Sentencia ejemplar

Aplausos  a esa sentencia que condena al triguereño agresor de un médico y al que se le aplicado la flamante calificación de delito de atentado. Lo que no tenía pase era que siguiéramos atado a una rutina que permite maltratar de palabra y obra tanto a sanitarios como a docentes, desde ahora y en adelante considerados a estos efectos, con toda razón, como funcionarios públicos. Hay que extirpar de nuestros centros docentes y sanitarios esa plaga de agresores que convierte el ejercicio de esas nobles profesiones en trabajos de alto riesgo sobre todo por venir considerando semejantes barbaridades como simples faltas. La cárcel y antecedentes penales esperan a los rufos que en el futuro decidan aplicar por su cuenta esa justicia imaginaria que es la que se toma por propia mano.

Otro Mau-Mau

Parece que se impone una cierta versión revisionista de lo ocurrido en Kenia durante el proceso de descolonización, de la que tal vez acabe saliendo beneficiada la imagen del famoso “Mau-Mau”. Ni se sabe bien qué ocurrió entonces entre bastidores, hasta qué punto la propaganda explotó el terror por un lado y por el otro, y hasta se insinúa que tal vez la implacable banda no fue para tanto. A saber. En África se suceden puntualmente las guerras desde aquella época aunque ya no es ningún secreto que tras cada una de ella hay una o varias potencias occidentales, cabalmente las mismas que jugaron con tanto éxito, en su día, el papel de “descolonizadoras”. Son campañas desordenadas y crueles, auténticas orgías de sangre, ejecutadas por los sicarios del racismo de parte de sus mandantes. No es un secreto que la larga tragedia sudanesa, con sus más de dos millones de muertos y más de cuatro de desplazados, responde a una canallesca conspiración en la que, desde la sombra, participan China, Francia, los EEUU, Irán, Canadá o Alemania, todos y cada uno en procura de su cuota en el negocio del crudo. He ahí un país desesperado y hambriento que, sin embargo, es inmensamente rico y, lo que suele saberse menos, exporta a Europa un tercio de su producción alimentaria. El petróleo está detrás o debajo de los conflictos del Chad o de Angola, ambos controlados por la democrática Francia que en su momento auspició el Imperio Centroafricano coronando a Bocassa, aquel caníbal que regalaba diamantes a Giscard, el padre de la Constitución europea, no me digan que no tiene delito el caso. El descubrimiento del coltán, ese material imprescindible para fabricar misiles y videojuegos, ha hecho de la contienda congoleña un asunto americano como el petróleo del Chad o el cacao de Costa de Marfil responden a estrategias francesas concertadas con la diplomacia yanqui. La guerra está agenciándose en ese torturado continente un estatuto de normalidad que el control riguroso de la comunicación permite dosificar según un complejo sistema de intereses para legitimar la intervención pero sin asustar demasiado. En nuestra cultura televisiva son las “etnias”, esas reliquias neolíticas, las responsables últimas de unas imágenes estremecedoras que quienes controlan la información no tienen mayor problema en administrar a conveniencia con sólo apelar a la sensibilidad del espectador. Y tira millas.
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La que estos días nos conmueve en caso de asomarnos a esos considerados reportajes es la guerra de Kenia, un país ‘turístico’ hasta ayer, convertido de la noche a la mañana en otro infierno que, según los EEUU, sería la consecuencia de una “limpieza étnica” organizada no se sabe bien por quién pero, desde luego, por alguien con poder suficiente para enfrentar nuevamente e los kikuyus del Mau-Mau con sus rivales kelenjins y luos, en torno a una oscura maniobra electoral, que otra vez ha desenterrado arcos y machetes, palos y barras de hierro, para que la mano extranjera se vea lo menos posible. Una guerra a muerte en un país en el que dos tercios de la población vive con menos de un dólar diario a pesar de que su PIB crece a un trepidante 6 por ciento, es fácil adivinar que ha de ser temible y salvaje, pero verán como el telediario va administrando sus imágenes discretamente hasta conseguir que la teleaudiencia no logre distinguir entre los machetazos hutus y los embu. Todos los linchamientos, todos los asaltos, todos los atropellos de aldeas o favelas acaban superponiéndose en nuestra memoria como estratos insignificantes de un conflicto primitivo y único que, en realidad, es múltiple y más que “civilizado” en su origen. Es un logro prodigioso del Sistema en la sociedad medial, aunque puede que un día nuestros nietos descubran en los kikuyos de hoy la misma alma blanca con que sus abuelos asaltaban de noche las granjas de los colonos.

