Bisagra dorada

Al responsable del andalucismo de partido, tras mostrarse a las claras dispuesto a gobernar con Chaves varias veces, parece que ha descubierto la pólvora para una eventual colaboración con un eventual PSOE no mayoritario en lo que él llama la “opción Revilla”, es decir, ni más ni menos que la posibilidad de que Chaves o Arenas le dejaran la presidencia ¡a él! para integrarse como simples socios en un proyecto que dejaría fuera, en todo caso, al partido más votado. No se arredra Álvarez ante el mogollón de críticas que aquella oscura maniobra de Cantabria acumula desde hace años, sino que la propone como ideal para nuestra tierra, como si Chaves no hubiera demostrado aquí ya que un “régimen” como el suyo puede sobrevivir incluso a lo que él llama la “pinza”. Sueños de novato, pero sueños nada nobles, proyectos torcidos y desleales, trucos y retrucos que, fuera de poner en ridículo a quien los propone, un lograrán mucho más. El andalucismo iba mal con los dirigentes “históricos”. Con los “renovadores” se ha quedado en un chiringuito. 

Perder el tren

Está fresca y coleando aún la más que dudosa promesa electoral de un “tren circular” para la capital y alrededores, y nos enteramos –por la UGT en concreto– que la estrategia de RENFE para aburrir al usuario onubense del ferrocarril es adjudicarla a nuestras líneas el material de desecho que va sobrando por ahí. El “sindicato hermano” denuncia el “aislamiento” a que la Junta tiene sometida a Huelva y propone una serie de medidas –desde horarias a la composición de trenes pasando por ofertas estimulantes– en las que francamente cuesta trabajo creer. Se une este maltrato a la supresión de varios Talgos a Madrid así como la eliminación del servicio de contenedores, medidas paradójicamente apoyadas con entusiasmo desde el PSOE local a pesar de las protestas de instituciones y sectores sociales diversos. Huelva parece haber perdido el tren y no sólo el que viaja sobre raíles. Ni siquiera en precampaña son capaces los responsables del Poder de hacer siquiera un gesto de auxilio ante esta evidencia. 

