Sota y caballo

El ruido y la furia de la campaña han logrado ir paliando hasta extinguir el rumor de que un libro escrito por un amigo íntimo del Rey –concretamente unas memorias una impresas en una editorial andaluza– ha sido liquidado en una trituradora cinco días antes de su prevista publicación. Ni que decir tiene que el amigo en cuestión era el embajador Prado Colón de Carvajal, figura decisiva en la biografía del monarca y a quien los observadores del ramo, como ‘Sverlo’, Jesús Cacho o García Abad, no dudan en señalar como el “íntimo compañero de negocios del Rey durante tres décadas”, esto es, durante el periodo en que el patrimonio familiar del actual Jefe del Estado ha pasado de la reconocida precariedad a la opulencia hasta convertirse, si hemos de creer lo que a este propósito dicen las publicaciones especializadas, en una de las grandes fortunas del mundo. No es la primera vez –ni será la última– que en España se destruya un libro incómodo para el Poder, una tradición que se remonta al negocio que supuso para Blasco Ibáñez la compra masiva de “La Bodega” por parte de los Domecq, que en la novela aparecían como caciques bajo el pseudónimo de los “Dupond”. También en los albores de la Transición se destruyó en unos talleres valencianos una biografía de González que a los censores del partido les resultó (a mi juicio, con razón) menos favorable que perjudicial. La lucha contra los “papeles” críticos es tan antigua como la política (César manejó con virtuosismo para contrarrestarlos el panfletismo primitivo de las “Acta diurna”), pero en el caso que nos ocupa no se trata tanto de ese holocausto bibliográfico sino de la persistencia en la estrategia informativa del país de lo que pudiéramos llamar el “tabú real”, que tanto dio que hablar cuando Bárbara Rey denunció en el 97 un elocuente robo de material fotográfico en su casa y amenazó, cómo no, con escribir en su momento un libro, nada menos que “sobre el mundo entero”. Y ya estamos con lo del remedio y la enfermedad, porque, vamos a ver: ¿qué es peor, lo que pueda decir en su libro el confidente del Rey o lo que, en base al rumor, pueda imaginar sin tasa la opinión pública?
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Naturalmente no seré yo quien arriesgue una respuesta a esa pregunta, pero tampoco quien se quede indiferente ante la noticia de que el libro escrito por un cortesano reconicido –condenado varias veces, todo debe decirse– ha de ser destruido para que no llegue al conocimiento ciudadano. El rumor no es por sí mismo ni bueno ni malo; la bondad o la maldad estará, en todo caso, en su verosimilitud, y ésta, como es lógico y natural, depende no poco de la réplica autorizada que se le dé, nunca del silencio. Aparte de que “la callada por respuesta” constituye un derecho del peatón pero no del prócer que, sin perjuicio de lo establecido sobre la carga de la prueba, debe soportar una carga suplementaria de responsable decoro. No tiene la misma necesidad de limpiar su buen nombre el cabrero en su majada que el rey en su corte, aparte de que un Jefe del Estado ha de ser paradigma de rectitud. Bien, pues eso es lo que cuestiona la decisión de triturar el libro del confidente del Rey, eso es lo que deja el campo libre a la imaginación o a la malicia para pasearse desde la Barcelona del caso Gran Tibidabo a la Arabia wahabita de los petrodólares, lo mismo que el presunto robo en casa de la actriz y la oscura intervención de ciertos servicios, dio pábulo a historietas en las que ese Jefe del Estado aparecía en gayumbos más contento que unas pascuas. La dignidad del Rey no es sólo un derecho privado sino un espejo en el que no cabe reflejarse turbiamente. Si alguien cubre con un velo ese espejo, mala cosa, porque mucha gente se preguntará el por qué, y lo que es peor, se dará, sin duda, la respuesta que mejor le cuadre. Yo mimos me pregunto qué gravedades dirá Colón en esas memorias para que Pimentel haya decidido triturarlas.

No existimos

¿Ustedes oyen algo serio sobre los problemas de Andalucía o perciben, más bien, que el estruendo de la campaña de las “generales” ahoga por completo las voces que deberían debatir lo nuestro? Se comprende que para Chaves una y otra sean la misma campaña, y mejor todavía se entiende que ni loco quisiera presentarse en público sólo para que le echen en cara el argumento irrefutable: “Si estamos tan bien, si tanto avanzamos, si vamos embalados que no hay quien nos pare, ¿por qué seguimos a la cola de España mientras otras regiones han prosperado considerablemente durante estos 20 o 30 años?”. Las elecciones van juntas y revueltas porque Chaves no quiere oír esa pregunta lógica y aplastante, al menos en la calle. El ridículo nivel de información de los andaluces, averiguado de sobra, demuestra que el procedimiento lo beneficia. Ya me dirán, entonces, para qué cambiar. 

