Rentables ‘sin techo’

Estamos viendo estos días lamentables reportajes sobre las condiciones de vida de muchos emigrantes en nuestra provincia, gente alojada en “módulos” o en naves industriales en obras, por ejemplo, que hablan muy mal del imprescindible control que la delegación del Gobierno debe mantener sobre estas poblaciones desvalidas y tantas veces explotadas. Mucho hablar y prometer en los mítines (de hecho, la inmigración se ha convertido en motivo de puja mitinera) mientras los emigrantes de carne y hueso, los que dejan sus buenas plusvalías en nuestra economía local, se amontonan de manera inhumana ante la indiferencia de una autoridad que sabe mejor que nadie lo que está ocurriendo. Parece que no tiene enmienda esta jodienda de la explotación del inmigrante. El Gobierno debería velar por lo menos porque no se le trate como si de ganado se tratase. 

El mal ejemplo

Esta campaña está siendo marcada por los reventadores que irrumpen en mítines y actos públicos dispuestos a negarles la palabra –ese derecho liminar– al adversario, vale decir a “el Otro”, en el lenguaje maniqueo. El antecedente está, probablemente, en la experiencia de los plenos municipales, en los que, desde hace tiempo, el derecho cívico a la asistencia se confunde con la potestad de intervenir por las buenas o por las bravas cada vez que un partido o un grupo de la naturaleza que sea decide boicotear algún proyecto del consistorio. Pero desde que comenzó esta campaña se vio que el movimiento ya ensayado durante la legislatura –broncas universitarias o callejeras  contra Savater, Gotzone Mora, Arcadi Espada y tantos otros– había alcanzado su plena madurez. Los ataques a María San Gil, Dolors Nadal o Rosa Díez, primero, y más tarde, ya envalentonados, los perpetrados en los mítines del candidato y presidente en funciones o el dirigido contra Chaves en la conmemoración del Día de Andalucía, entre otros cuantos, demuestran que cierto sector cimarrón de nuestra sociedad considera abierta una veda tan imaginaria como intolerable, de permitirse la cual no importa que grupúsculo de escandalosos tendría en sus manos la cacerolada capaz de silenciar nuestro debate democrático. Claro está que las cosas raramente ocurren de manera espontánea, y menos en un escenario como el político, donde la seguridad suele estar garantizada, al menos para los próceres (¿cómo es posible, por cierto, que en el teatro donde Chaves hablaba, tan rigurosamente controlado por el protocolo que ni el alcalde de Granada tenía asiento reservado, se hubiera ‘colado’ ese injustificable comando?), y debe estarlo también, al menos en teoría, para todos los actores de la vida pública. Es posible que esta epidemia de escándalos no sea más que la réplica demótica a la intolerancia de los propios políticos.
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Bien miradas las cosas ¿qué puede esperarse de una campaña en la que los políticos centran su mensaje en la descalificación brutal del adversario, se acusan mutuamente de mentirosos cuando no de ladrones, y en la que un ex-presidente de Gobierno (que se expone, por supuesto a que le devuelvan el insulto al ciento por uno con fundamento sobrado) no se tienta la ropa para llamar “imbécil” al candidato que representa a esa media España a la que ya había descalificado con el mismo epíteto algún “artista” de la comitiva oficial? La indisciplina creciente es tan intolerable como lógica desde esta triste perspectiva, y era predecible incluso antes de que al propio presidente-candidato se le entendiera todo cuando le dijo a un locutor que se proponía subir la “tensión” y “dramatizar” la campaña. No hay que culpar sólo a los bronquistas, pues cuando se le llama “mariposón” a un líder rival como hizo Guerra (sin  la menor protesta de los susceptibles vigías de la homofobia, claro) hay que estar dispuesto a que al día siguiente algún deslenguado del bando contrario te miente la madre. Un personaje tan poco ejemplar como “lady Aviaco” ha tenido la desfachatez de largarle a Pizarro que se ha llevado una fortuna de los españoles refiriéndose a la indemnización de Endesa. Se ve que ya no se acuerda de los fondos reservados, de Filesa, del ‘convoluto’ del AVE, del papel del BOE, de los cuarteles de Roldán, de los ‘cafelitos’ de Guerra, de la prescripción fiscal del cuñadísimo de González y de tantas miserias propias. Bueno, pues esos modos se ‘pegan’, se ‘socializan’, hasta que llega un momento en que se vuelven contra su origen. ¿Por qué ha de respetar un ciudadano a la institución que no se respeta a sí misma? Descuente los casos en que los agredidos han sido inocentes a este respecto: el resto no tiene derecho a quejarse de sus imitadores. Se recoge lo que se siembra, eso es todo. Chaves supo lo que hacía desdramatizando una bronca a la que él no era ajeno.

