. Tierno inventó un tiempo maravilloso soplando como Dios sobre un simple barro divertido, del mismo modo que los abuelos soñaron despiertos y festivos la pesadilla de los años 20 o Valle logró redimir estéticamente el retrato de aquel Madrid “brillante y hambriento” en el que los zagalones aristocráticos practicaban el deporte de arrancar la pañosa al viandante y sus héroes imaginarios daban réplicas inverosímiles a la policía maurista. La memoria es así de agradecida y así de falaz, pero es posible que, de no serlo, el olvido sería la única historia posible, y nosotros meras víctimas pasivas del tiempo devastador. Incluso el evocador pesimista practica en su memoria una operación cosmética, teniendo en cuenta que infierno y paraíso están hechos de una misma sustancia. Recordamos apañando materiales psíquicos de derribo, eso es todo. Es tan fácil ronear la cabo de los años de haber sido perseguido por la Justicia como difícil, probablemente imposible, probar lo contrario, aparte de que perseguidos o no por los “grises”, hubo un tiempo en el que, ciertamente, todos, resistentes y ocultos, nos reconocemos con agrado como en el espejo de la madrastra.
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Al reclamo de un fino comentario de Pedro Cuartango, leo el libro de Rodric Braithwaite “Moscú 1941”, en el que se descubre que, bajo la insufrible tragedia de la población asediada por el ejército nazi, Moscú era una fiesta donde se dispararon sin tasa todas las pasiones y en la que la propia tragedia resultó ser la más eficaz coartada de la trasgresión. Ya lo ven, la fiesta en plena catástrofe, el infierno reconvertido en apasionante verbena, tal como los autores antiguos nos recuerdan que tantas otras veces ocurriera antes en tiempos de guerras, pestes y calamidades. O bien, la mediocridad transfigurada en prodigio, el miedo trasmutado en hazaña, la juerga evocada como odisea. Y en el fondo un múltiple pero idéntico memorioso, el evocador de sí mismo capaz del portento de pintar el cuadro del revés sin omitir el más mínimo detalle y logrando acaso una verosimilitud incontestable. Decoramos el pasado para afeitar nuestra propia imagen, en una operación tan ingenua como práctica, sin la cual quizá no resultaría fácil reconciliar el presente narcisista con un pasado que pretendemos más bien prometeico. Pero leyendo a Braithwaite comprendemos también lo contrario, a saber, que a veces el descrédito de lo que fue encubre una circunstancia bien distinta de la rememorada. El debate hermenéutico no se cerrará nunca, probablemente, en torno a la pretendida ciencia de la Historia, sin que ni positivistas o partidarios del naturalismo vayan alguna vez a dar con la clave universal que garantiza la objetividad sobre el pasado, esa dimensión que solemos creer objetiva olvidando la radical implicación en ella de nuestra subjetividad. Los físicos modernos se dieron cuenta de que no era posible al investigador mantenerse fuera del campo observado, es decir, de la inevitabilidad de la contaminación ideológica. Los historiadores aún no han hallado la manera de impedir que quien no lo hizo se empeñe en afirmar que corrió ante los “grises”.

Chaves vs. El Mundo

Es triste pero, sobre todo, es inusitado, ver a todo un presidente de la autonomía aferrado al intento de silenciar a un periódico independiente, más triste aún ver cómo insiste en su versión tergiversada de la letra y del espíritu de una sentencia que lo ha dejado por los suelos y que, encima, han podido y pueden leer miles de ciudadanos. Es posible que, además de la soberbia, el emperre de Chaves –al margen de la mala situación objetiva de Andalucía–responda a la estrategia de cerrar el otro frente abierto en torno a las situación de sus hermanos en el escándalo con quiebra incluida de Climo Cubierta, pero ninguna de esas motivaciones justifican una actitud inédita entre los mandatarios políticos que, por otra parte, es prácticamente imposible que, en el caso más favorable para él, pudiera despejarse antes de que ande ya olvidado en la reserva. Guerra o González fueron listos no removiendo lo que olía mal. Chaves, evidentemente, está muy lejos y por debajo de aquellos linces. 

Crónica negra

Se explica la angustia familiar y también las ocurrencias de la imaginación, pero si algo no hacía falta en estos duros momentos en la capital es la conexión, siquiera insinuada, entre el caso de la niña desaparecida en el Torrejón y el universalmente famoso de la niña inglesa. No se le puede pedir a la investigación lo que en sus manos no esté, pero sí que es necesario insistir en que una pronta resolución del caso evitaría a Huelva la dudosa oportunidad de saltar a la fama desde las páginas de sucesos. Empezando por la discreción mediática, es preciso extremar el esfuerzo porque el negro asunto no salga del ámbito policial y desde luego impedir que la insensatez o quién sabe si el oportunismo anden por medio.