El cuento de los debates

No acaba Canal Sur de decidirse a anunciar un debate entre Chaves y Arenas. Normal tras el revolcón que éste propinó al presidente en TVE ante los preguntones de a pie. Habrá debate a cuarto, eso sí, porque ya se las aviará la propia lógica de la confusión de neutralizar una discusión verdaderamente ilustradora. Pero de debate en directo, mucho me temo que ni por asomo. Chaves es consciente de que, fuera de su círculo de tiza, es un personaje vulnerable, como lo es de que tendrá que habérselas con uno de los políticos más listos que ha dado nuestra democracia y que, encima, no tiene nada que ocultar y no poco que exhibir. Ojalá me equivoque, pero no creo que Chaves sea tan lila como para exponerse tan peligrosamente en su propio escaparate y menos para debatir sobre el estado de una región que, tras tantísimos años en sus manos, sigue a la cola de España y de Europa. Un debate de esa naturaleza podría hacer tambalear el tinglado psicológico tan pacientemente forjado. Comprendan que concederlo sería cosa de primos. 

Piden prórroga

Hay que recordar la imagen porque si no no tiene gracia: los barandas del PSOE, alguno que otro a regañadientes, Apostados EN el semáforo de Beas exigiendo –“Ya”, por supuesto– el desdoble de la N-435 al Gobierno del PP. Ahora,. Tras cuatro años de clamoroso parón del “Gobierno amigo”, Barrero habla precisamente de “parón” para referirse a la época del PP, como si el PSOE no hubiera aparcado sin contemplaciones ese proyecto durante estos cuatro años, fracaso e incumplimiento que serán remediados, por lo visto, con el “empujón definitivo” que un hipotético Gobierno de ZP le daría. Prisas para el rival, prórroga para ellos, con el agravante de que se están pasando tanto en las promesas que hay que ser incapaz de sacramento para tragarse el cuento. Antier mismo prometían un cuarto puente a pesar de que nadie acaba de creerse lo de los tres anteriores. Toman por tonto al personal. En campaña por tonto rematado.

