La hembra o el negro

Unos amigos míos, viejos profesores madrileños, han elaborado una curiosa encuesta sobre el serial de las elecciones americanas, descubriendo la curiosa manera en que la supina ignorancia de la mayoría se disfraza de opinión informada en una sociedad medial. Sólo uno de cada seis encuestados –elegidos todos ellos en el último escalón universitario– sabe con cierta precisión qué cosa son, en realidad, esos “caucus” de los que se hablan sin parar en todos los telediarios, apenas cuatro de cada cien es capaz de describir con solvencia ese proceso electoral en su conjunto, un porcentaje que de vergüenza consignar (casi un cuarenta pro ciento) cree, a estas alturas, que la batalla se reduce al pulso entre Obama y la Clinton, como si los republicanos no existieran y, ni que decir tiene, la inmensa mayoría se declara incapaz de pronunciarse por uno u otra, a los que apenas adscriben mentalmente a su circunstancia, es decir, a la raza de él y al sexo de ella. Bueno, en esto último parece que no andan muy lejos los encuestados de los propios demócratas yanquis, cuya perplejidad e indecisión explican no pocos observadores indígenas en función, precisamente, de esas circunstancias, esto es, de la dificultad que supone para la mayoría americana elegir entre una mujer y un negro que, encima, no son gays ni el uno ni la otra, lo que pondría las cosas mucho más fáciles. Esa muchedumbre solitaria es bastante más conservadora de lo que suele creerse, pero a mí nadie me asegura que la nuestra no lo fuera también. Pero lo que me interesa del caso es la evidente fragilidad de una información que, en niveles primarios, actúa, sin duda,  como un estímulo tal vez decisivo, pero que no es capaz de proporcionar al ciudadano un mensaje suficiente que le permita orientar racionalmente su voto a poco que la disyuntiva se salga de lo previsto, a saber, elegir entre dos varones blancos. USA no es la edípica Argentina ni la culta Europa. Y me temo que España tampoco.
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Habrá que revisar nuestro precipitado entusiasmo por las posibilidades que la sociedad medial ofrece al individuo mediatizado. Un bombardeo incesante sobre los jodidos ‘caucus’, por ejemplo, apenas si es capaz de proporcionar a la masa una vaga imagen de lo que en ellos se cuece, y no parece verosímil que nuestros ‘medios’ alcancen alguna vez la capacidad para ilustrarla sobre los procesos complejos, incluidos los que se desarrollan ante las propias narices concernidas. Aquí y en USA, repito, a la vista de los resultados de que vamos disponiendo, en razón de que la información proporcionada por esos ‘medios’ puede que sea fulmínea y universal pero es también, inexorablemente, superficial y efímera. En el círculo de Dwight Mc Donald se bromeaba diciendo–anticipando la situación que el tiempo acabaría por traer– eso de que el dilema a la hora de elegir entre una mujer y un negro sólo podría solventarlo que uno de los dos desafiara al sentido conservador en el terreno del sexo, lo que aplicado al caso vale tanto como decir que la elección estaría decidida de antemano si Obama o Hillary fueran ‘gays’, pero supongo que más les hubiera valido revisar el optimismo relativo que ellos mismos mantenían, a pesar de los pesares, en torno a esa que, con tanto desprecio, llamaban “mass cult”, cultura de masas. Total, que medio mundo hablando de los ‘caucus’ pero sólo una ínfima minoría es capaz de enjaretar, siquiera medianamente, un retrato fiel de las elecciones de aquella cuestionada democracia que, a medida que va mostrando las tripas del sistema, desmiente el idilio que pintó Tocqueville. Y encima, atrapada por la ingenua pero grave singularidad que supone la irrupción de unos candidatos difícilmente imaginables bajo la peluca de Washington. Es posible que la vida se haya complicado tanto que el viejo sistema ideado por los áticos no sea ya capaz de disipar sus incertidumbres. Una idea que puede poner los pelos de punta a todo buen demócrata, pero que ningún demócrata razonable debería echar en saco roto.

