Retos de la libertad

Una iniciativa debida a profesores de Oxford y Cambridge pero también de Harvard y Toronto está tratando de averiguar el alcance de la censura impuesta por los gobiernos a la libre comunicación en Internet, un tipo de control que se vuelve más sofisticado en la medida en que los medios informáticos avanzan por su lado. Hay al menos veintiséis países que censuran, ésa es la palabra, los contenidos de la Red, sin limitarse, por supuesto, a velar discretamente sobre las áreas peligrosas en que operan desaprensivos y delincuentes de toda laya sino extendiendo su larga mano hasta alcanzar la llave que cierra a los usuarios “aplicaciones” completas (de ‘You Tube’ o ‘Google’, para entendernos), es decir, impidiéndoles ese libre acceso a la información y a la cultura que ha hecho de Internet la base de una auténtica –aunque cuestionable– revolución cultural. El recelo sobre la información del súbdito es común a todas las autocracias, creo que sin excepción, lo mismo en la China aislada que descubren los viajeros occidentales que en el mundo clásico en el que el ejemplo señero de Augusto y la suerte de Ovidio hablan por sí solos. Voltaire no veía en el libro ningún peligro para el Poder –los miles de panfletos holandeses contra Luis XIV, alega, poco influyeron en sus derrotas– pero enfatiza el efecto que la difusión de las ideas en el libro contenidas pueden ejercer por doquier. Los sátrapas jamás dudaron, en todo caso, de que la información amenazaba su poder y extremaron, en consecuencia, sus medidas “sanitarias”, tan inútiles como sofisticadas, a medida que fue pasando el tiempo y afianzándose la circulación de las ideas. Hoy países como China, Arabia Saudí o Corea recelan del efecto corrosivo que la información que fluye por el ciberespacio pueda acarrear a sus intereses, y todo indica que la censura tiene asegurada su progresión en la Red a medida que mejoren y ganen en eficacia los instrumentos de control. Una grave cuestión está planteada en torno a la libertad de la Red y no es desde el maximalismo liberal, dadas las circunstancias, desde donde puede resolverse en los países libres.
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Casos escalofriantes de abuso e infamia nos han avisado de los peligros reales de la comunicación ubicua e instantánea, desde el abyecto tráfico de inocentes hasta los enigmáticos proyectos de estímulo al suicidio entre jóvenes, y en torno a todo ese ámbito oscuro y complejo rige ya un firme acuerdo de control. No está tan claro, en cambio, al menos para los concernidos, el derecho a la libre circulación de bienes culturales que está arruinando a las productoras y causando perjuicios a los autores, pues tan respetable es el derecho a la propiedad que estos alegan como la exigencia de libre acceso a los bienes culturales que, al margen de los traficantes, plantea una muchedumbre hasta ahora privada de su disfrute. Lo previsible, de cualquier modo, es que los gobiernos acaben ampliando cada vez más su capacidad de controlar nuestras comunicaciones y señorear el ciberespacio en cuanto se refiere a la difusión de ideas sin que ello les permita, probablemente, conjurar con eficacia el potencial ‘crítico’ de tantos y tan variados contenidos con frecuencia indeseables para el poder, y mucho menos todavía detener el crecimiento galopante del uso ilegal de los recursos que ha convertido la Red en un caladero inagotable para el furtiveo internáutico. Lejos queda la circunstancia elemental frente a la que podía proclamarse, como hacía Flaubert en cierta confidencia, que la censura venía a ser un crimen de “lesa alma”. Más cerca la advertencia de Chateaubriand al tirano en el sentido de que más cuenta habrá de traerle siempre tratar de convivir con lo incómodo que prohibirlo inútilmente. La polémica sobre Internet reproduce la originada en su día por la imprenta. No sé como lo sabios de que hablábamos no han caído por sí mismos en esa cuenta de la vieja.