El turno sexual

Chaves está satisfecho con el estado de la autonomía. No podría mejorarlo aunque quisiera, de ser cierto su balance, que no lo es ni siquiera para los organismos oficiales, y ello explica que no se vea concernido por la promesa que hizo ZP al llegar de limitar los mandatos. Normal. Lo que ya no lo es tanto es la pamplina de que proyecta que le suceda una mujer, no porque tenga en la cabeza ninguna eminente, sino tan sólo “porque ha llegado el momento”. ¿Qué momento, el momento de qué, cómo justificar que el siguiente liderato haya de ser femenino porque sí, por imperativo de una suerte de “turno” sin más sentido que el capricho, por qué excluir de antemano a los varones al margen de sus capacidades? Pasar de las ‘cuotas’ al ‘turno’ es lo que faltaba. Sobrev todo en una autonomía en que las hembras de a pie siguen cobrando mucho menos que los machos por el mismo trabajo. 

El debatillo

Concurriendo juntos a las elecciones generales y a las autonómicas, lo que busca el PSOE es evitar el debate regional y, ya de paso, los debates provinciales. Verán como el “cara a cara” Chaves-Arenas no es lo mismo que el “debate a cuatro” del otro día. Pero en Huelva ni eso, porque en Huelva no habrá más que uno sólo, en el que, como pudo comprobar la escasa audiencia que lo vio, los minoritarios de la provincia (IU y PA) lo son por deméritos propios, y para el PSOE no hay prioridad mayor que acabar, como sea, con el alcalde de la capital, como demostró esa diputada/concejala calañesa con su obsesión ‘antiperiquista’. Pero, bueno, ¿es que Huelva no tiene, de cara a las autonómicas, otro objetivo que ir preparando las lejanas municipales? Eso parecía oyendo a Castillo, típico espécimen de esa cohorte de relevo que se mueve fatalmente entre la zancadilla y la utopía. Oyéndola resonaba con claridad el eco de la frustración por el asalto a la alcaldía. Decididamente Huelva no tiene demasiada buena suerte con esos próceres cooptados. 

El agua, de mito a problema

No hay mitología ni historia sagrada entre los pueblos del planeta que no incluya la lucha por el agua. La Biblia tiene sus pozos, como el que Jacob dejó en herencia a José en Sicar y en el que Cristo conversó con la Samaritana. Los pueblos del desierto sacralizaron el pozo hasta protegerlo con piadosas costumbres que, sin embargo, no evitaron las guerras por su posesión. Son legendarias las normativas egipcias sobre el uso del agua que los huertanos de Valencia sustrajeron al derecho común por considerarlo asunto intransferible. Pero el agua era un recurso escaso de uso también moderado hasta que se impuso el modelo urbano y, posteriormente, su versión industrialista. Tomemos el caso de China, que consume hoy cinco veces al agua con que se aviaba hace medio siglo y cuya penumbrosa revolución actual gira obsesivamente alrededor de un vuelco en las infraestructuras que nada simboliza mejor que el audaz prodigio de la presa de las Tres Gargantas, que dará de beber al Norte seco del arruinado río Amarillo a costa de los caudales sureños del Yangtsé. Más cerca, aquí mismo en Andalucía. Una región de economía dual –agricultura/turismo– ve agravado por días su problema del agua. Cierto que Huelva se salva de esa quema, sin necesidad de recurrir a su tesoro freático, primero por el beneficio que supuso la presa del Chanza y, luego, por la del Andévalo –tan cuestionada y retrasada en su día por absurdas objeciones conservacionistas– que ha hecho posible el Plan Sur Andévalo, y que fue inaugurada, precisamente, por la ministra que hoy nos visita, bien popular entre nuestros agricultores desde entonces.
Junto al debate del travase de la España húmeda a la España seca –anunciado por Joaquín Costa y constante hasta Juan Benet– suele decirse que al agua es barata y que ése es el problema, pero entre tanto, un Plan Hidrológico Nacional, aprobado por el Consejo Nacional del Agua, integrante de todas las fuerzas y sectores, incluido el ecologismo radical, ha sido desechado por el Gobierno ante la presión de sus socios nacionalistas de Aragón y Cataluña, optando, alternativamente, por esa desalinización que tiene tan altos costes energéticos y plantea, según dice los biólogos, pavorosos problemas para la eliminación de las salmueras resultantes. Estos días estamos viendo que ni siquiera el PP defiende ya desde el programa aquel proyecto de gran aliento, seguramente forzado por la lógica electoral, pero lo cierto es que, no sólo el toronjal valenciano y “la huerta del Segura donde riega la huertana”, como cantaba la zarzuela, sufren la escasez de ese bien sin el que, no hay que darle vueltas, no hay vida que merezca ese nombre. Un solo ejemplo. Nuestros agricultores almerienses han de comprar el agua –mientras la desalinizada en Carboneras se envía a Barcelona– por un precio entre cinco y diez veces superior al que un arrocero de Sevilla habría de pagarle a la Administración por el agua de la cuenca del Guadalquivir, a lo que habrá de sumar lo que cuesta el transporte, y comprar el resto imprescindible a quienes la poseen en el Oeste, de manera que de 2 céntimos que cuesta en la Isla Mayor sevillana, el agua en el Negratín habrá subido el precio del metro cúbico en los 10 cts. que le factura la propia Administración, más el transporte, más los 18 cts. que le cobra el “dueño” vendedor de derechos, y amén del coste de distribución final.
Andamos luchando alrededor del pozo, ésa es la verdad, como hace cuatro, dos mil años, como hoy mismo en el África profunda, mientras dicen que el despilfarro es descomunal en el ámbito doméstico –si la  agricultura consume un 70 por ciento del caudal, el consumo urbano “pierde” por sus pésimas infraestructuras una cantidad insufrible, y sigue estando incontrolado o consentido en utilizaciones muy cuestionadas– el gasto parece desafiar incluso a las subidas de tarifas que, por si algo faltaba, son diferentes según el humor presupuestario de los municipios. Todo esto lo sabe mejor que nadie, seguramente, Elvira Rodríguez, una responsable que lamentablemente no tuvo demasiado tiempo pero con la que es muy posible que el panorama actual fuera muy diferente del que es. El agua ya no es un elemento del mito sino un desafío de la política y, lo que es peor, una amenazada condición de la vida. Hoy no se festejan paces junto al pozo ni se envenenan los veneros para acabar con el enemigo. Para eso disponemos ahora de los cambalaches post-electorales y la ley aliada con el sinsentido. Elvira Rodríguez supo verlo con claridad pero, lamentablemente, no le dieron tiempo.

