Marcas registradas

La tránsfuga de Gibraleón Esperanza Ruiz parece ser que trata ahora de encabezar la lista del Partido Andalucista en las próximas elecciones municipales. ¡Qué más dan ocho que ochenta! A esa desconocida la lanzó el PP en su lista, se hizo famosa (por lo menos) de la mano del PSOE y pretende, finalmente, agarrarse al PA para ver si mete el pie siquiera en el consistorio, que tiempo habrá luego de prestarle el escaño al PSOE. Tres partidos en nada y menos, y no por exigencias de una personalidad política desmesurada sino todo lo contrario: por la insoportable levedad de un tipo de personaje que necesita de la marca registrada para vivir porque no es nadie pos sí mismo. Claro que la culpa no la tienen los tránsfugas sino los partidos que los traen y los llevan. Esperanza Ruiz –como tantos otros– pasaría al olvido del tirón si no fuera porque una u otra de esas formaciones le presta la escalera para subirse al cartel electoral.

La nueva clase

No teman que no voy a desempolvar a Djilas ni a meterme en el légamo de los negocios sombreados por el poder. Va la cosa hoy por ese fenómeno espectacular que está suponiendo, a mi modo de ver las cosas,  la emergencia de una nueva clase que releva en los últimos tiempos a las aristocracias rancias a golpe de boda palaciega y festorro castellano. Recuerden, para empezar, las camachinas bodas de Ronaldo en el palacio de Chantilly –¡la mansión de los Condé, no me jodan!–, piedra antigua y retratos apolillados en las paredes para disfrute de un olimpo sobrevenido en el que brillaban con luz propia astros como Figo o Zidane, la actriz Paz Vega o el modisto Valentino junto al campeonísimo Schumacher. O sigan por la inminente que Liz Harley y el millonario Arun Nayar celebrarán primero en una mansión de Gloucestershire y luego en el palacio “art déco” que un maharajá tronado alquila en Jodhpur –una de las regiones más míseras de la India– y para la que la estricta etiqueta exige a los caballeros el turbante y a las damas el uso del “sari” rosa. Habrá que ver con esa prenda en la cabeza a sir Elton Jonh, el plañidero de lady Di, a Pablo de Grecia o al ubicuo David Beckham, siempre a la sombra tuitiva de Donatella Versace, aunque puede que más curiosidad inspire aún el menú ‘multicultural’ confeccionado por esos cuatro ‘chefs Michelin’ a los que parece que se ha confiado el ágape. También subirán al séptimo cielo esta temporada glamourosa Tom Cruise y Katie Holmes, esta vez en la fortaleza de Bracciano, cerca de Roma, y por el rito de la Iglesia de la Cienciología, naturalmente –que es la única verdadera entre esta tropilla–, arropados por Richard Gere, Brooke Shields, Jennifer López, nuestra Penélope, Jim Carrey o Giorgio Armani aparte de los inevitables Beckham. Europa, el Occidente entero, pueden respirar tranquilos, satisfechos ante esta revolución blanca en la que las viejas aristocracias entregan la cuchara sin resistencia al olimpo postmoderno de los cómicos y los peloteros pasando por las lumbreras del modisteo. Pienso a veces que Spengler anunció demasiado pronto la decadencia de Occidente, aquella profecía que dicen que le abrió los ojos a Ortega.
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Pocos espejos de época tan fieles como la clase dominante que a cada una de ellas le toca soportar, desde luego. Pero esta exhibición impúdica y grotesca de  noblezas sobrevenidas implica, además, toda una gramática de la dinámica social, un catón elemental para uso de este parvulario absorto en la televisión que ha visto impertérrito como el viejo olimpo cambiaba sus divinidades sin hieromaquias ni mitologías, de qué grotesca manera sublimaba sus sueños hollywoodianos una casta advenediza encaramada sobre el saldo, un poco como en nuestra postguerra se encaramaron los estraperlistas y los especuladores, con sus ‘haigas’ americanos y sus chaquetas inglesas. El gran teatro del mundo le cede su calderoniana coreografía a esta ‘troupe’ ostentosa que pretende marcar distancias insalvables con su hambriento pasado encasquetándose sin remilgos el turbante alquilado o vistiendo el sari pillado en el vestuario del propio anfitrión. De lo que no estoy seguro es de que el destino no haya hecho de esta irresistible ascensión un instrumento al servicio de sus inescrutables designios, encomendando a esta nueva clase el papelón de servir de modelo imaginario del éxito y, en consecuencia, de horma de los sueños de una sociedad sin rumbo. Ronaldo en casa de los Condé, ya digo: cuando hemos querido darnos cuenta resulta que esos friquis han hecho una guillotina del talonario y un chafarrinón peliculero con las liturgias de toda la vida. En la lista de bodas de no sé cual de ellos figura como posible presente un rebaño de ovejas. Si a Carlomagno se le ocurre algo parecido lo despellejan vivo los mismos que le ríen hoy las gracias a estos héroes del glamour.

