El espejo no miente

Dice la UGT que va a impedir la entrada y salida de productos de la factoría de Nilefós para evitarse descapitalización. Se ve que ha tomado nota de lo ocurrido en Riotinto ante la pasividad cómplice de las autoridades concernidas. Y dice también que las anunciadas alianzas con otras firmas le parecen simples “propuestas muy teóricas y difusas”. Se ve que tampoco ha olvidado la amarga experiencia de la gaditana Delphos, de cuyo cierre se acaba de cumplir el primer aniversario, sin que se haya concretado ni una de las múltiples promesas (Chaves llegó a decir que el cierre acabaría por ser beneficioso para la comarca) que la Junta se sacó de la chistera. No estaría de más, en todo caso, moverse con pies de plomo en este asunto, como ya hicieran los sindicatos en anteriores ocasiones, en evitación de males mayores. No olvidemos que la Junta prometerá de aquí al 9-M lo que le echen como lo prometió en Cádiz de cara a las municipales.

El torneo oral

Los estrategas electorales parecen decididos a concentrar sus esfuerzos en el enfrentamiento directo de los grandes candidatos para proporcionar a los electores elementos de juicio directos y teóricamente no “mediatizados”. Se trata de una moda que nos viene de las democracias avanzadas, en especial de la americana, y que, en cierto modo, pudiera tener su origen en la conciencia fósil de los viejos desafíos reales que la propaganda monarquista cuenta que tenían lugar en la Edad Media, sobre todo en la Alta, aunque los historiadores actuales, desde Marc Bloch a Georges Duby, no vean en ellos más que explicable sueño de unas poblaciones castigadas a las que laidea de que quienes decidían los conflictos debían ser quienes los dirimieran, les resultaba de los más aceptable. Hubo retos reales, desde luego, como el que lanzó Carlos de Anjou a Pedro II de Aragón (y cuya circunstancia resulta tan divertida como la leyenda de ‘Robin Hood’) o el que Carlos V, ante las mismas barbas del papa, dirigió a Francisco I, quizá porque el Emperador era todavía un ‘caballero”, es decir, alguien perteneciente al ámbito mental y moral de la cultura caballeresca, de origen artúrico pero adoptada en todo el mundo señorial-feudal como una segunda religión. Todavía Guillermo el Mariscal podía desafiar –¡a sus 73 añitos!– al mismísimo Felipe Augusto o vencer en batalla al futuro Luis VIII, pero el propio Duby, su delicioso biógrafo, es consciente de que “el buen tiempo” de Lancelot y la Mesa Redonda había pasado tan definitivamente como Cervantes se encargará de probar en su caricatura. No está mal, en resumidas cuentas, esta vuelta a la denostada Edad Media, desarmados ya los paladines salvo de la palabra para su incruento rompimiento de lanzas verbales. Otra cosa es que creamos ahora, como en su día creyeron hidalgos y pecheros, que la justa será, pues eso, justa, olvidando la inevitable “mediatización” del encuentro que está poniendo en evidencia el propio forcejeo de los organizadores a la hora de montar el palenque y disponer las reglas.
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Por supuesto, que si era una ingenuidad no poco bárbara confiar la solución del pleito al mandoble más certero, nuestros modernos torneos televisivos conllevan una alta dosis de riesgo crítico al depender, en grandísima medida, de efectos tan insustanciales como la capacidad de empatía de los contendientes. Nunca sabremos, por ejemplo, si el ojo tuerto de Solbes –al que se refirió chistoso en un mitin su propio presidente– benefició o perjudicó a su imagen, pero es evidente que sí que lo ayudó una destreza dialéctica derivada de la experiencia que, en absoluto, equivale a superioridad técnica, pero que funciona como supremo lubricante en ese psiquismo colectivo cuyos mecanismos son más caprichosos que la mar. No tengo duda alguna sobre la conveniencia de estas justas televisadas pero me inquieta la idea de que la asamblea ateniense condenara fatalmente a Sócrates el feo frente al apuesto Alcibíades, es decir, de que, al final, esta “democracia televisiva” en la que estamos degenerando, consiguiera manejar el régimen representativo a título facial, esto es, menos en atención al efecto de las razones y argumentos de los contendientes que a la atracción instintiva de sus cejas o sus barbas. Los viejos paladines se cubrían la cara con sus celadas antes de agarrar el lanzón y embrazar la adarga, los actuales recurren al maquillaje para disimular sus cicatrices o subrayarlas, según disponga el guión, tan atentos o más a su ‘imagen’ que a su ‘idea’, mucho más empeñados en seducir que en convencer. Hoy los adalides no se inspiran en el ‘Amadis’, la “Biblia galante” todavía en tiempos del Emperador, sino que escudriñan los sondeos en busca de un pronóstico. Merlín ha aprendido estadística y Morgana luce sus habilidades en la “isla de los famosos”. Lo probable es que, en el futuro, la inmensa mayoría deberá limitarse a aplaudir cuando lo diga el regidor.

