¡A ésta es!

Mi respeto a la costaleras de vocación. Por mí, como si hacen el Vía Crucis completo o hacen doblete al día siguiente. No es cosa de extrañarse de que también haya llegado a ese ámbito tan peculiar –el de los costaleros– el ánimo “paritario”, el designio de conseguir que las mujeres hagan lo mismo que los hombres, sea lo que sea. Y menos aún sería cosa de oponerse, como han hecho, y con expresiones gruesas y dudosas, los machos del cotarro. Ahora bien, España entera pendiente, telediario tras telediario, de esta suerte de odisea menor parece demasiado, sobre todo si se pretende que la imagen de Andalucía comporte la menor dosis de folclorismo posible. Y reclamar la paridad bajo la trabajadera es más un caprichoso esperpento que una exigencia seria en una sociedad en la que la mujer tiene pendientes tantas batallas graves. No sé qué pensarán de este rifirrafe las mujeres de Delphi, las que soportan salarios inferiores, las discriminadas laborales, las maltratadas sin solución efectiva y tantas otras, pero me extrañaría que entre en sus prioridades “de género” el derecho a romperse el cuello en una ‘levantá’.

‘Harrelson’ en El Terrón

Debe ponerse en claro sin demora el incidente, gravísimo incidente, claro, ocurrido en El Terrón lepero con motivo del llamado “expolio” de una casa por presunta “ocupación ilegal del dominio público”. Cuesta creer lo que se dice, a saber, que el grupo actuante no portaba orden judicial o incluso que la parte afectada y su abogado no consiguieron que se identificase la “jueza” que como tal actuó por las bravas. El mismo detalle del registro/desalojo/expolio es tremendo: se llevaron hasta la ropa interior. ¿Para qué, con qué objeto se desvalija una morada por muy ilegal que su emplazamiento pudiera ser? Pero sobre todo, hay que insistir, urge que se acredite la condición de jueza de quien como tal actuó, porque sólo faltaba que resulte no serlo. Tanto la autoridad judicial como la gubernativa deben una explicación no sólo a los “expoliados” sino –hoy por ti, mañana por mí– a todos los ciudadanos onubenses.