La varita mágica

No se explica la contundencia de Nilefós al presentar su decisión de cierre si tan fñácil resultaba llegar a un acuerdo con la Junta –como el que, al parecer, han llegado la consejería de Trabajo y la empresa– para mantener el empleo mientras duran las conversaciones. Y no es por ser pesimistas, pero no hay que olvidar que el tiempo de elecciones es tiempo milagrero, y nada tendría de extraño que en esta radical e inexplicado giro, Nilefós estuviera siendo amable con la estrategia electoral de la Junta y su partido, a los que un conflicto de esta naturaleza no puede favorecerle y sí perjudicarle. Después de las elecciones hablaremos, en cualquier caso, pero insisto en que carece de lógica no agotar las vías de posible solución antes de decretar un  cierre. Todo esto huele de lejos a varita mágica electoral. Tras el 9-M lo que sea, sonará.

El taxista de Londres

A medida que admiro y creo más en la divulgación científica  voy convenciéndome de la mala suerte que ha tenido la especie en helecho de que la Ciencia, por más que por fuerza se mueva dentro de un paradigma de imperioso condicionamiento social sea una cosa tan personal, sea en el fondo una cosa tan personal y, en cierto modo, intransferible. Echa uno de menos una especie de plan universal, algo así como un programa concertado al que los investigadores se adhirieran y fueran sumando en lugar de ir por libre en esa carrera que, en tantas ocasiones, los transporta al reino de la extravagancia.  ¿Qué pensar de un sabio que sale diciendo muy serio que los taxistas de Londres tienen mayor el hipocampo que sus colegas de ciudades más reducidas, hipótesis absurda, como se comprenderá, que responde a la relación generalmente asocia ese órgano a la percepción espacial? ¿Y de un prestigioso neurólogo al que veo sostener en ‘Perspectives on Psycological Science’ que los tíos que se consideran más felices ganan menos dinero y tienen un éxito menor que los discretos que no se consideran tan satisfechos con su existencia? Un estudio concienzudo, supongo, ha permitido al profesor Eric Wilson escribir un libro contra la felicidad en el que más o menos propone sustituir ese eterno ideal inalcanzable por el cultivo de la melancolía en la que él ve una fuente de inspiración al servicio de los creativos.  Un amigo me pasa un recorte de la competencia  en el que se descubre el Mediterráneo haciéndonos ver que si el cerebro de Einstein a los 16 añitos no era más que el de un adolescente, ese mismo órgano sería muy diferente a los 60 tras haber descubierto y probado la Relatividad. Nuestras revistas y foros más acreditados están llevando la divulgación a un punto que podría llegar a serlo de “no retorno” una vez que sepamos tanta ciencia vulgarizada que  estemos a pique de manicomio.

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Acabo de perder mis buenos ratos –se lo digo a ustedes como lo siento– leyendo el último libro de Desmond Morris, del que ya habíamos visto entregas en ‘The Times’, dedicado esta vez no a “El Mono desnudo” ni a “La mujer desnuda”, como en los viejos tiempos, sino a “El hombre desnudo”, un estudio anatomo-fisiológico que, sin perder nunca su clásica perspectiva zoológica, se aplica esta vez a demostrar que la sexualidad masculina es una prenda sumamente frágil que se fragua en el paso de la adolescencia a la edad barbada, en la idea de que la homosexualidad no sería otra cosa que el efecto de la excesiva y anacrónica adhesión del “iniciado” a su mundo infantil, es decir, al universo demediado en el que los roles vienen determinados por el sexo. Ahora bien, cuando Morris se suelta el pelo  ya no para en barras hasta afirmar esos alevines gays son más creativos que sus compis heteros, tanto que asegura que, alcanzada la edad adulta, tendrán dieciséis veces  más probabilidades de obtener un doctorado que un heterosexual. ¡Qué les parece! De la universidad de Nueva York nos llega la tesos de que existen diferencia neurológicas determinantes entre el hombre de derechas y el de izquierdas en función de la diferente manera que ambos “tipos” de cerebros tienen para procesar la información, aunque es cierto que el sabio en cuestión admite que habla de ‘tendencias’ y no de procesos inflexibles y fatales. ¿Cómo es posible que se gaste impunemente en estas chorradas el poco dinero que hay disponible para investigar tanta materia crucial en este momento vertiginoso de la historia de la ciencia? Yo no lo sé y supongo que el lector tampoco, pero seguro que los dos acabáramos con la camisa de fuerza si alguna de esas genialidades se nos hubiera ocurrido.