Duros a dos pesetas

Ya lo ven: dice la multinacional Delphi que a ella que la registren, porque no han de encontrarle un solo euro de los 85’7 millones que la Junta y el Gobierno le han entregado sin garantías suficientes. Usted y yo y el de más allá pagamos nuestros impuestos y ellos lo administran como les parece, por ejemplo, apuntándose el tanto de captar inversiones extranjeras creadoras de empleo a costa de nuestro sudor. Hay que exigirle a esas Administraciones que respondan por semejante ‘pelotazo’ y expliquen por qué subvencionan a manos llenas al primero que llega (¿o será que lo traen?) prometiendo lo que no piensa cumplir porque ni siquiera le imponen garantías elementales. De este conflicto, como del más que posible de Airbus, no tienen la culpa los cazadores de ayudas, sino quienes no sólo se las dan sino que se las ofrecen. Andalucía, este país pobre a la cola de Europa, es la isla del tesoro para esos filibusteros, pero todos sabemos que la piratería se organizó siempre desde los más altos despachos.

Huelva lejana y rosa

Desde hoy tiene Juan Ramón su estatua en Huelva. ¿Qué ciudad hubiera olvidado, durante medio siglo largo, elevarle el monumento a un Premio Nobel que –y eso es lo que importa– figura en el pelotón de cabeza de los grandes poetas del siglo que se fue? En Huelva se escribió en su día impunemente que JRJ era un “poeta de arte menor” y hasta hubo quien, impunemente, autoerigido en funesta e ignara inquisición, quemó sus obras frente a los jardines del Muelle, en la glorieta 12 de Octubre, como en un auto de fe anticuado y cateto. Lo que no había hecho Huelva era declararse su patria, la capital lejana que el poeta veía al atardecer “lejana y rosa” encaramado en su azotea o desde los altos moguereños. A partir de hoy, en fin, pasamos esa página de olvido, en medio de este insólito trienio juanramoniano con más caldo político que tajadas literarias, y del que maman enganchados muchos que tal vez nunca se asomaron a “Piedra y cielo” ni a “Animal de fondo”.

