La sociedad enchufada

Una encuesta sobre el destino de los “egresados” de la universidad de Sevilla ha descubierto algunas circunstancias peregrinas que deberían sacar de su sopor a os (i)rresponsables del ramo. Una de ellas es que tres de cada diez no se molestan siquiera en buscar empleo una vez terminada la carrera. Otra, que la mitad de los titulados consideran perfectamente inútil el título conseguido de cara al mercado laboral. Y una tercera, en fin, verdaderamente estupenda: que casi un cuarto de esa población considera que no hay otro camino para encontrar trabajo que el “enchufe”, es decir, que algún familiar, deudo o amigo bien relacionado con el Poder te eche una mano. Así vamos cuando las universidades declaman sin parar sus rapsodias sobre el intercambio con la sociedad y nuestro próceres hablan de innovación y meritocracia. La llamada “sociedad de servicios”, esta maravilla post-industrial, tiende de modo natural hacia la “sociedad enchufada”. 

Perogrullo en el polo

Los trabajadores en el aire por el cierre de Nilefox han reclamado a un providente Chaves, dispuesto a prometer la luna, que les eche siquiera un flotador, y Chaves les ha lanzado unos cuantos: “Una solución justa y equitativa”, para empezar, no sabemos cual pero una; su apoyo “desde el PSOE, desde la Administración, desde la Junta (¡como si una y otra no fueran lo mismo!); y el sueño dorado: la retirada del expediente por parte de la Empresa. Los políticos utilizan lo que sea para lograr la foto electoral, sin excluir a unos padres de familia que suplican porque no se les quite el pan de la boca, y son capaces de camelar al lucero del alba, sin sonrojarse siquiera, con tal de arañar unos votos. Chaves antier parecía Perogrullo. Quizá por eso no dijo nada práctico ni nada realista a los desesperados de Rhodia. Cuando pasen las elecciones, las gane o las pierda, ya es que no irá al Polo ni arrastrado.

El guardián invisible

En un lugar escondido de la Red tropiezo con una vieja anécdota que escuché hace mucho en el Centre Royaumont a uno de los primatólogos que Edgar Morin enrollaba en el garlito de su “paradigma perdido”. Aquella era una época creyente en la que nos pasábamos de mano en mano las proezas conseguidas con los simios en el laboratorio o en plena selva, como si nos fuera la vida en ver probado ese parentesco que tanto sigue irritando a los ‘creacionistas’ a estas alturas, aunque bien es cierto que más de uno entre aquellos novicios manteníamos ternes entre discretos paréntesis las maravillas que nos contaban  Jane Goodal, Menzel, los Kellog, el gran Premack y tantos otros como por entonces soñaban sin saberlo en ese ambicioso ambicioso “Proyecto Gran Simio”con el que ha amagado el PSOE esta legislatura. Cuenta la anécdota (tal vez una serendipia, cualquiera sabe) la experiencia llevada a cabo con seis chimpancés encerrados en una jaula en cuyo en centro se ofrecía tentadora una piña de plátanos pero cuyo acceso se impedía bruscamente mediante una ducha helada (descarga eléctrica en la otra versión) hasta lograr el total desistimiento de los tentados. Alguien tuvo la idea de sustituir entonces a uno de ellos por otro ejemplar sin la experiencia de la sanción, el cual, como era lógico, se llevó la del tigre por parte de sus escarmentados compañeros nada más alzar la mano hacia la piña, de tal manera que cuando fueron  siendo sustituidos los demás, cada neófito anterior acabó sumándose sin pensárselo a la paliza para impedir el acceso a la fruta prohibida. Es decir, que si en un primer momento cada sujeto reaccionaba al castigo, en una segunda etapa –en la que ya ninguno de los opositores había conocido siquiera la ducha– simplemente obedecía a un tabú: la experiencia directa no es imprescindible, por lo visto, para modelar la conducta porque el instinto cubre sobradamente su papel, trátese de monos de imitación o de hombres cabales.
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Nunca como en tiempo de elecciones se devana tanto la sesera el mono loco para acabar, en demasiados casos, resolviendo la papeleta (y nunca mejor dicho) con sólo atenerse al gruñido sordo de la horda. Una superstición ‘humanística’, heredada del optimismo ‘ilustrado’, nos impide desenmascarar la acción gregaria que tantas veces opera bajo el disfraz de la libertad genuina, sustrayendo del ejercicio democrático el jugo del arbitrio para rellenar su hueco con algún sucedáneo instintivo. La gente vota o deja de votar, demasiado a menudo, no forzada por la experiencia prudente sino abducida por una suerte de criterio colectivo tan ajeno al convencimiento racional como próximo a la tiranía del instinto, un poco a la manera de esos monos que terminan por renunciar al deseo obedeciendo al tabú que fabricaron otros con su experiencia ajena. El ingente sector de ‘indecisos’ que aplaza hasta última hora su decisión electoral, parece ser que se arrepiente por sistema si la opción elegida no triunfa y se ufana en caso contrario, doble actitud que dice mucho sobre la componente lúdica pero también sublimatoria que entra en la fórmula democrática. Como los monos escaldados de la fábula, nuestros electores ejercitan con enorme frecuencia una acción que poco tiene que ver con el fundamento racional de su propia decisión, atenidos en ocasiones a la presión del tabú, arrastrados en otras por la violencia dialéctica de la mayoría. Plátanos y duchas, palos y zanahorias resultan imprescindibles al menos en un primer momento, pero muchos indicios apuntan a que, una vez instaurada la respuesta, la masa se mueve, como el autómata, respondiendo a estímulos remotos inscritos en su circuito instintivo. Cuando ZP habla de “dramatizar” sabe lo que dice y lo que hace, como lo sabe el perro que conduce al rebaño amagando aquí y allá con ladridos y mordiscos. Los que no lo saben son los corderos. Su silencio no puede ser más expresivo.

