Lotería electora

Parece ser que un portal de juegos ‘on line’ admite apuestas sobre los resultados electorales andaluces. A lo peor esto era la “Tercera Modernización” ésa, pero junto al vaticinio sociológico de un nuevo triunfo de Chaves, ahí está la paradoja de que casi un sesenta por ciento (lo dice el Instituto Opina y lo difunde la SER, o sea, que no hay ‘peros’) reclama un relevo en la Junta, o sea que, hablando en plata, pide que Chaves le deje su puesto a otro y se retire con su jubilación de oro. Es significativo, incluso descontando intenciones, que el personal suspenda a esa leal Oposición de la que otros estudios demuestran que lo ignora casi todo, razón por la que ahí queda la paradoja para quien quiera entretenerse en despejarla: por qué dicen que van a votar mayoritariamente a un candidato los mismos que piden que se vaya de una vez por todas. Y encima, las apuestas, que es lo que faltaba. Lo que sigue sin encajarme es que, perdiendo el PSOE entre 5 y 3 escaños, ganando el PP entre 6 y 7 y manteniéndose IU, salgan las cuentas. 

Derecho de admisión

Hay discriminaciones y discriminaciones. Unas que merecen, por lo visto, la repulsa e incluso la sanción, y otras que ni se tienen en cuenta, quizá porque no son noticia. El caso de esa tetería céntrica de la capital, regentada por un ciudadano marroquí, que presuntamente habría ejercido de hecho su derecho a la no admisión a su local de una familia que incluía algún discapacitado psíquico, clamaría al cielo de ser cierto y comprobado. Por eso precisamente debe investigarse qué ocurrió, lejos de la idea de que cerrarle la puerta a unos ciudadanos en un local público es una simple anécdota, y más bien conscientes de que, en realidad, constituye una discriminación que las Administraciones no deberían tolerar. Aparte de que, tratándose de alguien perteneciente a un colectivo tantas veces discriminado y en otras tantas defendido a capa y espada, esa licencia sería aún más incomprensible y, desde luego, intolerable.

