El bobo mitrado

Los ateos se han reunido en Toledo a finales del año recién pasado. No lo han hecho en un ‘congreso’ como si fueran filósofos, sino en un ‘concilio’, como si fueran “padres” de una oscura y rencorosa iglesia, una especie de Trento visto por el envés, que ha celebrado sus sesiones en una iglesia desacralizada, la de san Vicente, hoy bar de copas entre otras cosas, que se halla cerca de la sede vieja de la Inquisición. Pocas pasiones como la del ateísmo, del que se ha dicho que se ocupa de Dios –ese concepto inexistente, según ellos– más que la inmensa mayoría de los creyentes. ¡Qué gran verdad! Voltaire decía en su impagable ‘Diccionario’ que entre los cristianos históricos hubo muchos ateos y esa observación nos orienta en el laberinto de la paradoja que supone organizar un ‘concilio’ y deslomarse con tal de mostrar que no existe precisamente eso que se afirma que carece de existencia. Me llamó la atención leer hace la pila de años, en “El catecismo social” de Balzac,  que una sociedad que eventualmente consiguiera cerrar el círculo del ateísmo se pondría de inmediato a inventar una religión, pero todos los indicios recientes –tanto de los ocurridos en el plano intelectual como en los concelebrados por estos negadores lúdicos– reconducen a la vieja idea de que, muy probablemente, el triunfo efectivo del ateísmo  en una sociedad acabaría por arrastrarla a una religión o sistema de creencias igual o más intransigente que el superado por el esfuerzo libertario. Los de Toledo, además de probar su ingenuidad con indignas exhibiciones porno sobre escenas sagradas y extravagantes interpretaciones crípticas de la obra de El Bosco, han dirigido al papa y al resto de la jerarquía católica una instancia exigiéndoles que excomulguen a los “abajo firmantes” como reos de herejía, blasfemia y otras abominaciones, nueva ingenuidad que descubre hasta qué punto el ‘concilio’ centra su tarea en combatir a la religión católica y no, por lo visto, al resto de los credos. Se comprende: el mero intento de abrir un chiringuito semejante en Riad o Damasco les hubiera salido por un ojo y parte del otro.
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Insisto en la extravagancia que supone dedicar una vida –y hay casos eminentes entre nosotros– a pelear por demostrar que no existe lo que se afirma que no tiene entidad alguna. Pero, ojo, porque si contra ese Dios inexistente no es posible luchar por definición, entonces es que contra quien se combate es contra sus creyentes y eso sería ya harina de otro costal en la medida en que ningún ciudadano puede negar a otro su derecho a creer en lo que sea o a manifestarle su adhesión. Se ha pronunciado una frase en ese ‘concilio’ sin mitras que clama al cielo, a saber, una que dice “somos ateos y por eso amamos tanto la Naturaleza, la Vida y el Conocimiento”, que pasa con mucho de la raya de lo tolerable, porque implica una suerte de reserva de la conciencia dichosa a eso que Gustavo Bueno, ese materialista tan ilustrado y puntilloso, ha llamado “la felicidad canalla” y que en ese bar de copas ha debido resonar, sin duda, como el trallazo grosero de la dialéctica más insolvente. ¡Cuánta molestia para demostrar lo indemostrable, cuánto trabajo para cazar el propio gambuzino! Un tipo tan poco sospechoso como Klossowski, el hermano de Balthus, se saltó a Sade y a Niestzche, sus maestros, para acabar proclamando que el ateísmo, para mantenerse tras una eventual victoria, necesitaría reinstaurar todas y cada una de las prohibiciones sobre las que se habría mantenido erguidas las creencias derrotadas. No lo sé pero insisto en que si a esos ‘padres’ se les ocurre convocar su ‘concilio’ allá “in partibus infidelium” igual los lapidan o los cuelgan de una cuerda de piano. A lo peor (para ellos) no consiguen más que desmontar el mito del poder católico. No me quisiera yo ver, desde luego, gobernado por estos inquisidores invertidos.

