Chapapote bueno

Si éramos pocos, parió la abuela: al buque encallado en la bahía de Algeciras con petróleo en la bodega se une ahora el cisterna griego con 44.000 toneladas de fuel a bordo, igualmente varado junto a Gibraltar. Cualquier cosa puede ocurrir, obviamente, pero ni una tímida voz sale de la Junta y menos del Gobierno denunciando el peligro y convocando al voluntariado como en su día se hiciera en Galicia con el ‘Prestige’, la magistral operación de desgaste del Gobierno legítimo perpetrada desde la oposición de entonces. Nada de chapapote, nada de alarmas, menos aún de ‘voluntarios’ salvadores reclutados en toda España, a pesar de que –esta vez no pueden seguir con el cuento de que los riesgos son mínimos– en cualquier momento pueden hacerse realidad los peores vaticinios. ¿Habrá ahora manifestación contra el Gobierno de alcaldes de la zona, irá Chaves a encabezarla en caso de celebrarse, vendrán siquiera las ministras (la presencia de príncipes y presidentes ni se plantea) a dar la cara? En esa costa puede ocurrir lo peor mientras la Junta y el Gobierno aguardan emboscados a que amaine el levante.

Vivir de espaldas

Reaparece el tema de la carretera Huelva-Cádiz, esa conexión reclamada por el sentido común que los políticos han convertido en un sodoku de partido. No es sostenible la excusa de la protección de Doñana, un parque en el que ha ocurrido de todo y que cualquier verano registra varios incendios en su periferia sin que la autoridad vaya más allá de tratar de apagarlos como buenamente se pueda. Ni la yenka que se trae la Junta, que si sí que si no, probablemente porque la exigencia se plantea desde el partido de la oposición aunque sea con el respaldo unánime de los promotores. Ese pleito debe ser sacado de la pelea partidista para buscarle la imprescindible solución en el terreno de nadie que es el de los intereses de todos. ¿Cómo mantener el aislamiento, cómo vivir de espaldas esas dos únicas capitales contiguas que carecen de acceso directo entre ellas? Deben ser los ciudadanos, a través de la opinión pública, quienes exijan ese planteamiento práctico. De los partidos, desgraciadamente, todo indica que no puede esperarse más que partidismo.

