La Junta no paga

O sea que era cierto: los “dependientes” andaluces se mueren a chorros sin cobrar ni un euro de los que la ley de Dependencia les otorga. Lo ha reconocido la consejera del ramo, aceptando que casi 8.000 solicitantes de esa ayuda ha fallecido antes de que la Junta morosa cumplimentara sus expedientes. ¿Habrá algo más condenable que esta insólita noticia y ese vergonzoso relajo? Lo ha denunciado el PP pero ¿dónde están los “emergentes”, esos que iban a darle la vuelta a la tortilla e instaurar el mítico reino feliz de los tiempos finales? A quienes hablan, cada día con mayor insistencia, de replantear las competencias autonómicas no les faltan ni mucho menos buenas razones.

Sentido común

Se puede apoyar el cuarto rescate de Grecia y, en consecuencia, su inevitable sacrificio humano y social, sin dejar de sentir por esa tierra la mayor estimación. Yo la he recorrido de arriba abajo, he levitado ante sus ruinas –“Qué arruinao está to esto!”, parece que dijo Solís cuando hubo de asistir en Atenas a la boda del futuro rey–, conmovido ante sus templos, enamorado ante sus cariátides o fascinado en Cabo Sunion, en Corinto, en Delfos –ay, Delfos, al pie del Parnaso– y emocionado en Micenas ante las tumbas de las átridas y, sin embargo, no dudo que el populismo griego actual no es más que un disparate al que no aplauden más que los bolivarianos y los neocomunistas: 297 votos a favor contra 20 en contra ha sido el resultado de la votación sobre el rescate celebrada en el Congreso. También se puede discrepar del sistema de mercado sin dejar de comprender que una alternativa a él, digan lo que quieran los manchesterianos, sólo sería posible en circunstancias radicalmente diferentes de las actuales. Sin los rompelotodo de Syriza, Grecia habría enderezado ya la enorme torcedura provocada por sus mangantes tradicionales –en Grecia se ha llegado a reelegir a un Presidente al salir de la cárcel por corrupción– y, según los expertos, andaría ya arañando pista del crecimiento en lugar de hallarse hundida, tal como Portugal o Irlanda, por no hablar de una España que, jodida y todo, sanea sus cuentas, aminora el paro y crece ya muy por encima de la mismísima Alemania. Con ella, con Tsipras, el amigo de Podemos, ahí va como iza por rastrojo y a pique de un hundimiento defintivo. No es verdad, al menos en este caso, que el sentido común sea el menos común de los sentidos.

La izquierda ha adoptado el marbete populista derivado, me parece a mí, de la experiencia peronista que algún influyente teórico, como Ernesto Laclau, auxiliado por su señora, aterrizó entre nosotros para vertebrar el bibianismo zapateril. Gran error, seguramente, que con una eventual gestión forzada por los populistas hispanos podría enviarnos al infierno o, cuando menos al limbo de los marginados. La alianza de nuestra socialdemocracia con Podemos revela su índole frentista que evidencia el resultado antes descrito, pero la verdad es que sería estupendo que aquella sacara sus consecuencias sin aguardar al momento último de la votación parlamentaria. El progresismo objetivo ha convivido siempre con esa necesidad de sentido común o, como dirían los ancestros de Tsipras, de “sindéresis”. Dudo, por ejemplo, que ese “Lenin amable” que los podemistas aspiran a llegar a ser me contradijera en esto. No hay principio progresista más elemental que la concepción conjetural de la utopía.

Amables bisagras

Ignoro si Albert Rivera está al tanto en Barcelona de lo que hace en Andalucía su sosia Juan Marín, pero si no lo estuviera también sería responsable, por omisión, de este pacto amable con el PSOE de doña Susana, a cuyas órdenes permanece Ciudadanos en el primer tiempo del saludo, hasta el punto de tragarse ya lapresencia en los altos cargos de imputados por los jueces. El “régimen” dura ya casi tanto como duró Franco, no sólo por su audaz estrategia clientelista, sino por el apoyo que un día el PA, otro IU y ahora C’s le prestan encantados. La solitaria oposición del PP no podrá tal vez nunca desbancar a esta cooperativa. El Poder tiene razones, po lo visto, que convencen a culquiera cuando le llega el momento.