Mujeres imparables

Ha predicado Chaves en Jerez una homilía laboral proclamando el ascenso imparable de la mujer andaluza en el trabajo, destacando que el número de ocupadas habría crecido una barbaridad. Echemos pie a tierra sin salirnos del Servicio Andaluz de Empleo: en nuestra región hay medio millón de parados, de los cuales 300.000, es decir bastante más de la mitad, serían mujeres; en Málaga, el paro de larga duración afecta el doble a las mujeres respecto de los varones; en Sevilla, de los desempleados inscritos en octubre, más de 74.000 eran hembras y sólo 42.000 machos. A estas alturas anda todavía la UGT–o sea, el “sindicato hermano”– reclamando que la maternidad deje de ser un obstáculo como lo es en la actualidad a pesar de los discursos, los institutos y los lobbies de mujeres. Ya ven que al progreso femenino le queda mucho camino que recorrer antes de que se pueda cantar victoria. Cantarla antes de tiempo, además de un camelo, es un engaño intolerable. 

El hombre del saco

Algo debe hacer la autoridad, además de lo que se presume que está haciendo en el terreno policial, para controlar la auténtica y creciente psicosis que invade ciertos barrios de la capital desde que se produjo la desaparición de la niña de El Torrejón. La escalada mediática de este caso es tan evidente que explicaría por si sólo el lamentable episodio vivido el sábado en la misma barriada apropósito del equívoco surgido en torno a un ciudadano argelino al que unas niñas, tal vez sensibilizadas en exceso por las circunstancias, señalaron como presunto raptor. Como no se corte por lo sano esta insensata campaña acabará ocurriendo algún incidente irreparable, y eso es algo que compete a la Subdelegación del Gobierno en primerísimo lugar, porque no cabe esperar que salga de la familia afectada. Con todo respeto y comprensión para todas las partes concernidas, hay que decir que el caso de Mari Luz no debe convertirse en un “caso Maddie 2”.