Sordos sospechosos

Otro caso de anulación de “escuchas”, es decir, de intervenciones telefónicas autorizadas por los jueces para apoyar la investigación por la policía judicial de presuntos delitos. Volvemos a la parodia del “caso Ollero”, al pitorreo del “caso Farruquito” para entrar en el “caso Fara” que trataba de poner en claro lo ocurrido en torno a las subvenciones millonarias percibidas o desviadas desde la Junta a esa organización gitana. Uno de sus portavoces dice, incluso, que ahora es cuando vamos a ver los gatos encerrados que hay en esa jaula, pero mucho me temo que estemos ante un caso más de huidas hacia delante que luego se quedan en nada. Pero, sobre todo, lo que interesa es la desmoralización pública que producen incidentes como éste, el desconcierto de unos ciudadanos que no se explican cómo es posible que las “escuchas” de la policía controladas por un juez se hagan tan malamente que resulte tan fácil anularlas al menos cuando el caso que en las manos como patata caliente. 

Memoria histórica

El candidato de la coalición IU, Pedro Jiménez, anda promoviendo la idea de reforestar los cabezos del Conquero para evitar, entre otras cosas, el barrizal que los temporales de lluvia provocan desde que Huelva está donde está. Y dice, ya de paso, que entra en el proyecto restaurar “Villa Rosa”, la vieja venta más bien lupanaria de nuestros mayores (de los que fueran) que él dice que fue poco menos que un emblema de la capital. Hombre, emblema lo que se dice emblema… Tengo razones para sostener que hay un hermoso y desolado poema de Cernuda –“Yo creí en ti, gitanillo…”– que rememora alguna frustrada aventura amorosa en aquella venta, pero por lo que mi memoria alcanza, esas ruinas más son templo juerguista y monumento al lenocinio que otra cosa. Desde luego, como toda la  “memoria histórica” ésa que reclama IU tenga la misma solvencia, aviados vamos. Ni siquiera parece saber ese líder que “Villa Rosa” sirvió, en su momento, de reposo del guerrero, cuando los asesinos del Parque Moret daban de mano.

Desde la barrera

Hay cosas que no me quitan el sueño pero cuya grave significación, como a muchos lectores, probablemente, no se me escapa. Por ejemplo, el pleito entre el cardenal Rouco y una modesta parroquia madrileña, la de Entrevías, con su despliegue de cánones y anatemas frente a un pacífico ejército de indigentes, “sin techo”, madres abrumadas por la tragedia de la droga, parados sin horizonte, enfermos y abandonados, que pretende, sencillamente, llevar su vida como Dios le da a entender, es decir, de manera inevitable, al margen de las disciplinas eclesiásticas y apoyada en esa teología de la liberación que sigue ganando batallas después de muerta tantas veces. O la foto del Sevilla C.F. ante la Virgen de los Reyes con el cardenal-arzobispo sosteniendo la Copa a medias con el capitán rojiblanco, y el presidente y el entrenador posando para la posteridad. ¡Qué puñetas querrán que hagan la Virgen de los Reyes -“Per me reges regnant”– con una copa del Rey o con una copa de la UEFA, lo mismo da, qué ridícula teología abre a Del Nido las puertas que le cierra a Leonardo Boff! Esta excrecencia de la religión popular que son los ofrecimientos de trofeos a las patronas debería producirse, cuando menos, como un acto simbólico de menor cuantía y nunca como un ejercicio litúrgico que, en fin de cuentas, está demostrando sin proponérselo la continuidad básica de las clásicas creencias que un día consagraron a Apolo o al dios de turno el certamen o la olimpiada. En cambio, los portazos propinados en las narices a la libertad religiosa allí donde ésta intenta siquiera asomarlas no hacen sino confirmar la continuidad de las inquisiciones que persiguieron a uña de caballo el desarrollo espiritual del cristianismo histórico desde sus mismos inicios. Fue la Inquisición actual la que –con Ratzinger en su papel de inquisidor todavía– le leyó la cartilla hace un cuarto de siglo a este mismo Boff que vendrá a confortar a los proscritos de Entrevías, que yo no sé si podrían llamarse con rigor “el resto” evangélico, pero que seguro que forman parte del núcleo duro del cristianismo fundamental de estos Madriles enfrentados y del de todos los tiempos. ¿Una herejía lo de esa parroquia? Se ha dicho que la herejía es la vida de la religión. Una religión sin disidentes es una religión muerta.
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Resuenan extrañamente en esta sociedad secularizada estos baculazos lo mismo que rechinan aquellas ceremonias cívico-papanatas que escandalizan incluso a quienes contemplan desde la barrera ese espectáculo desolador por partida doble. Aparte de que resulta extraño que la jerarquía no se percate siquiera de lo absurdo que resulta ponerle puertas a campo tan abonado por la propia energía evangélica y, en consecuencia, no vea lo inverosímil que sería que su disciplina fuera capaz de ahogar un movimiento que nada en absoluto tiene que perder mientras que aspira a ganar nada menos que la promesa del Reino. Y mientras, insisto, todo un cardenal posa para la posteridad futbolera como oficiante de una ridícula liturgia que ofrece a la diosa, como si de un supremo holocausto se tratara, un trofeo deportivo que, por cierto, y para mayor inri, simboliza el dualismo irredento de una ciudad dividida cada una de cuyas mitades cifra su ideal en el abatimiento del adversario. Parece un epinicio de Píndaro contrastando con una tragedia de Ésquilo, no me digan que no, pero resulta que no es más que el videoclip de unos espirituales sin fronteras frente a la foto fija de una iglesia oficial, rica, inmovilista y autocrática. ¿Cómo se puede cuestionar una liturgia participativa mientras se autorizan esperpentos como el de una ofrenda futbolera? Cuando el lío de este Boff libertario con los dicasterios romanos, Ratzinger le apretó bien fuerte una mordaza para obligarlo al silencio. Al cardenal de Sevilla sólo lo ha forzado a callar el himno del Arrebato.

