Una voz valiente

Notable la energía de la jueza de Menores, Carmen Orland, denunciando en presencia de la consejera una escasez insoportable de medios que, a su juicio, llega a incumplir la legislación vigente por parte de la propia Junta. Llamativo el silencio de sus colegas, entre los cuales pueden oírse de vez en cuando lamentos y protestas con sordina de lo más preocupantes. Como se ha informado tantas veces en este diario, Huelva es la única provincia que carece de infraestructuras para aplicar la ley del Menor aunque parece que el año que viene –¡siempre el año que viene!– se iniciará la construcción de un centro adecuado. De la Ciudad de la Justicia, ni palabra, incluido el proyectito de reforma de la antigua consejería de Educación, cuestión ya denunciada también en su día por al anterior presidente de la Audiencia. La juez Orland merece el respeto y el aplauso de cuantos se quejan de los problemas derivados de la delincuencia juvenil y, en egenral, de cuantos lamentan la mala situación de la Justicia.

Identidad y biología

Sigo en la tele un interesante debate sobre –más bien ‘contra’– la política “de género”, en el que, siempre bajo la perspectiva de la fe católica, se sostiene que aquella no es más que un instrumento de dominación de un Poder cuya estrategia consiste en demoler los fundamentos de la identidad para dominar más cómodamente al individuo masificado. Me llama la atención, sin embargo, la enérgica apelación de una antropóloga interviniente a unas ciencias que, al demostrar la diferencia cerebral, neurológica, entre el varón y la hembra, están probando que la identidad no es el producto de la ‘socialización’, es decir, que la condición de macho o de hembra no son “construcciones” sociales sino realidades “innatas”. Es muy curioso porque hace tiempo que dentro de ambientes decididamente progresistas también se acepta este enfoque, de manera que, sin perjuicio ni cuestionamiento de la libertad sexual, se afirma que, en cualquier  caso, hay buenas razones para sostener que el sexo no puede ser un simple producto o modo de comportamiento elegido sino una determinación biológica que, ciertamente, puede ser ‘deconstruida’ para reducirlo a un simple rol de naturaleza social. Hombres y mujeres, en consecuencia, no serían iguales ‘a nativitate’ (Milton Diamond o Steven Rhoads sostienen incluso que la radical diferencia se da ya en las fases embrionaria y fetal), sus cerebros tendrían pesos diferentes y distinta distribución de las neuronas aparte de que la actividad de sus hemisferio no sería la misma, lo que –y aquí es donde me da el pálpito que empieza a perder pie el subjetivismo– daría por resultado una diferencia de caracteres que no procede de la ‘socialización’ porque se nace con ella. Un debate interesante que carece de sentido tratar de descalificar con el dictado de retrógrado. Aviados iríamos si nos allanamos a sustituir una fe por otra.
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Consecuencia de esta reconsideración del problema es el creciente cuestionamiento de la enseñanza mixta –ese ideal ‘ilustrado’ consagrado por muchas democracias– a la que se opone, desde esos grupos disconformes, un proyecto de escuelas separadas por sexos, más apropiado, según ellos, a la auténtica condición de los alumnos. De hecho, en Inglaterra hay libertad de modelo pero los centros de mayor prestigio son unisexuales, en Francia (el país de los ejemplares “liceos” abiertos) un libro de Michel Fize mantiene vivo un fuerte debate sobre el fracaso de la coeducación no muy lejano del provocado en Alemania precisamente por círculos socialdemócratas, en USA ya no es obligatorio el modelo único que el feminismo arrancó a Nixon, en Suiza se admite la separación,  en Suecia, Escocia o Canadá también está en discusión el modelo. Y el argumento principal reside en que la madurez alcanza antes al cerebro femenino que al masculino (algo de lo cual había visto ya el maestro Eccles hace mucho con las bendiciones de Popper nada menos) y que, en definitiva, en la enseñanza conjunta se demuestra un creciente éxito de las mujeres frente a un mayor fracaso de los hombres. Todo envejece con el tiempo, ya lo ven, y “El segundo sexo” de la Beauvoir no tenía por qué ser una excepción con su tajante propuesta de la identidad elegible y su premisa de que la única liberación posible de la hembra pasaba por liberarse de los imperativos de su naturaleza, singularmente de la maternidad. A España no ha llegado ese debate y, francamente, lo celebro desde mi perspectiva sentimental y biográfica, pero sin la menor seguridad de que no acabe irrumpiendo cualquier día y nos pille con el pie cambiado como en tantas ocasiones, lo que no constituiría, desde luego, ninguna ventaja. ¿Será la coeducación un modelo agotado y no nos habremos dado cuenta? En ocasiones como ésta uno está tentado siempre de recomendar al personal que relea el “Emilio” rousseauniano y saque sus conclusiones pero que no se lo crea a pies juntilla.

La crisis que nunca existió

Lo que está ocurriendo en Andalucía tiene que ver menos con eso que Solbes llama “turbulencias” que con la crisis entera y plena e incluso con la recesión. Caso eminente es el desplome del sector de la construcción en el que ya empiezan a conocerse frenazos indisimulables o el auténtico desplome de la red de agencias inmobiliarias, de cuyas 120.000 empresas han desaparecido el año pasado casi un 35 por ciento, esto es unas 4.000, lo que equivale aproximadamente a 12.000 parados más sólo en ese ámbito. Podemos seguir con el ojo tapado, como caballo de picador, pero eso no garantiza otra cosa más que un probable descalabro, nunca la salvación. Y ni una palabra del Gobierno sobre la “Andalucía imparable” de Chaves. Se trata de salvar los muebles en las elecciones y al resto, que le vayan dando.