Compromisos previos

Los pactos postelectorales son éticamente inobjetables e, incluso, benéficos en la medida en que pueden contribuir, según las circunstancias, a eso que le llena la boca a los políticos cuando los necesitan: a la gobernabilidad. Ahora bien, si los pactos son lícitos y benéficos, ¿por qué los condenan los mismos que los firman? ¿Y por qué los suscriben algunos con aquellos a los que han satanizado antes del recuento? ¿Por qué va de asustaviejas Chaves con el fantasma de la misma “pinza” con que a él lo ha salvado el PA en varias ocasiones¿ Libres de pactar con quien resulte razonable, los partidos deberían comprometerse, en cambio, a no aliarse nunca con aquel al que han acusado antes de ladrón, cacique o incapaz de sacramento. IU y el PA, sin ir más lejos, ya que dicen lo que dicen del PSOE y de Chaves. O el propio PSOE, que no debería pagar por el Poder el precio del insulto y el desprecio más absoluto. Los electores deberían saber que su voto no acabará en manos de quien nunca hubieran votado. Fuera de eso no hay más que cambalache.

La dura realidad

No es razonable enfrentarse a la industria, tampoco idealizarla. La inversión actúa como la bandada de tordos que se echa sobre el olivar y levanta el vuelo cuando lo ha esquilmado. Creer otra cosa es vivir en la luna. Ahí está nuestro Polo, condición “sine qua non” hoy por hoy de una capital que casi ha triplicado su población gracias a él, pero que ha de pagar un alto coste por mantenerlo. Si se presiona a esos tordos, se irán, como acaban de anunciar que se piran los de Rhodia; si se les da carta blanca, peligraría la propia vida de la ciudad. Observen el desconcierto actual: UGT trata de pescar en río revuelto a costa de los 700 nuevos parados, CCOO dice haber sido engañada por la patronal, alguna bocaza de la oposición municipal salta como un resorte contra el alcalde, faltaría más, y el PP le devuelve el pelotazo diciendo que la competencia y responsabilidad del empleo es del Gobierno y de la Junta. ¿No será más bien de todos, nuestra, de ustedes, del vecino del sexto? Si algo queda claro es que el colapso de Rhodia debe servir de ejemplo todos.