El aula virtual

En Gran Bretaña acaban de descubrir que la Irish International University, un presunto centro docente que, a través de Internet y durante siete años, había conseguido engatusar por lo menos a cinco mil estudiantes de todo el mundo, no era más que una universidad imaginaria. Un cuento. La verdad es que no es fácil imaginar cómo hay tanta gente dispuesta a comprar duros a dos pesetas ni se comprende con facilidad que jóvenes de nivel universitario se traguen así como así esa inconcebible oferta de titulaciones sin esfuerzo y a buen precio que se ofrecen en el mercado internáutico, en especial siendo ya de sobra conocido el riesgo creciente que supone tratar con un ‘medio’ que, sólo en el año 2007, ha permitido duplicar el número de estafas a los incautos. La Irish University roneaba de mantener falsas vinculaciones con Oxford y Cambridge, precioso reclamo, sin duda, que lograba apreciar en gran mediad alquilando locales en aquellas instituciones para celebrar sus reuniones de apariencia institucional. El asunto –que salta a la actualidad tras años de escándalo en torno al mercado de títulos falsos hispanoamericano– no se agota, sin embargo, en el descubrimiento del fiasco de los cándidos, sino que ha llevado a la autoridad de aquel país a reconocer que en la actualidad funcionan a pleno rendimiento alrededor de un millar de centros británicos que ni de lejos reúnen las condiciones mínimas, y que cosechan sus pardillos a través de atractivos reclamos que en la Red prometen títulos sin esfuerzo y a cambio de un dinero razonable. No se olvide que del millón y medio de estudiantes universitarios españoles, uno de cada ocho, probablemente, cursa estudios a través del ‘ordenata’, lo que da una idea del alcance que tiene el problema de estas enseñanzas fraudulentas o inexistentes. Toda una industria falsaria se concentra en los EEUU, China, países de habla española y del Este europeo. La clientela está, obviamente, en el mundo más desarrollado que es donde, para redondear la paradoja, el engaño resulta más sangrante.
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El negocio de la titulación falsa es antiguo como la universidad misma, incluida España donde recuerdo haber leído (quizá en el Catálogo de Alegaciones Fiscales de la Inquisición, pero no me hagan mucho caso) el ocurrido en la propia Salamanca con ciertos impostores, aunque sepamos a ciencia cierta que siempre fue corriente entre nosotros el uso de títulos irreales. “El doctor tú te lo pones/ y de Montalbán no eres, con que quitándote el don/ te quedas sólo en Juan Pérez…”, ironizaba vitriólico Quevedo dirigiéndose al “doctor” don Juan Pérez de Montalbán, pero habría mil casos que citar a este propósito, a pesar de las penas severísimas que por aquel entonces planeaban sobre los quimeristas. Hoy el problema es otro, por descontado, pero la confusión provocada por la fantasía virtual ha resultado de lo más parecida a la que permitía el cambalache de las titulaciones en aquellos viejos centros amanuenses cuyo desorden, por lo demás, ha llegado a ser proverbial. Y no es otro ese problema que el vasto campo que Internet ofrece a la impunidad, junto a la irreflexiva convicción de mucha gente que tiende a conferir estatuto de realidad a las sombras virtuales, doble circunstancia frente a la que no es gran cosa lo que pueda hacer la vigilancia de los poderes públicos. Más interés tendría, a mi modo ver, considerar las causas y efectos de esa “titulitis” avasalladora que invade nuestra vida corriente, junto, tanto a la desmoralización de la ‘basca’ como al descrédito de nuestras universidades. No es extraño, en fin de cuentas, que quien conozca el detalle de nuestras titulaciones oficiales, tantas veces peregrinas por demás, termine por creer que todo el monte es orégano, ni lo es que al muchacho atento que ve lo que se trafica en este amañado zoco se le pase por la cabeza subirse al carro en plena cuesta abajo. Internet es hoy un inmenso patio, pero Monipodio sigue siendo quien lo gobierna.

Palo y tentetieso

La Junta uno quiere bromas con sus funcionarios. A uno que tuvo la ocurrencia de denunciar por prevaricación, hace algún tiempo, a varios altos varios de Agricultura, la consejería tiró por la calle de en medio y, paralizando indebidamente el procedimiento sancionador, se limitó a cesarlo, “prescindiendo total y absolutamente” del camino establecido sin siquiera darle audiencia. Total, un número, que el un Juzgado de Sevilla acaba de anular, aunque el perjuicio del trabajador público –con 42 años de servicios prestados– mal arreglo puede tener ya, sobre todo si, como protesta el Sindicato de Funcionarios, la Junta apela esta sentencia que, en todo caso, no podría evitar ya que el “castigado” hubiera cumplido por las bravas la mayor parte de la sanción impuesta. Esta debe de ser la “reforma de la Función Pública” prometida y la idealizada “carrera administrativa: palo y tentetieso. Menos mal que, al menos pro una vez, la Justicia se ha plantado ante el capricho y la arbitrariedad de los políticos.