Polvo enamorado

Hace unos meses se descubrió en Mantua –la patria de Virgilio, ya ven que la casualidad apenas existe– una escena funeraria tan novedosa como enternecedora. Se trataba de dos esqueletos abrazados, en actitud amante, la caricia aún insinuada en la traza esencial y mínima del hueso enamorado, en la que, como era natural, los expertos ‘conservatas’ se apresuraron a ver una prueba de la “naturalidad” de la pareja fundada en el amor, y sus competidores la demostración palpable de la historicidad del matrimonio, un hallazgo civilizatorio y, en consecuencia, temporal, surgido en el Neolítico y presumiblemente en trance de liquidarse. El asunto ha sido rescatado estos días en Italia como ilustración de la tremenda polémica desatada en torno al fracaso gubernamental de establecer el matrimonio homosexual al que se ha opuesto con firmeza una Iglesia allá muy influyente pero también, justo es decirlo y nada difícil comprobar, buena parte de la sociedad peatonal que parece haber olvidado del todo la ambivalencia sexual que fue común en la era clásica aunque nunca a Adriano no se le pasara por la cabeza formalizar lo suyo con el bello Antinoo ni a Calígula hacer del consulado de su caballo algo más que una liturgia caprichosa. Para el próximo 18 está convocada una manifestación conservadora como réplica a la que, en la misma céntrica Piazza Farnese celebraron hace poco los defensores del cambio y centrada, por supuesto, en la defensa de la familia tradicional que ellos creen amenazada por las uniones gays. Hasta hay arqueólogo que saca a colación la familia fósil hallada en otra tumba y que incluía, junto a los progenitores, a dos bambinos, unidos todos por una especie de yugo (con-yugal quiere decir eso, sometidos al yugo) con el que se pretende atraillar el argumentario familista. No me gustan estas antropologías de urgencia mezclada en la coctelera de la reflexión social, pero hay que admitir que esas escenas fúnebres están bien traídas a esta polémica que –como ya ocurriera en España– se ha trasladado a la calle como si la democracia hubiera dejado súbitamente de ser representativa y la aclamación se estuviera constituyendo en el único expediente legítimo de la voluntad colectiva. Mucho hemos clamado para que se abrieran las ventanas en las Cámaras pero está por ver a dónde nos lleva esta deriva ruana que, sin que nos demos cuenta, supone de hecho una transformación radical de nuestro modelo político.
                                                                  xxxxx
Ni unos ni otros –ya me entienden– parecen haberse percatado de que con estas contiendas callejeras están refrescando acaso la decaída confianza cívica en la democracia pero también comprometiendo la legitimidad del montaje político. Sacar a la calle el debate sobre Navarra o la porfía sobre las coyundas homo, los papeles de Salamanca o el agua del Ebro, puede resultar novedoso y hasta festivo pero no cabe duda de que implica negar la idoneidad de unas instituciones legítimas que deberían bastarse para resolver los problemas salvo que se esté pensando ya en un modelo diferente en el que el principio de representación fuera a ser sustituido, ya se vería con qué resultados, por la decisión asamblearia, colectiva, celebrada al aire libre (es un decir) y mensurable sólo por la controvertida aritmética que calcula el concurso de gente y, en última instancia, por el rigor de los decibelios. Grave cuestión, me parece, debatir en la plaza sobre arqueología funeraria y más grave todavía decidir en ella el traslado de esas conclusiones a la realidad de la vida. Y cierto que si hemos llegado a este punto lo debemos al fracaso de una clase política abierta a los secretos de una tumba pero incapaz de ver la fosa que para ella misma está abriendo la pasión partidista. No hay por qué cerrase ante la idea de que la familia neolítica haya sido superada por el tiempo. En cuanto acabe esa vaina bien podría comenzar la discusión sobre el ocaso de la democracia.

Más Marbella

Se discute sobre las constantes ampliaciones del “caso Malaya”, sobre la extensión de un sumario cuya instrucción roza ya lo razonable, se multiplican las comparecencias televisivas de friquis enredadores paralelamente a las serias protestas de la Junta sobre su irresponsabilidad (su no-responsabilidad, se quiere decir) en el saqueo a que ha sido sometida durante años la Marbella de los ‘giles’ y sucesores. Pero la decisión de la Audiencia de respaldar sin condiciones el criterio del juez Torres –en este enredo, la Junta es más cercana “al partícipe a título lucrativo” que víctima– deja a los responsables máximos de la autonomía entre la espada y la pared. Es lamentable que haya que discutir a estas alturas algo tan evidente, pero lo que cuenta ahora son las consecuencias de este índice acusatorio con que los jueces apuntan a la Administración de Chaves, seguro que, por una vez, con el asentimiento de la inmensa mayoría. Lo que ha ocurrido en Marbella no puede atribuirse a Gil y a Roca auxiliados por una cuadrilla de logreros. Es mucho más importante ver en ese légamo el error o la culpa de un poder que ha dejado hacer, incluso trincando llegado el caso.

El gran salón

Tendremos esta semana –ya era hora– Plaza de las Monjas nueva. El viejo salón de la ciudad, su órfalos entrañable para tantas generaciones, resurgirá aderezado, cuentan que con buena mano, para volver a ser punto den encuentro por antonomasia de la ciudad renovada. Menos mal que una buena noticia llega sin ruido, concitando la expectación de todos tras la que vendrán –y bienvenidas sean mientras sean discretas– las críticas del gusto y el juicio de la memoria. Y ninguna quizá tan justificada como ésta ante la que habría que rendir partidismos y acomodar la opinión a un resultado que responde a un esfuerzo de mucha gente y a la expectación de casi todos. Las Monjas será de nuevo el referente de la capital, el lugar abierto y acogedor para propios y extraños, el salón de la ciudad en el que, como antaño, los onubense de hoy rumiarán sus memorias y los de mañana irán acumulando sus nostalgias futuras.