Sota y caballo

El ruido y la furia de la campaña han logrado ir paliando hasta extinguir el rumor de que un libro escrito por un amigo íntimo del Rey –concretamente unas memorias una impresas en una editorial andaluza– ha sido liquidado en una trituradora cinco días antes de su prevista publicación. Ni que decir tiene que el amigo en cuestión era el embajador Prado Colón de Carvajal, figura decisiva en la biografía del monarca y a quien los observadores del ramo, como ‘Sverlo’, Jesús Cacho o García Abad, no dudan en señalar como el “íntimo compañero de negocios del Rey durante tres décadas”, esto es, durante el periodo en que el patrimonio familiar del actual Jefe del Estado ha pasado de la reconocida precariedad a la opulencia hasta convertirse, si hemos de creer lo que a este propósito dicen las publicaciones especializadas, en una de las grandes fortunas del mundo. No es la primera vez –ni será la última– que en España se destruya un libro incómodo para el Poder, una tradición que se remonta al negocio que supuso para Blasco Ibáñez la compra masiva de “La Bodega” por parte de los Domecq, que en la novela aparecían como caciques bajo el pseudónimo de los “Dupond”. También en los albores de la Transición se destruyó en unos talleres valencianos una biografía de González que a los censores del partido les resultó (a mi juicio, con razón) menos favorable que perjudicial. La lucha contra los “papeles” críticos es tan antigua como la política (César manejó con virtuosismo para contrarrestarlos el panfletismo primitivo de las “Acta diurna”), pero en el caso que nos ocupa no se trata tanto de ese holocausto bibliográfico sino de la persistencia en la estrategia informativa del país de lo que pudiéramos llamar el “tabú real”, que tanto dio que hablar cuando Bárbara Rey denunció en el 97 un elocuente robo de material fotográfico en su casa y amenazó, cómo no, con escribir en su momento un libro, nada menos que “sobre el mundo entero”. Y ya estamos con lo del remedio y la enfermedad, porque, vamos a ver: ¿qué es peor, lo que pueda decir en su libro el confidente del Rey o lo que, en base al rumor, pueda imaginar sin tasa la opinión pública?
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Naturalmente no seré yo quien arriesgue una respuesta a esa pregunta, pero tampoco quien se quede indiferente ante la noticia de que el libro escrito por un cortesano reconicido –condenado varias veces, todo debe decirse– ha de ser destruido para que no llegue al conocimiento ciudadano. El rumor no es por sí mismo ni bueno ni malo; la bondad o la maldad estará, en todo caso, en su verosimilitud, y ésta, como es lógico y natural, depende no poco de la réplica autorizada que se le dé, nunca del silencio. Aparte de que “la callada por respuesta” constituye un derecho del peatón pero no del prócer que, sin perjuicio de lo establecido sobre la carga de la prueba, debe soportar una carga suplementaria de responsable decoro. No tiene la misma necesidad de limpiar su buen nombre el cabrero en su majada que el rey en su corte, aparte de que un Jefe del Estado ha de ser paradigma de rectitud. Bien, pues eso es lo que cuestiona la decisión de triturar el libro del confidente del Rey, eso es lo que deja el campo libre a la imaginación o a la malicia para pasearse desde la Barcelona del caso Gran Tibidabo a la Arabia wahabita de los petrodólares, lo mismo que el presunto robo en casa de la actriz y la oscura intervención de ciertos servicios, dio pábulo a historietas en las que ese Jefe del Estado aparecía en gayumbos más contento que unas pascuas. La dignidad del Rey no es sólo un derecho privado sino un espejo en el que no cabe reflejarse turbiamente. Si alguien cubre con un velo ese espejo, mala cosa, porque mucha gente se preguntará el por qué, y lo que es peor, se dará, sin duda, la respuesta que mejor le cuadre. Yo mimos me pregunto qué gravedades dirá Colón en esas memorias para que Pimentel haya decidido triturarlas.