Alma mater

He olvidado la exorbitante cifra de espectadores que han seguido con entusiasmo diás atrás el doble torneo entre el Atlético de Bilbao y el Barça. Era, en todo caso, una cifra fabulosa teniendo en cuenta la media de las audiencias españolas y una cifra deostrativa, también en cualquier caso, de que el “deporte rey” es hoy una pasión que tienen no poco de sustitutivo de la trascendencia. Coincidiendo con ello, nos llegan datos procedentes de diversos ránkings mundiales que se encargan de clasificar por sus méritos a las 500 universidades del planeta –uno de ellos, el que patrocina The Times, de gran prestigio– y por ellos nos enteramos de que entre las cien (otros dicen que doscientas) primeras universidades clasificadas no figura ni una sola española. ¿La causa de tan decepcionante resultado? Pues dicen unos que el localismo (hay varias provincias con múltiples centrosuniversitarios), la endogamia (el sistema cooptativo de los enseñantesa de mayor nivel, y la circunstancia, algo paletorra, de que la inmensa mayoría de nuestros estudiantes universitarios no salgan de casa para cursar sus carreras sino que lo hagan sobre el terreno, en el aula más próxima. Sobre estas circunstancias, pesan mucho también la actividad investigadora, cientifica, y sus logros, algo en lo que nos sacan la correa a todo sacar monstruos como Harvard, Oxford o Cambridge, pero también el clamoroso despertar de las enseñanzas en Asia, ciento seis de cuyas universidades han escalado ya hasta situarse entre la 106 y la 500. ¿Tendrá algo o mucho que ver con este fracaso la distancia –no sólo cultural, sino también socioeconómica– que aún nos separa de las grandes naciones?

Es indudable que no damos la talla en el “alma mater” porque hasta ella llegan inseguros y débiles los catecúmenos de una mala enseñanza primaria y una pésima enseñanza media, lo que no quita ni pone a la hora de valorar los factores antes mencionados, ante los que nuestros responsables educativos no sólo no acaban de recacionar sino que buscan en no pocas ocasiones el disimulo del fracaso con medidas en ocasiones incluso vergonzantes. Claro que no veo por qué van a valorar el fallo universitario unos políticos que, en amplia mayoría, llega a la vida pública asistida de un parco viático y en ella alcanza los primeros puestos. Un curriculo brillante en nuestra política es una raya en el agua, ni más ni menos que porque el saber no ha sido nunca entre nosotros un título de peso. Comprenderán que es una simpleza atribuir la entera culpa de esta tragedia al ministro Wert.

Ideas comestibles

Muy lejos del platonismo, la actualidad política andaluza (y no andaluza, “off course”) está demostrando, desde que nos movemos en democracia, que las ideas son comestibles, vamos, que se puede vivir divinamente comiendo de ellas. Ahí está el caso del Partido Andalucista (PA), cuya disolución lógica reclaman en pleno y con muy buea lógica sus creadores y dirigentes históricos, pero al que los “aparatchiks” de sus ruinas se aferran como gatos panza arriba, alli donde –como en la diputación de Cádiz– pueden funcionar como “bisagras” del PSOE a canbio de suculentos contratos personales. Está claro que el PA acabará engullido por ese mismo PSOE al que un mal cálculo ya salvó en una ocasión del desastre. Lo que no sé es si en esta operación hay por medio un Judas o varios.

El gen electoral

Con la de años que lleva uno trasteando con encuestas y sondeos, e incluso teorizando en algún libro sobre el famoso par ideológico derecha/izquierda, confieso que lo que menos podía imaginar es que la decisión política pudiera venir determinada genéticamente. ¿Cuántos rojos de mi generación tuvimos padres conservadores y algunos incluso franquistas de alto nivel? Nada, no me determino a creer en un Ramiro de Maeztu su berroqueña conciencia política dependiera de un alelo dominante o que el esplendoroso sueño del príncipe Kropotkin no fuera el resultado de su experiencia y razón sino la herencia de un olvidado trasabuelo ácrata. En la revista de la Royal Society me topo, sin embargo, con la noticia de que unos investigadores de la universidad de Singapur (que, tal que las nuestras, no está entre las mejores, eso es cierto) han decidido atribuir la conciencia política al gen DRD4, lo que significaría que la preferencia política de un sujeto no es más que el efecto de esa porción discreta de ADN. ¿Existirá un gen responsable del color del voto, habrá un secreto lazo entre la genética y las inclinaciones políticas o habrá que seguir pensando que la decisión ideológica es el resultado sinérgico de la química humana y la experiencia del individuo? Por lo visto existían ya antes docenas de estudios sobre el particular y en este último parece establecido, además, que la dependencia en cuestión es bastante más acusada en las mujeres que los hombres, que es lo que faltaba.

Resulta preocupante esta suerte de neomaterialismo surgido de la nueva biología, que lo mismo localiza la zona cortical donde reside el sentido del humor o la afición al bingo que adjudica al genoma la decisión política, como si el factor cultural fuera un cero a la izquierda a la hora de conformar la mentalidad humana y no un agente poderosísimo, yo diría que casi determinante. Ya no quedan teóricos como Demócrito –aquel que, según una vieja leyenda, se arrancó los ojos en su jardín para que la visión no perturbara su pensamiento—sino sabios virtuales que ignoran deliberadamente que antes de o bajo cada hipótesis subyace un juicio de valor. Todo es materia y química, el futuro es de la biónica, el ángel caído se ha hecho cisco al despeñarse. Gabriel y Galán –“quiero dejar de mí es pos/ robusta y santa semilla,/ de esto que tengo de arcilla,/ de esto que tengo de Dios”—es ya protohistoria y el hombre ha vuelto a Atapuerca en busca del collar del neardenthal.