La guerra del agua

Chaves admite que Andalucía tiene graves problemas de agua pero acepta el veto catalán al previsto trasvase. Y de paso, defiende que el agua desalada en la sedienta Almería (donde su discurso, claro está, no es el que lanza en Cataluña) viaje a Barcelona para aliviar el déficit de su consumo. ¡A ver quién lo entiende! Está cada día más claro –ahí está el dislate de proponernos aprender catalán a nuestros parados– que para este hombre sin ideas ni proyecto lo importante no es Andalucía –hay que recordar que sólo “a palos” aceptó presidirla– sino el Partido, cuya hegemonía de conjunto valora infinitamente más que nuestra ya imprescindible autonomía y a cuyo éxito sacrificará lo que se tercie como viene haciendo desde que llegó. La guerra del agua está dejando en evidencia todavía más clamorosa que Chaves ha aceptado para Andalucía el papel subordinado de ‘colonia’ de las autonomías importantes para el PSOE. Ni el charnego más acuclillado lo hubiera hecho mejor. 

A la aldea, ni agua

El grito de alarma lanzado desde Cumbre de Enmedio devuelve a la actualidad un viejo y grave problema lamentablemente oculto: el desamparo administrativo de los pequeños núcleos de población, esos pequeños pueblos y aldeas hablando de cuya decisiva tarea para conservar el paisaje y la ruralidad se le llena la boca tanto a las Administraciones autonómicas, como nacionales o europeas. En Huelva, en la Sierra sobre todo, hay muchos casos que el PSOE ha sabido con habilidad ir enredando en su red clientelar, pero es evidente que quedan fuera de ese privilegio electoralista algunos que carecen de interés para el recuento de votos o que, por el contrario, tienen  asegurada ingenuamente su fidelidad. La desaparición de un pueblo es siempre una tragedia que hace tiempo que en Europa se viene evitando con medidas compensatorias. En Huelva la cosa va más de simple cálculo electoral. Cumbres de Enmedio no interesa, no cabe duda. Uno esperaba que ese alcalde se hubiera dado cuenta solito hace mucho tiempo.