El miedo blanco

No me resisto a comenzar por el divertido chiste que rula en Internet antes de meterme de nuevo en el mítico jardín del “peligro amarillo”, aunque ésta vez mirando hacia Japón, no hacia China. Un alumno “japo” estrena escuela en la Yanquilandia profunda y la maestra se propone iniciarlo a la Historia con un  repaso de efemérides. “A ver, ¿quién dijo ‘Denme la Libertad o denme la muerte’ ”. Voz del recién llegado: “Patrick Henry en 1775”. Aún sin reponerse del asombro, insiste la profe: “¿Y quién dijo que el ‘gobierno del pueblo para el pueblo no debe desaparecer de la faz de la Tierra’?” Otra vez el ‘nuevo’: “Lincoln en 1863”. Una voz anónima deja caer al desgaire: “¡A la puta mierda con los japoneses!”, provocando la reacción de la responsable: “Exijo saber quién dijo eso”, a lo que el ‘japo’ responde sin inmutarse: “Pues el general Mc Arthur en 1942”. ¡Para qué más! Desde el fondo del aula se oye gritar con rabiosa sordina “Anda ya, empollón: ‘¡chúpame ésta!’ ”, grosería que subleva a la pobre docente que reclama la autoría del disparate para obtener otra respuesta del recién llegado: “Bueno, eso se lo dijo Clinton a la Lewinski en el 97…”. No tengo la menor duda de que el chiste es de elaboración americana, como no la tengo de que, en el fondo, más que un pretexto para encadenar gracietas y paradojas, es en realidad un reflejo nítido de la xenofobia residual en un país para el que el “peligro amarillo” apuntaba más a Japón mientras en Europa apuntaba más a China, al menos entre comienzos del XIX –fue Napoleón quien dijo aquello de “Cuando China despierte, temblará la Tierra”, no se olvide– hasta finales del XX, por no hablar de los miedos actuales, que ya no derivan tanto de mitos como de estadísticas. La leyenda de la irresistible eficiencia de la raza amarilla, late bajo ese espléndido chascarrillo lo mismo que en las cautelosas reflexiones que –incluyendo éstas modestísimas– se prodigan esta temporada. Sólo el pinchazo financiero de la burbuja japonesa ha vuelto a concentrar las miradas en el dragón chino, pero el jodío ‘japo’ sigue siendo visto con desconfianza en Wall Street o en Silicon Valley.
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El mito del “peligro amarillo” fue ante todo un mito teratológico en el que la metáfora giraba, indefectiblemente, en torno al amenazante hormiguero o al dragón, desde el conde Keyserling a Henri Michaux o desde Soloviev a Jünger, en consonancia con una teoría social que esgrimía el espectro de las “masas”, presunta organización “natural” de los orientales, frente al “individuo” triunfante en Occidente desde el Renacimiento. Pero fue la guerra de 1905, es decir,  la primera derrota de un país (más o menos) occidental, Rusia, frente a uno oriental, como Japón, el hecho que logró desviar el miedo hacia aquel pueblo que, recién salido del feudalismo medieval, no era precisamente el hormiguero primitivo que vio Marco Polo en Catay, sino una imprevisible potencia cuya suprema capacidad mimética la convertía en un adversario real. A comienzos del XX se formuló el tremendo aviso estratégico del capitán Daurit, supongo que hoy olvidado, al que darían consistencia mítica las novelas de Pierre Loti –ya refugiado en Estambul, al fondo del Cuerno de Oro– aviso que, no cabe duda, tuvo su peso en la conciencia crítica con que se vivió estos años atrás en Norteamérica el “milagro japonés”. Miren, cuando oigan hablar del “peligro amarillo” no dejen de pensar en el “miedo blanco” tal y como propuso Jacques Decornoy en un libro memorable, es decir, consideren que, en muy buena medida (comprueben la cronología), esos pavores se corresponden con la creciente conciencia de una “decadencia de Occidente” que Spengler no fue el único en teorizar. Lo que, en realidad, nos asusta es la creciente conciencia de nuestro declive progresivo, no ese prodigioso vigor ajeno que mitifica, a su vez, una mentalidad como la que subyace bajo nuestro chiste.

Tomar el pelo

Una cosa es prometer, incluso exagerar, y otra diferente venir con el cuento del alfajor. Oigan al líder del PA decir las cosas que diciendo por ahí, es decir, desde sugerir que sería una bisagra cómoda para el PSOE hasta denunciar un atraso inveterado y tratar de cargar las culpas en el PP cuando él mismo constata que somos “el patio trasero” de la economía española y que lo que se precisa en un “cambio de régimen”. Es verdad que les queda poco por decir, aparte de prometérselas felices como socios eventuales del partido hegemónico al tiempo que lo denuncian, que es lo tradicional en ese partido. Pero incluso desde la modestísima posición que ahora ocupa, el andalucismo debería empezar por reconocer que no es ninguna “alternativa”, ni tiene cuadros, militancia o base social para plantearlo siquiera. El bipartidismo está forzando una situación en la que a los llamados minoritarios no les queda otra que conformarse con las sobras electorales que produce el descontento. Lo demás son faroles y tomaduras de pelo.