Botellona en campaña

Cualquiera sabe la verdad del cuento de la supuesta convocatoria para la botellona a celebrar en Granada el día de reflexión, pero sobran lo que ya han dicho los políticos, con su habitual brusquedad, para comprender que algo debe de estarse moviendo bajo la mesa. Esa convocatoria, en cualquier caso, constituiría, aparte de una temeridad, un atentado contra las reglas democráticas y es la propia izquierda –ya que de la derecha, gobernante y con mejores pronósticos, no cabe esperar semejante absurdo– la que debería hacer lo posible y lo imposible para impedir que sobre el proceso electoral caigan sombras que luego, cualquiera que fuera el resultado, difícilmente podrían levantarse. La maniobra, en todo caso, es miserable y peligrosa, pero ningún partido podrá alegar que no ha conocido el riesgo con tiempo sobrado para impedirlo. Y en cuanto a los jóvenes, de ellos debería salir la reflexión de que quien los convoca los está manejando como borregos de la manera más innoble. 

Que no cuela

No cuela: ni los alcalde concernidos, ni los grupos ecologistas incluídos Los Verdes, tragan con esa súbita promesa de los “tres puentes” que Chaves se sacó de la manga –mal debió de ver la cosa–en el último mitin. Se dice con evidente razón que un puente (y no digamos tres) no es cualquier cosa, que no se hace así como así, que el proyecto del que nos ocupa no cabe en el POTA y, en fin, que saltar por encima de la Ría desde Huelva hasta Punta se llevaría por delante el Plan que protege la Marisma del Odiel. Cómo será la cosa de camalísitca que mientras la consejería de Obras Públicas anunciaba ayer en la prensa la obra prometida, la de Medio Ambiente echaba agua al fuego en Granada diciendo que, bueno, que lo del nuevo puente son sólo palabras, de momento, ideas que habrá que estudiar. Me da que esta vez, a pesar de las proclamas de algunos, la promesa del mitin se va a quedar en puro camelo. Verán que poco se habla de esa improvisación al día siguiente de las elecciones.