Realidad y ficción

No es fácil decidir cual será el efecto sobre la vida pública, o más en concreto, sobre la experiencia política, del vertiginoso crecimiento de la credulidad. Se difumina la raya que separa la realidad de la ficción a una velocidad tal que los observadores atentos no saben ya en qué acabará la cabalgada al cabo de no mucho tiempo. Una sociedad ‘mediatizada’ hasta el punto de apellidarse “medial” vive suspendida entre lo real y lo imaginario, como balanceándose en la cuerda floja de una información crecientemente subjetiva y arbitraria, a causa de las exigencias económicas de su misma ‘producción’, según unos, con motivo de un acelerado deterioro de la capacidad reflexiva cuyo origen hay que buscarlo en la necesidad de adaptar el conocimiento a masas cada vez más vastas. Una prospección encargada por la cadena inglesas ‘UKTV Gold’ sobre una muestra de 3.000 encuestados, acaba de descubrir, por ejemplo, que nada menos que el 65 por ciento de la población británica cree a pies juntilla en la realidad del ‘Rey Arturo’ y su “Mesa Redonda’ mientras que casi uno de cada cinco de esos pobladores considera al “premier” Winston Churchill como un personaje de ficción, o bien se imagina a Ricardo Corazón de León no como el rey que fue sino como un personaje legendario pero considera que ‘Sherlock Holmes’ no fue un personaje sino una persona. Por su parte, una encuesta Gallup ha constatado la escalada de la creencia supersticiosa en los EEUU con datos tan curiosos como que casi el sesenta por ciento considera reales las casas encantadas, el treinta afirma que las brujas existen, más de la mitad que los fantasmas son reales como la vida misma y seis de cada diez, más o menos, defienden la existencia de los extraterrestres y sus visitas a nuestro planeta. Ustedes pueden opinar a su vez lo que gusten, faltaría más, pero a uno esta marea de lo irracional le hace mirar temerosamente hacia ese futuro imperfecto que se nos viene encima.
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Habrá que contar, sin duda, con esta deriva fantasiosa si se pretende ser realistas a la hora de proponer un modelo de vida colectiva, un poco como se ha hecho siempre a lo largo de la Historia pero, paradójica y lamentablemente, desde una perspectiva cultural mucho más solvente, que es lo malo, me parece a mí. El auge de la fantasía puede alcanzar en una sociedad ‘mediatizada’ límites de lo más inquietantes, porque con toda seguridad, el hecho de que un pueblo tome por fantasías a sus personajes reales mientras concede estatuto de realidad a los imaginarios no puede ser indiferente para la buena marcha de la conciencia colectiva. Que eso que se ha llamado “lo real maravilloso” se convierta en cotidiano a costa de la realidad misma resulta inquietante, como decíamos, pero que más de la mitad de los ingleses tomen por real a ‘Robin Hood’ es ya demoledor, sobre todo si se añade que, ciertamente en menores porcentajes, tampoco cree en Gandhi o el duque de Wellington, en Dickens o en Cleopatra. Este neorromanticismo que estamos viviendo no es producto casual sino deliberado, por supuesto, y la sustitución de roles entre la Razón y el Sentimiento que evidencian los propios sondeos, es probable que sea vista con buenos ojos desde ciertas perspectivas del Poder, para cuyos planes de dominación la ignorancia fue siempre de lo más útil. Uno de los ‘sabios’ invitados por ZP a la ‘tormenta de ideas’ previa a la precampaña prescribió sin rodeos una estrategia sentimental sobre cualquier propósito racionalista y no parece dudoso que el remedio haya sido aplicado fervorosamente por los partidarios de la tensión y el drama. Vende mucho el sentimiento –hemos retrocedido de Rousseau hacia atrás– pero con la condición de que la semilla caiga sobre el terreno abonado por la irracionalidad o por la superstición sin más. Ni ‘Arturo’ ni ‘Robin’ son inventos fortuitos. No lo fueron al nacer ni han dejado de serlo en plena postmodernidad.

Miedo al directo

Al final sólo habrá un debate entre Chaves y Arenas. ¿Por qué razón, qué tiene el debate nacional de más interesante que el nuestro para que se le brinden dos debates y al andaluz uno solo? Pues muy sencillo, que Chaves no las tiene todas consigo ni mucho menos, que su experiencia en “Tengo una pregunta para usted” fue ya suficientemente dura como para darle margen a un rival que lo supera sin esfuerzo, que un Presidente con tan pesado fardo de errores y omisiones es normal que rechace un enfrentamiento directo con quien –fuera de su excelente balance en la política nacional– nada tiene que temer donde nunca tuvo responsabilidades de gobierno. A los ojos de Chaves valemos la mitad que el conjunto. No hay que olvidar que a él le importó siempre más su partido que Andalucía. 

Vale todo

Por fin el consejo de Ministros dio luz verde a la Diputación para acometer los trabajos del puente sobre el Chanza que servirá de enlace con Portugal y que ha venido siendo rechazado con insistencia por diversos sectores sociales, en especial por grupos ecologistas. Desde el PSOE, Berreo decía ayer con desparpajo que, para esa decisión, contaba con el apoyo expreso de Greenpeace pero, consultado el responsable de la campaña de aguas de la organización, Julio Barea, lo desmintió sin contemplaciones. No tiene importancia, habida cuenta de por dónde va ya la vera de los camelos electoralistas, pero el hecho sí que sirve para demostrar de nuevo la absoluta falta de escrúpulos de los políticos a la hora de barrar para adentro. La mentira en política no es ni buena ni mala, es simplemente normal y por eso apenas es tenida en cuenta por la gente. Barrero lo sabe de sobra y se aprovecha de ello. 