La viña y el jabalí

Van a llevar razón quienes recelaban que el papa Benedicto acabaría por distanciarse del cardenal Ratzinger, y no sólo de la esperanzadora lumbrera que fue para muchos en los años 60 aquel joven bávaro, sino del mismísimo gran inquisidor que ejerció durante el pontificado de Wojtila pasteleando entre Hans Küng y el obispo Lefèvre. No ha tardado el papa , en efecto, en proyectar una inquietante sombra sobra su reciente encíclica, rescatando del baúl en que lo había encerrado su antecesor nada menos que el arcaico concepto de infierno, ese discutido destino que él mismo dijo no hace tanto que no era un ‘lugar físico’ –como había admitido ya su mentor, Juan Pablo II– sino “la ausencia de Dios”, protagonizando ahora una espectacular marcha atrás teológica que cualquiera sabe si, ya puestos, acabará por  restituir también su fuero al inefable limbo de los inocentes. No creo necesario insistir en que, a estas alturas de la historia de la civilización, el infierno es ya apenas una verbalización del miedo, sin más apoyo que el de un integrismo tan insensato que insulta a la inteligencia en el hecho de que un hombre culto como Ratzinger está dispuesto a partir amistosas peras con Clemente el de El Palmar. Mucho antes de que sentara plaza la moderna “teología del cielo y el infierno” (en la que echaron su cuarto a espadas hombres tan dignos y serios como González Ruiz), los filósofos discutieron ya ardorosamente la cuestión de esa pena irremediable que ahora Ratzinger confirma como real y eterna, como extasiado ante un lienzo de El Bosco o cualquiera de los juicios finales que enriquecen nuestra pintura medieval, y por completo ajeno a la evidencia de que, como con inteligencia explicó Voltaire, el infierno es un producto oriental cuyo fin no era otro que garantizar la moral privada ante la palpable realidad de que los grandes culpables solían librarse de la severidad de las leyes.
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Resulta muy ilustrativo repasar cualquier diccionario teológico (el de Léon-Dufour, mismamente) para ver contorsionarse a los autores más sensatos ante un tema que, por cierto, conviene decirlo todo, ni Leibnitz ni el propio Montesquieu, entre tantos otros maestros del pasado, dejaban de aceptar en sus esquemas mentales. El propio Hegel hace una pirueta optimista para negar la eternidad de un infierno que Diderot rechazó por el absurdo que implicaba castigar al que ya no puede sufrir, y para el que aquel iluminado espeluznante que fue el místico Swedenborg adelantó la famosa sentencia sartriana –“el infierno son los otros”– al imaginar que las penas infernales no las infligían sádicamente los diablos sino que se las causaban unos a otros los propios condenados. Se comprende la turbación del papa –y la de quien sea– ante el espectáculo, en tantos sentidos decadente, de la civilización occidental y hasta es natural que se le venga a la mente la imagen desoladora de la viña destrozada por los jabalíes que es, por cierto, como en la España anterior se motejaba a los fundamentalistas católicos metidos en política. Lo que no se entiende es el retroceso teológico, el giro hacia aquella vieja teología que en Trento desesperaba a espíritus sensibles como el cardenal Lippomano y luego ha terminado por ser arrumbada en el desván de los cachivaches mentales del primitivismo. Ninguna cultura ha conseguido dar consistencia a esa rudimentaria idea (el Hades, el Seol…) que, en definitiva, hace mucho que es incapaz de resistir el rigor de la razón más elemental, y no parece lógico que vaya a conseguirlo –¡y con la que está cayendo!– el mismo que, siendo aún mero inquisidor, cedió a la lógica quizá para evitar ser desbordado por ella. Wojtila habló en una ocasión del cielo de los perros y gatos familiares. No sé qué hubiera dicho Voltaire, pero a mí me parece que esa misericordiosa concesión caía mucho más cerca del hombre real que esta inopinada vuelta al terror primitivo.

La servidumbre voluntaria

Me imagino el secreto disfrute de Guerra recordando el mal caso de su hermano y “asistente” a la turbia luz del “caso Chaves”, un escándalo que no lo es porque demasiados ‘medios’–y no sólo los oficiales– andan más pendientes de sus cuentas de resultados que de su deber de mantener informada a la opinión. La saga de Climo Cubierta es elocuente, pero la pequeña historia de la aldea onubense de Cumbres de Enmedio constituye un escándalo que sólo esa complicidad y la ineficacia de la oposición permiten explicarse: un lugar de 50 vecinos en el que un hermano del Presidente es el único promotor visible, beneficiada por las subvenciones generosas enviadas desde la consejería en que ejerce de director general el otro hermano. Que una evidencia como ésta no merezca ni una excusa de Chaves ilustra la realidad de esta región sometida que parece haber asumido definitivamente su servidumbre voluntaria. 

El alcalde monterilla

El alcalde de Cumbres de Enmedio “no tiene vergüenza ninguna”, empleada sea la expresión en los mismos términos y con idéntica intención a la suya a la hora de descalificar a este periódico. Al pobre hombre le ha caído encima la del tigre al haber levantado la liebre del montaje de los hermanos Chaves en su pueblo cuando cometió el error de acudir a la prensa para denunciar la situación de abandono en que se encontraba su aldea e, incluso, para dar detalles del incumplimiento por parte de la Junta del compromiso adquirido en ella por su Presidente. Razón de más para no lanzarse sobre el mensajero y, si se nos apura, para exigirle –como a la persona mejor enterada de ese enredo– que explique a la opinión pública qué pasa en esas Cumbres que hasta ahora se había llevado con tanto sigilo. Pero de verdad, diciendo toda la verdad y nada más que la verdad. Seguro que ese monterilla se mete bajo la cama antes de dar tan honorable paso.