Mirar atrás

Muchos han sido los despropósitos e injusticias que, en nombre de la “media memoria”, hemos debido soportar loa españoles durante la legislatura que ahora acaba y que el presidente Zapatero inició hablando de su abuelo fusilado, no de su abuelo destacado contra “revolución de Asturias” claro. Muchas voces discretas se han levantado pidiendo rigor y sensatez a la hora de mirar hacia atrás en este temeroso pasado, pero ninguna tan absurda y contradictoria como la que Chaves dejó oír en el mitin del domingo reclamando el voto “porque se lo debemos a nuestros padres y a nuestros abuelos”, una reclamación insólita viniendo de un jefe del ejército franquista. ¿Qué lo “pasaron muy mal” personajes como el padre de Chaves? Esto no es ya confiar en que todo cuele, sino en recurrir a un descarado engaño que seguramente indignará a quienes de verdad –mientras ellos garantizaban la dictadura desde sus cuarteles– realmente “lo pasaron muy mal”.

El fascismo comodín

En una de las más deplorables intervenciones públicas que se le recuerdan al ex-presidente González ha recomendado a las nuevas generaciones (con perdón), tras mofarse de Rosa Díez, el abandono de la creciente manía de llamar “fascista” a todo aquel que discrepe de las posiciones ideológicas propias. Mientras tanto el paisaje electoral continúa acumulando ese dictado, hay que decir que en numerosas ocasiones de la manera más impropia y, en última instancia, desprovisto ya de cualquier sustancia ideológica en su condición de recurso estrictamente retórico. Según el subsector más activo y organizado de esa estrategia –los agresores que revientan mítines y comparecencias rivales–, “fascista” serían lo mismo los centristas del PP que los centristas del PSOE (¿o es que hay alguna diferencia de fondo entre el proyecto de Solbes y el de Pizarro?) y, ni qué decir tiene, incluso una persona como Fernando Savater, acaso el personaje con más limpio perfil ético de nuestra generación. Rosa Díez o Antonio Elorza, la alcaldesa comunista de Córdoba, no se distinguen, desde esa óptica gruesa, de los fascistas genuinos y confesos, algo que no deja de constituir una rareza en una sociedad, como la española, en la que una experiencia tan larga como asfixiante se supone que debería permitir con facilidad la identificación de los enemigos de la libertad. Algo curioso: no se acusa a los reprobados de ‘stalinistas’, por ejemplo, sino que se pretende simplificar el panorama conceptual reduciendo su inevitable condición dialéctica a ese par maniqueo que sirve para todo aunque no resuelva nada: “nosotros” y “ellos, los iluminados resistentes de no se sabe qué espíritu revolucionario, y los “fascistas”, es decir, todo aquel que se desvíe de nuestra ortodoxia. Ése es el final de toda demediación, ésa es la inevitable consecuencia de la fractura maniquea que, al fin, se ha producido en la sociedad española. Es la tempestad cosechada por tantos vientos sembrados que produce ahora el mismo fruto que ya robaron del Árbol del Conocimiento aquellos fascistas históricos cuya consigna decía “Ni derechas ni izquierdas: España”. Se sobrentiende que España eran ellos, claro.
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¡Vaya una idea que tiene del fascismo genuino esta ‘basca’ revoltosa! Creerán, por ejemplo, que un rector fascista haría la vista gorda, como acaba de hacer el de la Complutense, en lugar de enviarles con urgencia unas expeditivas legiones. Pero no hay que confiar en esta ingenuidad, como amargamente advirtieran en su momento Brecht o Primo Levi, ni perder de vista el valor decisivo de la complicidad institucional que revelan aquellas actitudes pasivas, entre otras cosas porque en modo alguno deben considerarse “casos aislados” estos reventones que vienen prodigándose desde que, de hecho, se levantó la veda, sino una peligrosa campaña que podría acabar cuestionando
unos comicios en los que determinados candidatos no pueden comparecer en público y menos aún hablar libremente. Lo de “fascista” se ha convertido en un comodín hasta el extremo de permitir a ciertos personajes el uso del oxímoron “fascismo de izquierda”, soberana improvisación que pretende ocultar que el objetivo último de los reventadores es neutralizar una democracia que ya se ha hecho bastante daño a sí misma sin necesidad de su concurso. La confusión en torno al concepto “fascista” sólo cobra pleno sentido en la que envuelve en su penumbra terminológica a la democracia histórica, y hay que reconocer que buena parte de la responsabilidad por ello recae en los actuales perjudicados. ¿No dicen que ya ni tiene sentido distinguir a la derecha de la izquierda, peor aún, no es ya una evidencia que ambas opciones, feudatarias de la inania doctrinal que nos aplasta, coinciden en lo fundamental hasta confundirse sin remedio? La democracia española es hoy facial no eideática. El comodín se lo ha dado de mano ella misma a los enemigos de la libertad.