Dafnis y Cloe

El descubrimiento del sexo por los adolescentes ha preocupado toda la vida a los adultos que creían protegerlos ya con la ignorancia disfrazada de inocencia, bien con el consejo saturado de moralismo. A la hora de bregar con eso que algún comentarista ha llamado “la trabajosa conquista de la experiencia erótica”, mi generación hubo de vérsela (me refiero a la mitad macho, pues la otra era todavía pasiva, a estos efectos) con una pedagogía severísima que no dudaba en engañarla con fábulas aterradoras. El padre Tihamer Thót, un obispo húngaro, calculaba que la cantidad de semen eyaculado equivalía a diez veces su volumen en sangre, pero mucho más aterradora resultaba la especie colegial, difundida ‘sotto voce’por educadores moralistas, de que semejante actividad “reblandecía la médula”, desoladora imagen que, sin embargo, no parece que fuera capaz de arredrar a los practicantes. Me parece que está por descubrir el silabario capaz de deletrearle a los catecúmenos del sexo la experiencia de sus mentores, e incluyo en esta propuesta las modernas estrategias escolares de introducción a la sexualidad tanto como la denodada acción mediática de los sexólogos, no siempre fácil de distinguir de la pornografía. El último grito y penúltima esperanza parece ser el robot –es decir, ese disfraz del hombre que es inevitablemente la máquina replicante– de cuya condición “objetiva” se espera que facilite la comunicación eliminando la desconfianza. Como ese “Robin” informático, instalado por el ministerio de Sanidad para alumbrar las dudas adolescentes y que ha quedado colapsado, a las primeras de cambio, bajo el aluvión de cuestiones que le planteaba ese enigmático y masivo usuario sin rostro. Todos los esfuerzos en este sentido se estrellan contra la evidencia de que cuando la profe muestra en clase el pene de plástico, las criaturitas reconocen sin dificultad la ‘colita’ de la que carece, según su experiencia, la compañera de banca freudianamente abrumada por el complejo de castración.
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Los antiguos comprendieron que esa experiencia complejísima no entraba en la pedagogía sino que, para bien y para mal, constituía una iniciación que, como la mayoría ellas, había de ser afrontada en soledad o, en última instancia, en la soledad duplicada de la pareja idílica. La historia de “Dafnis y Cloe”, como la de “Leucipa y Clitofonte”, van mucho más allá de la aventura literaria al plantear la índole fatalmente individual del hallazgo erótico y la condición más o menos ‘poética’ de esa operación biográfica decisiva que es la búsqueda de la sexualidad. Un robot como “Da Vinci” (medio millón de operaciones quirúrgicas sin un solo fallo) es algo que está hoy al alcance de este Prometeo socializado que es el hombre actual, pero me temo que el Ministerio se las va a ver y desear para “reprogramar” a ‘Robin’ hasta hacerlo capaz de enfrentarse a la curiosidad y a la vehemencia de unos jóvenes seguramente más imaginativos en sus dudas que los programadores en sus certezas. Esa “trabajosa experiencia de la conquista erótica” de que hablaba el editor de Longo no entiende de atajos, como tantas cosas en la vida, sino que ha de aceptar su camino iniciático, que no excluye el consejo del centauro o el aviso de la circe, pero que deja en manos del héroe y de la heroína la última palabra de ese poema inacabable. Toda vida es, en definitiva, una ‘odisea’, acabe en Ítaca o se extravíe indebidamente, y eso vale tanto para Odiseo como para el joven Telémaco y, ni qué decir tiene, para la fiel y paciente Penélope. Es fácil enseñar de cejas para arriba, difícil de cintura para abajo. Por eso seguramente se ha bloqueado ‘Robin’, demostrando una vez más la ingenuidad del Poder y el fiasco de su autosuficiencia. Pocas lecciones tan cuerdas nos ha dado la ciencia-ficción como la rebelión del robot. Y pocas la política real como el fracaso de este ‘Golem’ de Bernat Soria.

Promesas gratuitas

Es enteramente desvergonzado el punto a que llega el oportunismo electoralista de las promesas por doquier. Hasta los minoritarios van prometiendo por ahí el oro y el moro, indiferentes al ridículo que produce una promesa de envergadura en boca de IU o del PA, pero los grandes no se quedan, como es natural, a la zaga, siendo de justicia reconocer una discreción mucho mayor en los compromiso que propone Arenas frente al desahogo con que Chaves promete por segunda o tercera vez el mismo cuando no trata de otorgar estatuto de compromiso político a lo que no es más que una obligación legal. Tendría que arbitrarse algún procedimiento de control de esos faroles, que comportara algún género de sanción para los incumplidos. Como eso no parece posible –¿quién se va a atar las manos a sí mismo?– habrá que resignarse a que nos traten como a borregos cada cuatro años.

El talón de Aquiles

Alguien ha dicho que el talón de Aquiles de nuestra sanidad pública, en Huelva, es el estado inaceptable de los servicios de urgencia. Uno está convencido de que puñetera falta que hace un talón de esos en nuestra provincia mientras se mantenga en su puesto a ese delegado que no fue capaz de ganar las oposiciones que legitiman a los compañeros que las ganaron, pero no está mal traída esa propuesta ni la que desde el PP le han hecho a Chaves de que, en lugar de prometer tanto, se de una vuelta (sin avisar, se entiende) por el ‘JRJ’ y contemple de cerca el espectáculo tercermundista de esos usuarios amontonados que han de aguardar largas horas a que los desbordados médicos puedan atenderlos. “¿Quiere un vestío? ¡Catorce! ¿Quiere un reló? ¡De brillantes!”: la copla vieja se parece a nuestro electoralismo como una gota de agua a otra. Pero Chaves no irá a Urgencias, ya lo verán. Otra cosa sería que él precisara de esos servicios…