Paseo por Babel

Mi columna “Guerra al latín”, crítica frontal del radicalismo lingüístico de ciertos feminismos ignaros, me ha acarreado, para qué mentirles, un buen montón de subidas discrepancias y no pocos insultos. Es igual: insisto en que proponer “distanciarnos del latín” no es más que una sonora pamplina y eso fue justamente lo que dijo una dirigente feminista de las que suelo llamar “de nómina”. Por reacción, me he vuelto sobre viejas lecturas, dos en concreto, un fenomenal ensayo de Georges Steiner (que no cumple ya veinte años, me parece) y unas reflexiones de Agustín García Calvo que conservo como oro en paño. Steiner propuso en “Después de Babel” un singular elogio de la diversidad de las lenguas, exhumó aquello (que yo no me acabo de creer) de que en el planeta existen 20.000 distintas, sin dejar de recordar que en sólo en Filipinas se habla un centenar de ellas, que en Mindanao hay una que va por libre, como el euskera, y que la relación entre riqueza idiomática y pobreza material es una obviedad que confirman muchos pueblos, aunque ninguno como el de esos bosquimanos que utilizan, al parecer, y no me explico cómo, hasta 25 formas de ese mismo subjuntivo del que la ESO ha librado a la ‘basca’. Pero ahora se anuncia un nuevo libro suyo en el que analiza –un poco en plan Simone de Beauvoir cuando nos escandalizaba describiéndonos sus entusiastas felaciones al novelista Nelson Algren– la relación entre sexo y lenguaje, un nexo mediatizado sin remedio, según él, en el que el sordomundo, ajeno a radio y tv, sería “el último sujeto con libertad” que queda en el mundo. En cuanto a Agustín –el Agustín por antonomasia de mi generación no era el de Hipona sino éste– repaso sus tesis sobre la fatal degeneración de la lengua hasta convertirse en ‘idiomática’ o privativa del Poder en lugar de mantenerse como propiedad de todos. La influencia y el dinero corrompen un instrumento “natural” que los griegos no distinguían (‘logos’) de la propia razón. Imaginen el resto.
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Para García Calvo la distinción entre los “géneros” (la RAE insiste en que debe decirse ‘sexos) es un simple fenómeno ‘idiomático’ y, agrega ya embalado, “no muy profundo”, cuya función no es distinguir entre los sexos sino responder a la imperiosa necesidad taxonómica de todo sistema de signos. Hay lenguas que carecen de “géneros”, recuerda con las del beri, antes de recordar que el propio inglés, la actual ‘koiné’, “casi no tiene ninguno” fuera de los deícticos personales (‘he’, ‘she’), sin que pueda distinguirse ni entre personas ni entre animales. Lo cual le pasa al inglés por no descender por derecho del latín y no al contrario, a ver si se enteran de una vez las amazonas. “No tienen ni idea de lo que es la lengua”, dice Agustín convencido. Y no me resisto a reproducir el resto: “Y el error político de actitudes como ésas (las del integrismo feminista) es que justamente se pierden con esas menudencias y superficialidades, se pierden la lengua misma, que es el sitio donde el pueblo, sin distinción de sexos,  se levanta contra el Poder establecido”. Steiner habla de unas siberianas que enseñan a sus hijos la lengua masculina prohibida a ellas mismas, que eso sí que es discriminación y lo demás son mandangas, pero ni siquiera un rasgo tan grave le hace abdicar de su defensa de la diversidad, porque lo que él sostiene es que en cada lengua el nivel del tabú –y por ende, el tabú mismo– es diferente. Nadie en Occidente había distinguido ni retóricamente ni en el uso cotidiano “vecinos y vecinas” antes de Llamazares y esas ménades que culpan a al pobre Cicerón pero callan como muertas cuando quien ofende realmente a una hembra pertenece a su club privado, y que no parece que sepan que hay lugares en el planeta en los que, siempre según Steiner, estén muriendo lenguas mientras ellas siguen dale que te pego con el tema del “género”.