Retrato del “régimen”

No habrá demócrata auténtico que no se escandalice de nuestra situación autonómica, en el caso de que se cumplan esos pronósticos electorales que anuncian que Chaves podría renovar su mayoría absoluta a pesar de la mala opinión que de él y su “régimen” tiene una paradójica mayoría de ciudadanos andaluces. Así, que la mitad casi exacta de los electores juzguen regular/mala/o pésima su gestión en la Junta. O que casi tres de cada cuatro no se trague su declaración oficial de patrimonio (lo de los 3.000 euritos, ya saben).O que casi un 69 por ciento esté a favor de limitar los mandatos (como prometió ZP al llegar, ojo). O que –y estos es ya más desmoralizador– que un 57 largo de andaluces no sólo acepte como cierto el montaje de sus hermanos en la Junta sino que pide que se adopten medidas para impedirlo. Ahí lo tienen: el “régimen” de frente y de perfil, Chaves desprestigiado pero hegemónico,”protestantes” fieles a la vieja iglesia. Craso y Pirro en una pieza. Esto no hay forma de tomarlo en serio.

¡Gracias, generoso!

Chaves ha superado en Huelva cuanto llevábamos visto en este festival del aguinaldo electoralista al ofrecer 60 miserables euros a la ‘basca’ que le serán entregados en un bono, al cumplir los 18 años, son la sola condición de pulírselos en “actividades culturales”, es decir, que se incluyen conciertos de “La Polla Récord” o “Mojinos escocíos” y ni que decir tiene que los que puedan ofrecer el “equipo artístico habitual”. Hace falta enorme desfachatez para ofrecer una propina semejante a una muchachada que los informes técnicos sitúan a la cola de Europa ya la que la prospectiva más solvente augura un penoso futuro. Pero ahí tienen a Chaves repartiendo “bonos” limosneros como el cacique que recorre la cortijada agasajando a los labriegos con duros de a tres pesetas. Tenemos una juventud con más problemas que nunca y Chaves les da sesenta euros para que se divierta. No hubiera podido retratarse mejor aunque se lo hubiera propuesto.