Historia e historias

Una propuesta de la ministra federal alemana de educación, Annette Schavan, acaba de lanzar a los países del continente unido la idea de reescribir una Historia única, es decir, un solo y mismo texto para todos los escolares europeos. Sería, no cabe duda, una de las operaciones ideológicas más notables de todos los tiempos aunque recelo que va a resultar difícil si no imposible de llevar a cabo tras tantos siglos de historia nacional. Hace ahora medio siglo escribió don Luis Díez del Corral, en su inapreciable reflexión sobre “El rapto de Europa”, una idea que nunca he olvidado: la de que la Historia, incluso la historiografía entendida en términos científicos, así como sus disciplinas auxiliares, no habrían surgido como ejercicios críticos independientes de recuperación imparcial del pasado, sino como operaciones al servicio de la historia nacional, al menos tras el fracaso estrepitoso del intento de conformar una historia universal que tuvo lugar a principios del XIX como reflejo o continuación natural del universalismo “ilustrado”. Cada historiador “moderno” –de los “antiguos” mejor ni hablar siquiera– se aplicaba a fundar la idea del pasado propio sobre la base de un cierto misticismo que reemplazaba a la realidad y eso es algo que no hay más que leer hoy los trabajos de Juaristi, Elorza o Corcuera sobre la “construcción” mítica de la historia vasca, por ejemplo, para salir de dudas. La Historia comienza como “crónica”, es decir, como tarea más o menos burocrática al servicio de una causa (rey, nación, grupo), y con el desarrollo de una cuidada hermenéutica, deriva en disciplina ideológica al servicio de un ideal nacional obtenido por cristalización del mitologema dominante. Y acaso no hubiera podido ser de otra forma en una Europa convulsa, cuya Historia es crónica de sangrientas rivalidades y cuyas axiologías –porque no hubo una sola, como es natural– apuntaban todas a fortalecer su causa específica y coyuntural. No me parece que hubiera sido posible pensar siquiera en contar la historia bélica de la Europa “moderna” o de las siguientes en un texto único y conciliador. El duque de Alba debía de ser un héroe en España –hasta Arias Montano lo miraba con buenos ojos– y un felón en los Países Bajos, Cromwell un salvador o un magnicida, Napoleón un genio o un diablo y su hermano José un usurpador o un “republicano” (es una hipótesis que maneja Moreno Alonso) empeñado en modernizarnos. ¿Una Historia única? Eso fue un sueño y me temo que vaya a seguir siéndolo a pesar de los “fondos estructurales”.
                                                                 xxxxx
Se ha discutido mucho sobre lo que quisiera decir Niestzche al hablar de que Europa, más que una “res nata”, era una “res ficta et picta”, es decir, más que algo nacido espontáneamente, una entidad inventada y diseñada a placer según el plan ideológico e iconográfico del promotor. Y es verdad. Ya puede cumplir años el Tratado de Roma, ya pueden multiplicarse las incorporaciones al proyecto europeo, que no va a resultar hacedero desprenderse de la ganga nacionalista para asumir un pasado común expuesto lealmente a la luz de la objetividad. Ha corrido demasiada sangre para que pueda ser de otra manera, al menos así, de pronto, cuando aún tenemos planteadas las tensiones neonacionalistas en varios países del conjunto proyectado. ¿Qué enseñaremos a los valones que no incomode a los flamencos, cómo vamos a reponer las cabezas cercenadas del 2 de Mayo sobre los cuerpos decapitados de los mamelucos, quién será el gallo que convenza a los serbios de la unidad de destino con los croatas? Todo nuestro entusiasmo para la idea de la ministra Schavan, por descontado, pero también todo nuestro escepticismo, es decir, nuestro experimentado sentido de la realidad. ¡Si no estamos de acuerdo en la Geografía, cómo vamos a estarlo con la Historia! “Res ficta e res picta”: Europa tendrá que soportar sin remedio el peso de su naturaleza imaginaria.

Miedo escénico

No habrá tampoco la próxima vez elecciones autonómicas separadas, es decir, fuera del paraguas nacional que se encarga de filtrar la luz de modo y manera que poca iluminación llegue al debate regional. No le conviene a Chaves, por supuesto, que se aireen desastre como el que padece nuestra “fuerte” industria, que se pongan sobre la mesa los innumerables indicadores negativos que nos sitúan a la cola del país, incluso que se deje oír el sordo estrépito que sugieren los sociólogos que está produciendo en el electorado andaluz la política entreguista de un partido que pone en libertad a terroristas contumaces o los libra de las condenas que sus propios jueces ven como inevitables. Nuestro Parlamento ha rechazado la propuesta de que –como en las comunidades autónomas de verdad– vayamos en solitario a las consultas tras escuchar el debate propio, enterarnos de nuestros problemas, escuchar los proyectos de solución. Y lo ha hecho con los votos medrosos de Chaves y los oportunistas del PA, no se olvide. Nos han impuesto una autonomía a cencerros tapados y les va tan bien que no están dispuestos a modificarla.

Que sí y que no

No es la primera vez que hay dictámenes opuestos sobre los efectos de los depósitos de fosfoyesos onubenses. Se ha dicho de ellos de todo, menos –de momento– que sean beneficiosos, aunque puede que todo acabe andándose. Esta última semana, frente al apocalipsis anunciado por Greenpeace –se detectarían niveles veinte veces superiores a los tolerados legalmente–, un informe particular respaldado por profesores universitarios asegura que la medición “verde” es una auténtica “herejía científica” y denuncia el “truco” empleado como inaceptable. ¿No es hora ya de que la autoridad zanje el viejo debate y se establezca de una vez por todas el alcance de esos efectos presuntamente dañinos y, en su caso, se provea la solución pertinente? ¿O es que se puede entretener indefinidamente a la ciudadanía en materias que afectan de modo tan inquietante a su derecho a la salud? No es posible admitir que no exista un método fiable para establecer un  resultado de fiar ni puede aceptarse que los onubenses sigan pendientes, durante tantos años, de esas opiniones contradictorias.