El habla política

No estoy de acuerdo con que el debatillo “a cuatro” concelebrado antier en Canal Sur por nuestras minervas de partido diera de sí poca cosa. Sólo la parte cómica del espectáculo merecería ya la pena e incluso los honores de la antología  en algunos casos como el de esta frase del candidato Chaves que publico para envidia de críticos y cazagazapos. Dijo Chaves, en un momento dado del ardoroso debate, en resumen, que Andalucía debería estar “en la mitad de arriba de la lista de la tabla del ránking de todas las comunidades” — palabra de honor, y si no se lo creen ahí está la fonoteca–, suprema anáfora que por sí sola valdría para reclamar un liderato vitalicio. ¡Qué precisión conceptista, qué verbo florido, cuánta exuberancia léxica! ¡Ni las zetas rebeldes de Valderas pudieron con el caso! ¡Qué nivel! (Seguro que Arenas ha tomado nota en el margen de su diccionario de sinónimos).

Hasta las cejas

Nada más terminar el “debate del siglo” (Manolo Campos ‘dixit’) una dama observadora me hace notar el repunte de las cejas del líder socialdemócrata –“¡Se las han ‘dejado’, seguro, le han subido el pico en vez de depilarlo como antes hacían…!”– en el que parece ser que ella presiente alguna argucia fisiognómica por parte de los imagineros. Grave cuestión, las cejas, con ce o con zeta, como lo certifica ver a tanta gente que siempre ha sido bastante cuerda remedando el lenguaje de los mudos, en este país de sordos, con el famoso índice curvado encima del ojo. En un artículo olvidado Pemán desafío a la censura, en plena tiranía, con un irónico artículo sobre las cejas, que apuntaba con toda evidencia a las del almirante Carrero con la excusa de las de Breznev, miembros ambos de ese exclusivo club de pilosos al que pertenecieron también, como es sabido, Groucho Marx y el inefable ‘Blas’ de “Barrio Sésamo”, y ahora estamos viviendo una era española en la que ese atributo del todavía presidente del Gobierno juega su papel frivolizador hasta el punto de distraer a la audiencia de unos debates tan decisivos. Hay un peluquero de moda en Madrid, Frank Prevost, que dice que las clientas le piden, al arreglarse las cejas, un modelo que llaman “la malvada” inspirado en el presidencial, en el que Prevost adivina frialdad y agresividadmientras una fisonomista alemana, Rosine Hetzel, dice ver claramente un signo del amor a la belleza y a los altos ideales, además del estigma inconfundible de la inteligencia. No vamos a ponernos de acuerdo, presumiblemente, sobre este delicado punto pero no estará de más recordar los riesgos de la interpretación fisiognómica en la que el autor de “La Celestina” creía a pies juntilla, Sthendal con reparos, que yo recuerde, y desde luego Kant rechazaba severamente atribuyéndole la base insostenible del subjetivismo. Como sabemos por la aventura de Lombroso que quizá llevó al garrote a más de un inocente por el vuelo del parietal o la curva de las cejas, es desaconsejable juzgar a las personas por la narices, como dicen que dijo Quevedo. Por las cejas, ni les digo.
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Nadie sabe ahora quien ha ganado ese primer debate y no lo saben por la peor de las causas: porque todos dicen creer que han ganado. No es edificante escuchar que se acuse de mentiroso a un Presidente, como no lo es oírle a éste obsequiar al adversario con el dictado de ‘inmoral’. Tampoco aclara gran cosa la macreoeconomía, panacea que lo mismo sirve para el roto del Gobierno que para el descosido de la oposición, ni loos recursos de repertorio utilizados por l dos contendientes en esa pelea de perros con bozal. Ahora bien, lo que resulta desolador es que suene el teléfono y la primera crítica que te llegue sea una observación de modalismo facial en la que, mucho me lo temo, ha debido distraerse buena parte de la audiencia. Hay en la historia romana pasajes que nos permiten imaginar la elegancia con que tal senador recogía airosamente la toga o el estilazo con Aquel Otro recogía los pliegues de su lacerna o que explican por qué buenas razones Adriano, que tenía un careto nada más que regular, volvió a imponer la barba proscrita por la influencia helenística en tiempos de Alejandro. A mí, qué quieren que les diga, se me cae el alma a los pies cuando oigo confundir el ‘carisma’ con el ‘continente’, que es la más hábil de las providencias que el acreditado aparato de “agiprop” del zapaterismo ha divulgado para disminuir la figura de Rajoy. Casi está uno tentado de proponer que se apague la pantalla durante el debate político y se confíe al oído –como hacían algunos grandes trágicos griegos– la tarea de recoger y valorar, sin otras mediaciones sensoriales, la sustancia profunda de los discursos. Me fío cada vez menos de la “democracia televisiva” a pesar de su conveniencia. Demasiado ‘medio’, demasiada ‘mediación’, demasiados ‘mediatizados. Por el ojo sólo escuchamos lo que queremos oír.