Lotería electora

Parece ser que un portal de juegos ‘on line’ admite apuestas sobre los resultados electorales andaluces. A lo peor esto era la “Tercera Modernización” ésa, pero junto al vaticinio sociológico de un nuevo triunfo de Chaves, ahí está la paradoja de que casi un sesenta por ciento (lo dice el Instituto Opina y lo difunde la SER, o sea, que no hay ‘peros’) reclama un relevo en la Junta, o sea que, hablando en plata, pide que Chaves le deje su puesto a otro y se retire con su jubilación de oro. Es significativo, incluso descontando intenciones, que el personal suspenda a esa leal Oposición de la que otros estudios demuestran que lo ignora casi todo, razón por la que ahí queda la paradoja para quien quiera entretenerse en despejarla: por qué dicen que van a votar mayoritariamente a un candidato los mismos que piden que se vaya de una vez por todas. Y encima, las apuestas, que es lo que faltaba. Lo que sigue sin encajarme es que, perdiendo el PSOE entre 5 y 3 escaños, ganando el PP entre 6 y 7 y manteniéndose IU, salgan las cuentas. 

Derecho de admisión

Hay discriminaciones y discriminaciones. Unas que merecen, por lo visto, la repulsa e incluso la sanción, y otras que ni se tienen en cuenta, quizá porque no son noticia. El caso de esa tetería céntrica de la capital, regentada por un ciudadano marroquí, que presuntamente habría ejercido de hecho su derecho a la no admisión a su local de una familia que incluía algún discapacitado psíquico, clamaría al cielo de ser cierto y comprobado. Por eso precisamente debe investigarse qué ocurrió, lejos de la idea de que cerrarle la puerta a unos ciudadanos en un local público es una simple anécdota, y más bien conscientes de que, en realidad, constituye una discriminación que las Administraciones no deberían tolerar. Aparte de que, tratándose de alguien perteneciente a un colectivo tantas veces discriminado y en otras tantas defendido a capa y espada, esa licencia sería aún más incomprensible y, desde luego, intolerable.