Haberlas, haylas

El Celta de Vigo, un club con solera que no anda muy bien que digamos esta temporada, ha solicitado a la afición que acuda al campo el día del partido con el Real Madrid provista de agua bendita, patas de conejo y cuantos amuletos tenga a mano para impetrar la gracia del triunfo. El pensamiento mágico es indestructible, seguramente, y ha superado en esta vida los más duros embate de su antagonista, es decir, de la Razón pura y dura, empeñada en demostrar que nada hay en la magia fuera de la superstición de sus adeptos. La magia, no se olvide, es el primer sistema de relación causal que la especie cree descubrir en la Naturaleza precisamente como instrumento para controlar sus efectos y, en la medida de lo posible, domeñarla a placer. A los primitivos que los etnógrafos trataban de desmontarle su fe en la magia, el empeño civilizado les producía el mismo desconcierto y, llegado el caso, idéntica consternación que a los racionalistas les produce la propaganda mágica, algo plenamente explicable puesto que la intuición mágica, en sus diversas versiones, constituye, sin duda posible, el alba de la cultura. Mucha gente que conoce bien el componente mágico de viejas religiones como la egipcia y tantas otras, se sorprende, sin embargo, cuando se entera de que los cristianos primitivos –como la inmensa mayoría de sus contemporáneos de otros credos– no le hicieron ascos a una práctica mágica procedía de las cavernas y que solamente comenzó a ser vista con recelo cuando –a pesar de la aceptación tácita de muchos Padres de la Iglesia, que veían en ella la acción de poderes maléficos (‘daimones’)– la organización, ya dispuesta a ejercer su monopolio de las conciencias, mostró la diferencia que, a su juicio, existía entre la acción llevada a cabo por un “práctico” o una bruja y el efecto mágico, sobrenatural, de ese concepto capital que es el milagro. Eso es algo que explica razonablemente sir Walter Scott y que ha enraizado con fuerza en la cultura occidental hasta lograr que aparezcan como pruebas patentes de certeza lo que, en realidad, no son más que convenciones impuestas. No sé por qué va a ser ni más  ni menos racional un hincha céltico sobando su pata de conejo que Lopera besando fervorosamente en el palco la foto del Gran Poder.
                                                                  xxxxx
Ahora se habla de la posibilidad (yo diría más bien de la probabilidad) de que el papa felizmente reinante –tras haberse saltado a la torera los cinco años de espera preceptiva para la beatificación de su antecesor–, tal como éste hiciera en vida con la madre Teresa de Calcuta, lo dispense también de los trámites reglamentarios del beaterio de manera que pudiera verse lo antes posible en los altares a aquel carismático pontífice. Y se dice que, en busca de un milagro incontrovertible, los promotores han elegido el caso de una monjita francesa curada súbitamente del mal de Parkinson que tanto mortificó al propio Wojtila, tras encomendarse fervorosamente a él. Ya ven como también en Roma, como en Vigo, no se descarta la posibilidad de superar la férula de la Naturaleza con la pértiga de la fe haciendo del prodigio un milagro o viceversa, un poco como Ovidio parece que creía en los poderes de la bruja ‘Canidia’ o Teócrito en la bella historia de ‘Samaetha’. Lo más probable es que los forofos celtiñas no sean conscientes de esa invisible cadena cultural que quizá debe más a los grimorios que a los druidas, pero como lleguen a ganarle al Madrid después de tanta derrota, a ver quién es el guapo que les discute con éxito la virtud del amuleto o el mérito del agua bendita. La ventaja de lo irracional es que no se discute sino que se practica y a otra cosa. Y encima, por lo general, buscando el remate oportunista en el área de lo aleatorio en lugar de construir la victoria triangulando talentosamente jugadas matemáticas. Nuestros clásicos tienen a esos magos por gente perdida y endiablada. Flaubert en su ‘Diccionario’ anota simplemente en la voz la magia: “Reírse de ella”.