El tabú del cuerpo

La decisión del Metro londinense de prohibir la exhibición de la Venus de Lucas Cranach el Viejo como reclamo de una exposición de la Royal Academy ha provocado un verdadero torbellino en media Europa. No hace demasiado tiempo que en ese mismo transporte, y ya de paso en los autobuses de Berlín, se prohibió también la imagen de un hombre amamantando a un bebé, ni de que grupos de aguerridas matronas desafiaran esos reglamentos exhibiéndose sin ambages en su noble función prohibida. El tabú del cuerpo es un curioso lastre de la civilización que contrasta con la ingenuidad (ingenuo significa libre, no se olvide) con que el desnudo se conserva en los “estados de naturaleza”, pero tampoco es cosa me meterse en antropologías cuando la flamante señora del presidente francés no duda en posar para la prensa como Dios la trajo al mundo y no ocurre nada del otro mundo. En la revista “Current Biology” leímos recientemente al conclusión de un sabio del Instituto Max Planck, de que el vestido, a pesar de las estimaciones de sus historiadores, no tendría más de setenta mil años de antigüedad, lo que quiere decir que la especie debió de circular sin complejos, desnuda y sin compromiso, al menos durante un millón de años tras su expulsión del Paraíso por al arcángel flamígero. Mucho se ha dicho y escrito sobre el ‘naturalismo’ de la mirada griega que el mundo ‘moderno’ rescatará luego reproduciendo un arte del desnudo que todavía con Miguel Ángel debía soportar las censuras papales y repintarle “braghetoni” al prodigioso Adán de la Sixtina, mientras Felipe II guardaba ocultos los suyos en la misma cámara escurialense desde la que oía misa encamado. Pero los desnudos de Cranach o Durero son todavía, en mi opinión, cuerpos gloriosos. La ‘malicia’, como dice el moralismo rancio, entra en el arte, si acaso, con esa Venus goyesca que mira con altanería al mirón o con la famosa “paráfrasis” que Picasso hizo de otra ‘venus’ de Cranach, aquella que incluye los enojos de Cupido. Es la mirada la que evoluciona desde la ‘ingenuidad’ hacia el ‘sentido’. Las ‘venus’ de la fertilidad nada tenían que ver con el erotismo.
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Algo no funciona bien en el Londres conmocionado por los atentados terroristas cuando el puritanismo es capaz de superponer estas banalidades de la pudibundez a hechos tan graves como la decisión gubernamental de “fichar” a la basca a partir de los 14 años, de manera que todos los accidentes de su biografía académica y de su conducta queden archivados y a disposición de futuros curiosos, una medida que cuestiona seriamente el derecho a la intimidad y que, por su estilo brusco más que nada, ha ofendido el viejo sentido de la libertad propio de ese pueblo. Es verdad que en USA, por otra parte, no hace mucho que un profesor de Minessota con graves responsabilidades públicas a su cargo, sostuvo que en aquella publicitada democracia los desnudos europeos resultarían inconcebibles, y no lo es menos que el infierno de Guantánamo hace que se cuartee la imagen enteriza del Imperio, peligrosamente desconcertado por el zarpazo del terror. Ese tabú no tan ancestral se ceba, pues, en el cuerpo, desentendiéndose simultáneamente de la ‘persona’, contamina la mirada eventualmente ingenua injertándole un ‘sentido’ artificial al ‘significado’ originario. Lo que no veo por más que me esfuerzo es ese reflejo libidinoso que subrayan la mayoría de los observadores en esa adolescente de la gargantilla que pellizca con tacto manierista la leve transparencia del velo de tul. En una novela olvidada, decía Fernández Flores que la malicia del macho hispano era capaz de ver imágenes venusinas en el sencillo acto de meter el corcho en una botella. No es un consuelo definitivo, desde luego, pero ver que, a su manera, en todas partes cuecen habas prohibidas no deja de constituir un alivio para quienes entre nosotros rechazan con decisión ese dudoso privilegio de ser diferentes.

Algo no funciona

La Junta no acaba de entender que la satisfacción de una necesidad empieza pero no termina en el expediente burocrático de que se trate. Miren el caso de las bibliotecas públicas, ahora que acaba de conocerse que, a pesar de poseer Andalucía mayor número de esas instituciones y también de “puntos de servicio” dependientes de ellas, el Instituto Nacional de Estadística (INE) asegura que la media de visitas anuales y de préstamos de libros sitúa a nuestra comunidad autónoma bastante por debajo de la media española. Algo no funciona, pues, y de hacerle caso a muchos bibliotecarios celosos de su función, para encontrar las culpas habría que mirar a esos despachos para los que lectura no es más que una estadística guardada, por si acaso, en un el fondo de un cajón. 

Los dos debates

Mucho tacto habrán de tener los llamados agentes sociales, junto a los políticos, para hacer frente a esta crisis que, quieran o no, se nos está viniendo encima. El debate medioambiental, por ejemplo, es necesario y ha sido muchas veces ejemplar, pero en esta coyuntura deberá tener en cuenta, si no quiere exponerse y exponernos a todos a un descalabro mayor, el otro debate, el del empleo. Es una temeridad inconcebible e injustificada hablar, como se ha hecho, de “inseguridad”, tanto que han debido salirle al paso desde la FOE a la Mesa de la Ría, para protestar lo contrario. Y encima tenemos encima la ‘manifa’ del 19-F a la que parece que CCOO–que sí, que no, que sí– anda pensando reincorporarse para no perder comba. Vale, pero cualquier extravagancia respecto del interés común no debe ser consentida en ella. Y menos que ninguna los eventuales designios partidistas que, a un tiro de piedra de las elecciones, igualpueden pedir tres que trescientas.