El tabú del incesto

Vuelve la polémica sobre el incesto, ese viejo fantasma de la especie, hace poco reavivada artificialmente a propósito de la recuperación sentimental y estética de los Borgias por el cine. La despierta esta vez la historia de un joven alemán que cumple prisiones por haberse enamorado de su hermana y tenido con ella cuatro hijos, un “crimen” que hace tiempo, en efecto, desapareció de nuestros códigos, pero que en Alemania se mantiene fiel al calvinismo subyacente. Gran abominación, el incesto, por lo visto. Un tío como Georges Murdock se refería a él como un “espantoso horror” dando por supuesta esa universal  “repugnancia instintiva” que a Lévi-Strauss (su mejor estudioso, para  mi gusto) le resultaba sospechosa. Cosas tremendas, en efecto, dijeron sobre esos amores prohibidos desde Tylor a Parsons pasando por el mismísimo Durkheim y el gran Malinowski. Por no hablar de Freud y sus émulos, claro está, atenidos siempre al rigorismo sexista de la secta. Margaret Mead es la teórica más contundente a la hora de plantear la naturaleza universal de esa ‘prohibición’ que atribuía a un sistema de profundas raíces biológicas rematando la faena, sin embargo, con el clásico argumento eugenésico de que el tabú se debe a la experiencia primitiva de que la tara recesiva es más frecuente –echen un vistazo a nuestra dinastías– en las poblaciones cerradas o pequeñas que en las grandes y abiertas. Es verdad que desde Egipto al mundo incaico hay excepciones, al menos en le ámbito reservado de la hierogamia, pero Lévi insiste en que ese tabú funcional no se reconoce en ninguna parte antes de la era moderna, hasta el siglo XVI por lo menos. Lean a Lévi: el incesto existe por todas partes y es más frecuente de lo que imaginamos, aparte de que carece de fundamento la tesis de sus malos resultados matrimoniales. Lo dice un proverbio azande salvado por la antropología: “El deseo de mujer comienza con el deseo de la hermana”. Quizá no hay mejor prueba de esa realidad que la índole sagrada de la prohibición.
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Da que pensar la suerte peregrina de los diversos tabúes en esta sociedad apresurada y como decidida a aliviar, de una vez por todas, el peso de la tradición. Desde ya es posible cambiar de sexo simplemente alegando “disforia” ante el responsable del Registro Civil, por ejemplo. O exigir la muerte voluntaria incluso sin legalizar la eutanasia, sólo por providencia administrativa. Una tras otra van cayendo las prohibiciones que embridaban la existencia supeditando al criterio público la capacidad de disposición del sujeto sobre el cuerpo y la voluntad propios, se derrumban los tabúes ancestrales –el de la fatalidad del sexo biológico, el de la muerte voluntaria– e incluso se celebra la fiesta borgiana, la transmutación pagana del pecado nefando en gozo exclusivo, pero el tabú del incesto fraterno –sobre el que Plutarco se mostró más sociólogo que moralista– ahí está, tan pimpante, como cuando los arapesh recitaban a coro: “Tu propia madre, tu propia hermana, tus propios puercos, no puedes comerlos. Puedes comer las madres de los demás, las hermanas de los demás, los cerdos de los demás”. Sencillo, pura lógica de la exogamia, tal como la aplicaba el Neolítico o el actual estado federal de Alemania, a pesar de que hay sabios que hace tiempo son conscientes del carácter histórico (es decir, social) de la función del tabú. Todavía Voltaire recordaba que si a los griegos igual que a los persas les era permitido el casamiento con la hermana, alguna ley antigua condenaba a la hoguera a los primos amantes. Una pasada. Pero ni siquiera en nuestra era iconoclasta, cuando se legalizan uniones jamás pensadas en nombre de un maximalismo sexual sin límite previsible, aquel “espantoso horror” ha dejado de causar espanto. No estoy nada seguro de que se trate tanto de una paradoja como de una simple consecuencia.

El paso cambiado

Se dijo en tiempos malos pero  no tanto: los que mandan van por un camino y la opinión pública por otro. Ahí tienen a Chaves convocando hace poco al personal a votar lo que a casi nadie interesaba. Ahí lo tienen ahora defendiendo la excarcelación del asesino en serie (los tópicos no dejan de ser útiles y verdaderos) a contracorriente de un pueblo que estos días anda desconcertado y clamoroso. Y la causa es elemental: a Chaves se le da una higa de la opinión de los ciudadanos pero valora sobre cualquier cosa el interés de su partido, que es el suyo, convencido además –lo ha dicho el partido sin cortarse un pelo– que seguirá ganado elecciones porque la inocencia del electorado lo lleva a votar “la marca y las siglas”. Esta democracia mínima exhorta a votar como un deber cívico y a callar luego, durante toda la legislatura, como una simple imposición. Ya me dirán qué importancia tiene que los que mandan marchen en solitario. Chaves no es la excepción sino la regla.