La urna subastada

Hay un partido político en el Canadá francófono (no es coña), el “Néorhino”, que cifra su mayor compromiso en no cumplir jamás sus promesas electorales. Menos mal, porque la última consiste en una declaración de guerra a China con motivo del consumo de cuerno de rinoceronte considerado afrodisíaco, como se sabe, y convertido, en consecuencia, en objeto de un comercio exterminador, aunque entre las promesas anteriores figuran algunas tan deliciosas como la de abolir la ley de la gravedad, garantizar a todo contribuyente su orgasmo semanal y otras tan hilarantes como suprimir de un plumazo el presupuesto militar. El ejemplo de los “néorhinos” nos asalta ante el vergonzoso espectáculo en que nuestros políticos han convertido la actual precampaña pujando en ella a porfía sobre los más variados compromisos y, por supuesto, sin el menor complejo ante la evidencia de que, aunque los anuncios concretos puedan despertar aquí y allá incautas esperanzas,  la inmensa mayoría de los ciudadanos da por supuesto que esas promesas son puro camelo. No hubiera hecho falta que un cínico ejemplar como don Enrique Tierno declarara que los programas electorales están ahí para no ser cumplidos, pues eso es algo que bien sabemos en Occidente desde el amanecer democrático, y que ahora, tras el famoso “empate técnico”, acabamos de comprobar al ver dispararse la mendacidad de los candidatos hasta extremos desconocidos. Ni se ha inmutado el Gobierno cuando se le ha demostrado que, a tenor de los acuerdos financieros con Cataluña y Andalucía, el ‘sudoku’ de Solbes no tendría solución a no ser que metieran el porcentaje en la horma voluntarista en la que toda prenda adquiere la forma y el volumen deseados. Al revés, las promesas se han disparado ya sin control y por completo ajenas a las advertencias lanzadas por los expertos sobre su incontestable irrealidad. Por eso mismo no creo que deba tomarse a chacota el gesto de los “rhinos” sino como un ejercicio de cinismo positivo que resulta definitivamente debelador.
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Bien miradas las cosas, en todo caso, a mí me parece que el problema para la dignidad democrática no reside en el hecho mismo de la promesa falsa sino en el de la absoluta irresponsabilidad de quienes las perpetran. No entiendo por qué un fabricante ha de ser sancionado, al menos sobre el papel, si da gato por liebre mientras que los responsables (¿) políticos están en su “derecho de hecho” a darnos incluso rata por gato. Si estos días acaba de ser desarticulada una banda y encarcelados sus bandoleros por ofrecer por Internet mercancías inexistentes, me pregunto por qué no se considera estafa que un político no cumpla lo que ofreció a cambio del voto. Chaves mismo, que ostenta un ominoso récord de incumplimientos, acaba de decir, como si fuera lo más normal del mundo, que él no hace promesas sino que contrae compromisos, que es, justamente, lo que los demás dicen para diferenciarse de él. Pero lo grave no es el trapicheo de ofertas improvisadas sino la propia concepción de la competición democrática como una subasta oportunista en la que se puja desvergonzadamente amparados por la irresponsabilidad. Piensa uno con cierta nostalgia  en el “juicio de residencia” en que los manijeros del “antiguo régimen” debían justificar lo hecho y dejado por hacer durante sus mandatos, y comprende que no es oro ni mucho menos todo lo que en la democracia reluce, o sea, que igual hay aspectos en los que hemos retrocedido en vez de avanzar al sustituir las autocracias por el régimen de libertades. Suele decirse que en estas estafas políticas a nadie se le pone la pistola en el pecho para que suelte el voto. Cuando oigo esa razón pienso con tristeza que tampoco se le pone al cateto en cuando le dan tocomocho.

‘Ainda mais’

Si Chaves fue a presidirla manifestación contra el Gobierno de la nación cuando amarró el “Tyreless” en el muelle de Gibraltar y si el PSOE montó la que montó cuando el desgraciado accidente del “Prestige” no me digan que esa playa algecireña cuajada de chapapote no está reclamando un gesto siquiera de quien ha permitido indiferente que el “New Flame” haya estado meses y meses medio hundido frente a la costa. Y no sólo Chaves. ¿Dónde están los ecologistas, las agrupaciones vecinales y hasta el pueblo soberano que clamaba entonces, con razón, el famoso lema “Nunca mais”? Pues en ninguna parte, lo cual demuestra que aquella movilización tuvo más de montaje político que otra cosa y no fue sino una operación espectacular dirigida contra un Gobierno que no tenía en el suceso más responsabilidad que la que tiene en éste el Gobierno. ¿Irá Chaves a manifestarse contra su ”Gobierno amigo”, se movilizarán los conservacionistas con el mismo empeño? So simples preguntas retóricas para que ustedes me entiendan. 

Engaño en Aljaraque

Los políticos dicen lo que sean para salir del paso. Pero a veces también hacen lo que sea para borrar, como los viejos faraones,  hasta el rastro del rival. ¿Que el PP tenía en Aljaraque, un suponer, una “policía de proximidad” y planeaba ampliarla? Pues se impone borrarla del mapa y olvidarse del proyecto aunque caigan chuzos de punta como cayeron con la mayor oleada de atracos domiciliarios que se recuerda en Huelva, es decir, la padecida por los vecinos de La Dehesa. ¿Qué la presión pública deja oír su voz? Pues se eliminan incluso del presupuesto los dineros necesarios con lo que ya no podrá cumplirse la promesa dada en aquellos difíciles momentos para engatusar a los perjudicados. Y para que nada falte, hasta se va a crear la figura del “agente cívico”, algo que no se veía en Huelva desde que la impusieron los franquistas al tomar la capital. Después de todo, los ciudadanos tendrán las urnas ahí enseguida para expresar su humor democrático. En Aljaraque no tienen más que sumar y restar antes de elegir la papeleta.