La tómbola echa el resto

Desde el PSOE, su secretario provincial ha prometido reducir en un 20 por ciento los gases contaminantes y los efectos del CO2; no dice cómo, como es natural, pero ahí queda eso. Desde el PP le han replicado con la promesa de poner en marcha un plan provincial de puentes, otro de carreteras secundarias y construir 400 nuevos kilómetros de autovía; tampoco dice cómo, como pueden imaginarse, pero ahí queda también. Es verdad que el PSOE atesora un importante récord de incumplimientos) nacionales, regionales y locales), pero no lo es menos que las campañas electorales acaban iluminado a todos los actores con el mismo foco. Tras el 9-M retornará el silencio y el olvido, y si te vi no me acuerdo. Nada temerían más los políticos que una reforma que diera rango legal a sus alegres compromisos. A los ciudadanos, para qué hablar.

La moneda fuerte

Tengo entendido que la moneda fuerte favorece las importaciones del que la posee y, al contrario, perjudica a los exportadores. En todo caso, llevar en el bolsillo ese peso específico confiere al que lo lleva una suerte de superioridad que hemos comprobado muchas veces y, al menos hasta la llegada del euro y su posterior cabalgada, nos ha hecho envidiar a los dueños del dólar. Durante los últimos 50 y los felices 60, los yanquis de Torrejón o los de Morón y Rota llegaron a establecer en la noche prostibularia un régimen de doble moneda en el que las putas y los taxistas no sólo admitían el pago en dólares sino que lo preferían porque a la ganancia neta podían  añadir luego, cambiando los cuartos en el mercado negro, un beneficio añadido nada despreciable. El pobre Lauren Postigo se ganó la vida una temporada (nos lo contó una madrugada a Antonio Burgos y a mí) con ese trajín del cambalache monetario para cuyos tratos y contratos con el turisteo eligió aquel lince el camerino de la Virgen de los Reyes de la Catedral sevillana, oculto tras la urna de San Fernando, como una réplica inconsciente del genial retrato del cambista y su mujer de Quentin Metsys, el del Louvre, que representó a la avaricia vecina paredaña de la oración. No diré qué literato de aquel Madrid, ya desaparecido, sostenía que pagar el putiferio sabatino en dólares resultaba cojonudo porque parecía sesenta veces más barato (ése, 60 pesetas, fue durante años el precio del dólar) y, encima, te respetaban más, lo mismo el barman que la rabiza, razón que debió de influir no poco en el proverbial racismo latente por entonces en el ambiente lupanar. Y yo me pregunto ahora si los yanquis que ven a los europeos pagar en euros en sus bares y burdeles sentirán un resquemor simétrico y acaso una cierta xenofobia frente a esos intrusos que han logrado, al fin, unir la fortaleza de su moneda a su prestigio indudable. Lo que sí sé es que, desde Manhattan a Buenos Aires y un poco por todas partes, el euro es acogido con una sonrisa de oreja a oreja. El rapto de Europa le ha salido por la culata al todopoderoso toro blanco.
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El turismo es, sin duda, estupendo además de un activo factor de homogeneización cultural, lo que no quita para que el viaje mismo se haya convertido en una de las industrias más potentes de la postmodernidad aunque, ciertamente, también una de las más expuestas y dependientes de una circunstancia internacional que incluye desde la cotización de la moneda al fantasma de la guerra. España se vio favorecida, qué duda cabe, por la inseguridad de los destinos afectados por la tensión islámica, de la misma manera que los EEUU se ven ahora beneficiados por una invasión –sólo superada por la del año 2000– que ha disparado los ingresos por un turismo en el que el gasto medio por estancia de los europeos se calcula en unos 4.000 dólares. Queda por saber si ese tráfago reforzará nuestra imagen o, por el contrario, despertará en nuestros huéspedes la misma hostilidad sorda que se percibía aquí a simple vista frente a aquellos sargentos negros con chuleaban con el ‘haiga’ o pagaban por la ventanilla con un puñado de dólares y dejaban el cambio al taxista agradecido. Lo cual, en cierta medida, no deja de ser una venganza pírrica del Viejo Continente sobre “el amigo americano” que ya nos salvó dos veces con su ‘Séptimo de Caballería’ de esa Alemania que el año pasado le envío un  ejército de millón y medio de turistas con la mala conciencia superada y el bolsillo reventón. El turista es ese impertinente por el que suspiran los mismos que lo detestan, ese ‘primo’ rumboso al que es preciso corresponder con una mezcla de gratitud y rencor porque nos sube los precios y pone por las nubes la mancebía y el taxi. Aprovechen lo del euro, háganme caso, y dense un homenaje en el “River Café” contemplando la silueta de Manhattan, triste sin sus Torres Gemelas.

El expolio político

Si fuera cierto que Chaves es el hombre pobre que declara (hay una enorme mayoría de andaluces, incluyendo a sus propios votantes que no se lo cree) no tendría ningún  problema a la hora del retiro dorado que ha conseguido blindar en esta legislatura. Es un escándalo el estatuto de los expresidentes, como lo es que 250 altos cargos (vices, secretarios generales, directores generales, delegados de provincia, sin contar a presidentes de organismos autónomos) tengan garantizadas “cesantías” y pensiones que, en el caso de los diputados regionales, cobrarán  “por extinción del mandato, disolución de la Cámara o por renuncia”. Estas cosas habría que contárselas con detalle a los despedidos de Riotinto, de Delphi, de Nilefós y de tantas otras empresas que no recibieron de la Junta más que buenas palabras. Los políticos son los únicos trabajadores que deciden por si mismo su salario, su horario y ahora también sus blindajes y su jubilación.