Realidad y ficción

No es fácil decidir cual será el efecto sobre la vida pública, o más en concreto, sobre la experiencia política, del vertiginoso crecimiento de la credulidad. Se difumina la raya que separa la realidad de la ficción a una velocidad tal que los observadores atentos no saben ya en qué acabará la cabalgada al cabo de no mucho tiempo. Una sociedad ‘mediatizada’ hasta el punto de apellidarse “medial” vive suspendida entre lo real y lo imaginario, como balanceándose en la cuerda floja de una información crecientemente subjetiva y arbitraria, a causa de las exigencias económicas de su misma ‘producción’, según unos, con motivo de un acelerado deterioro de la capacidad reflexiva cuyo origen hay que buscarlo en la necesidad de adaptar el conocimiento a masas cada vez más vastas. Una prospección encargada por la cadena inglesas ‘UKTV Gold’ sobre una muestra de 3.000 encuestados, acaba de descubrir, por ejemplo, que nada menos que el 65 por ciento de la población británica cree a pies juntilla en la realidad del ‘Rey Arturo’ y su “Mesa Redonda’ mientras que casi uno de cada cinco de esos pobladores considera al “premier” Winston Churchill como un personaje de ficción, o bien se imagina a Ricardo Corazón de León no como el rey que fue sino como un personaje legendario pero considera que ‘Sherlock Holmes’ no fue un personaje sino una persona. Por su parte, una encuesta Gallup ha constatado la escalada de la creencia supersticiosa en los EEUU con datos tan curiosos como que casi el sesenta por ciento considera reales las casas encantadas, el treinta afirma que las brujas existen, más de la mitad que los fantasmas son reales como la vida misma y seis de cada diez, más o menos, defienden la existencia de los extraterrestres y sus visitas a nuestro planeta. Ustedes pueden opinar a su vez lo que gusten, faltaría más, pero a uno esta marea de lo irracional le hace mirar temerosamente hacia ese futuro imperfecto que se nos viene encima.
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Habrá que contar, sin duda, con esta deriva fantasiosa si se pretende ser realistas a la hora de proponer un modelo de vida colectiva, un poco como se ha hecho siempre a lo largo de la Historia pero, paradójica y lamentablemente, desde una perspectiva cultural mucho más solvente, que es lo malo, me parece a mí. El auge de la fantasía puede alcanzar en una sociedad ‘mediatizada’ límites de lo más inquietantes, porque con toda seguridad, el hecho de que un pueblo tome por fantasías a sus personajes reales mientras concede estatuto de realidad a los imaginarios no puede ser indiferente para la buena marcha de la conciencia colectiva. Que eso que se ha llamado “lo real maravilloso” se convierta en cotidiano a costa de la realidad misma resulta inquietante, como decíamos, pero que más de la mitad de los ingleses tomen por real a ‘Robin Hood’ es ya demoledor, sobre todo si se añade que, ciertamente en menores porcentajes, tampoco cree en Gandhi o el duque de Wellington, en Dickens o en Cleopatra. Este neorromanticismo que estamos viviendo no es producto casual sino deliberado, por supuesto, y la sustitución de roles entre la Razón y el Sentimiento que evidencian los propios sondeos, es probable que sea vista con buenos ojos desde ciertas perspectivas del Poder, para cuyos planes de dominación la ignorancia fue siempre de lo más útil. Uno de los ‘sabios’ invitados por ZP a la ‘tormenta de ideas’ previa a la precampaña prescribió sin rodeos una estrategia sentimental sobre cualquier propósito racionalista y no parece dudoso que el remedio haya sido aplicado fervorosamente por los partidarios de la tensión y el drama. Vende mucho el sentimiento –hemos retrocedido de Rousseau hacia atrás– pero con la condición de que la semilla caiga sobre el terreno abonado por la irracionalidad o por la superstición sin más. Ni ‘Arturo’ ni ‘Robin’ son inventos fortuitos. No lo fueron al nacer ni han dejado de serlo en plena postmodernidad.