La bala alojada

Un dolor en el costado y cierta inquietante inflamación en el mismo han llevado hasta el quirófano a un anciano al que los manitas de la cirugía le han extraído una bala recibida en la trinchera, cuando apenas le apuntaba el bozo, durante la guerra civil. Los militares y los castizos le llaman a eso una “bala alojada”, como si esa gótica y plúmbea maldición que es el proyectil viniera a ser un silente inquilino en cualquiera de las íntimas buhardillas que posee el cuerpo del hombre. En la postguerra hambrienta y fantaseada que ahora atrae tanta atención, había mucho “mutilado” que presumía con las criadas de tener alojada una bala, preferentemente de Belchite o del Ebro, cuando no de llevar encima un baratillo de metralla –roja o azul, que eso era lo de menos ya– que le procuraba asiento reservado en los trenes de la época y acceso al economato. Lo que no podíamos imaginar entonces es que, tantos años después, cuando apenas quedaran ya testigos vivos y legítimos de aquella tragedia, iba a haber tanto vividor escarbando en la mala memoria en busca de unas esquirlas olvidadas hace años incluso por la biología. Creo que ese último ex-combatiente mejora por momentos, por fortuna, libre ya de una bala desapercibida que hizo tan buenas migas con su cuerpo serrano como para no incomodarlo en tres cuartos de siglo, lo cual me parece un estupendo ejemplo para los memoriosos y escarbadores que andan a la greña con quienes sostienen, no sé con qué fundamento, la verdad, que la famosa instantánea de Robert Capa –la del miliciano alcanzado y el fusil en el aire– no fue más que un montaje con figurante y todo. Tendría guasa que ese icono resultara no ser más que ojana mientras que lo que llevaba en el lomo el anónimo abuelete del cuento fuera una bala de verdad.

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No iremos a ninguna parte exhumando los restos imaginarios de nuestra proeza fratricida, ya lo verán. Bono dice antier en Toledo que el PSOE ha reconstruido más iglesias que nadie en la Historia y, a la mañana siguiente, FJL le contesta en la radio, en plan Queipo pero sin pistola, que más quemaron todavía, y menos mal que no se le fue la mano, porque no habría mentido si hubiera dicho que, para reconstructor de iglesias, nadie como aquel dictador bendecido por Roma cuyo servicio de “Regiones Devastadas” levantó más templos que el Císter y Cluny juntos, aunque fueran de segunda mano. Para esto está sirviendo la campaña memorialista que prospera a la sombra fúnebre del abuelo de ZP y que éste compara a la víctimas del terrorismo actual, como si se le escapara que entre aquellos muertos y los recientes media una paz tan larga –bastante más larga que su propia vida– que no permite volver atrás como no sea al alto coste que estamos comprobando. Por mí como si abren todas las fosas del mapa al unísono, a ver si me entienden, que ni yo ni los míos tuvimos arte ni parte en aquella carnicería, no como otros, por cierto, tal como ahora unos quiroprácticos han abierto a ese viejo soldado como quien exorciza a un poseído de un demonio silencioso. Y no es que uno desprecie la memoria, como Chateaubriand, ni la asocie, como Montaigne, a los flojos de cabeza, sino, simplemente, que ve en la bala durmiente del octogenario un símbolo magnífico del discreto olvido que hizo posible estas paces que vivimos, y en el empecinamiento de los fosores una bomba de relojería. Podemos dar marcha atrás si queremos, por descontado, y hasta remontarnos de bala en bala hasta la quijada de Caín, pero eso no nos va a devolver a las víctimas. Antier mismo emplazaba ya otra guerra civil un separatista catalán para dentro de un cuarto de siglo, en caso de que España se empeñe en mantener viva la enseñanza del español, y al día siguiente le escenificaron una en miniatura a María San Gil los titirimundis de una Galicia inventada que ellos escriben con zeta. Una bala alojada es una gran metáfora. El toque está en saberla interpretar.