Ausencia y nulidad

Van a quitar el cero de la notación escolar. No habrá clasificaciones draconianas, en adelante, desaparecerá la infamia supina que alude a la nulidad absoluta del alumno. En sus calificaciones, los profes habrán de bandearse entre el 1 y el 10 prescindiendo del cero, notable circunstancia numérica puesto que la cifra eliminada perdura como “principio de posición” (en el 10) pero no como guarismo con valor intríseco. Desde que los babilonios, los chinos y los mayas descubrieron en sus respectivos sistemas numéricos el cero para enjaretar sus cuentas, hasta que los hindúes dieran con el cero patatero o punto redondo hay un trecho milenario porque nada tiene que ver el truco numerológico que supone el empleo de un signo funcional, con la marca gráfica que significa nada menos que el vacío o la nada. Y menos aún, claro está, con el grafismo que alude a la ausencia, al menos hasta que aquellos sabios indios consiguen reunir conceptualmente ausencia y nulidad en una sencilla representación: la de un circulito vacio. Poco hubiéramos progresado en esta vida sin el cero multiuso, evidentemente, perdidos entre los rudimentarios procedimientos de notación y la complejidad de los sistemas con que los contables prolongaron la eficiencia del contage digital o el cálculo a base de guijarros, condenados a no poder representar más que cifras discretas en flagrante contradicción con la inmensidad de lo diverso. Pero al hallazgo del “principio de posición” debería seguir, para garantizar el progreso, la palabra/símbolo, el significante convencional pero eficacísimo que representaba paladinamente la “cantidad nula”. No se olvide que ‘cifra’ y ‘cero’ conservan durante siglos un mismo sognificado y que sólo desde tiempos ya ‘modernos’ (desde finales el XV por lo menos) es recibida en el sentido actual. En la inigualable obra de Georges Ifrah, “Histoire universelle des ciffres” (de la que hay traducción abreviada en español), se amontona esta historia maravillosa por la que transitan desde los astrólogos babilonios hasta los sultanes de “Las Mil y Una Noches”.

                                                                   xxxxx

 Que si quieres arroz. Nuestro Gobierno providente ha eliminado el cero, como decíamos, de las ‘notas’ escolares, de manera que, en adelante, el alumno más lerdo se verá liberado del oprobio que supone esa nota de nulidad y será obsequiado con un 1 lastimoso que, pro cierto, supondrá un intolerable agravio para el colega que haya merecido esa mínima pero legítima nota. Y será así –para que se convenzan de que de la ESO se podía esperar todo, incluido lo peor– porque esta autoridad imbuida de ‘talante’ magnánimo concibe como imposible que un ‘tronco’ pueda llegar a final de curso, por muy mal estudiante que sea, enteramente “vacío de conocimiento”. Marcha atrás, pues, dispuestos a distinguir ‘ausencia’ de ‘nulidad’ o ‘vacío’ de ‘ignorancia’, y que le vayan dando a un modelo educativo en el que el profesor ha sido expropiado de su imprescindible autoridad hasta el punto de que ni siquiera su integridad física esté ya garantizada. Al célebre ignaro que a una pregunta sobre las guerras púnicas respondió babieca al profe con un definitivo “¿Cuá púnica?”, en adelante habría que calificarlo con un 1, nada de cero patatero, respetando siempre ese margen benigno que lo rescatará el averno del suspenso absoluto. Como en los albores del cálculo moderno, el cero recobra su papel estricto de multiplicador situado tras el uno en el 10 de la excelencia, pero desaparece como signo sensible del vacío mental que tan gráficamente sancionaba con su círculo vacío. Volvamos grupas a la lógica en busca de la superada experiencia de las viejas culturas. Una cosa es la ‘nulidad’ y otra muy distinta la ‘ausencia’, ya digo. La ‘basca’ es muy sensible y un cero, qué duda cabe, puede arruinar la autoestima del más pintado. Notas del 1 al 9, en resumen, incluido el examen en blanco. Ya verán como a la hora de pasar de curso habrá quien alegue que el 1 no es moco de pavo.