Inquisición universal

Me pregunto a veces si la tendencia inquisitorial –entiéndase la aspiración a someter el criterio ajeno al propio– será un fenómeno esporádico, determinado por circunstancias concretas, o por el contrario vendría a ser una suerte de invariante psicológico común a todos los humanos aunque no siempre manifiesto. Escucho a un mandamás del islamismo español abroncar sin contemplaciones a los obispos del país y negarles el derecho a participar en la orientación política de sus fieles, cosa que me resulta extraordinariamente difícil de entender viniendo de un dirigente islamista, esto es, de uno de esos clérigos emergentes (uso el término ‘clérigo’ en su sentido histórico, no en el canónico, claro está) que traen de cabeza al planeta con sus mitos y tabúes cuando no con sus ‘fatwas’ aterradoras. Y tropiezo también con la historia la persecución que están sufriendo en algunos países islámicos las comunidades cristianas, y concretamente el caso tremendo de un matrimonio egipcio convertido a esta fe, cuya lucha por lograr el reconocimiento burocrático de su nueva condición ha dado lugar, no sólo a una cerrada negativa por parte de las autoridades civiles, sino al disparate inquisitorial de que desde los sectores radicales (al menos, quiero creer que sólo desde estos) se haya desatado una auténtica persecución en la que no faltan las presiones y  amenazas, incluida la de muerte. O sea que, diga lo que diga el dirigente aludido al principio, mientras en España se multiplican exponencialmente las demandas de apostasía, en algunos países islámicos, como Egipto, todo un colectivo de abogados llega a pedir que se castigue con la muerte el cambio de fe, como parece ser que le acaba de ocurrir a nuestra pareja de conversos, aparte de que el propio padre de la esposa en cuestión le da quince días, ignoro si naturales o hábiles, para dar marcha atrás o entregar su cuello a la daga vengadora, justificado por las ‘fatwas’ dictadas por diversos jeques. Insisto, quién sabe si la Inquisición no fue un fenómeno histórico sino que más bien un rasgo de la condición del hombre y no sólo, por supuesto, del religioso. Ahí está el KKK o la ETA para probarlo.
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En Inglaterra se discute acaloradamente estos días a propósito de la oposición ciudadana, en ciudades como Glasgow o la propia Londres pasando por Oxford, a que las comunidades islámicas llamen a la oración con sus plegarias tradicionales y hasta dicen que, al menos en ciertos sectores, la salmodia del muecín ha desatado pánico entre los vecinos. Desde luego no cabe pensar siquiera que una iglesia copta, por poner un caso, volteara sus campanas llamando al culto ya que, como se ve, incluso la conversión íntima se considera en ese ambiente un crimen digno de ser castigado con la muerte, pero probablemente estos síntomas de intolerancia no sean más que la superficie que esconde otras inquisiciones de más hondos propósitos. Un estudioso argelino que enseña en  París, Kemal Nait-Zerrad, escribía no hace mucho que la complacencia de intelectuales y políticos con estas exigencias resulta sencillamente cándida ya que, según él, esas aperturas están siendo utilizadas arteramente por el fundamentalismo extremista para minar lo que, con el permiso de Habermas, pudiéramos llamar el espíritu ‘republicano’ que se expresa en el llamado ‘patriotismo constitucional’ tanto como en el de andar por casa. ¿Será la inquisición un episodio aislado, un accidente histórico, o tal vez un simple reflejo de intolerancia dictado desde el cerebro reptiliano al hombre de todos los tiempos? No seré yo quien dictamine sobre tema tan arduo pero me parece que quienes deberían meditar sobre él son esos inocentes aperturistas que prefieren el imán al obispo y el muecín a la campana. Voltaire recordaba que Luis de Páramo sostuvo que Jesucristo fue el primer inquisidor. Yo creo, sin embargo, que al propio Voltaire no le hubiera venido nada mal una pasada por el psicoanálisis.